Arte y Letras Literatura

Los dioses de Hari Kunzru

Dioses sin hombres
Hari Kunzru
Alfaguara, 2012

Dioses sin hombresAunque hijo de un pandit cachemir, Hari Kunzru (1969) es más inglés que un casco de bobby. Eso le garantiza a uno que no tendrá que pechar con la tontería orientalista y el exotismo marrullero, a lo Murakami. El título de su última novela, Dioses sin hombres (Alfaguara, 2012) remite a una frase de Balzac (recordando a Dai Sijie y su costurera, cabe plantearse qué relación existe entre asimilación y Balzac) y no al politeísmo indio, como alguien podría suponer. Si acaso, al politeísmo norteamericano, que haberlo, haylo.

En Punto Omega (Seix Barral, 2010), Don Delillo convierte el desierto en símbolo de la disolución del tiempo. A diferencia del tiempo suspendido en la infancia, la percepción desde la vejez (caso del asesor militar Richard Elster, retirado en Anza-Borrego) entiba la propia aniquilación. En Dioses sin hombres, una decena de historias separadas temporalmente condimentan la presencia de una formación rocosa de gran poderío telúrico en el desierto de Mojave. Si bien en ambas novelas el desierto representa el papel protagonista, Kunzru evita su papel metafórico convirtiéndolo en nexo misterioso de diferentes narraciones.

Así, asistimos a la peregrinación californiana de fray Francisco Garcés —convertido por Kunzru en un heterodoxo—, la experiencia mística de un minero mormón intoxicado por vapores mercuriales, el mal de amores de un etnólogo herido en la Gran Guerra, los encuentros en la tercera fase de un ingeniero aeronáutico, la tibia historia de un hodierno roquero bajo el influjo del peyote… Todo lo que la imaginación de Kunzru se permite emplazar en el mismo espacio físico. Narraciones de calidad muy desigual entre las que destaca la desaparición del retoño autista de Jaz (hijo de un sij panyabí) y Lisa (judía), probablemente arrebatado por un coyote, animal totémico de la novela.

Una extravagante mezcla de Breaking Bad y los dibujos de la Warner abre la novela: un coyote antropomorfo elabora metanfetaminas en un laboratorio en el desierto. Llegado el momento, le da por encender un cigarrillo y salta por los aires. Resurrecto, el Prometeo animado continúa con su faena hasta que se intoxica con un nuevo escape de gas. Vuelto a la vida, le da por contonearse sin advertir que su cola está llamas, estallando de nuevo. Y así, sucesivamente. En los mitos de los nativos americanos, el coyote era una suerte de dios dotado de la facultad de moverse entre la esfera física y la espiritual. En el recordado Evangelio del Coyote, historia corta de Animal Man (#5, 1988), Grant Morrison hace de dicho mamífero, mediante un insólito juego metatextual, una máscara del Cristo gnóstico. Kunzru aprovecha esta figura fronteriza entre lo humano y lo divino (el trickster estudiado por Mircea Eliade) con vistas al “realismo hermético” de su novela. Dioses sin hombres sigue el camino marcado por el tótem límite: rompiendo las fronteras entre alta cultura y cultura popular se aproxima a las fuerzas mágicas de los Pináculos, cocinando un sopicaldo con las religiones abrahámicas, los mitos indígenas y la ciencia ficción de serie B.

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3 comentarios

  1. Sofía Alberoni

    «la tontería orientalista y el exotismo marrullero, a lo Murakami»
    Ajá, no ha leído Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o La caza del carnero salvaje, ¿verdad? Porque entonces no diría una frase tan necia.
    Y sobre ese «nuevo» género:
    El atlas de las nubes y Escritos fantasmas de David Mitchell, El mundo es un canalla de Jennifer Egan (premio Pulitzer 2011), Las horas de Michael Cunningham, 2666 de Roberto Bolaño… Y echando la vista atrás, V de Thomas Pynchon. ¿Le suena algo o sólo ha leído un artículo en el New York Times?

  2. totalmente deacuerdo murakami no es, ni quiso convertirse en un idolo de masas de las letras,sus novelas son unicas y profundas,se han difindido tanto por la calidad y forma de escribirlas, y el que les habla las ve asi desde el punto de vista de su uibjetivismo,como tambien creo que el que escribio el articulo
    pero creo que murakami merece un respeto mucho mayor que denominarlo como un osho de la literatura japonesa

  3. Pingback: Los dioses de Hari Kunzru | ¡Evohé!

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