Historia

La noche de los cuchillos largos

Un asesinato masivo permitió a Adolf Hitler conservar el poder durante uno de los más inciertos pasajes de su mandato; bien pudo haber sido desalojado del gobierno apenas un año después de convertirse en canciller de Alemania. Lo sorprendente es que no fue el miedo lo que permitió que dichos crímenes lo reafirmaran en el cargo, sino la aprobación tácita de la mayoría de los alemanes hacia esa matanza. El que la nación más avanzada de Europa, después de permitir con deprimente mansedumbre que Hitler demoliese la democracia en apenas meses, terminase aplaudiendo los métodos criminales de su nuevo jefe de gobierno, es uno de los capítulos más ilustrativos de la historia del Viejo Continente. Cómo una nación democrática se fue transformando en un estado totalitario. La política produce monstruos, cuando se deja a los monstruos crecer.

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Ernst Rohm
Ernst Rohm, el pendenciero jefe de las SA, cuya arrogancia estuvo a punto de costarle el pellejo a Hitler.

1931: Ernst Röhm, el hombre que podía tutear a Hitler

En 1931 Adolf Hitler acariciaba ya la idea de poder alcanzar el gobierno. Su partido, el NSDAP, estaba ganando cada vez más seguidores en una Alemania sumida en la depresión económica. El descrédito general que sufrían las instituciones democráticas de la llamada «República de Weimar» y la oratoria incendiaria de Hitler estaban convirtiendo a los nazis en una fuerza política de primer orden. Uno de los grandes atractivos del NSDAP para los ciudadanos descontentos —en especial los de clase baja y escasa formación— era la apariencia paramilitar de la mayor de sus organizaciones internas: las SA. Este ejército privado del partido, conocido como los «Camisas Pardas», contaba ya con cientos de miles de miembros en todo el país en 1931 y se estaba apoderando de las calles. Si Hitler era el corazón del partido, las SA eran el músculo, y su función era bien sencilla. Ejercían como matones callejeros para mantener a raya a los partidos adversarios; además se encargaban de que los actos públicos del NSDAP, como desfiles y concentraciones, ofreciesen una imagen espectacular. Las SA eran tan numerosas y acumulaban tanto poder que casi funcionaban como un organismo independiente dentro del movimiento nacionalsocialista. De hecho, el propio Hitler había tenido algún conflicto con las SA en el pasado y quiso evitar nuevos problemas designando a uno de sus mejores amigos, Ernst Röhm, como jefe de los Camisas Pardas.

Röhm instituyó rápidamente en las SA un monumental culto al macho, hasta el punto en que la adoración de la violencia y un masculinismo exagerado se convirtieron en la marca de fábrica de los Camisas Pardas.  Esta glorificación de la virilidad quizá resulte menos sorprendente si tenemos en cuenta que el propio Ernst Röhm era homosexual y apenas se molestaba en ocultarlo; su tendencia sexual era un secreto a voces en Alemania. Se lo intentó desacreditar por causa de ello, pero Hitler defendió abiertamente a Röhm afirmando que no resultaba legítimo atacar a un rival político por asuntos que pertenecían al «estricto ámbito de la privacidad». Puede parecer sorprendente que Adolf Hitler se mostrase tan tolerante con las tendencias gays de su viejo amigo, pero en 1931 la moral sexual preocupaba poco al líder nazi. Además, también él tuvo que hacer frente al escándalo cuando su sobrina adolescente Geli Raubal —tras mantener con él una extraña relación sentimental— se suicidó de un disparo en casa del propio Hitler, al parecer harta de la obsesión posesiva de su famoso tío. Adolf Hitler, pues, había aprendido por sí mismo la importancia de mantener la vida privada lejos de la política para no mostrarle flancos débiles al adversario. En cualquier caso, bajo el mandato de Ernst Röhm las SA contribuyeron en gran medida al crecimiento del movimiento nazi. Para muchos desempleados y oportunistas las SA eran una forma de sentirse importantes y liberar sus frustraciones mediante actos agresivos e intimidación. El vestir de uniforme e imitar en lo superficial las hechuras de un ejército resultaba muy atractivo y provocaba en muchos votantes desencantados con la inestable democracia la sensación de que los nazis mostraban fuerza, orden e iniciativa, y que podrían resolver los problemas del país.

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15 comentarios

  1. Xavier Calpena

    Interesantísimo artículo. Toda locura colectiva suele ir acompañada de un sectarismo visceral.

    Anotación sobre la foto de Hitler con Paul von Hindenburg: Parece un fotomontaje. Ver mano de Hitler ¿Quién da la mano de ese modo? Depositándola toda ella en la mano de su interlocutor, incluido el dedo pulgar el cual debería rodear el dorso de la mano de von Hindenburg. Ese es solo uno de los detalles, quizás el más llamativo.

    ¡Felicidades por el sitio!

    • Te equivocas, estás mirando el índice, doblado quiza de manera confusa. Si te fijas justo encima de la mano de Hindenburg, se ve el pulgar de Hitler.

  2. Muy buen artículo!

  3. Ahora vivimos en otra locura colectiva, se llama globalización y»progresismo».

  4. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | La vida cotidiana en la Alemania nazi (I)

  5. Ernst Rohm era calcado a Benny Hill

  6. ¿Cabe la posibilidad de que esta historia se esté repitiendo en Grecia con el partido ultra amanecer dorado?

  7. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | La historia que no nos contaron (II): Campeones de cinismo

  8. Pingback: El combate de boxeo entre un púgil franquista y otro republicano que nunca se celebró

  9. » Pero la purga de las SA mediante métodos mafiosos recordaba demasiado a las purgas soviéticas: era hora de abrir los ojos y reconocer que Adolf Hitler iba a convertirse en un tirano. Tener a un tirano fanático al timón de Alemania era —o debería haber sido— una seria preocupación para las democracias occidentales»

    «El comunismo soviético fue financiado por los países demócratas occidentales.»

    PD: buen articulo, pero descontextualizado… como siempre.

  10. Pingback: Jot Down Cultural Magazine¡No seas como Hitler! - Jot Down Cultural Magazine

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