La vida cotidiana en la Alemania nazi (I)

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“Médico de 52 años, ario puro, veterano de la Batalla de Tannenberg, con intención de instalarse en el campo, desea progenie masculina mediante matrimonio civil con aria sana, virgen, joven, modesta, ahorradora, acostumbrada al trabajo duro, ancha de caderas, que no use tacones altos ni pendientes y, si es posible, también sin propiedades”.

Este anuncio de contactos —publicado en el periódico alemán Neueste Nachrichten en pleno Tercer Reich— leído hoy en día resulta un tanto peculiar, pero en su tiempo era uno de tantos otros. Su autor simplemente daba valor a lo que la gente de su entorno, la radio, los carteles y las autoridades valoraban. Lo normal, lo que todo el mundo debía hacer. ¿Y qué era por entonces lo normal?

Desde que Adolf Hitler resultase designado canciller en enero de 1933, el objetivo del nazismo fue lo que denominaron como Gleichschaltung. El significado inicial de este término —procedente de la ingeniería— era el de la conversión de la corriente eléctrica alterna en continua. En un sentido más amplio podría traducirse como “coordinación” o “alineamiento”. De lo que se trataba era de nazificar la sociedad alemana, ahormar según el ideario nacionalsocialista todas las costumbres, asociaciones, creencias, leyes, actividades culturales, relaciones personales, entretenimientos… Según explicaba un alemán de la época asociando el concepto a su sentido originario: “la misma corriente ha de fluir a través del cuerpo político del pueblo”.

Se trató de un espectacular proceso de ingeniería social, gigantesco aunque gradual a lo largo de los años treinta, revolucionario en unos aspectos y conservador en otros, que fue impuesto desde el Estado pero que contó con la colaboración entusiasta de muchos alemanes y la aceptación pasiva de la mayoría. Como sabemos, los peor parados fueron los judíos (seguidos de comunistas, homosexuales y gitanos), pero no es intención de este artículo describir una vez más el Holocausto. Ya ha sido suficientemente tratado y me gustaría centrarme más en la vida del 99% restante de la población alemana. Precisamente eso es algo que resulta curioso, la escasísima cantidad de judíos que realmente habitaban Alemania: en torno a los 600.000 sobre una población de 65 millones. Si añadimos que se concentraban en grandes ciudades como Berlín o Hamburgo, tenemos que muchos nazis llegaron a odiar furiosamente a los judíos y responsabilizarlos de todas sus desgracias aunque nunca alcanzaran a ver uno.  Quizá eso ayude a explicarlo.

Pero antes de meternos en harina aprovecho para recomendar Por qué creemos en cosas raras de Michael Shermer. Ante la proliferación que ha traído internet en los últimos años de toda clase de ideas conspiranoicas y estrafalarias, entre ellas el negacionismo, no hay nada mejor que información precisa sobre el Holocausto como la que proporciona sobre ese y otros asuntos este divulgador, que tal como acostumbra a decir hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro.

Mujeres, familia, sexo…

La liberación de las costumbres sexuales así como la disminución de la natalidad y del número de matrimonios durante la República de Weimar fue considerada a ojos del nazismo como un claro síntoma de decadencia. De acuerdo a su visión del mundo, la mujer debía estar apegada a las tres k: kinder, kirche, küche (niños, iglesia, cocina). El propio Hitler afirmó en cierta ocasión que los derechos de las mujeres en el Tercer Reich consistirían en que toda mujer encontraría marido. El Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, por su parte, indicaba que “la mujer tiene el deber de ser hermosa y traer hijos al mundo, y esto no es tan vulgar y anticuado como a veces se cree. La hembra del pájaro se embellece para su compañero e incuba sus huevos para él”. Un ideario que contaba con la aprobación de muchas de ellas —decía el que fue corresponsal español en Berlín Manuel Chaves Nogales en aquel tiempo— puesto que:

“Las mujeres, a las que la crisis ha echado a la calle, tienen que patear y luchar a brazo partido con los hombres en medio del arroyo. Las pobres, en esa lucha, llevan la peor parte, naturalmente, y si de pronto aparece un guardia que dice autoritariamente: “¡Basta; a la cocina!”, la mujer se va muy contenta, porque supone que, efectivamente, hay una cocina a la cual se puede ir a cocinar”.  

Si las mujeres debían dedicar su vida a criar a los hijos, darles una educación universitaria era entonces un desperdicio de recursos, así que una de las primeras medidas que adoptaron fue restriingir su acceso a la universidad, estableciendo un máximo de un 10% sobre el total del alumnado. Asimismo, se les prohibió ejercer como jueces y fiscales dado que “no pueden pensar lógicamente ni razonar objetivamente, puesto que se rigen por sus emociones”.

La estricta separación por sexos que estableció el régimen y la expulsión de las mujeres de casi cualquier ámbito público (acorde a la estructura del Partido, íntegramente masculina) no facilitaba precisamente la tarea de encontrar pareja. En regiones como Breslau se decretó que las menores de 18 años que acudieran a una sala de baile sin la compañía de un adulto irían a un reformatorio, posteriormente la Ley para la Protección de Menores prohibía a los menores estar en la calle desde el momento en que oscureciera, y después de las 9 de la noche únicamente podían ir al cine, sala de baile o restaurantes en compañía de un adulto. Pero como decían en Parque Jurásico la vida siempre se abre camino, así que durante el gran mitin de Nuremberg de 1936, que contó con 100.000 asistentes de las Juventudes Hitlerianas y de su equivalente femenino, la Unión de Jóvenes Alemanas, 900 chicas menores de 18 años regresaron del evento embarazadas. En más de la mitad de los casos no se pudo determinar quién fue el padre. En ciudades como Hamburgo se popularizó una moda de cierta rebeldía —aunque el régimen nunca llegó a verlo como una amenaza real— llamada “movimiento swing”, en el que jóvenes de ambos sexos acudían a fiestas privadas vestidos al estilo moderno de ingleses y americanos (y ellas muy maquilladas, con faldas cortas y actitudes provocadoras) para bailar música jazz, prohibida al estar vinculada a los negros. Hay una película al respecto protagonizada por Christian Bale y que lleva por título Rebeldes del swing.

La anteriormente mencionada Unión de Jóvenes Alemanas, que ocupaba el tiempo de sus integrantes con pruebas gimnásticas y adoctrinamiento ideológico, tenía una sección para las chicas de 17 a 21 años llamado Fe y Belleza. En ella se inculcaban nociones de economía doméstica y moda nacional, que consistía en blusa blanca, falda recatada hasta el tobillo y zapatos gruesos. La vestimenta que debía tomarse como referencia era el Dirnl, el típico traje tradicional alemán que tantas veces hemos visto en imágenes del Oktoberfest y similares. La mujer alemana debía ser austera y rehuir cualquier reclamo sexual, tal como veíamos en el anuncio del comienzo. Hacerse la permanente era castigado con afeitado de la cabeza, ya que las jóvenes debían llevar dos trenzas rubias a cada lado o bien una corona de trenzas llamada gretchen. Si bien eran populares las marcas de champú que les permitían tener un pelo más rubio, el maquillaje se consideraba una moda extranjera totalmente inapropiada y en Berlín se dieron casos en los que mujeres que iban muy maquilladas eran insultadas al grito de putas y traidoras y algunos Camisas Pardas (miembros de las SA) regañaban a aquellas que veían por la calle con los labios pintados o las cejas depiladas. Pero este acoso no logró erradicar la costumbre y se popularizaron maquillajes que proporcionaban un aspecto natural. Respecto a los materiales y la fabricación, el régimen fomentó las fibras artificiales nacionales y la ropa hecha en casa como vía hacia la autarquía, aunque finalmente en este sector, como en otros, lo que generó finalmente fue la creación de un mercado negro.

“¡Mujeres! Salven las familias alemanas. Elige Adolf Hitler”

Para evitar que ninguna mujer se quedase para vestir santos las autoridades pensaron que, una vez concluida la guerra, los soldados que hubieran demostrado más valentía en el campo de batalla podrían casarse con dos mujeres. Un plan que no pudo ponerse en práctica debido al curso de la historia que ya conocemos. Pero lo que sí  se llevó a cabo fueron los Lebensborn (Fuente de Vida), hogares para mujeres solteras que eran fecundadas por los sementales considerados más racialmente idóneos de las SS, las tropas de elite dirigidas por Heinrich Himmler. Los sacrificados patriotas que adquirieron esta responsabilidad lograron embarazar en total a 8.000 candidatas.  El protocolo en estas fábricas de superhombres era el siguiente, según un testimonio de una de las jóvenes que pasaron por allí:

“En el hostal de Tegernsee, esperé hasta el décimo día, después del comienzo de mi menstruación y fui examinada médicamente, a continuación me acosté con un hombre de las SS que tenía que cumplir también su obligación con otra chica. Cuando se diagnosticó el embarazo, pude elegir entre volver a casa o entrar directamente en un hogar de maternidad (…) El parto no fue fácil, pero a ninguna mujer alemana que se precie se le ocurriría hacerse dar inyecciones artificiales para aminorar el dolor”.

Si por el contrario lograban encontrar un prometido, para poder casarse la pareja debía contar con la aprobación del Tribunal de Salud Hereditaria. Su finalidad era impedir la procreación a “individuos inferiores y asociales, enfermos, deficientes mentales, locos, tullidos y delincuentes”. Aunque su aplicación fue escasa, quienes no lograban superarla se enfrentaban a la esterilización forzosa.

Una vez logrado el visto bueno la boda podía celebrarse, aunque no era lo más habitual, mediante un ritual neopagano. Tenía lugar bajo un retrato de Hitler —y si el esposo contrayente además era de las SS recibía como regalo una edición de lujo del Mein Kampf—, en el altar se depositaba un cuenco metálico con runas (antiguos signos germánicos que representaban un alfabeto rudimentario) grabadas en un lateral, mientras que en su interior debía arder un fuego sagrado. El fuego era de hecho uno de los elementos fundamentales en la cosmovisión nazi, bien fuera realizando desfiles nocturnos con antorchas, saltos sobre el fuego como rito de iniciación en las Juventudes Hitlerianas o en el uso de una antorcha con la que encender un pebetero en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 (rito éste que como vemos ha perdurado hasta hoy). Una vez concluido el rito los recién casados entonces podían solicitar un préstamo sin intereses del Estado por valor de 1.000 marcos, siempre que la mujer se comprometiese a no trabajar. Como hemos visto, su función debía ser otra.

Hitler atribuía a la natalidad un valor patriótico-militar: “también la mujer tiene su campo de batalla; con cada niño que trae al mundo y ofrece a la nación participa en la lucha por el bien de ésta”. De esa manera se conseguirían más soldados para una guerra que se veía próxima, y posteriormente esa nueva generación podría colonizar el llamado “espacio vital alemán” que se habría logrado conquistar en ella. De hecho durante la guerra se popularizó la expresión “he donado un hijo al Führer” cada vez que una mujer quedaba embarazada o daba a luz. Curiosamente algunas parturientas rechazaban cualquier anestesia, prefiriendo en su lugar gritar “Adolf Hitler”, lo que se consideraba que tenía propiedades analgésicas.

Dado que fomentar la natalidad era prioritario, se restringió la venta de anticonceptivos y se prohibió el aborto, aunque no para las mujeres judías. El acto de follar pasó a ser conocido humorísticamente como rekrutenmachen (hacer reclutas) mientras que las mujeres estériles pasaron a ser llamadas despectivamente bevölkerungspolitische blindgäger (fracasos demográficos). El 12 de agosto de cada año, coincidiendo con el cumpleaños de la madre de Hitler, el propio Führer otorgaba a las mujeres más prolíficas la Cruz de Honor de la Mujer Alemana. De bronce para quienes tenían más de cuatro hijos, de plata para las que tenían más de seis, y de oro para quienes superaban los ocho hijos. Asimismo, el décimo hijo de una mujer pasaba a ser apadrinado por él y tenía que recibir el nombre de Adolf. Una vez nacía un niño, era costumbre anunciarlo en un periódico local, como vemos en este ejemplo publicado en el Dresdner Anzeiger el 27 de julio de 1942:

“Volker ψ 21-7-1942. En la época suprema de Alemania, a Thorsten le ha nacido un hermanito. Con alegría teñida de orgullo, Else Hohmann y Hans-Georg Hohmann, Untersturmführer de las SS en la res. Dresde, General Wever-Strasse”.

Aparte del paganismo del símbolo de la Runa de la Vida, resulta llamativa esa mezcla de solemnidad patriótica y cercanía  familiar. Respecto al nombre del hermano, era también típicamente nazi, puesto que se sustituyeron los tradicionales de origen cristiano por los presentes en sagas germánicas como Sieglinde, Edeltraud, Günther o Ekke-Hard, así como aquellos que incluyeran un guión como Bernd-Dietmar o Dietmar-Gerhard, que al parecer eran más genuinamente alemanes.

Por cada niño se otorgaban ayudas estatales en forma de reducción de impuestos y condonación de la cuarta parte del préstamo de 1.000 marcos que antes mencionábamos. Asimismo, los gobiernos locales otorgaban diversas ayudas como uniformes escolares o una reducción en las facturas de agua y electricidad. Se incrementó la construcción de viviendas sociales destinadas a familias numerosas, en las que además el marido tenía preferencia para obtener un empleo en ciertos sectores. Las familias también contaban con el apoyo del Servicio de Madres del Reich, dependiente de la Asociación Nacionalsocialista de Mujeres, que daba cursos para enseñar a cocinar, coser y cuidar de recién nacidos.

Visto hoy en día, esos seis, ocho o diez hijos son realmente es mucha descendencia, pero seguían siendo pocos a los ojos de los especialistas en higiene racial que dirigían las instituciones. Como Fritz Lenz, quien estimaba que cada mujer debía tener a lo largo de su vida 15 hijos y cualquier cifra menor sería debido a “causas no naturales o patológicas”. La exigencia de dejar descendencia no se limitaba a una propaganda martilleante, sino que en ciertos trabajos era un requisito indispensable también para los hombres. Un memorando del Ministerio del Interior de 1937 explicaba que:

“Todos los aspirantes solteros a un ascenso en el cuerpo de funcionarios deben hacer una declaración escrita exponiendo por qué no se han casado y cuándo se proponen hacerlo. Todo funcionario casado y sin hijos que lleve por lo menos dos años de matrimonio debe exponer los motivos por los que no tiene hijos antes de recibir el nombramiento definitivo (esta declaración deberá incorporarse a su expediente personal).”

El nacionalsocialismo exaltaba la juventud y la masculinidad. Fuente: archivo de Life

Sin embargo, esta obsesión por la natalidad se veía en parte contrarrestada por la esterilización. Los higienistas nazis más entusiastas aspiraban a esterilizar al 20% de la población, aunque las cifras acabaron siendo bastante menores. El respeto por los veteranos de guerra tullidos entraba en conflicto con esa tendencia a repudiar a quienes no fueran considerados saludables, pero por otro lado los criterios de aplicación de categorías tan ambiguas como “asociales”, “alcohólicos” o “débiles mentales” hacían que en la práctica aquellos sobre los que se aplicaron fueran principalmente gente de clase baja como prostitutas y mendigos. Para medir la inteligencia de los sujetos juzgados por los Tribunales de Salud Hereditaria se realizaban preguntas como quiénes eran Bismark y Lutero, por qué las casas tenían más altura en la ciudad que en el campo o qué forma de Estado era la vigente. Aunque algunos médicos del Partido expresaron su recelo ante estos cuestionarios, ya que consideraban que habría Camisas Pardas incapaces de superarlos. Por otra parte, en esta época la esterilización forzosa era una práctica vigente en países como Dinamarca, Suecia, Noruega (donde llegaron a aplicarla a 40.000 personas) y Estados Unidos.

Respecto a la Ley de Protección de la Sangre y Honor Alemanes de 1935, también conocida como Leyes de Nuremberg, prohibía tanto las relaciones sexuales como el matrimonio entre judíos y arios, aunque acorde con la mentalidad nazi casi siempre castigaba a los hombres, al considerar a las mujeres un sujeto puramente pasivo en una relación, exceptuando el caso de algunas judías. De esa manera también fue castigada la homosexualidad, aunque no el lesbianismo. No obstante, el culto del nazismo a la camaradería masculina, la prolongada y estrecha convivencia entre jóvenes en campamentos de organizaciones como las Juventudes Hitlerianas y la restricción en el contacto con mujeres, eran un caldo de cultivo bastante propicio para que se produjeran relaciones que las autoridades mantenían ocultas en unos casos y castigaban enviando a los culpables a campos de concentración, donde su tasa de mortalidad era del 60%. De hecho, la ejecución del dirigente de las SA Ernst Röhm, durante la Noche de los Cuchillos Largos, fue explicada por Himmler con el argumento de que había intentado establecer una dictadura homosexual que habría llevado a Alemania al desastre.


Chistes, saludos, vigilancia mutua…

El 26 de junio de 1943, una empleada de una planta industrial armamentística fue condenada a muerte por contar a una compañera de trabajo el siguiente chiste:

“Hitler y Göring están de pie, en lo alto de un radiotransmisor. Hitler dice que quiere dar a los berlineses un poco de alegría. Göring le replica: “¿Entonces por qué no saltamos desde la torre?”.

Al régimen desde luego no le hizo ninguna gracia, ni ese ni ningún otro. Según una ley del 20 de diciembre de 1934, pasó a ser considerado delito realizar “declaraciones de odio”, una categoría en la que estaban incluidos los chistes contra dirigentes del Partido y contra el régimen en su conjunto. La Ley contra rumores maliciosos por su parte, castigaba cualquier comentario mínimamente crítico. A pesar de ello, según una encuesta posterior realizada por el investigador Eric A. Jonson, el 27% de los habitantes de Colonia (un porcentaje que podría extenderse al resto de Alemania) contó un chiste ilegal a lo largo del Tercer Reich. Un oficial de policía escribió en 1937:

“Hace algún tiempo que inventarse y contar chistes políticos se ha expandido de tal manera que se ha convertido en una verdadera plaga. Dado que estas bromas son la expresión de un estado de ánimo y son inofensivas, no se les puede objetar nada como han subrayado repetidamente las más altas instancias del gobierno. Pero si su contenido es injurioso, no se puede tolerar que circulen por razones de seguridad.”

Aparte de que hacer una gracia sobre algo prohibido resulta más tentador, era también un recurso en un régimen que había asfixiado cualquier otra forma de oposición. Además el nazismo daban mucho juego con todas sus obsesiones, como en este chiste:

“—¿Qué te parece si contribuyésemos en algo a la perpetuación de la raza, Roswhita?
  —No tan deprisa, cariño. Recuerda que el abuelo tenía diabetes.”

Pero la principal diana de todos los comentarios burlescos fue siempre Goebbels. Su omnipresencia en radio y prensa, su baja estatura, su cojera y sus frecuentes infidelidades eran terreno abonado para todo tipo de chascarrillos. La corrupción generalizada del régimen, que favorecía sistemáticamente a los miembros del Partido, y más adelante las penurias que sufría la población en tiempos de guerra también se sobrellevaban con humor. Por su parte, también los propios nazis contaban con cierto humor sarcástico, como llamar “la comidita de los judíos” al Zyklon B (que venía en latas parecidas a las de conservas) o poner señales de tráfico con la advertencia “Curvas peligrosas. Los judíos pueden ir a 120 kilómetros por hora”.

No obstante, la población aprendió pronto a distinguir dónde y ante quienes podían realizar según qué clase de comentarios. Por ejemplo en 1933, el 75% de los comentarios críticos que fueron denunciados en Augsburgo habían sido escuchados en tabernas y bares, apenas dos años después el porcentaje cayó al 50% y unos años después ya sólo el 10%. En esos locales nunca se sabía quién podría llegar a escucharte, así que el círculo de confianza fue estrechándose más y más. “Ya no hay carta, conversación telefónica, o palabra dicha en la calle que no pueda ser objeto de denuncia. Todos temen que el otro pueda ser un traidor o un espía” señalaba en su diario el escritor judío Victor Klemperer en 1933. Una costumbre esta, la de escribir diarios, que también podía ser peligrosa. Durante la guerra escribir en el diario personal dudas o críticas pasó a ser considerado “subversión de la propia persona”. Un ejemplo digno de mención es el del aristócrata Friedrich Reck-Malleczewen, quien tenía un diario en el que describía a los nazis como “hordas de simios viciosos” y respecto a Hitler no parecía ser partidario:

“Esquizofrénico borracho de poder (…) te he odiado cada hora de mi vida, te odio tanto que daría gustosamente mi vida para que murieras. Me dirigiría gustosamente hacia la perdición y me sumiría en las profundidades si supiera que puedo arrastrarte”.

Consciente de que escribir estas cosas aunque nadie las leyera podría acarrearle riesgos, acostumbraba a esconder el diario cada noche en algún lugar del bosque que formaba parte de su propiedad. Hasta que por desgracia finalmente fue detenido y murió en el campo de concentración de Dachau.

Así que ese temor fundado a expresarse libremente incluso en ambientes muy reducidos y aparentemente de confianza llevó a convertir en una coletilla la frase “tú también has dicho unas cuantas cosas”, cada vez que dos amigos se despedían después de haber estado un rato hablando. Otra expresión popularizada era el “vistazo alemán”, cuando dos amigos se encuentran y echan un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie los escucha. Era una alusión irónica al “saludo alemán”, como se denominaba al clásico “Heil Hitler” con el brazo en alto que tantas veces hemos visto en las películas. Aunque inicialmente sólo era obligatorio para los funcionarios, pronto pasó a generalizarse entre la población como una forma de mostrar adhesión al régimen. De hecho, una forma de oposición entre los desafectos consistía en realizar el saludo levantando el brazo solo a medias.

La causa última de todas estas precauciones era la Gestapo, la temida policía política del régimen.  Y sin embargo… la ciudad de Colonia, con 750.000 habitantes, tenía en 1939 un total de 99 agentes de este cuerpo. Lo que supone unos 7.500 ciudadanos por agente. Otro ejemplo es Krefeld, que tuvo un máximo de 14 agentes para vigilar a 170.000 habitantes. En el resto del país la proporción era similar. Es decir, lejos de ser un servicio de control y espionaje todopoderoso resultaba en realidad bastante limitado en sus recursos. Además a esto hay que añadir que a partir de 1933, una vez fueron erradicados los opositores comunistas y socialistas, los esfuerzos de la Gestapo se centraron en el control y persecución de minorías como testigos de Jehová, gitanos, homosexuales y —muy especialmente— judíos. Es decir, los ciudadanos corrientes en principio tenían poco que temer siempre que aceptasen las consignas oficiales y no dieran problemas. Y eso es lo que hicieron. En Krefeld menos del 1% de la población fue detenida o interrogada por este cuerpo. De hecho, según el estudio anteriormente mencionado de Eric A. Jonson, el 75% de los alemanes nunca temió ser detenido por la Gestapo.

¿Entonces de dónde provenía el miedo a hablar delante de cualquier extraño e incluso conocido que anteriormente señalábamos? Sencillamente de que si bien este cuerpo policial era pequeño, todos los ciudadanos tenían derecho a recurrir a él para denunciar sospechosos. Y así lo hicieron muchos. El 26% los denunciantes eran alemanes corrientes, frente al 17% llevado a cabo por denuncias de la Policía Criminal. La Gestapo era utilizada por los ciudadanos, en unos casos nazis convencidos, en otros quizá simples oportunistas que aprovechaban esta herramienta puesta a su alcance para vengarse de vecinos, compañeros de trabajo o parientes a los que querían ver castigados por algún agravio personal. En Colonia la relación entre denunciantes y denunciados a la Gestapo era de vecindad en un 26% de todos los procedimientos. Es interesante indicar que había un 3% que denunciaba a sus jefes y un 4% a su cónyuge. Hay relaciones de pareja que pueden acabar bastante mal…

En conclusión, si tenemos en cuenta todas las cifras de detenidos por la Gestapo eran —pese a la colaboración ciudadana— bastante bajas respecto al total de población. En Lippe, por ejemplo, con 176.000 habitantes, a lo largo de los doce años que duró el Tercer Reich hubo en total 292 denuncias. Basta arremeter contra unos pocos para atemorizar al conjunto. A esto se le podría añadir lo que se conoce en psicología como disonancia cognitiva, que es el rechazo que nos provoca vivir en una contradicción. Es decir, viviendo en un entorno nacionalsocialista, con su propaganda, sus símbolos omnipresentes, con esas pequeñas “cositas nazis” que se introducían en la vida cotidiana como hemos estado viendo (y seguiremos haciéndolo en la continuación)… En ese contexto, decíamos, mantener unas ideas opuestas creaba una fractura con el entorno que para muchos no fue intelectual o moralmente soportable y prefirieron dejarse llevar. (Continúa)

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Bibliografía:

-   El Tercer Reich en el poder, Richard J. Evans
-   Historia social del Tercer Reich, Richard Grunberger
-   El terror nazi: la Gestapo, los judíos y el pueblo alemán, Eric A. Jonson
-   La conciencia nazi: la formación del fundamentalismo étnico en el Tercer Reich, Claudia Koonz
-   La Alemania nazi, 1933-1945, Álvaro Lozano
-   Bajo el signo de la esvástica, Manuel Chaves Nogales
-   La lengua del Tercer Reich, Victor Klemperer
-   Inside Hitler´s Germany: life under the Third Reich, Matthew Hughes&Chris Mann
-   Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, Rosa Sala Rose
-   Por qué creemos en cosas raras, Michael Shermer
-   Memorias, Albert Speer

45 comentarios

  • Gran artículo, muchas gracias por acercar la cara “menos conocida” del nazismo.

  • Muy buen artículo. Muy ameno e informativo. Enhorabuena.

  • Mini errata: El traje tradicional se llama dirndl con d en la penúltima.

    Por lo demás, el artículo es muy bueno y espero la/s continuación!

  • Entretenido, bien escrito e instructivo, una gozada, gracias por compartirlo.

  • Sencillamente lo mejor que he llegado a leer acerca de la Alemania nazi, nada del holocausto ni de los perseguidos o casos particulares sino cómo vivía el conjunto de la población

  • Simplemente genial. Gracias

  • ¡Genial el artículo! Muy bien documentado y redactado.
    Ahora estoy pensando si alguno de mis amigos o conocidos tendrán el tiempo, las ganas de leérlo.
    Cada día me doy más cuenta que esto de leer es lo más revolucionario que ha existido nunca y lo que más me alegra haber aprendido en mi vida.
    Gracias otra vez por una lección de historia (conocía algunos datos, pero no todos).

  • Recuerdo un buen relato del difunto, aunque eternamente genial, Michael Ende, “La abuela está llorando en un jardín chino” (cuento incluido en su recopilatorio “Carpeta de apuntes”) en la que relataba detalles de cómo vivió el ascenso nazi y la Segunda Guerra Mundial. No sé si servirá como detalle para añadir a los siguientes artículos pero asumo que puede ser de interés ver cómo vivía la vida un desertor en la época ^_^

  • Fantastico, realmente fantastico. He de admitir que cuando segui el enlace que alguien puso en un foro, temi otra historia revisionista sobre las virtudes del nazismo y “las mentiras sionistas”, pero me he encontrado con un texto que no tiene desperdicio alguno. Mi enhorabuena Sr. Bilbao.

  • Anda, recordaba a Robert Sean Leonard, pero no a Christian Bale

  • Esa “disonancia cognitiva” es lo que vivimos los vascos, años y años recibiendo doctrina sabinita, lo más racista entre lo racista.

  • Hola. El artículo, aunque comparativamente es de una calidad muy alta, en muchos aspectos está muy mal documentado. Tiene una enorme cantidad de falacias ya tradicionales en la historia política que no se corresponden con la realidad de la historia científica. Entre muchas de ellas, la mas ridícula y cruel es la manipulación del Lebensborn caracterizado como una fábrica de bebés arios, cuando no era mas que un servicio asistencial para mujeres solteras, viudas jóvenes o chicas que quisieran encontrar pareja.

    saludos

    Nos muestras una Alemania nazi caricaturizada.

    • Hola. Me resulta sorprendente que digas que es una falacia “ridícula y cruel” la alusión al Lebensborn cuando para referirme a él he copiado un testimonio de una participante de tal cosa. Dicho testimonio lo podrás leer en “Historia social del Tercer Reich” (página 263 Ed. Ariel), de Richard Grunberger. Alguien que -aparte de conocer de primera mano el régimen nazi al haberlo padecido- es un historiador respetado entre sus pares y cuyo libro es una obra de referencia.

      Me quedo con la duda de saber el resto de la “enorme cantidad de falacias” del artículo. Y no, al nazismo no hace falta caricaturizarlo, basta con mostrarlo tal cual es.

      Por último, he estado ojeando la web “Orden y cultura” a la que enlaza tu nick y de la que tal vez seas autor (o al menos simpatizante), con artículos en los que se alerta de “La extinción de los europeos étnicos” o el de cómo provocar terremotos, en el que se insinúa que el gobierno americano podría estar comprometido. Ok, no hace falta decir más. Por cosas así recomendaba el libro de Shermer.

  • Interesante revisionismo histórico

  • Excelente articulo, dan ganas de leer toda la Bibliografía.

  • No hay mucha diferencia entre alemania nazi y Alemania actual con esa bruja de Merkel

  • hablando del trato a las mujeres, las religiones son mucho mas radicales que lo descrito aquí.

  • El articulo me parece muy interessnte y realista. Culquiera que hay leido sobre nazismo estara de acuerdo.
    Me gustaria anadir a la bibliografia que indicas otro libro muy interesante y que trata precisamente el tema de tu articulo. Se titula “Vida y muerte en el Tercer Reich”. El autor es Peter Fritzsche. Y la editorial Critica. Es de 2008.

    • No creo que sea cuestión de estar de acuerdo o no. Son hechos documentados. Punto. Y relacionarlo con las religiones, como hace sbs, me parece fuera de lugar, porque no es esa la cuestión.

      Sólo quiero hacer un apunte al autor: a las mujeres homosexuales se las perseguía por se consideradas “elementos asociales”, esto es, marcadas con un triángulo negro. El caso de los hombres homosexuales, marcados por cierto con uno rosa, era diferente: según el artículo 175 era por se un grupo “improductivo” y no colaborar al crecimiento de una raza aparentemente superior. Artículo que siguió en vigor tras la Segunda Guerra Mundial y por lo cual fue tan difícil hacer una revisión histórica de los hechos. De hecho, ha sido uno de los últimos grupos considerados como comunidad perseguida.

  • Me ha encantado el artículo. Siempre que he leído del nazismo, leo casi lo mismo, pero hoy ha sido la excepción :’). Me llamó la atención el hecho de que sí aceptaran a las lesbianas, pero no a los hombres homosexuales ;O

    A mí por alguna extraña razón, desde la primera vez que me hablaron de los nazis tuve una “fascinación” por ellos… Tal vez sea que quedé en en shock por tantas cosas que hicieron o tal vez me impactó como una persona logró manipular a tanta gente.

    Ojalá tuviera dinero pa’ comprarme toda la bibliografía xD

    • Ramón, acabo de responder al respecto de las lesbianas. Mira el comentario anterior.

      Saludos

  • Creo que el artículo, aunque interesante, se desliza hacia el sensacionalismo cuando nos habla de las bodas según ritos neopaganos o los Lebensborn. Creo que convendría distinguir claramente entre los usos practicados por la SS, llamada a convertirse en la clase dirigente, una especie de aristocracia, con las del resto de la población. Si los judios eran a lo sumo el 1% de la población del Reich, tampoco eran muchos más la SS: un 2% aprox. Los que contrajeron matrimonio con ritos neopaganos o se sirvieron de los lebensraum eran cuantitativamente muchos menos: el 0,0001% de la población. La gente mayoritariamente se casaba con ritos tradicionales y los hijos se tenían en el seno de familias.

  • Acabo de cerrar “Las benévolas” tras la última página, y tuve la suerte de enfrentarme a “Mia es la venganza” hace muy poco… ¿Qué se puede decir, añadir a la barvarie más conocida de la historia? Pues esta es otra muestra de que se puede decir mucho aún…

    • Barbarie es con “b”, por dios. Y no, no fue una “barbarie”. Fue algo pensado, calculado y perfectamente medido. Lo contrario a “barbarie”, de hecho.

  • Enhorabuena por el artículo. Las claves de la historia casi siempre están en los detalles de la vida cotidiana, de la mayoría de la población. Sin un apoyo silente o adaptativo a una minoría de tarados, el nazismo no hubiera sido posible.

  • Hola buenas. ¿Habrá una segunda parte de artículo? ¿Sobre que fecha saldrá?

    Muchas gracias

  • Como artículo propagandístico cuya finalidad sea la de mostrar a los nazis como seres sedientos de preñar a rubias esculturales para luego meterse mano en ritos paganos, pues vale. Lo mismo a alguno le emociona tu descripción. Pero si tu intención ha sido la de ir más allá desde un punto de vista de investigación socio-cultural, la verdad que no te has lucido en demasía. Aún así en conclusión y descargo de los nazis sacamos en claro que:

    El NacionalSocialismo (NS) intentó adecuar los usos y costumbres de la sociedad alemana a sus planteamientos políticos. Lo mismo que ocurre en el resto de regímenes políticos pasados, actuales y futuros. Nada extraño.

    La Gestapo era un cuerpo policial infinitamente más pequeño que los que actualmente tenemos en la España democrática y que, a pesar de que la población estaba atemorizada y deseosa de linchar al vecino, realizaba pocas detenciones.

    El pueblo alemán aceptaba el NS como algo natural y del que quería formar parte, ya fuese por afinidad ideológica como por mantenerse dentro de la normalidad. Igual que ocurre hoy en día con la democracia, porque el que osa declararse anti-demócrata hoy en día ya sabe a lo que está expuesto por parte de los que le rodean.

    Si llevamos los datos de la Alemania NS de denuncias interpuestas por los cónyuges a los datos de la España actual y si además miramos el % de denuncias falsas entonces hacemos bueno el dicho de “las comparaciones son odiosas”.

    Actualmente existen infinidad de campañas en prensa (del Estado, CC.AA, Ayuntamientos, Diputaciones provinciales), para promover la denuncia de los ciudadanos frente a otros; números de teléfonos para denunciar ante ONG y diferentes cuerpos de seguridad del Estado con total anonimato; sanciones más elevadas si se produce la denuncia en un acto deportivo, sanciones penales más elevadas… Esto ocurre en la España democrática de hoy en día. Basta cambiar “denuncias por opiniones contra el NS” por “racismo, violencia de género, homofobia, antisemitismo…” claro está, en función de lo que cada uno entienda por estos términos, que en la mayoría de los casos poco tiene que ver lo sucedido con los cargos que se le imputan al denunciado.

    Y no vamos a entrar en las “declaraciones de odio” o en los chistes ¿no? Cuando hasta se censuran expresiones comunes o no se pueden contar chistes en según qué ámbitos porque se corre el riesgo de ser denunciado ¿No muy diferente a la Alemania NS, verdad?

    Hablas del “Tribunal de Salud Hereditaria” y comentas que tuvo escasa repercusión. Supongo que desconoces cual es el actual derecho civil imperante en España (y en el resto de Europa) y que existen ciertas disposiciones legales para determinados colectivos sin que nadie se lleve (de momento) las manos a la cabeza por ello.

    Hablas de desprecio a las mujeres y resulta curioso que el NS sea el único régimen en el mundo que hizo de la ayuda a las madres solteras una de las bases de su programa, buscando facilitarles la integración en la sociedad y la ayuda en todos los aspectos (casa, búsqueda de trabajo, guarderías para el cuidado del hijo) a través de la organización “Madre e Hijo” en lugar de someterlas al desprecio como ocurría en las sociedades democráticas de la época.

    El “desprecio” que sentía los NS por la mujer quedó más que manifiesto cuando pusieron al frente de su mayor obra propagandística, “El Triunfo de la voluntad” a una mujer, Leni Riefenstahl (que de nazi tenía poco). Y no contentos con ello le encargaron que se ocupara de las Olimpiadas de Berlín. O el caso de Hanna Reitsch que en 1936 rompió el récord mundial de trayecto en vuelo con planeador para mujeres con 305 km, siendo contratada un año después como piloto de pruebas de la Escuela de Pruebas Aéreas de la Luftwaffe. Fue la primera piloto de la Lufthansa. Y todo eso en un país en el que se decía que “no pueden pensar lógicamente ni razonar objetivamente, puesto que se rigen por sus emociones”.

    Más curioso aún resulta que un régimen sediento de sangre prohibiera el aborto y que, posteriormente, las prácticas de eugenesia fuesen declaradas ilegales y contrarias a la moral. Por cierto, a Ernst Rohm no le mataron por maricón (a pesar del desprecio que el NS sentía por la homosexualidad) sino por conspirar contra el III Reich.

    La importancia que las prácticas paganas tenían en la sociedad alemana eran nulas. Lo cual no es ni malo ni bueno, es simplemente un dato.

    Sobre la organización “Lebensborn” necesitaría un par de hojas para mostrarte que distaba bastante de un “casas de fornicio” para los SS, pero bueno, ya sabe todo el mundo que en el día a día de una alemana estaba el pasar por un centro de “Lebensborn” para recibir un par de descargas de sementales arios.

    El pretender dar una visión de la sociedad alemana del NS con datos absurdos, chistes, supuestos embarazos en actos multitudinarios… Puede ser suficiente para los que no quieren oír otra cosa. Pero existe gente con un pensamiento crítico que esperamos algo más. Aunque sea un poquito. Quizás para ello habría que recurrir a fuentes un poco más imparciales.

    • A Rohm lo mataron porque el ejército quería la desaparición de las SA, a la que veía como una competencia inquietante, y para quitarse de encima un obrerismo impostado que, una vez alcanzado el poder, era un lastre.

      En cuanto a Lebesnborn, la omisión más importante del artículo está en el secuestro de miles de niños “arios” en los países ocupados, llevados a Alemania para ser adoctrinados. Se le ve el cartón neonazi, señor Gurú.

  • Non coment!

  • Muy curioso! espero la segunda parte

  • Era mas aburrida que la vida es una ciudad de provincia como zaragoza actual http://www.youtube.com/watch?v=mityZWUMSxg&feature=related

    Aqui el acalde dice que nos va hacer una linea de tranvia.

  • Resulta curioso que un personaje como “Er Gurú” que se dedica a dar lecciones de casualismo, estética, indigencia política y madridismo-borreguismo por la red de redes lea, aunque sea de pasada, Jot Down. Sorpresas te da la vida.
    Por lo demás, recomiendo encarecidamente la lectura de “Joseph Goebbels: vida y muerte” de Toby Thacker y editado por Ariel en 2010, como complemento a la bibliografía aportada por Javier Bilbao, donde se desmitifican muchas banalidades y trivialidades en torno, no sólo a la figura de Joseph Goebbels, sino a la del “volk” alemán, especialmente en el periodo comprendido entre 1926 y 1933 primero y, posteriormente, entre el 33 y el 45.

    • A que viene tu definiciòn “madridismo-borreguismo”??
      Es que perteneces tambien a una casta de seres elevados y superiores por el hecho de haber nacido en otra provincia??
      O mas allá, propones un exterminio o eliminaciòn de aquellos seres inferiores nacidos en esa provincia???
      Jajajaj
      Cuanto borrego hay en provincias diferentes!!!!!

    • Y voy a misa los domingos…

  • Felicitats per l article!

  • Muy interesante el punto de vista

  • No sé por qué, la descripción de la joven del anuncio al inicio del texto me recuerda a la señora Merkel…

  • Gracias por el artículo. Algo he leído al respecto, si bien no me tomo por un experto, ni mucho menos, pero siempre se agradece que aparezca algo más o menos sistematizado, aunque no sea exhaustivo: ni creo que ése fuera el objetivo del autor, ni hay espacio para eso en un artículo como éste, por amplio que sea. Al margen de eso, mirando algunas de las críticas, me llama la atención que haya quien cuestione qué era el Lebensborn, cuando Himmler dejó desde el principio bien clarito cuál era su función: que en la práctica funcionara, además, para otras funciones es cuestión aparte, ya que es bien sabido que, lejos de ser la implacable maquinaria estatal que algunos aún imaginan, la realidad era que el sistema burocrático nazi era poco eficiente, con competencias duplicadas por todos lados. Sencillamente, Hitler no quería que nadie sobresaliera demasiado, de modo que iba dando atribuciones que se superponían para que sus posibles rivales (me temo que en realidad nunca los tuvo, excepto al final, claro, cuando las ratas se apresuran a saltar del barco) para que emplearan su tiempo en partirse la cara entre ellos. Otra cosa que me ha llamado la atención es esa tendencia tan supuestamente contestaria y tan en la práctica boba de decir que lo que hay ahora es más o menos lo mismo que lo que había entonces: al margen del alcance real que tuvieran la Gestapo o la SS, vaya, creo que hay una diferencia sustancial en acabar en un campo de concentración (por marica, Testigo de Jehová o no afecto al régimen) o, directamente, en una cámara de gas. Por no decir que el hecho de haber sido denunciado bien podía crearte toda clase de problemas en el día a día o impedirte acceder a cargos en la administración. ¿Que hoy te pueden denunciar por un sinfín de cosas? Cierto, sólo que ahora las denuncias hay que sustanciarlas con base y sólo vas a la cárcel cuando las cosas son realmente serias. Pero, en fin, como siempre hay gente desconfiada, sería bueno que todos esos “contestatarios” se fueran a vivir una temporadita en uno de esos países estupendos en los que la denuncia es sistemática y donde te juegas bastante más que una multa cuando te pillan. Claro que igual toda esa gente puteada en China, Cuba, Corea del Norte o en la antigua URSS o los países del Este en realidad no sabe lo jodidos que estamos acá y tampoco debería poner tanto ahinco en quitarse esa calamidad de encima…

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