
—“¡Dios mío, no dispares!”
Fueron las últimas palabras que “Soapy” Smith pronunció en su vida. Ni el tono suplicante ni la alusión al Creador le sirvieron para salvarse. Tampoco fue de gran ayuda el rifle Winchester —un 44 largo— que llevaba consigo. Nunca había sido un hombre propenso a rogar ante sus enemigos, pero en aquel su último enfrentamiento —el histórico tiroteo de Juneau Wharf— las cosas se le volvieron en contra. Suena un disparo. Soapy Smith queda tendido en el suelo, inmóvil. Nunca volvió a levantarse. Había una bala en su corazón y un papel en uno de sus bolsillos, una nota que decía: “La gente está furiosa. Si quieres hacer algo, tienes que hacerlo ahora”.
Durante veinte años Soapy Smith había estafado, robado y amenazado. Había llegado a controlar los bajos fondos de ciudades enteras y su nombre había ido de “saloon” en “saloon”. Había sido el rey en el estado de Colorado, durante sus más gloriosos años como criminal. Pero aquel día, en los muelles de Skagway —una pequeña ciudad de la fría Alaska, a miles de kilómetros de la sureña Georgia donde había nacido treinta y siete años antes— su carrera terminaba de un balazo. Era el final de uno de los más famosos delincuentes del Salvaje Oeste, el “rey de los timadores de la frontera”. El ocho de julio de 1898 moría el hombre, pero nacía la leyenda.
Un muchacho de buena cuna
Las fotografías que nos han llegado de famosos criminales del “Far West” nos los muestran, a veces, como hombres toscos de facciones irregulares y hechuras patibularias. Son imágenes que a veces nos hablan de bandidos crecidos en la miseria, curtidos en condiciones extremas: tipos con aspecto extraño y la cara marcada por su pasado. Individuos que bien podrían haber aparecido en algún “spaghetti western” encarnando todos los estereotipos del forajido de la frontera. Pero hubo notables excepciones a esta regla y no todos aquellos bandidos eran sujetos de aspecto rudimentario. De hecho, algunos de los peores criminales del “salvaje Oeste” tenían una fachada pulcra y presentable, especialmente para aquellos tiempos que corrían. Algunos incluso podrían haber pasado por médicos, abogados, y hasta por escritores. Tal era el caso de Jefferson Randolph Smith II. No era un hombre que pareciese recién salido de entre los arbustos: quienes lo conocieron lo describían como bien vestido, bien educado y con un hablar pausado “de suave acento sureño”. Su estampa desprendía un inconfundible porte burgués. No hubiese costado mucho trabajo hacer creer que alguna de sus fotografías retrata a un inventor o a un cronista literario de las leyendas del Far West. Pero no: él no fue un cronista del Far West, él fue una de esas leyendas.
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Buen artículo, ¿la fecha de su nacimiento no es 1860 (pone 1960)?
Sí, obviamente la fecha es 1860. Error tipográfico. Corregido, gracias.
No soy muy dado a historias del Oeste, pero el primer párrafo del artículo es un imán. Genial
Apasionante lectura.
Enhorabuena!!
Enhorabuena al autor por el artículo (y por casi todo lo suyo, la verdad). Una puntualización, nada más: El nombre de la ciudad es Skagway, ¿no?
Hola Noé:
Sí, me la jugó el corrector automático, porque antes de publicar el artículo había usado la grafía antigua.
Un cordial saludo.
Me ha parecido muy interesante el artículo, digno de un relato de Dorothy Johnson, Brett Harte o cualquiera de los grandes escritores que escribieron historias del Oeste.
No conocía ni a Sam Bass ni a Soapy Smith, había leído cosas sobre otros pistoleros más famosos como Wild Bill Hickok, Billy the Kid, Butch Cassidy, Jesse James, ColeYounger, etc, pero de éstos dos ni idea.
Parece una tradición americana sacarse una foto con con el forajido muerto, la última foto parece la foto del che:
http://2.bp.blogspot.com/_ZJXLf3WxXAc/TIu8aQLjt6I/AAAAAAAAAbQ/3FlB1HSMqQI/s1600/che-guevara32569874.jpeg
«Parece una tradición americana sacarse una foto con con el forajido muerto»
Excepto con Bin Laden, al parecer.
Enhorabuena por el artículo. Me ha gustado mucho, y espero poder seguir leyéndole por estos lares.