Los violadores de la élite

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Imagen de The invisible war. Chain Camera Pictures / Rise Films.
Imagen de The invisible war. (Chain Camera Pictures / Rise Films)

Cuando hace unos días estalló el asunto de la capitana Zaida Cantera (públicamente, porque ya se sabe que las cosas no existen hasta que aparecen en televisión en un programa de máxima audiencia), algunos/as seguro recordaron el tremendo documental The invisible war. No fue demasiado comentado en nuestro país, seguramente porque pensábamos que no nos concernía. Total, hablaba de la epidemia de violaciones y acosos a mujeres (soldados y oficiales, los agresores no tenían demasiado interés en los rangos) que se estaba produciendo en las sombras del ejército estadounidense.

Lo dirigía un tipo tan sólido como Kirby Dick y pocos fueron los que se atrevieron a ponerle un «pero»: muchos callaron y otros bajaron la cabeza esperando que las cosas se olvidaran, como se olvida un resbalón en Twitter o una copa de más en esa cena con tu jefe.

Sin embargo, lo de las víctimas apareciendo a cara descubierta describiendo los abusos, castigos y violaciones de las que fueron objeto era de una brutalidad tan indescriptible que no fue necesario añadir efectismos, narrativas paralelas o gráficos explícitos. Los rostros de las mujeres que un día escogieron servir a su país de la manera que en aquel momento les dictaba su conciencia y que acabaron en un lugar muy parecido a un purgatorio, a merced de tribunales militares o de políticos que no podían permitirse enemistarse con el monstruo militar, eran un martillo pilón para los que decían que eso del machismo en el ejército era agua pasada (curiosamente, eso mismo dicen en todos los campos en los que se producen desequilibrios de sueldo o de cualquier otro tipo por motivos de género: «Es agua pasada»).

Dick la montó gorda. Más mujeres salieron a la palestra, más casos se denunciaron y el secretario de Defensa, Leon Panetta, tuvo que dar la cara para asegurar que no se iba a permitir nunca más que sucediera algo así. Panetta cambió la ley impidiendo que los casos de violación y abusos fueran juzgados dentro de sus propias unidades e incluso apareció en televisión agradeciendo al documentalista su esfuerzo por mostrarle lo que estaba funcionando terriblemente mal en las fuerzas armadas de su país. Seguramente, muchas cosas siguen pasando en esa parte de la realidad a la que nunca queremos mirar cuando la transitan tipos armados que patrullan muros por orden de otros tipos armados. Ya lo decía el personaje de Gene Hackman en Marea roja: «No estamos aquí para practicar la democracia, sino para preservarla». Pero aun así, una parte de esa agresión continua contra las mujeres militares ha salido a la luz y algunas (no todas, por supuesto) pueden tener la esperanza de llevar a los culpables a un juzgado. Aunque sea militar.

The invisible war se estrenó en 2012 y por aquel entonces entrevisté al realizador: un hombre que parecía empeñado en la clase de material que consigue cambiar la inercia de las cosas. No solo con las estadísticas o la fuerza de un buen plano, sino sacando a colación temas tan incómodos que tratar de racionalizarlos y encontrar una forma de contarlos parecía imposible. Uno tiende siempre al maniqueísmo, como cuando en la vida personal embellecemos los recuerdos y maquillamos aquellos donde aparecemos. A veces es un recurso involuntario; otros forma parte de ese sistema de protección emocional: no es el caso de Kirby Dick, el hombre era directo y no tenía intención de cambiar de registro. Cuando al final de la entrevista le pregunté por su siguiente proyecto solo me dijo que iba a ser desagradable pero «totalmente necesario».

Hemos tenido que esperar tres años, pero los que ya han visto The hunting ground pueden explicar con todo lujo de detalles lo que significa tener un nudo en el estómago. Este documental, que podríamos traducir —libremente— como «Territorio de caza», cuenta cuántos depredadores sexuales se esconden en las universidades de élite de Estados Unidos. Una plaga de la que no se libran ni las mismísimas Harvard, Yale y Stanford.

Escena de The Hunting Ground. Imagen Radius.
Imagen de The Hunting Ground. (Radius)

Kirby Dick empieza la pieza con un montaje de un buen montón de chicas abriendo la carta en la que se las admite en la universidad de su elección. Es una forma curiosa de arrancar The hunting ground pero totalmente coherente si se procesa la paradoja que supone recibir una de las mayores alegrías de tu vida para acabar cayendo en instituciones que protegen a cualquier precio su prestigio, aun a costa de readmitir a tipos condenados por acoso o vejaciones o de negar hechos consumados, o de pedir a las víctimas que se retracten amenazándolas con sacar a colación su «desordenada vida sexual».

El documental es en realidad una película de terror. Una serie de confesiones que dolerán a cualquiera que albergue en su cuerpo una molécula de sensibilidad: chicas, jovencísimas, hablando de estudiantes que las han perseguido, forzado y humillado. Tipos que han presumido de ello, que han tirado de clase social para salir indemnes, que han vilipendiado a mujeres, que las han acusado de borrachas o provocadoras, que han usado cada tópico del manual del violador para que la culpa recaiga sobre una mujer que solo dijo «no».

No solo eso, es sorprendente o bien la ausencia o bien la indiferencia de muchos de los responsables de esas universidades que han accedido a ser entrevistados y que parecen ver esta clase de incidentes como una especie de cupo inevitable que hay que pagar cuando uno vive en el campus: ya se sabe, estudiantes con las hormonas alteradas y algo de alcohol combinados deben conducir a una violación, seguro que es eso.

Cuando uno piensa que en los centros de pensamiento, de formación de los jóvenes que regirán el mundo un día, se producen miles de casos que son sistemáticamente enterrados en burocracia o directamente enviados a la papelera, no es muy difícil sentir una intensa sensación de miedo. Hay algo peor (si es que es posible) en The hunting ground y es la impresión (digamos certeza, porque eso es lo que es) de que es la víctima la que debe sentirse avergonzada, la que debe padecer el estigma. No es suficiente con ser agredida o violada, deben sentir la impotencia de saber que no van a poder llevar al criminal a la justicia y que si lo hacen sus vidas serán escrutadas y cada uno de sus ligues, novios, amigos o profesores se verán arrastrados a desagradables interrogatorios de abogados defensores cuya prioridad es desacreditar a la víctima, demostrar que se lo buscó.

Lo más curioso (seamos benévolos con la palabra) es que si en The invisible war se demostraba que el índice de condenas era tan ridículo que casi no aparecía en las estadísticas, en The hunting ground no existe, es tan simple como que en las universidades estadounidenses nunca pasa nada. Ninguna mujer ha tenido jamás un problema y si lo ha tenido ha sido sin querer y porque ella lo pedía a gritos.

Dick, un hombre profundamente humano, nunca cae en el error de criminalizar a ningún colectivo (es obvio que la gran mayoría de estudiantes jamás ha tenido que ver con ninguno de estos incidentes) pero cuestiona cómo puede funcionar un sistema que niega categóricamente la existencia de ovejas negras, bien sea por comodidad, bien sea —lo que sería aún más grave— por pura estupidez. Como cuando alguien dice que el ejército español ha entrado en la modernidad y ya no hay casos de acoso, ni novatadas, y ninguna capitana ha sido humillada durante años porque en realidad se lo había buscado. Por ser mujer y pretender ser militar.

El ejército trató de impedir que The invisible war se estrenará en su formato inicial de la misma forma que algunas universidades han protestado de forma privada (naturalmente) por el lanzamiento de The hunting ground: lo que molesta no es lo que sucede; lo que molesta es que un montón de intrusos se pongan a pensar que en algunos de los mejores campus del mundo las mujeres son igual de víctimas que en cualquier otra parte.

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12 comentarios

  1. Lídia

    “Lo más curioso (seamos benévolos con la palabra) es que si en The invisible war se demostraba que el índice de condenas era tan ridículo que casi no aparecía en las estadísticas, en The hunting ground no existe, es tan simple como que en las universidades estadounidenses nunca pasa nada. Ninguna mujer ha tenido jamás un problema y si lo ha tenido ha sido sin querer y porque ella lo pedía a gritos.”. Ni en el ejército, ni en las universidades, ni en el barrio ni en ninguna parte. Parece que “esas cosas” solo ocurren a mujeres que no conocemos. Y no, resulta que no es así. Lo que ocurre es que incluso las que hemos denunciado callamos. Apenas nadie lo sabe. Y tampoco es cuestión de andar por ahí contándolo a desconocidos. Pero si cada vez que alguien hace un chiste y bromea con las violaciones una de nosotras explicara que no le vemos la gracia, porqué cuando te ha pasado no hay manera de verle la gracia, os lo juro, las cosas serian distintas. Si se supiera a cuantas de nosotras nos ha pasado, sería mucho más difícil seguir culpando a la víctima.

    • Victor

      Hola, yo soy hombre, no he sufrido abusos.
      Y tampoco me parece gracioso sino todo lo contrario.
      No pienso que la culpa sea de la mujer, vamos, ni me lo llego a plantear. La culpa es de la persona que abusa sin justificación. Puede ser que llevado por una sociedad que cosifica a las mujeres? Pero el único culpable es el abusador.
      Y como hombre, lamento mucho mucho muchísimo que se puedan alcanzar estas “situaciones”

  2. Isaías

    Jotdown tiene el honor de haber sido de los pocos medios en hacerse eco en su día de The Invisible War. Recuerdo perfectamente haber leído en su día una estupenda reseña hablando de los grandes documentales estrenados ese año, entre los cuales estaba, claro está, TIW. Terrible pero a la vez bueno que aquel documental tenga continuación con este otro ahora, referido a las universidades.
    Siempre me he preguntado qué bulle en la mente de esos cerdos; bueno, si es que gastan de eso, de mente, cosa harto cuestionable… Sé que se suele hablar del modelo patriarcal de educación y demás y algo tendrá que ver, por supuesto. Pero yo y tantísimos otros somos hijos de ese mismo sistema patriarcal y no nos da por ir violando e intimidando a mujeres. Algo más ha de haber pero no sé si hay respuesta satisfactoria para eso… Yo no la tengo, conste. Por otra parte, precisamente porque no creo que la base del problema sea fundamentalmente o exclusivamente educativa, no creo en la reeducación ni en la reinserción de esos mierdas. El índice de éxitos en ese campo es tan exiguo que no entiendo cómo hay quien sigue abogando por eso, después de años de fracasos, algunos tristemente sonados. Por lo que a mí respecta, que no vuelvan a ver la luz del sol.
    Y no porque eso fuera a tener ningún valor disuasorio: de todos es sabido que la existencia de la pena de muerte no ha hecho, jamás, que disminuya el índice de delincuencia. Véase China, sin ir más lejos, donde, con gran diferencia, más ejecuciones hay al año, sin que ellos disuada a mucha gente a seguir cometiendo delitos. No, simplemente creo que el castigo debe ser proporcional al delito y cuando le jodes la vida a una mujer hasta ese extremo, debes pasarte el resto de tu existencia entre rejas. ¿Venganza? Habrá quien lo piense, claro. Yo creo, insisto, en que es lo proporcional.
    Bienvenidas sean las denuncias, en cualquier caso, éstas de las que se habla en el artículo y cualquier otra que venga.

  3. Pingback: Los violadores de la élite

  4. Ramón Lamas

    No tengo nada que alegar a lo que explica el artículo. Pero creo que procede contextualizar. El acoso sexual de que son víctima las mujeres en el ejército, no es sino una variedad de la opresión que experimentan todos los estamentos militares, sin excepción, desde los de más alto nivel a aquellos en que yacen los reclutas.
    A las mujeres les apretarán por el lado del sexo pero a los varones les hacen la vida igualmente imposible mediante la infinidad de recursos que conocemos bien quienes aún tuvimos que hacer la mili. Y no sufre menos un testigo de Jehová, de quien se burlan por sus creencias, un chico torpe o con gafas o, en la otra banda y sé de lo que hablo, quienes tienen huevos para plantarse frente a los jefes: a mí me jodieron bien la mili, 15 meses, por salir en defensa de un pobre marica al que tenían amargadito.
    Así que el problema es el ejército y sus mecanismos de funcionamiento, no sólo los mandos o los reclutas salidos.

  5. No he visto “the invisible war” ni “the hunting ground”. Creo que si las llego a ver, no me gustara ver ninguna de las dos. Estaría muy equivocada si me imagino como son y de que hablan?

    Entristece pensar que porque alguien sea mas débil se vera [email protected] a vejaciones. Y lo pongo en los dos géneros porque la debilidad es transversal. También existe la debilidad de los pobres.

    Y no me olvido de la debilidad de las mujeres. La de las mujeres es especial. Es minoría dentro de minoría. Una mujer pobre es mas pobre. Una mujer violada, simplemente una mujer a la que le dice su pareja “eres tonta”, o “eres una inútil”, o “vas vestida como una fulana” no tiene defensa.

    Creo que no quiero ver ninguna de las dos películas.

  6. Pescador

    “No, simplemente creo que el castigo debe ser proporcional al delito y cuando le jodes la vida a una mujer hasta ese extremo, debes pasarte el resto de tu existencia entre rejas. ¿Venganza? Habrá quien lo piense, claro. Yo creo, insisto, en que es lo proporcional.”

    Pues hasta que alguien invente la Infalible Máquina de la Verdad, eso de los bíblicos cástigos no es que sea venganza, es que es una estupidez.
    ¿Te has planteado la ley del talión? Eso tiene que molar y creo que ya se práctica en algunos paises islámicos…

  7. Del primer documental no sólo tenía constancia sino que al verlo me di cuenta de lo dura que puede ser la verdad aunque esté en una pantalla y no te toque de cerca. Pero esta nueva investigación en un terreno que suele intentar regar su prestigio no dejando secar ni una hoja de duda en cuanto a lo exquisito de su mundo resulta de sumo interés. Quien sabe, tal vez en algún momento hasta estas indispensables obras se proyecten en los cines convencionales, ya que romper el silencio no sólo exige superar a los afectados de manera directa, sino al sistema en sí.

    http://casaquerida.com/2015/03/21/apego-a-lo-viejo/

  8. Mariano

    No es tan raro el nombre de la comandante. Se llama ZAIDA, con D.

    • Mariano

      PD. Y bueno, otra pequeña puntualización. Es comandante, no capitana. Es importante.

  9. Eladio

    Tremendo documental, no tanto en lo artístico, pero sí en todo lo demás. Celebro que aquí se hagan eco de él y recomiendo encarecidamente tanto su visionado como la lectura del artículo en JD.

    Un saludo.

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