La carcajada de Stalin

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O están limpiando las gafas de culo de vaso a las vigilantes de los museos de Moscú y han tenido que cerrarlos o algún coleccionista quiere dar visibilidad a su colección de cara a una futura subasta. Porque de repente han coincidido en Madrid dos exposiciones paralelas sobre arte soviético, una en la Fundación Juan March, Aleksandr Deineka (1899-1969), Una vanguardia para el proletariado; y otra en La Casa Encendida Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945.

Antes de entrar en la Juan March es conveniente andar cien metros para pasarse por la nueva tienda de Abercrombie & Fitch, que ha hecho que la estatua del Marqués de Salamanca se ponga más verde de lo que ya estaba de ver la cola de chavalitos ansiosos de entrar en la tienda y escuchar el chundachunda destructor con que te amenizan la compra de una camisa. Una vez purificados de santo capitalismo estamos ya en disposición de entrar a la sala de exposiciones a ver a las rusas ir a trabajar a la fábrica al paso alegre de la paz. La exposición es un poco batiburrillo, aunque menos que la de La Casa Encendida. Comienza con una pared de vanguardistas canónicos que trata de mostrar su subida al carro revolucionario y donde Deineka más que perdido está desaparecido, empezando a aparecer en las siguientes paredes entre portadas de Rodchenko y otros genios gráficos. Portadas y demás diseño gráfico que siempre son lo mejor en una exposición sobre la Rusia revolucionaria. Antes de lamer la bota de Stalin se nota a Deineka con brío y personalidad, tocando todos los palos: original y brillante en los furibundos grabados a tres tintas, mediocre en los carteles (el mejor es el más convencional, el del dirigible amarillo) e interesante en sus cuadros de obreros en las fábricas, que parecen realizados dentro de las bucólicas fábricas de Vázquez Díaz de lo contentos que van todos. Algunos, como el titulado Trabajadoras textiles, muy bueno en su fantasmagórica blancura, a medio camino entre 2001: Una odisea del espacio y la cursilería de Marie Laurencin. En sus búsquedas del hombre nuevo todos los dictadores apuestan por el deporte, y Deineka pinta con gracia a esquiadores y a atletas en plena acción, destacando una estirada de un portero a lo Zamora, momento que el visitante puede olvidarse del Kolimá por venir. Ya de lleno en el Realismo socialista empiezan los cuadros de charlas a campesinos, gran especialidad soviética, interrumpidas por la ocurrencia del comisario de dividir entre Lenin y Stalin con una sala negra donde se muestran, amenizadas por el ruido de los trenes, unas cuantas reproducciones de las maravillosas decoraciones que Deineka hizo para un par de estaciones del metro de Moscú. Bueno, vale. Llega el final de la exposición, Stalin se vuelve un icono, el arte ya solamente es propaganda y merchandising y las mujeres siguen al pie del cañón en la fábrica, aunque al salir puedan disfrutar de la chapa un comisario bigotudo de algún comité. Democracia real ya.

En la otra exposición lo mismo, aunque en este caso más que una exposición de arte, como la de la Juan March, es una exposición de historia. Lo laberíntico de las salas de La Casa Encendida, entre Escher y Kafka, crean todavía más confusión y agobio al visitante, quien sorprendido por la mezcla de basura y arte que cuelga de las paredes, con imágenes de Stalin acariciando a niños alternadas con pequeñas obras maestras de Klucis o Malevich, piensa que en cualquier momento llegarán unos tipos malencarados a aplicarle el artículo 58. La misión aliviadora que en la expo de Deineka tenía la sala de cuadros futboleros esta vez la tiene la de los inventos, donde puedes creerte durante un rato un científico loco tocando un Theremin. Lo mejor, como antes, todas las portadas de libros, carteles de propaganda y de obras de teatro. Lo más increíble, por poco visto por estos lares, esos cuadros alucinantes (dentro de la gran alucinación colectiva que fue el comunismo) de realismo socialista de un kitsch que hacen parecer alta cultura a las Costus.

No se las pierdan. Todavía pueden disfrutar de estas dos exposiciones, que en el fondo son la misma, hasta mediados de enero. Ustedes decidan si quieren ver la de Deineka entre la fauna de señoras bien del barrio de Salamanca, horrorizadas ante las poses de rockstar de Lenin al inaugurar un pantano, o la de la Caballería Roja con la flora de Lavapiés, donde -verídico- puedes escuchar a una pareja de perroflautas calificar de tendenciosos los textos explicativos de las salas por decir que Lenin acabó con la libertad de prensa, entre otras muchas cosas.

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3 comentarios

  1. “Porque de repente han coincidido en Madrid dos exposiciones paralelas sobre arte soviético […]”
    No es sorprendente ni coincidencia; este año es el “Año dual Rusia-España”, (al cual por cierto apenas se le ha dado publicidad en mi opinión).

  2. iskander

    Decir que Lenin acabó con la libertad de prensa en Rusia no es tendencioso. Es una soplapollez típica de lectores de Beevor que se creen historiadores. Déjese de cultivar pose, y lea algo más. Aunque me temo que daría igual. Así que mejor, siga bebiendo café. O té.

  3. En Moscú no sé,pero en San Petersburgo las vigilantes del Hermitage eran más viejas y más soviéticas que…que yo qué sé!

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