Narcotráfico: se mira pero no se toca

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Incautación de un alijo en Vigo, 2006. Fotografía: Miguel Vidal / Cordon.

Hace poco más de dos años, el 5 de enero de 2016, los principales medios de comunicación se hacían eco de la incautación de tres toneladas de cocaína en el municipio pontevedrés de Barro. Se trataba del mayor alijo interceptado en suelo español desde 1999 y los titulares de prensa no escatimaron en grandilocuencia para enriquecer la información: «Así fue la mayor operación terrestre del siglo contra el tráfico de cocaína», se podía leer en La Voz de Galicia. La sorpresa saltaba al detenernos en la letra pequeña y descubrir que no había un solo gallego involucrado en la operación. La mercancía, de la que se ofrecían todo tipo de detalles incluida su procedencia y hasta el sello que portaba, habría sido introducida en nuestras costas por un clan holandés y sus destinatarios resultaron ser unos mafiosos ingleses residentes en la Costa del Sol que, mediante un convoy de furgonetas, pretendían distribuirla por diferentes países de Europa: ni una sombra de duda sobre cómo unos holandeses habían sido capaces de alijar y esconder tres mil kilos de cocaína en Galicia sin el consentimiento o la colaboración de los clanes locales, nada.  

Se mira pero no se toca

Así es como se ha tratado la información sobre el narcotráfico gallego en los últimos años: esquivando lo obvio. La reciente detención de Sito Miñanco parece haber devuelto cierta atención mediática sobre un fenómeno que parecía desterrado de las rías gallegas tras el encarcelamiento de los grandes capos pero que, en medio de un extraño silencio, no ha dejado de crecer y fortalecer sus alianzas a ambos lados del Atlántico. A día de hoy entra más cocaína por la costa gallega que en 1990, el año en que Baltasar Garzón y la Operación Nécora pusieron en boca de todos los nombres del propio Miñanco, Laureano Oubiña o Manuel Charlín. El narcotráfico y su brillantina, como los eucaliptos, las bateas de mejillón o el granito, siguen componiendo una parte fundamental del paisaje gallego pero algo ha cambiado en la percepción de un fenómeno que se mira pero no se toca, como si no hablar de ello fuese el método más aséptico de combatirlo.  

Muerto el perro, muerta la rabia

Aquella rebelión popular de los noventa contra los clanes históricos tuvo mucho que ver con el despertar de una sociedad ante una evidencia terrible: los beneficios que el narcotráfico aportaba a tantas familias, incluso a localidades enteras, comenzaron a parecer meras limosnas ante la podredumbre y la inseguridad que asolaban las calles. Fue la acción devastadora de la heroína lo que puso en jaque a los más ilustres robinhoodes de la cocaína que ayudaban a levantar casas, pagaban tratamientos médicos a sus vecinos, colaboraban con las parroquias y se sentaban a la mesa con lo más granado de la sociedad gallega. La furia de Carmen Avendaño y las otras madres de Érguete (levántate) provocó un tsunami social con el que no contaban los narcos y el resto es historia. Pero la epidemia pasó y con la normalidad regresó el ambiente de calma que tanto beneficia a quien negocia en silencio. Tocaba recapacitar, abandonar ciertos hábitos y retomar la actividad en el punto exacto donde la habían abandonado, si es que alguna vez lo hicieron.

Cuando los árboles sí dejan ver del bosque

Ser narcotraficante ya no es un sueño de infancia, al menos no uno confesable. El tráfico de drogas ha perdido todo el glamur y prestigio que acumuló durante la transición del contrabando de tabaco al alijo de cocaína. La ostentación ha dejado de ser requisito imprescindible del triunfador hasta convertirse en un sinónimo de mediocridad y la discreción se ha implementado como cortafuego indispensable, el primer muro tras el que esconder el negocio de las miradas indeseadas. El verdadero poderío del narco gallego se oculta hoy entre chaquetas de lana, calzado barato, partidas de cartas en el bar y cartillas de pensionista. Los vehículos de gran cilindrada, el oro grosero y la ropa de marca, especialmente la deportiva, luce ahora en manos de cachorros imberbes que pretenden imitar a los grandes nombres pero sin más perspectiva que la de recoger una pocas migajas y terminar, más pronto que tarde, con sus huesos en la cárcel. Ellos son los árboles que todavía permiten ver el bosque frondoso e inaccesible en que se ha convertido del narcotráfico en Galicia.

Árboles, ¿qué árboles?

En casi todos los pueblos de la costa gallega se pueden encontrar muestras palpables del flujo incesante de dinero que provoca el tráfico de cocaína. Lo ven casi a diario los hosteleros, testigos directos del lujo más íntimo y la alergia ancestral del narcotráfico a las facturas. Cada fin de semana se celebra en Galicia un bautizo con aspecto de boda real o una boda común con apariencia de ceremonia de apertura de unos juegos olímpicos, bacanales de derroche que se pagan en mano y al contado, sin necesidad de contratos o cualquier otro papel que deje huella del gasto. También pueden dar fe los empleados de algunas sucursales bancarias, la primera ventanilla a la que todavía acuden petimetres y advenedizos con intención de blanquear ciertas cantidades, bienintencionados pero sin el conocimiento o la asesoría legal de la que disponen los grandes peces del negocio. Concesionarios, joyerías, lonjas, mueblerías, tiendas de ropa, salas de juego o clubes de alterne son algunos de los hábitats naturales en los que el dinero de la droga también se gasta sin miramientos, a la vista de todos, un manantial que no se ha detenido nunca por más que las noticias hablen de holandeses, británicos, mexicanos, colombianos o andaluces como nuevos amos del cortijo.

«No se debe olvidar lo que todavía no ha terminado»

¿Por qué razón iban a dejar de trabajar los grandes cárteles de la droga con sus más eficaces aliados? ¿Por qué confiar en unos desconocidos para alijar y esconder varias toneladas de cocaína en la costa gallega, ese entramado inabarcable de piedras, bateas, pequeñas calas y grandes acantilados en los que un nativo experimentado se mueve como pez en el agua? ¿Por qué excluir del negocio a quienes fueron capaces de revalorizar el producto estrella de las selvas americanas hasta convertir vulgar y dudosa cocaína en codiciada fariña? Se podrá dudar de la capacidad o el poder real de algunos históricos del narcotráfico, pero sería de ilusos pretender que toneladas de droga sigan desembarcando en las rías de Galicia cada año sin contar con las expertas manos de los clanes gallegos en la partida. Lo advertía Nacho Carretero en la última línea de su libro recientemente secuestrado, Fariña: «No se debe olvidar lo que todavía no ha terminado». Ni ha terminado ni terminará, es una de las pocas certezas que todavía se nos pueden arrancar a los gallegos.   

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2 comentarios

  1. maxpower

    Menos mal que compre el libro antes de que lo censuraran, Vergonya de país,

  2. anónimo

    Es muy triste, que continúe esta lacra, y también que pueda operar muy oculta. Hay que buscarla y sacarla a la luz, impedir su enquistamiento en la sociedad.

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