
El cine negro nunca necesitó monstruos del espacio ni criaturas fantásticas para retratar la decadencia; le bastaban la lluvia asfaltada, las persianas entreabiertas y la sombra alargada de un hombre con un abrigo demasiado grande y la ambición desmedida. Durante décadas, los personajes que caminaban por el filo de la moral tenían nombres secos, bebían whisky barato en despachos con olor a humo y prometían salvaciones que siempre terminaban en crimen, ruina o desencanto.
Pero los tiempos han cambiado y el humo del cigarrillo ha sido reemplazado por el zumbido sordo de los servidores. Hoy, para dar con la encarnación contemporánea del mal, la soberbia y la desconexión moral, a la industria cinematográfica le basta con un paseo por Silicon Valley, una conexión a internet y un puñado de términos en inglés como disruption, growth hacking o leverage.
El mito del Prometeo digital ha colapsado. Aquellos jóvenes iluminados en camiseta gris que prometían democratizar la información, conectar al mundo y salvar a la humanidad de sus propios males han mutado en algo mucho más prosaico y aterrador: magnates monolíticos, arquitectos de la desinformación y millonarios atrapados en sus propias ficciones. Tres películas sobre tecnología, poder, periodismo y las promesas incumplidas de la revolución digital coinciden en la gran pantalla para certificar este cambio de rasante en el imaginario colectivo. Ya no hay héroes en la era digital; solo megalómanos en una era bestial.
Comencemos por el rey absoluto del espectáculo contemporáneo. Alex Gibney, curtido en desarmar las mentiras de Enron o los trapos sucios de la Cienciología, firma un monumental documental de casi cuatro horas simplemente titulado Musk. Fiel a su estilo, el magnate de Tesla y X no ha tardado en reaccionar con el repertorio habitual: amenazas de demanda judicial, insultos públicos al propio director en sus redes sociales y acusaciones de falta de integridad.
La trastienda de la producción refleja el clima de cautela y presión que rodea a Silicon Valley. Más de un centenar de entrevistados rechazaron aparecer ante las cámaras por temor a represalias o demandas. Para sortear la rotunda negativa de Elon Musk a participar, Gibney recurrió a un toque de ironía tecnológica: creó un avatar digital impulsado por inteligencia artificial para animar al magnate en pantalla, aunque utilizando estrictamente sus declaraciones reales de pódcast, entrevistas y archivos. Un guiño amargo a la obsesión del propio Musk con la hipótesis de que todos vivimos en una simulación.
El lanzamiento tampoco estuvo exento de fricciones. Durante semanas, la distribuidora internacional Universal fue presa del pánico legal y guardó silencio antes de confirmar su lanzamiento. Asimismo, plataformas como Meta, YouTube, TikTok y X bloquearon inicialmente las campañas publicitarias del tráiler, reabriendo el debate sobre el sesgo y la timidez de los gigantes tecnológicos a la hora de promocionar contenidos incómodos sobre sus propios líderes.
Si el caso de Musk es el exceso, el de Elizabeth Holmes es la representación teatral pura. En You Can See Everything, respaldada por el estudio A24 (experto en convertir la incomodidad psicológica en marca de la casa), Nathan Fielder y Lance Oppenheim convierten el ascenso y caída de Theranos en un laberinto formal donde resulta imposible separar la realidad de la escenificación.
Lo que nació inicialmente como una pieza corta y acotada terminó desbordando sus propios márgenes. Conforme la figura de Holmes se volvía más esquiva durante los días previos a su ingreso en prisión, A24 decidió ampliar el presupuesto y extender el rodaje a lo largo de meses, dándole vía libre a Fielder, maestro de las fronteras difusas entre la performance y la vida real, para documentar el desmoronamiento del personaje en tiempo real. Lo que podía haber sido otro true crime convencional sobre una estafadora se transforma así en un puzle incómodo sobre la fe. Holmes no solo engañó a inversores y periodistas; se engañó a sí misma hasta construir una armadura inexpugnable. En la era de la marca personal, You Can See Everything sugiere que todos somos, en algún grado, una puesta en escena que ha llegado demasiado lejos.
En 2010, David Fincher y Aaron Sorkin retrataron en La red social la génesis de Facebook como una tragedia shakespeariana de rencores universitarios y ambición desmedida. Quince años después, Sorkin regresa en solitario a este universo como guionista y director en The Social Reckoning. Sin embargo, la música ha cambiado: ya no hay espacio para la fascinación narcisista. «La red social trataba sobre cómo se inventó Facebook y The Social Reckoning trata sobre en qué se ha convertido», sintetizaba el propio Sorkin en una entrevista reciente en Vanity Fair.
La película sitúa en el centro a Frances Haugen (interpretada por Mikey Madison), la empleada que filtró miles de documentos internos que demostraban que la cúpula de Facebook conocía perfectamente los efectos tóxicos de sus algoritmos sobre la salud mental y la polarización política. Sorkin concibe esta entrega como un cara a cara de proporciones míticas: «Era como la historia de David y Goliat, pero una donde Goliat nos invita a una fiesta y luego echa alcohol en el ponche, y David es una ingeniera de nivel medio con conciencia».
El Mark Zuckerberg que dibuja Sorkin en esta entrega (ahora encarnado por el Kendall Roy de Succession, Jeremy Strong, tras la negativa de Jesse Eisenberg a encasillarse) ya no es el nerd brillante y resentido que busca encajar, sino una figura atrincherada e institucionalizada. Sin embargo, para evitar el panfleto, Sorkin encaró el retrato del magnate desde una máxima empatía dramática casi teológica: «No puedo juzgar a Mark Zuckerberg mientras escribo. Tengo que construir el personaje como si estuviera defendiendo ante Dios por qué debería dejarle entrar en el cielo». El resultado es la radiografía de un imperio atrincherado, un Estado dentro del Estado para el que la democracia es apenas un daño colateral en el informe de pérdidas y ganancias.
Existe, sin embargo, una paradoja incómoda en esta cruzada cinematográfica. Como advertía recientemente el crítico Steve Rose en The Guardian, Hollywood ha tardado demasiado en reaccionar y ahora se enfrenta a gigantes que amenazan con engullir a la propia industria del entretenimiento: «Ha quedado claro que esta gente no está de nuestro lado; pero para una industria a la que le encantan los villanos de libro, Hollywood se encuentra ahora en peligro mortal de ser absorbido por ellos».
La absorción, de hecho, ya no es solo una amenaza teórica: es una realidad corporativa. La megafusión entre Paramount y Warner Bros. Discovery bajo el manto de Skydance simboliza el asalto definitivo del código fuente a la gran pantalla. Su director ejecutivo, David Ellison, hijo del magnate de Oracle Larry Ellison, ha dejado clara la filosofía del nuevo imperio mediático: «Si no eres capaz de crear un producto tecnológico que compita realmente con lo que surge de Silicon Valley, no puedes competir». Rodeado de exdirectivos de Google, Meta o Scale AI, y confiando en la inteligencia artificial como un «multiplicador de fuerza», Ellison no solo busca dirigir un estudio tradicional, sino transformar Hollywood en una infraestructura tecnológica por derecho propio.
Mientras las salas proyectan la caída de los viejos ídolos de la era digital, las firmas del norte financian plataformas, imponen sus arquitecturas de datos y compran los canales de distribución. Puede que el cine haya encontrado en Palo Alto a sus nuevos antagonistas, pero el verdadero thriller no se proyecta en la pantalla: se juega en los consejos de administración, donde Hollywood se encamina a convertirse, para bien o para mal, en la última sucursal de Silicon Valley.
Respecto a la llegada a la cartelera, los tres títulos completan su despliegue comercial durante este otoño de 2026. En Estados Unidos, The Social Reckoning de Aaron Sorkin y la travesía de casi cuatro horas de Alex Gibney en Musk abrieron el fuego con sus estrenos el pasado 9 de octubre, seguidas de cerca por You Can See Everything, que desembarca en salas americanas este 16 de octubre. En España, los espectadores ya pueden ver en cines el filme de Sorkin desde ese mismo fin de semana de inicios de octubre, mientras que la controvertida propuesta de Gibney y la puzle-ficción sobre Holmes afinarán sus fechas exactas de exhibición y salto a plataformas en las próximas semanas.
Miquel Pellicer es periodista, antropólogo y editor del boletín Periodismo Digital. Puedes seguir sus boletines en nuestra red social deltha.eu






