
Más de once mil entradas retiradas antes de empezar, un ritual totonaca a veinticinco metros del suelo, debates sobre inteligencia artificial, democracia y feminismo, y una música que se resiste a ocupar un lugar secundario. A los Encuentros de Pamplona les ha bastado un fin de semana para volver a convertir la ciudad en algo parecido a lo que anuncia su nombre.
Más de once mil invitaciones y entradas habían sido retiradas cuando el viernes 2 de octubre comenzaron los Encuentros de Pamplona / Iruñeko Topaketak 2026. La cifra resulta llamativa para una programación que durante once días reúne a filósofos, artistas, científicos, músicos, escritores y cineastas alrededor de asuntos que no parecen precisamente concebidos para disputar la atención de las multitudes. Algo queda tocado en esa idea recurrente de que no existe público para el pensamiento o de que determinadas formas de la cultura pertenecen ya a una conversación entre especialistas.
La primera conversación parecía concebida para poner a prueba esa sospecha. Victoria Cirlot y Blanca Garí abrieron los Encuentros hablando de otras maneras de habitar el mundo a partir de dos mujeres medievales, Hildegarda de Bingen y Margarita Porete. Después llegó la música de Capella de Ministrers y, al día siguiente, el programa saltó sin demasiadas precauciones del feminismo de Chiara Bottici a la singularidad humana que discutieron Víctor Gómez Pin y Thomas Macho, de ahí a la política extrema con Natascha Strobl y finalmente a la literatura de Maja Haderlap. La promiscuidad entre disciplinas no es tanto una consecuencia de los Encuentros como una parte esencial de su funcionamiento.
Fuera de Baluarte, mientras tanto, cuatro hombres descendían cabeza abajo y girando desde un mástil de unos veinticinco metros. Los Voladores de Papantla, portadores de una tradición ritual totonaca de Veracruz reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, consiguieron algo que cualquier festival persigue y muy pocos logran: que una parte de su programación no tuviese que buscar al público porque se lo encontrase directamente en la calle. Cientos de personas se acercaron durante el fin de semana a la Vuelta del Castillo para contemplar una ceremonia que no nació como espectáculo y que conserva precisamente por ello una capacidad de asombro difícil de fabricar.
También la plaza de Baluarte había amanecido transformada. Ciento un alumnos de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra trazaron allí un círculo de césped de treinta y cuatro metros de diámetro inspirado en las cúpulas neumáticas de José Miguel de Prada Poole que ocuparon ese mismo lugar durante los Encuentros de 1972. Aquel experimento consiguió durante unos días que Pamplona dejase de ser únicamente el lugar donde se mostraba el arte y pasase a formar parte de él. Más de medio siglo después, el peligro consistía en reproducir aquella vanguardia como quien reconstruye un decorado. La edición de 2026 parece haber elegido otra solución: conservar el mecanismo —la mezcla de disciplinas, la ocupación de la ciudad, los encuentros improbables— y cambiar las preguntas.
Una de ellas llegó el domingo con Juan Ignacio Cirac y Daniel Innerarity. Un físico que lleva décadas trabajando en las fronteras de la computación cuántica y un filósofo se sentaron a hablar de inteligencia artificial, una tecnología cuya discusión pública suele repartirse precisamente entre compartimentos estancos. Innerarity recordó que la separación entre ciencias y letras fue «un elemento diabólico» cuyas consecuencias seguimos pagando y reclamó la cooperación entre disciplinas para obtener una imagen completa de lo que ocurre en el mundo tecnológico. No hay, sostuvo, una perspectiva privilegiada capaz de explicar por sí sola lo que nos pasa. Ni siquiera la filosofía.
Hora y media después, en la misma sala, Simona Forti introdujo una expresión bastante menos tranquilizadora: «totalitarismo algorítmico». La filósofa italiana la utilizó para referirse no solo a sistemas capaces de controlar la vida de las personas, sino a algo quizá más difícil de percibir, la erosión de nuestra capacidad para distinguir entre lo real y lo construido. Forti la situó junto a otras pulsiones contemporáneas: la concentración del poder económico y político, la producción de vidas consideradas superfluas y un cuestionamiento de la democracia que ya ni siquiera necesita disimularse tras sus instituciones. Asomaba ahí el propósito que Ramón Andrés había señalado al presentar esta edición: pensar los problemas de un mundo agredido desde lugares distintos sin reducirlos a una única explicación.
La música volvió a aparecer allí donde podría haberse conformado con acompañar lo anterior. La compositora surcoreana Unsuk Chin, Premio Fronteras del Conocimiento 2026, habló de imaginación y creación sonora antes de un concierto de 4Sonora con obras suyas y de Beat Furrer, Ramon Lazkano y Mauricio Sotelo. Chin recordó el potencial cultural y musical que había descubierto en España; Furrer, que interviene este lunes, defendió por su parte la necesidad de mantener abiertos precisamente esos canales entre filósofos, científicos, compositores y músicos.
Los Encuentros continúan este lunes con Furrer, Marie Bardet y una improvisación de Ainara LeGardon, Isabelle Duthoit y Xabier Erkizia. El martes llegará TAO Dance Theater y el jueves Radio 3 trasladará Hoy empieza todo al vestíbulo de Baluarte. Quedan todavía escritores, cineastas, científicos, artistas y músicos por aparecer hasta el 12 de octubre.
De momento queda una imagen bastante más sencilla. Durante el fin de semana, cientos de personas se detuvieron en la Vuelta del Castillo y levantaron la cabeza. A veinticinco metros de altura, cuatro hombres comenzaban a descender lentamente girando alrededor de un tronco mientras un quinto permanecía arriba tocando la flauta y el tambor. Durante unos minutos nadie necesitó explicarles qué tenían que mirar.






