Ocio y Vicio Humor snob

El problema de la vivienda abordado desde el mindfulness

Ilustración de Pablo Amargo. problema de la vivienda
Ilustración de Pablo Amargo.

Nunca me han interesado mucho esas cosas de la autoayuda, el yoga, la meditación trascendental y demás métodos de búsqueda del bienestar mental, pero como soy consciente de que el consumo de pastillas para trastornos psicológicos y psiquiátricos está en máximos históricos, procuro no tomarme esos métodos a cachondeo.

Sin embargo, ahora que el problema de la vivienda está de candente actualidad, se me ocurrió plantearlo desde la óptica del mindfulness y he hallado unos cuantos apoyos mentales para arrinconar mi preocupación que quisiera compartir con los amables lectores.

Así, para andar por casa, esto es lo que he encontrado por ahí sobre los principios del mindfulness, definidos por el doctor Jon Kabat-Zinn como las actitudes fundamentales para la práctica de la atención plena.

No enjuiciar: observar la experiencia presente sin reaccionar ni etiquetar los pensamientos como buenos o malos.

Supongo, entonces, que lo primero y más importante es no señalar a la vivienda como un problema resoluble, porque no existe una solución posible. Simplemente hay más personas que casas, o las casas no están donde quieren ir las personas, o las personas quieren ir donde no hay casas. En realidad, si a estos dos objetos añadimos las condiciones materiales, nos encontramos con un problema de los tres cuerpos cuya resolución analítica cerrada sigue sin estar a nuestro alcance, y posiblemente no lo esté nunca.

Si la pretensión consiste en mover los edificios, nos burlamos de nosotros mismos. Si se trata de mover a las personas, atentamos contra la autonomía personal de los demás. Si lo que se busca es un cambio apreciable en las condiciones materiales, proponemos una enmienda a la totalidad de la sociedad en la que vivimos, y quizás de la especie biológica que somos. Las tres opciones están, en efecto, más allá de nuestras fuerzas, con lo que abordar cualquiera de ellas nos conduciría a todo tipo de esguinces, tirones y fracturas emocionales.

Mente de principiante: ver todo como si fuera la primera vez, con curiosidad y sin dar por sentado el saber previo.

Para esto, lo más importante es no leer las noticias y no haberlas leído en los últimos veinte años, como mínimo. De hecho, cuando se estrenan la mente y la vida cada mañana, con la ingenuidad de un recién nacido, no existen las necesidades acuciantes, sino que estas van surgiendo por la acumulación de experiencias previas que pueden ser muy negativas y muy tóxicas. Lo único que hay que preguntarse es si el día presente tienes dónde vivir o no, y actuar en consecuencia. Si tienes dónde vivir, no hay problema de la vivienda, y si no tienes dónde vivir, lo más importante es intentar buscarte un sitio antes de que caiga la noche, a la espera de que un nuevo amanecer arroje de nuevo los dados y te sea más favorable.

No forzar: prestar atención al instante sin intentar cambiar, controlar o manipular lo que sucede.

Este principio, que aparece como el tercero, es seguramente el más importante. Mira lo que ves a tu alrededor, contempla tu entorno y acepta lo que ves. Todo lo que sea salirse de esa pauta te traerá problemas, te complicará la vida y te hará profundamente infeliz. No puedes construir más casas, no puedes cambiar las condiciones materiales de la gente y no puedes hacer que las personas vayan a donde están las viviendas ni trasladar las viviendas a donde la gente las desea. Si ninguna de las variables está a tu alcance, todo intento de aplicar tus energías a fines inaccesibles es únicamente una fuente de frustración. Si aceptas que no puedes cambiar el color de la luna, aunque te gustaría, quizás, que fuese verde, ¿por qué te empeñas en controlar un fenómeno que afecta a tanta gente y tantos hechos económicos y políticos como la escasez de vivienda? Disfruta lo que hay y acéptalo.

Paciencia: comprender y aceptar que las cosas se despliegan y maduran a su propio ritmo.

Este problema no va a estar ahí siempre, y no vale la pena malgastar tus energías en él. Con el tiempo, la gente se meterá en alguna parte o se marchará a otro sitio. Los nacionales al pueblo y los extranjeros a su país, por ejemplo. Todo es cuestión de que la realidad indique si es más sencillo encontrar casa donde hay trabajo o encontrar trabajo donde hay casa. ¿Puedes encontrar un piso en Madrid? No. ¿Y puedes encontrar un trabajo, o creártelo tú mismo, en las inmediaciones de Aguilar de Campoo? Pues posiblemente sí, porque allí viven ya otras personas y algo habrán hecho para arraigar en ese hábitat. Es fáctico. Es demostrable.

Con el tiempo, además, la mayor generación española en términos demográficos se mudará al cementerio o al crematorio, y el orden natural de las cosas indica que no falta mucho para eso. Todo tiene su equilibrio, y cualquier intento de acelerar los acontecimientos es parte de lo que desestabiliza nuestras vidas y tritura nuestro sosiego.

Confianza: desarrollar una seguridad básica en uno mismo y en la propia experiencia.

Sabes de sobra lo que sucedió con otros problemas que parecían irresolubles. Sabes de sobra para qué sirvieron todos aquellos esfuerzos que empeñaste hace años en unirte a otros como tú para mejorar las condiciones de tu entorno. A pesar de que todos deberíamos amanecer inmaculados cada mañana, las experiencias pasadas te enseñan que implicarte en algo tan complejo como el tema de la vivienda solo servirá para desgastarte física, mental y emocionalmente. Búscate a ti mismo en tus anteriores empeños y evalúa lo que sucedió. Recuerda en qué paró tu lucha contra el hambre, la concentración de la riqueza o el cambio climático. Conócete a ti mismo y aprende de tu propia biografía.

Aceptación: reconocer las cosas tal y como son en el momento presente, sin resistencia.

Pero no se trata de que te resignes, sino de que aceptes. El que se resigna, en cierto modo se rinde. El que acepta, en cambio, integra el medio ambiente en su experiencia diaria, generando todo tipo de simbiosis con lo que antes eran ideas y situaciones patógenas. Quizás el problema de la vivienda esté generando a tu alrededor la mejor oportunidad que encontrarás nunca de reinventarte, y la estás desaprovechando. Quizás podrías empezar una nueva vida en una aldea de Sierra Morena, donde serías feliz y vivirías hasta los cien años, rodeado de nietos y biznietos, y te empeñas en quedarte solo, resentido y malhumorado en un agujero maloliente que te devora el equilibrio, la salud y las neuronas. Si las cosas están así, adáptate en la medida de lo posible. No sirve de nada maldecir al meteorito. Los que miraron arriba tampoco se salvaron: solo vivieron angustiados sus últimos días.

Soltar (o dejar ir): no aferrarse a los pensamientos, deseos o resultados específicos.

Y si nada funciona, pues mantén la calma. Busca a las personas y los lugares que te hagan sentir mejor y te ayuden a encajar las piezas de tu existencia en un todo armónico. La vida no se acaba por no poder vivir en una gran ciudad. Además de las localidades más pequeñas, siguen existiendo los monasterios, absolutamente necesitados de gente que mantenga su extenso patrimonio arquitectónico y cultural, y que te darán gustosamente acogida, trabajo y un estilo de vida sosegado y saludable. Y con más razón si eres mujer, porque los conventos son los verdaderos espacios autogestionados exclusivamente femeninos. Recuerda que existen conventos y monasterios adecuados para todo tipo de habilidades y sensibilidades, donde puedes cuidar la huerta, ocuparte de otras personas, elaborar dulces artesanos y hasta picar código. Y la vocación religiosa nunca fue un problema. ¿O acaso piensas que los segundones de las casas pudientes se unían a las órdenes monásticas por vocación?

Pero si tu sensibilidad te aleja de la vida religiosa, puedes elegir también unirte a una compañía de mercenarios y ver mundo corriendo aventuras bien pagadas, mientras tu patrón te procura comida y alojamiento.

El problema no es la vivienda: eres tú, que te empeñas en ofrecer resistencia a la corriente y acabas erosionado.

Ponte de perfil antes de que sea demasiado tarde y el río de la historia te arrastre, como todos los ríos, hacia abajo.

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