
Nos desayunábamos hace unas semanas con la retirada de la Gran Cruz de Sanidad por parte del gobierno del Perro Sanxe a uno de los más ínclitos psiquiatras de la época franquista, el doctor Antonio Vallejo Nájera Lobón. Sí, es verdad que el apellido nos recuerda inmediatamente a la exjurado de uno de los más carpetovetónicos y antediluvianos concursos del prime time que ha dado a bien producir esta piel de toro. Pero no, a la buena de Samantha no se la ha retirado nada (al menos que sepamos). Antonio Vallejo Nájera (con guioncito en medio si lo prefieren, ya que tiene nombre con más apellidos que la media española) murió en el año 1960, así que hemos tenido que esperar algunas décadas para revisitar la figura de este conspicuo psiquiatra español. En una época en que la Salud Mental por fin cobra un protagonismo necesario parece de justicia revisitar las tesis que nos han traído hasta aquí. Especialmente aquellas que provienen de las fuentes patrias. Y de justicia es reconocer, aquí y ahora, que antes de la sublevación del bando nacional, ya habíamos pensado en España en esto de la Salud Mental, aunque parezca increíble. El 3 de julio de 1931 se publicaba el Decreto sobre asistencia de los enfermos psíquicos, donde, entre otros avances, se ponía de relieve la necesidad de «la rápida asistencia al enfermo psíquico» o la evitación de «trabas inútiles y vejatorias para el paciente y sus familiares». De esto hace casi un siglo. Y este Decreto se publicaba menos de tres meses después de la proclamación de la Segunda República. Lo que nos hemos perdido. Entre sus promotores se encontraban Gonzalo Rodríguez Lafora, uno de los neurólogos y psiquiatras españoles más prestigiosos de nuestra historia, y Emilio Mira y López, defensor de una psiquiatría científica y socialmente comprometida. Tras la victoria franquista, muchos psiquiatras vinculados a la República fueron depurados, exiliados o apartados de la vida académica, y gran parte del espíritu reformador de la Segunda República quedó tristemente suspendido. Los dos médicos antes mencionados también sufrieron esta depuración: Gonzalo Rodríguez Lafora, cuyas investigaciones dan nombre a una agresiva epilepsia de carácter pediátrico, tuvo que exiliarse a México en 1938. Emilio Mira y López a Francia en 1939. Y la limpieza de la ciencia más ortodoxa comenzó, abriendo las puertas de los despachos y de los ministerios a aquellos psiquiatras que comulgaban, nunca mejor dicho, con el régimen franquista. Y aquí es donde aparece nuestro protagonista.
Antonio Vallejo Nájera se licenció en 1909, y años después, en 1917, fue nombrado agregado de la embajada de España en Berlín. Fue entonces cuando pudo inspeccionar los campos de prisioneros de guerra. De aquellas visitas sacaría métodos de trabajo que un par de décadas después pondría él mismo en funcionamiento. En aquellos días en la Alemania pre-nazi, tuvo la oportunidad de escuchar a grandes científicos, como el gran Emil Kraepelin, aunque parece ser que lo escuchó mal. Para los neófitos: Kraepelin fue el que propuso denominar «Enfermedad de Alzheimer» a la patología descrita en 1906 por el psiquiatra alemán del mismo nombre, y sostenía como tesis principal que las enfermedades mentales eran causadas por alteraciones genéticas y biológicas. Vallejo Nájera, adepto furibundo al nacionalcatolicismo y perrito faldero del Generalísimo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se convenció de la existencia de un «gen rojo» que, según su dudoso criterio, explicaba la decadencia mental de anarquistas, republicanos y resto de izquierdistas. Y se empeñó en demostrarlo, costara lo que costase. Y para ello, Vallejo Nájera propuso a Franco en 1938 la creación del «Gabinete de Investigaciones Psicológicas de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros de Guerra», favor concedido por el dictador que además ya lo había nombrado Jefe de los Servicios Psiquiátricos de su ejército. A partir de ahí, barra libre. Sus «experimentos» concluyeron, claro está, que los presos políticos antifascistas e izquierdistas presentaban temperamentos degenerativos, inteligencias mediocres y personalidades revolucionarias. Realizó sus «estudios» en el campo de concentración del monasterio medieval abandonado de San Pedro de Cardeña, en Burgos, un siniestro lugar que, según la opinión de la investigadora Cecil D. Eby, de la Universidad de Michigan, era un «anticipo de Dachau o de Buchenwald», por las condiciones de vida infrahumanas que en él se daban. Para alcanzar estas rotundas conclusiones, Vallejo Nájera se dedicó a analizar a cinco grupos de presos: brigadistas internacionales, presos republicanos españoles, presas republicanas, presos catalanes y presos vascos. Y de esas conclusiones predichas a la eugenesia hay un solo paso. También fue un fuerte defensor de la eugamia, una rama de la eugenesia consistente en la «buena» selección de cónyuges (nacionalcatólicos, se entiende). Vallejo Nájera se ocupó durante toda su vida de dar un barniz pseudocientífico a las tesis discriminatorias, racistas y persecutorias del régimen de Franco. Y a partir de ahí, cómo no, se fijó en los niños y en las niñas. Hay que ver qué obsesión tienen con los chiquillos, por dios. La ecuación era clara: si los presos antifascistas eran intelectualmente inferiores, no podíamos permitir que educaran a sus niños perpetuando el maligno gen rojo. España, Una, Grande y Libre, merecía ese sacrificio. Y, además, así lo quería dios. En junio de 1940 el gobierno franquista publicó un decreto regulando la tutela de los huérfanos y menores cuyas familias tuvieran «malos antecedentes» políticos o ideológicos, otorgando el control y la patria potestad a la organización falangista Auxilio Social, organización del régimen encargada de atender a los huérfanos de la guerra, y de la que Vallejo Nájera era miembro de su Comité Ejecutivo. El 14 de diciembre de 1941 se promulgó la ley que permitía el cambio de nombre de los huérfanos republicanos. Y el resto de la historia ya la conocen. El auto judicial del juez Baltasar Garzón en 2008 cifró exactamente en 30.960 el número de hijos de prisioneros políticos republicanos cuya custodia fue arrebatada por el régimen franquista. Seguramente fueron más. Tal vez muchos de los nietos de estos niños, alentados por buleros en TikTok que cantan las nuevas buenas de la Gran España a ritmo de rap, voten a la ultraderecha en las próximas elecciones.
A las mujeres tampoco las valoraba demasiado. En sus descripciones las tildaba de débiles psíquicamente, con poco equilibrio mental, con falta de control sobre su personalidad y con tendencia a la impulsividad, entre otras lindezas; «el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal» concluía el gran psiquiatra militar. Tal vez muchas mujeres también voten a la ultraderecha en las próximas elecciones.
Hoy en día, cuando muchos de los logros sociales han cambiado para siempre y para bien nuestra sociedad, suenan voces que justifican, cada vez con más fuerza, un pasado dulcificado y revisitado de una de las etapas más oscuras y tenebrosas de nuestra historia reciente. Y, aunque creamos que los logros alcanzados son inmutables e imperecederos, recuerden las palabras de Stefan Zweig en El mundo de ayer: «Nadie creía en las guerras, las revoluciones o las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón». Luego ya saben lo que pasó. Y si todavía siguen teniendo dudas, no vacilen en asomarse a la ventana de Overton, aquella que muda la concepción social de hechos que parecen inconcebibles, y que pueden convertirse primero en aceptables, luego en razonables y posteriormente en populares, antes de convertirse en ley. Verbigracia, Prioridad Nacional.





