Sabemos que a los lectores de Jot Down les gusta la Mafia. Bueno, quizás no exactamente la Mafia, sino sus representaciones culturales, y que nos perdone (otra vez) Arcadi Espada. Lo que viene a continuación es una historia real extraída del libro de Diego Gambetta La mafia siciliana (1993), un estudio clásico del crimen organizado en perspectiva económica-sociológica. Gambetta, en sus propias palabras, intentaba entender la Mafia no a partir de los ritos, códigos y manifestaciones culturales y antropológicas que la han hecho popular, sino en términos racionales, como analizaríamos cualquier negocio, organización o institución (cosa distinta, por supuesto, a legitimarla, por si es necesaria la aclaración). ¿Para qué sirve la Mafia? ¿Cómo se sostiene? ¿Por qué en Sicilia y no en otro lugar? La historia de los radiotaxis de Palermo puede arrojar un poco de luz sobre algunas de estas cuestiones.
A comienzos de la década de los ochenta se inauguró en la capital siciliana un servicio de radiotaxis similar a los que ya funcionaban en otras grandes ciudades italianas desde hacía tiempo. Una centralita recogía las llamadas de los clientes y los asignaba a los conductores más cercanos según la posición declarada por estos. Pero los taxistas pronto empezaron a abandonar el servicio, alegando que casi todo el mundo hacía trampas: según ellos, la mayoría de los conductores mentían sistemáticamente al declarar su posición y fingían estar más cerca de los clientes para quedarse con la carrera. No obstante, era imposible demostrarlo, bien por las dificultades inherentes a controlar lo que hacía cada conductor en el amplio espacio de una ciudad de un millón de habitantes, bien por otras razones. Y, aun así, los taxistas sostenían contra viento y marea que todo el mundo hacía trampas (aquí el lector español puede recordar el pasaje de las uvas del Lazarillo de Tormes). Hacia 1987, anota Gambetta, el servicio languidecía con apenas unos pocos taxis afiliados. Por lo visto, nadie confiaba en nadie.
Hagamos un breve aparte para señalar que este problema de confianza ya se había dado en otras ciudades. Asignar los clientes al taxi más cercano implicaba fiarse de la posición que cada conductor declaraba, o bien que todos los taxistas se controlasen entre sí en todo momento, o quizás contar con algún medio técnico de localización independiente que no existía en los años ochenta del siglo pasado. Las soluciones adoptadas variaron según las ciudades. En Milán y en Nápoles se confió al control de los propios compañeros, que podían denunciar a quien fuese sorprendido haciendo trampas. Los infractores sufrían diversas penalizaciones o eran excluidos del servicio. Incluso se organizaron servicios de «policía» por turnos entre los conductores para vigilar las calles. En Roma, en cambio, se instituyó un sistema diferente de asignación: el primer conductor en contestar se quedaba con la carrera. El sistema era evidentemente subóptimo tanto para los conductores (los más rápidos en contestar se quedaban con más carreras) como para los clientes, que tenían que pagar más por taxis que a menudo venían desde más lejos; pero al menos consiguió mantener el servicio.
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el GPS ese gran hermano que tanto ha ayudado y tampoco se exprime
No habia GPS en los 80, de ahi el problema.