Cómics

Cómics que tienes que leer: Espectadores de Brian K. Vaughan y Niko Henrichon

espectadores

Todo empieza en un cine medio vacío con las butacas rojas y una joven rubia comiendo palomitas antes de que empiece la proyección. La chica mira el móvil para leer que su acompañante se ha olvidado de la cita. Para hacer tiempo y dado que está en la última fila se poner a curiosear vídeos en Pornhub mientras se acaricia por encima de los pantalones vaqueros. Entonces se escuchan tiros en una sala contigua. Los presentes se preguntan qué pasa y antes de poder salir entra un pirado con gorra y fusil de asalto. Con pasmosa calma y hablando con los presentes empieza a matarlos uno por uno mientras va contando: 16, 17, 18, 19, 20. Al llegar el turno a nuestra protagonista, la última que queda con vida, el asaltante se pregunta: «¿Cómo narices llegó Paddock a los 61? El récord de ese chuloputas es de locos».

Creo que ya lo he dicho en otros artículos en Jot Down, Brian K. Vaughan es el mejor guionista de cómic del siglo XXI. Aunque es muy conocido en España por la serie Saga y un poco menos por Paper Girls, que Amazon Prime Video convirtió en serie para luego hacernos un coitus interruptus, la obra que a mí me enganchó a su trabajo fue Barrier, publicada en Panel Syndicate en formato webcómic junto a Marcos Martín y Muntsa Vicente. Espectadores es su nuevo y alucinógeno trabajo que en esta ocasión viene de la mano de Planeta Cómics.

La rubia se llama Val y a la viñeta que sigue a descripción inicial ya está muerta. Querido lector no se preocupe por el spoiler ya que Vaughan necesita apenas unas páginas para dejar claro que Espectadores no va exactamente de una matanza, aunque empiece con una, sino de aquellos que se quedan mirando después. Val, en formato ectoplasmático, continúa la historia vagando por Nueva York invisible para los vivos y condenada a contemplarlos. A veces viendo cosas banales y otras no tanto. Sexo, asesinatos, intimidades ajenas, todo aquello que uno observaría si pudiera entrar en cualquier habitación sin ser visto y sin pagar después las consecuencias.

No tarda en aparecer Sam, otro muerto, un vaquero tan fuera de lugar en el Nueva York del futuro como si Stallone apareciera en American Pycho. Los dos se convierten en compañeros de platea. Porque esa es, en el fondo, la brillantez del título: ellos son los espectadores, pero también lo somos nosotros. Vaughan coloca continuamente al lector en la misma posición moral que sus fantasmas. Podemos escandalizarnos por lo que hacen, pero estamos pasando las páginas precisamente para verlo.

El truco resulta especialmente eficaz porque Niko Henrichon dibuja como un cabrón. Quienes recuerden Los leones de Bagdad, también escrito por Vaughan, ya conocen su capacidad para convertir una página en algo situado a medio camino entre una viñeta y un cuadro. Aquí juega además con dos mundos visuales diferentes: el de los vivos y el de los muertos. El color, o su ausencia, no sirve solo para que sepamos dónde estamos, sino para separar dos formas de mirar. Nueva York es reconocible pero ligeramente desplazada hacia el futuro, como si alguien hubiera cogido nuestra realidad y hubiera movido un par de centímetros cada cosa.

Y entonces llegan el sexo y la violencia. Mucho de ambos.

Sería muy fácil acusar a Vaughan de provocar por provocar. Hay pollas, coños, masturbaciones, gente follando y cuerpos destrozados con una alegría que complicará bastante que alguien hojee el libro tranquilamente en el autobús, pero esa incomodidad forma parte del experimento. En una de las escenas más inteligentes del cómic, Val recuerda cómo veía Terminator siendo niña. Su padre le tapa los ojos cuando aparece una escena sexual. Cuando llegan los disparos puede volver a mirar.

Ahí está probablemente todo Espectadores.

Nuestra cultura ha construido una escala moral bastante peculiar para las imágenes. Un cuerpo desnudo puede convertirse en un problema mientras un cadáver atravesado por veinte balas forma parte del entretenimiento familiar. En Estados Unidos esta contradicción resulta especialmente llamativa, pero sería demasiado cómodo fingir que es exclusivamente estadounidense. Nos hemos acostumbrado a desayunar viendo ciudades bombardeadas, cadáveres pixelados y ejecuciones grabadas con teléfonos móviles mientras seguimos discutiendo cuántos centímetros de piel puede mostrar una red social antes de activar su algoritmo censor.

Vaughan no intenta resolver la contradicción. Y quizá ahí está también el principal defecto del libro. Espectadores dispara muchas preguntas y responde pocas. Qué convierte algo en pornografía, qué diferencia observar de participar, por qué deseamos contemplar una muerte, qué hacemos con la intimidad cuando nadie sabe que estamos mirando y hasta qué punto internet nos ha convertido a todos en voyeurs profesionales. Son ideas estupendas, pero en determinados momentos parece que Vaughan abre puertas simplemente porque le divierte ver qué hay detrás y luego se marcha antes de cerrar ninguna.

Esto podría resultar molesto si Espectadores fuera un ensayo, pero estamos hablando de un tebeo en el que dos fantasmas atraviesan paredes para observar a gente follando o a rednecks compitiendo por conseguir matar a cuanta más gente mejor mientras intentan comprender por qué demonios siguen atrapados entre los vivos pudiendo marcharse cuando quieran. Vaughan puede permitirse unas cuantas digresiones.

Además, debajo de todas esas provocaciones hay algo que el autor lleva haciendo desde Y, el último hombre hasta Saga: utilizar una idea extravagante para hablar de asuntos completamente reconocibles. La muerte, la soledad, el deseo de pertenecer a algún sitio y esa necesidad bastante absurda que tenemos los seres humanos de que alguien nos esté mirando para confirmar que hemos existido.

Por eso Espectadores funciona mejor si uno lo lee con mentalidad de los 80, cuando Zona 84, Cimoc y Tótem llenaban sus páginas de violencia y sexo. Cuando Val observa a desconocidos desde una esquina, cuando recuerda pequeños detalles de su vida o cuando dos muertos descubren que disponer de todo el tiempo del mundo no significa necesariamente comprenderlo mejor. Entonces el cómic abandona durante unas páginas su colección de genitales, disparos y sesos esparcidos para convertirse en algo bastante más melancólico.

La crítica anglosajona especialista ha recibido el libro con entusiasmo, sobre todo por el trabajo de Henrichon, aunque algunas reseñas han criticado la dispersión de Vaughan por lanzar ideas extraordinariamente sugerentes sin terminar de desarrollarlas —al gusto del crítico, claro—. Puede que tengan razón, porque al fin y al cabo ellos también son espectadores, y los espectadores rara vez conocen toda la historia: llegan, miran durante un rato y siguen adelante, que es exactamente lo que haremos nosotros cuando cerremos el libro.

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