Lord Byron y cía. Turistas románticos en Suiza - Jot Down Cultural Magazine

Lord Byron y cía. Turistas románticos en Suiza

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Fotografía: David Maroto

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Suiza era el destino soñado por cualquier romántico: excursiones a cumbres abruptas, glaciares amenazantes, cascadas impenetrables… Visitas a castillos siniestros con juego de luces espectrales; atardeceres a lo Turner… La oferta incluía cata de vinos en calaveras huecas y una noche de tormenta; plus por relato de cuentos fantasmales; orgías opcionales. Tentador paquete vacacional para un poeta en el exilio como Lord Byron. El folleto venía con letra pequeña, sin embargo: la afluencia masiva de turistas podría alterar la impresión de soledad, nostalgia no garantizada, sentimiento de lo sublime sujeto a temporada baja.

Byron entró en Suiza a finales de mayo, después de un circuito por los escenarios de la batalla de Waterloo (otro de los viajes Top 10 de aquel 1816). En cuanto Napoleón fue desterrado, el continente se llenó de viajeros británicos. «El número de ingleses que viven o pasan por Ginebra es inmenso», se leía en un periódico. Byron no viajaba solo: le acompañaban dos criados (William Fletcher y Robert Rushton), un guía suizo, un perro, un mono y un pavo real. El oso que amaestró en Cambridge se tuvo que quedar; si no, no hubiera cabido en el carromato Polidori, su médico personal.

El plan inicial era hospedarse en el Auberge Séchéron; en el libro de visitas, el joven de veintiocho años puso que tenía «one hundred years old». Cuando echó un ojo a los otros nombres, se asustó: media Inglaterra se alojaba en ese hotel de las afueras de Ginebra con vistas al lago Lemán (actualmente es un edificio parapetado de andamios en el número 120 de la rue Lausanne). Allí estaban los Jersey, sir John y lady Frances, sir Hugh, lady Dalrymple… Y entre toda la high society, ¡Claire Clairmont! Hasta los inaccesibles Alpes le perseguían sus amantes. La chica había llegado una semana antes, con su hermanastra Mary Godwin Wollstonecraft y el futuro esposo de esta, Percy Bysshe Shelley, fan declarado de Byron y tan provocador como su admirado milord. En los registros de los hoteles le gustaba firmar en griego como «Demócrata. Gran amante de la humanidad. Ateo». El grupo no tardó en trabar amistad y en buscarse otro alojamiento, alejado de los cotilleos.

Me he cogido una villa muy hermosa en los viñedos, con los Alpes detrás, y el monte Jura y el lago delante. Se llama Diodati…

Dicha villa estaba en Cologny, y en realidad se llamaba Belle Rive, pero a Byron le sonaba mejor el nombre de su propietario, descendiente de un famoso traductor de la Biblia al italiano. Al principio le pidieron una renta de veinticinco luises al mes; debía de ser un precio desorbitado —los chalets a orillas del lago siempre han sido caros—. Él estaba cargado de deudas; no le salían las cuentas… Dudó. Hasta que se lo dejaron en ciento veinticinco luises por medio año de alquiler y se decidió. Como la casa quedaba en la ribera opuesta del Auberge Séchéron, el dueño del hotel aprovechó la perspectiva que le brindaba su privilegiada posición para instalar geoestratégicamente un telescopio; de este modo, los huéspedes más curiosos podrían estar al tanto de los amasiatos de Byron. Esperaban que la casa de «l’un des poètes les plus distingués de l’Anglaterre» fuera un burdel de queridas, con el tendedero repleto de enaguas y cotillas. «Los chismorreos hacen de mi estancia una pesadilla…». Aún hoy hay algún indiscreto que fisga por encima de los setos.

La mansión del siglo XVIII está catalogada como «bien cultural de interés nacional y regional», pero vive dentro la familia Parker y de la verja no se puede pasar. Hay un timbre en la valla; el mayordomo no contesta al llamar; el servicio está fatal… Que la Fondation Bodmer organizara visitas de veinte minutos al jardín fue algo tan excepcional como las ediciones originales que la institución guarda en la biblioteca bodmeriana: Homero, Dante, Shakespeare, Lope de Vega, Goethe… así hasta Joyce, Kafka y Hemingway. La última de las incursiones a Diodati fue recientemente, el pasado 21 de septiembre, en el marco de la exposición Frankestein. Crée des ténèbres.

Abrí mis ojos con terror. La idea había tomado posesión de mi mente de tal forma que el miedo recorría mi cuerpo como un escalofrío, y quise cambiar la fantasmal imagen de mi fantasía por la realidad que me rodeaba…

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Mary Shelley se despertó sobresaltada, con la luz de la luna luchando por atravesar las contraventanas. Ella, Percy y Claire también se habían mudado a un little cottage de alquiler; dicen que era mucho más modesto que el de Byron, y que estaba ahí, algo más abajo; pero ya no queda rastro, fue derruido en 1884.

«Una lluvia casi perpetua nos confina en casa…». Muchas noches se quedaban en la de su noble vecino hasta las tantas, leyendo estos cuentos de fantasmas (se pueden leer aquí y aquí). Poco más podían hacer con el mal tiempo que tuvieron esas vacaciones de 1816. «La tormenta que nos visita es la más grande y terrorífica que he visto nunca». Las inundaciones, nevadas, ventiscas y heladas de aquel «año sin verano» —como le llamaron— agravaron una situación agraria que desde las guerras napoleónicas era de por sí precaria. Revueltas torrenciales por el desabastecimiento de trigo descargaron en Suiza; el Gobierno se arrebujó bajo el estado de emergencia. Entonces no lo sabían, pero el responsable de aquel tiempo infernal fue un volcán en Indonesia. Su nube cenicienta cubrió de borrascas Europa y América, y la temperatura media bajó casi un grado en el planeta. Pero el efecto de la erupción ya remitió, y este 2016 se han alcanzado máximas de treinta y cuatro grados agosteños en el país helvético.

He tenido un sueño que no era solo un sueño:

El luminoso Sol se había extinguido y las estrellas
vagaban a oscuras por el espacio eterno
sin rayos y sin rumbo, y la Tierra helada
oscilaba a ciegas en el cielo sin luna.

Llegó la mañana, y pasó.
Y llegó de nuevo, sin alumbrar el día.
Y olvidaron los hombres sus pasiones
con el miedo a la desolación […].

Para combatir la reclusión atmosférica, Lord Byron propuso un juego: cada uno de ellos escribiría una historia de miedo, de esas que hielan la sangre, aceleran los latidos del corazón y hacen mirar entorno a él al lector. De ese concurso salió Frankestein o el moderno Prometeo. Mary Shelley estuvo trabajando en la novela desde junio de 1816 a mayo de 1817; se publicó en marzo de 1818, pero sin su nombre en la portada, por ser escritora novel y, encima, mujer. Quinientos ejemplares; uno de ellos, con la dedicatoria «To lord B from the Author». En Inglaterra fue un exitazo; a ver qué le parecía a Byron: «Me parece un libro excelente para una joven de diecinueve años: bueno, ni siquiera los había cumplido entonces». El doctor Polidori también participó en la competición, aunque no se sabe muy bien cuál es el relato que escribió, si uno sobre «una mujer con cabeza de calavera», si Ernestus Berchtold  o si El vampiro. Este último se atribuyó a su paciente al principio; el propio Goethe declaró que Byron nunca había compuesto nada mejor. Puede que fuera un error… o una estrategia de marketing que funcionó: el mismo año de su publicación iba por la séptima edición, se tradujo a varios idiomas y se llevó a las tablas. Confusión causada porque el libro se inspiraba en el cuento que a Byron se le ocurrió para el certamen de terror. Nunca lo acabó. Percy, el suyo, tampoco.

El tiempo, sin embargo, mejoró de repente; y mis dos amigos me dejaron, emprendieron un viaje por los Alpes, y en esos grandiosos escenarios se olvidaron por completo de sus visiones fantasmales.

La pareja lírica se fue una semana de excursión lacustre para visitar los pueblos del lago Lemán que Jean Jacques Rousseau describió en Julie ou la Nouvelle Héloïse, un superventas que tenía a Shelley y a Byron enganchados. Viajaban con ellos un sirviente y dos remeros. Mary se quedó en casa escribiendo, y Polidori… «en Diodati; lo dejamos en el hospital porque se cayó al saltar de un muro y se torció un tobillo: no sabe saltar». De Cologny pusieron rumbo a Hermance, Nernier, Yvoire, Evian… Iban por Meillerie cuando les pilló un temporal y casi naufragan. «Estábamos muy cerca de las rocas y soy buen nadador, por lo que no corría ningún peligro, pero los demás se empaparon y se molestaron muchísimo. El viento era tan fuerte que derribó algunos árboles, según pudimos comprobar cuando desembarcamos».  

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El castillo de Chillon fue el siguiente stop. Ellos solo pudieron ver los calabozos, porque en las otras salas del château se pudrían los bandidos de la región. Era el propio carcelero quien hacía a las veces de guía; ahora atienden a los turistas chicas como Myryam. «Es el monumento histórico más visitado de Suiza; más de trescientas setenta mil visitas». Para ganarse una buena propina, los guardas entretenían a su auditorio con anécdotas sensacionalistas. «Fue aquí donde Lord Byron escuchó la leyenda de François Bonivard, compatriota ginebrino que en el siglo XVI fue encarcelado por revelarse contra Carlos III de Saboya». Seis años estuvo encadenado: «Eso se lo inventaría uno de los guardias borrachos; con el frío y la humedad, es imposible que aguantara tanto». En las columnas se leen muchos nombres grabados… El de B Y R O N es el único que está enmarcado. «No podemos asegurar que lo escribiera él en realidad, no hay ninguna prueba documental…». No sería de extrañar, sus antecedentes como grafitero le avalan: la capilla de Harrow School, un árbol de Newstead y el templo griego de Poseidón tenían igualmente la estampa del autor. Pero también pudo ser obra del personal penitenciario, que vislumbró en esas cinco letras una panacea. Nuestro especialista, el conservador y restaurador de obras de arte M. Alain Besse, sospecha que Percy Shelley también dejó su firma… «¿La ven?». «S… H… E… L… L… E… Y». «¡Shelley!». «¿Esto es una Y…?». «Aún no se puede confirmar, pero han comprobado que tiene al menos doscientos años». Dumas, Víctor Hugo y Flaubert hubieran quedado fascinados con el nuevo hallazgo; ellos también visitaron las mazmorras siguiendo los pasos de Byron; el personaje era un reclamo, por eso pusieron su nombre a un hotel que ahora es residencia de ancianos.

Pocos de los que recorren el castillo hoy se han leído The Prisoner of Chillon. El poeta escribió los versos cuando otra tormenta les obligó a quedarse dos días en Ouchy, un pueblecito de pescadores a orillas del lago Lemán que hoy es una parada de metro y un colorido barrio portuario de Lausana. Se alojaron en el Hôtel de l’Ancre; Byron en la habitación número 18 de la segunda planta, con vistas al agua. Pero el edificio se remodeló y de su estancia en el actual Hôtel d’Anglaterre & Résidence solo queda una placa en la fachada del restaurante. Prácticamente no salieron por la ciudad: uno estaba enfrascado en su Himno a la belleza intelectual y el otro en el tercer canto de Childe Harold:

… Vuelve a rayar la Aurora, con su fresco rocío y su aliento embalsamado y sus purpúreas mejillas, disipando risueña las nubes y radiando luz y vida, como si la tierra no encerrase en su seno ni una sola tumba. Ya podemos seguir el curso de nuestra existencia: y así puedo yo, ¡hermoso Lemán!, encontrar en tus riberas lugar y alimento para mis meditaciones…

De Lausana regresaron a Cologny. «Ginebra no tiene nada que compense la fatiga de caminar por su empedrado —se lamentaba Mary en las cartas—. Las casas son altas, las calles estrechas y muchas empinadas, y no hay ningún edificio público cuya belleza llame la atención o cuya arquitectura deleite…». Así que los Shelley y Claire hicieron una escapada a Chamonix. «Nos encontramos, lamento decir, algunos ingleses aquí…». Compraron una ardilla, plantas y ágatas como suvenir.

Todavía relumbra el Mont Blanc en la distancia,
afirmando en la tierra su imperial fortaleza
y majestad: luz múltiple; múltiple resonancia;
y mucha muerte y vida dentro de su belleza…

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Mientras tanto, en Villa Diodati… «Salgo muy poco, salvo a tomar el aire, de excursión, a navegar y a Coppet, donde madame de Staël ha sido especialmente cariñosa y amable». De vez en cuando, el dandi se dejaba caer en los muebles estilo Luis XVI del château de Coppet. La mitad del castillo lo siguen usando como residencia de verano los descendientes de Germaine Necker; la otra mitad es una casa-museo donde se celebran todo tipo de recepciones y eventos. Se accede por lo que fuera la puerta del staff, no por donde entraron en su día Schlegel, Dorothea Mendelssohn y Chateaubriand. Artistas, intelectuales y políticos se reunían entorno a esta dama de discurso tan brillante como indiscreto; solo se callaba para tomar aliento. «A pesar de sus pequeños defectos, era una belle créature, una mujer de gran talento, dotada de cualidades nobles y distinguidas…». Donde está la biblioteca, la baronesa daba funciones teatrales y conciertos. Junto al piano, retrato. Tendría allí unos cuarenta y tres años. «Su figura no estaba mal; sus piernas, aceptables; su brazos, bien. En conjunto, puedo concebir que hubiera sido una mujer deseable…». Se le calculan quince amantes como mínimo, además de dos maridos. Sus tertulias político-literarias eran el único círculo social que Byron frecuentaba; parece que los suizos no le gustaban: «Suiza es un cochino país de brutos situado en la región más romántica del mundo. Nunca pude soportar a sus habitantes, y menos aún a sus visitantes ingleses». Turistas que, ante la vista imponente del Mont Blanc, se limitaban a exclamar: «¿Has visto alguna vez algo más rural?» —como si fuera Highgate o Hampstead, o Brompton, o Hayes— «¡Rural!».

John Hobhouse —Hobby para los amigos— también tenía acento inglés, pero eran colegas desde Cambridge y cuando le vino a ver se hicieron juntos un tour por el Oberland bernés. Subieron al Dent de Jaman con más dificultad que Manfred; Byron iba soltando tacos porque el equipaje se le cayó por un barranco y su caballo tropezaba de cansancio. Hicieron a pie el último tramo. «Hobhouse fue hasta la cumbre más alta; yo no, me paré a unas pocas yardas». El «cojo bribón» no conoció la era en que las montañas fueron conquistadas por los trenes cremallera. Hay uno que sale de Montreux, hace un alto en las faldas del Jaman (1875 metros) y llega hasta Rocher-de-Naye (2045 metros). En la cima han instalado un jardín botánico, un zoo de marmotas y un hotel con yurtas mongolas. Siguen intactas las cabañas, escampadas por los prados como vacas. «Las vacas son soberbias: un toro casi salta dentro de la calesa —agradable compañero de diligencia». Después de todo el verano pastando, el ganado desciende al valle a mediados de septiembre, antes de que comparezcan las primeras nieves. Para celebrar el alpabzug, las reses se ponen guapas con coronas de flores y cencerros enormes; interpretan la melodía de los Alpes.

Luego ya pusieron rumbo a la región de Interlaken; pernoctaron en un hotel de nombre redundante, el Interlaken, como constata otra placa en la fachada. No se enteraron de nada cuando la recepcionista les dio la bienvenida en alemán: «No sabía si el discurso era hermoso, pero la chica sí que lo era». Pasar una noche en la Suite Lord George Noël Gordon Byron cuesta unos quinientos francos, buffet desayuno incluido; sirven arroz para los huéspedes chinos. Acaban de llegar de la torre Eiffel y mañana pasado se van al puente de Rialto, después selfie con el David de Michelangelo. Aquí probarán el chocolate suizo y se comprarán un frasco de aire embotellado (por quince francos) en el Top of Europe. Es la estación de tren a mayor cota del continente. El ferrocarril llega a los 3454 metros de altitud, después de penetrar en las entrañas rocosas del Eiger (3970 metros) y del Mönch (4107 metros). La idea inicial era continuar hacia la cumbre del Jungfrau (4158 metros), pero el proyecto se detuvo en el collado por pequeñas complicaciones técnicas: la falta de presupuesto y un glaciar de ciento veinte kilómetros cuadrados eran algunas de ellas. Como la construcción de las vías no se inició hasta 1896, Byron tuvo que usar una mula como medio de locomoción para la aproximación y se conformó con escalar un cuatromil menor, el Wengen Jungfrau. «No es el más alto, pero es el que tiene mejores vistas» consuelo de escritor romántico.

En otro pico, él y su amigo escribieron sus nombres en un trozo de papel y lo escondieron bajo una piedra, junto a una flor azul, para más señas, ¡a ver quién lo encuentra!

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En Lauterbrunnen hicieron couchsurfing en la casa del rector para visitar la Staubbachfall, una de las setenta y dos cataratas del valle, la más grande, «la cola del pálido caballo que la muerte monta en el Apocalipsis»; trescientos metros de caída libre. «Nunca había visto nada así…».

En cambio, la catarata de Reichenbach —donde Arthur Conan Doyle quiso matar a Sherlock Holmes— le decepcionó. «Desde la carretera se veía mejor…». Y es verdad, pero si se sale de Meiringen con el funicular, pilla de camino a la garganta por donde el glaciar Rosenlaui engulle bramidos de agua. Hasta que en invierno se le congela la voz y calla; solo unos pocos escaladores en hielo se aventuran entonces por sus fauces. Hay un sendero medroso arrimado a la pared del torrente, pero lo cierran en noviembre. Lo construyó el tátara-tátara-tátara… abuelo de Sarah Anderegg en 1901, cuando advirtió lo mucho que les gustaba a los turistas británicos ir de excursión. «Más tarde compró el hotel del valle —informa la tátara-tátara-tátara… nieta—, lo amplió y le dio más o menos el aspecto que tiene hoy». Los cazadores también quisieron sacar provecho, y se reconvirtieron en guías cuando atisbaron que les resultaba más rentable perseguir veraneantes que gamuzas. «Muchos de estos picos fueron conquistados por ingleses acompañados de aldeanos, como aquel, el Schreckhorn». Significa, literalmente, «pico del miedo». «Los lugareños tenían pánico a las montañas…». Solo por un buen estipendio se les hubiera ocurrido escalarlas. «Les asustaban los aludes, los desprendimientos, el retumbo de los truenos…». La belleza provoca amor; lo sublime, terror… Una de las rocas se asemeja a la nariz abrupta de De Gaulle. «Vivir aquí arriba era muy duro…». Los pastores se sumaron al floreciente sector terciario vendiendo quesos típicos a los montañeros, como el mutschli que elaboran en su granja Sabine y Heinz —aunque tenga un nombre tan raro, sabe como a parmesano—. Tienen cerdos —de esos que comen en el mismo barreño donde cagan— y vacas; las ordeñan al atardecer y preparan los quesos a las siete de la mañana; se levantan cuando el sol aún no ha escalado la montaña —¡y lo cuentan con una sonrisa en la cara!—. También hacen mantequillas y mermeladas.

«Henry of Switzerland» —así le identifica su credencial de guía— también se transformó: antes hacía relojes de cuco; ahora estila un chaleco de vaquitas y edelweiss, se pasea con extranjeros por Brienz y les lleva al Museo al Aire Libre de Ballenberg, una recreación de cómo era un pueblo tradicional suizo… sin turistas. «Éramos el pueblo más pobre de Europa… Todo lo comíamos con las manos». Los rösti, los ragoûts, las percas del lago… «Solo teníamos cucharas». Para los potajes y los caldos. «Cucharas de madera como esta…». Se saca una del bolsillo y la enseña. «Pero los franceses y los ingleses eran demasiado refinados». Preferían morir de inanición que sentarse a la mesa sin cuchillo y tenedor. «Empezamos a fabricar cubiertos y nos convertimos en los mejores talladores de la región». Osos, águilas, rebecos, lobos… «Cuanto más bonitas y grandes eran las piezas, más pagaban por ellas». Doce mil trescientos noventa francos por un pesebre, mil ochocientos cuarenta y cinco por la Madonna sola. «Este es de los pocos talleres que quedan… Pensad que, si éramos dos mil quinientos habitantes, mil cien se dedicaban a trabajos artesanales. Eran otros tiempos… Donde estaba el taller más grande del pueblo ahora hay un banco, ¡porque en Suiza tenemos más bancos que dentistas!». Y en la primera planta se encuentra el Museo de la Talla en Madera. Pero no hay tiempo de visitarlo, porque los turistas solo venís a Brienz de paso». Byron se quedó, como mínimo, una noche: la que se hospedó en el hotel Weisses Kreuz —lo certifica, una vez más, la correspondiente placa en la fachada—. A la mañana siguiente se marchó en un bote tripulado por tres mujeres. «Ya he dicho que éramos el pueblo más pobre de Europa, todos tenían que trabajar y las chicas se encargaban de transportar a los turistas de una a otra orilla; les llevaban a ver la cascada de Giessbach». En el diario del poeta únicamente consta que se sentó a remar junto a «una joven muy hermosa»… «Sería la típica chica de campo con dos trencitas; solo se las peinaban una vez por semana; porque éramos el pueblo más pobre de Europa, tenían que trabajar y no estaban para mamarrachadas».

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Lord Byron y su compañero pusieron rumbo a Berna: «La parte salvaje de nuestro tour se ha terminado…». Iniciaron el viaje de vuelta a Ginebra. «Puesto que en pocas horas llegaré a Diodati, tengo poco más por ver… ¡y nada más que decir!».

Fueron cuatro meses entre «metafísica, montañas, lagos, amor inextinguible, pensamientos inconfesables y pesadillas». El 5 de octubre se acabaron sus vacaciones románticas en Suiza.

Guía más o menos práctica para recorrer Suiza al paso de Lord Byron

Transporte. Conseguir una calesa idéntica a la de Napoleón, que es la que Lord Byron se procuró (nunca la pagó) para viajar por Europa. En caso de dificultad, el viajero puede hacer el Grand Tour suizo en automóvil o utilizando la Swiss Travel Pass en transporte público.  

Dónde dormir. En todos los hoteles con una placa de Lord Byron en la fachada, asumiendo el riesgo de que alguna de ellas sea falsa. Si se tiene una cuenta suiza, alquilar durante cuatro meses una villa con vistas.

Dónde comer. Lord Byron estaba a dieta; dicen que solo comía una rebanada de pan y una taza de té (sin azúcar ni leche) para desayunar, y un plato de verduras para cenar, acompañado de una o dos botellas de soda con vino de Graves. Se recomienda saltarse el régimen en cualquiera de estos restaurantes: Le Comptoir des Délices (en Coppet), Auberge du Château (en Nyon), Café du Grütli (en Lausana), Café Très (en Montreux), Café Littéraire (en Vevey), Stadhaus (en Interlaken).

Qué hacer. Escribir literatura universal para la posteridad y salir de excursión por la montaña y por el lago Lemán. Si para hallar lo sublime se necesitan emociones más fuertes, en la región de Interlaken uno se puede tirar al vacío en salto BASE o en parapente.

Libros recomendados. Los Shelley se llevaron como lectura ligera de verano a Voltaire, Rousseau, Lucrecio y Plinio. Si estos ya se han leído, meter en la maleta La noche de los monstruos (Edhasa), una antología que reúne Frankestein, El vampiro y el fragmento de Augustus Darvell, con cartas y diarios para curiosear en las vidas de Mary, Percy, Polidori y Lord Byron.

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7 comentarios

  1. Aquí es inevitable mencionar la pelicula “Remando al viento”, donde se cuentan alguna de estas cosas.
    Suiza es un precioso país, montañas, lagos, verde, sencillamente de postal, por no hablar de la limpieza e hipercivilización que se respiran por todas partes.
    Eso si, no es el país mas barato del mundo.

    • Si te quejas de los precios, te recordarán que ellos eran “el pueblo más pobre de Europa”.

      • No sé cuando han sido el pueblo mas pobre de Europa.
        Estuve allí ya hace años, unos 25, y desde luego comer de restaurante o alojarse en un hotel era casi inabordable ( viajaba con tienda de campaña ), tal vez hoy día haya cambiado algo, o hay más alternativas ( Airbnb o pensiones ), no sé.

  2. La fuerza de su mirada de Tim Powers, también relata el viaje de Byron ….en el entorno de una novela de terror. Me gustan bastante los relatos de Tim Powers. No hay personajes que beban más que los suyos.

  3. Gracias por traer a la camarilla del romanticismo. Sin ellos (y los que fueron como ellos), ¿cómo íbamos a recordar lo enorme que es el mundo, o los ásperos y glamurosos destellos de todas las civilizaciones, o el misterio escalofriante que se esconde debajo de cada cosa trivial y conocida? O que la vida es una aventura temeraria, cochina y lírica y, tal vez, en última instancia, reducible a anécdota, epitafio o extravío, pasada por la fantasmada, maquillada por el je-ne-sais-quoi pretencioso, y aún así nunca mediocre, nunca incontable ni previsible ni acabada y siempre crujiente. No viene mal mirar cuánto fuego y cuántos oropeles y dramatismo y miseria y sublimes pretensiones, cuánta aspiración a lo universal, trascendente, único, definitivamente infinito. Es que últimamente todo parece aspirar a poco, como mi vieja Rowenta, que aspira al polvo cutre pero sólo del suelo y no todo.

  4. Muy bien escrita, muy graciosa. Me gustó el tono ligero de la nota. Y Byron siempre es interesante. Saludos

  5. Muy buen artículo.

    Sin embargo, quería puntualizar algo respecto de la obra Frankestein: la anécdota del juego de historias de terror del cual se dice que surgió la novela se ha demostrado que es falsa. Mary Shelley recibió muchas críticas por ser mujer y joven (y escribir algo tan oscuro y siniestro) al descubrirse su autoría, por lo que tuvo que inventar la anécdota para justificarse. Por eso se incluyó como introducción a la novela años después, para demostrar que Mary Shelley no era una “loca trastornada”.

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