
La estética de la depresión funcional podría empezar con una cara encendida por la luz del portátil, pero sería injusto concederle al oficinista toda la poética del hundimiento, como si la devastación contemporánea necesitara una mesa y un PC para adquirir prestigio social. La oficina no tiene el monopolio del pudridero. La pantalla ha acaparado la iconografía del cansancio porque queda limpia y permite imaginar la explotación como un mal de gente con suscripción a varias plataformas y la firme convicción de ser «clase media» por tener un seguro médico de cincuenta pavos y a sus niños en la concertada, cuando una parte del desastre sucede lejos de esa luz fluorescente.
Está la cajera que hace pasar productos con una velocidad de insecto amaestrado mientras un tipo le recrimina el precio de las cerezas como si ella hubiera negociado personalmente con el latifundio. Está el camarero que sonríe con la cara muerta y calcula mentalmente si le compensa mear ahora o aguantar hasta que baje la terraza. Están las que limpian habitaciones de hotel y se desloman haciendo camas y recogiendo pañuelos, vasos usados y Dios sabe qué restos de una prosperidad que nunca se mancha las manos porque para eso existen otras manos. A esa gente se le ha llamado durante años mano de obra no cualificada. La expresión debería provocar arcadas en cualquier boca que no haya sido previamente babeada por un economista. No cualificado es un término cojonudo para esconder la habilidad de quien carga tus bultos, limpia mierda y humores ajenos, se juega la vida trabajando en la calle a temperaturas absurdas cualquier día del veranito y lleva al límite su cuerpo con una resistencia que ningún máster enseña porque los másteres prefieren ocuparse de asuntos más elevados, como fabricar imbéciles capaces de decir «capital humano» sin que se les caiga la cara de vergüenza. Llamar no cualificado a un trabajo no describe el trabajo sino la voluntad de pagarlo peor. Primero se le quita nombre a la destreza, después se le quita dinero a la nómina, más tarde se le quita respeto a la persona, y cuando ya solo queda una criatura cansada con uniforme, contrato parcial y una lesión lumbar, todavía aparece algún tertuliano calvorota y bien cebado para explicar que falta cultura del esfuerzo.
Pero nos sobra el esfuerzo, ese es el prodigio miserable. La gente sigue, responde, ficha, cobra, sonríe, se medica, se lava los dientes, arrastra bolsas, cuadra presupuestos, sube persianas, abre tiendas, redacta informes, friega váteres, envuelve pedidos, prepara cafés, aguanta jefes, aguanta clientes, aguanta su propio cuerpo cuando está ya hasta la mismísima polla, y cuando el cuerpo termina por averiarse aparecen enemigos de la humanidad, esos sí, como Garamendi y Núñez Feijóo con la delicadeza de dos peritos llamados a calcular cuánto descuento merece una avería humana. Garamendi, que al buscar un ejemplo de privilegio intolerable ha señalado a las trabajadoras de la limpieza, reclama detectar a los «profesionales del absentismo», hermoso nombre para quienes exprimen un cuerpo hasta estropearlo y presentan después la enfermedad como una habilidad fraudulenta que el trabajador ha perfeccionado a escondidas. Feijóo ha llamado «cáncer» a las bajas y propone tratar el tumor con una quimioterapia aplicada a la nómina, hallazgo médico a la altura de un hombre cuya vida laboral ha consistido en ser depositado por una mano amiga sobre una sucesión de cargos públicos, incluido el de presidente de Correos por alguna cualificación arcana que los carteros más doctos aún investigan, y que habita ahora un piso de lujo cuyo abono de alquiler parece permanecer cifrado en un inaccesible tomo encuadernado con piel humana. Habla de absentismo una criatura a la que el trabajo jamás ha conseguido alcanzar sin nombramiento previo, con un aparato cognitivo que solicita un pequeño ERTE cada vez que una frase supera las doce palabras y que, cuando necesitó descargar la tremenda carga laboral que entraña hacer absolutamente nada, supo concederse un fenomenal asueto en el barco de Marcial Dorado, aquel amigo que después resultó narcotraficante porque los narcotraficantes gallegos, como todo el mundo sabe, suben a bordo presentándose como técnicos de comercio exterior. Desde la cubierta debían de verse diminutas las limpiadoras.
En fin, en la vida uno petaba y con un poco de suerte disfrutaba de una baja. Se le caía la casa encima y rompía a fumar como si tuviera un hijo en la cárcel, mandaba a paseo al encargado, desaparecía tres días, lloraba en una parada de autobús o terminaba mirando una pared con el mismo fervor con que un niño pastor contemplaba a la Virgen en una peña. Con el aceleramiento exponencial del capitalismo el hundimiento debe presentar un aspecto compatible con seguir funcionando. La ansiedad tiene que entrar en una taza con un lema guay, la fatiga ha de poder subirse a una historia de Instagram con una velita junto al portátil, el agotamiento se disfraza de agenda llena y la tristeza, si quiere conservar el cícurlo social, debe aprender a limitarse a una frase breve sobre los límites personales, esa expresión que sirve para que nadie tenga que hablar de salarios, horarios, alquileres, cadenas de mando, miedo o explotación con la violencia extrema que esas cosas merecen.
El turbocapitalismo tiene esa delicadeza de psicópata que te llama primo mientras afila el cuchillo. Te dice que eres parte del equipo, te invita a identificarte con la marca, te ofrece una camiseta, un correo motivacional, si todo va bien una encuesta anónima sobre clima laboral que leerá alguien en un despacho para concluir que el principal problema de la plantilla es la gestión emocional del cambio y sobre todo que cobra un sueldo, habráse visto. No soporta la palabra explotación porque le parece antigua y con olor a octavilla, prefiere hablar de adaptación, talento, resiliencia, propósito y mierdas de semejante jaez. Trabajábamos para comer, pagar facturas, criar hijos, tener techo o comprarnos una chorrada indecente a fin de mes, y encima de vender horas de vida a una maquinaria que no distingue entre un ser humano y una batería externa debemos fingir que hemos encontrado sentido en optimizar procesos, colocar cajas, limpiar apartamentos turísticos o servir hamburguesas a personas que miran el móvil mientras nos hablan.
A las pastillas les ha caído encima una cantidad absurda de mística barata, porque bastante tiene uno con despertarse convertido en sí mismo y todavía vivo como para que encima aparezca un Savonarola de herbolario a explicarle que lo de la serotonina se arregla caminando, agradeciendo el sol y dejando las pantallas, esa Santísima Trinidad del cuñado. Hay cápsulas que te devuelven la noche e impiden que el cerebro siga dando vueltas como una lavadora con una zapatilla dentro haciendo pum pum pum, tratamientos que salvan vidas sin necesidad de trompetas ni amaneceres sobre los Alpes. Lo que pasa es que la medicalización empieza a oler cuando todo ese arsenal íntimo, respetable y muchas veces imprescindible acaba funcionando como el Bricomanía del sistema nervioso para que la casa siga en pie aunque debajo crujan las vigas y el casero continúe subiendo el alquiler. La terapia tampoco nació para convertirse en una ITV del asalariado, el lugar donde uno entra echando humo por el capó y sale con una pegatina emocional que le permite circular otros seis meses entre reuniones, turnos partidos, bandejas llenas, clientes con complejo de emperador romano y superiores que han leído dos páginas sobre liderazgo en LinkedIn y ya creen haber descubierto el fuego. El dolor físico y psíquico pierde su condición de alarma y acaba rebajado a una luz naranja en el salpicadero humano que alguien espera tapar con un esparadrapito mientras circulamos por un paisaje al que también hacemos trabajar hasta reventar.
No hay metáfora inocente entre nuestro cuerpo quemado y el planeta exhausto, porque ambos han sido tratados con la misma lógica de extracción y la fantasía criminal según la cual todo lo vivo aguanta un poco más si se le aprieta con la técnica adecuada y hay que crecer, crecer CRECER. El bosque, el río, mi espalda, el sueño, la paciencia, tus pulmones, la piel de las manos, el puto veranito de los cojones que se alarga como una enfermedad terminal mientras te tomas la cervecita en la terracita y empujas al fondo del cerebro la idea de que cuando hayas muertos tus hijos no podrán salir a la calle sin traje ignífugo, la ciudad que expulsa a sus habitantes para alojar turistas, el mar lleno de plástico y el trabajador lleno de café comparten una misma biografía de uso abusivo. Nada se destruye de golpe cuando puede ser exprimido en esta carrera loquísima por hacer más rico a quien ya lo es absurdamente. Al apocalipsis se llega muchas veces por acumulación de pequeñas obediencias, de pequeñas renuncias, de pequeñas jornadas añadidas al montón, hasta que un día el cuerpo o el territorio empiezan a emitir señales raras, fiebre, sequía, ansiedad, temblores, incendios, insomnio, y todavía nos dirán que el problema será una mala actitud o que en las pelis de ahora meten mucho protagonismo femenino y gentes de otras razas.
¿Y no es irritante la palabra autocuidado cuando sale de según qué bocas? Cuidarse tendría que significar que una persona pudiera dormir sin estar calculando facturas y rumiando la ansiedad del fin de mes, o contestarle a un jefe que su urgencia, si de verdad le resulta tan urgente, quizá pueda enrollarla con sumo cuidado y archivársela metódicamente en el agujero del culo. Pero la versión real de sus cuidados es que hemos ido aprendiendo que nuestro deterioro solo empieza a preocupar cuando amenaza con ralentizar el servicio. La gran victoria del turbocapitalismo no habrá sido obligarnos a amar el trabajo, porque ni siquiera esa maquinaria con ambiciones de amoral dios primigenio ha logrado semejante hazaña sin que se le ría en la cara cualquier persona medio normal que viva con la desgracia de tener sacrificar su alma al altar del trabajo asalariado, sino acostumbrarnos a negociar con nuestra propia ruina como quien pacta con una humedad en la esquina que al principio parecía una mancha sin importancia. Uno la ve aparecer, calcula que ya la mirará otro día, coloca después un mueble delante, baja un poco la luz, invita menos gente a casa y termina aprendiendo a no levantar la vista, no vaya a ser que haya que avisar al rentista y se acuerde de que vivimos ahí y hay que echarnos para montar un alojamiento turístico. Con el cuerpo hacemos lo mismo y con el mundo también.
La depresión funcional tiene esa belleza podrida de los edificios apuntalados que, vistos desde fuera, aún parecen habitables aunque por dentro suden las paredes, chisporroteen los cables y en algún rincón empiece a crecer una forma de vida viscosa largamente olvidada en extraños eones que vuelve a reclamar su sitio. El mercado prefiere esos cuerpos todavía en pie, precisamente porque los cadáveres además de organizar fatal la agenda ensucian las estadísticas y obligan a pronunciar palabras demasiado similares a manifiestos de hace un par de siglos. Mejor vivos a medias, mejor rentables. Y capaces de fichar mañana.






