
Hace poco más de dos años, el 5 de enero de 2016, los principales medios de comunicación se hacían eco de la incautación de tres toneladas de cocaína en el municipio pontevedrés de Barro. Se trataba del mayor alijo interceptado en suelo español desde 1999 y los titulares de prensa no escatimaron en grandilocuencia para enriquecer la información: «Así fue la mayor operación terrestre del siglo contra el tráfico de cocaína», se podía leer en La Voz de Galicia. La sorpresa saltaba al detenernos en la letra pequeña y descubrir que no había un solo gallego involucrado en la operación. La mercancía, de la que se ofrecían todo tipo de detalles incluida su procedencia y hasta el sello que portaba, habría sido introducida en nuestras costas por un clan holandés y sus destinatarios resultaron ser unos mafiosos ingleses residentes en la Costa del Sol que, mediante un convoy de furgonetas, pretendían distribuirla por diferentes países de Europa: ni una sombra de duda sobre cómo unos holandeses habían sido capaces de alijar y esconder tres mil kilos de cocaína en Galicia sin el consentimiento o la colaboración de los clanes locales, nada.
Se mira pero no se toca
Así es como se ha tratado la información sobre el narcotráfico gallego en los últimos años: esquivando lo obvio. La reciente detención de Sito Miñanco parece haber devuelto cierta atención mediática sobre un fenómeno que parecía desterrado de las rías gallegas tras el encarcelamiento de los grandes capos pero que, en medio de un extraño silencio, no ha dejado de crecer y fortalecer sus alianzas a ambos lados del Atlántico. A día de hoy entra más cocaína por la costa gallega que en 1990, el año en que Baltasar Garzón y la Operación Nécora pusieron en boca de todos los nombres del propio Miñanco, Laureano Oubiña o Manuel Charlín. El narcotráfico y su brillantina, como los eucaliptos, las bateas de mejillón o el granito, siguen componiendo una parte fundamental del paisaje gallego pero algo ha cambiado en la percepción de un fenómeno que se mira pero no se toca, como si no hablar de ello fuese el método más aséptico de combatirlo.
Muerto el perro, muerta la rabia
Aquella rebelión popular de los noventa contra los clanes históricos tuvo mucho que ver con el despertar de una sociedad ante una evidencia terrible: los beneficios que el narcotráfico aportaba a tantas familias, incluso a localidades enteras, comenzaron a parecer meras limosnas ante la podredumbre y la inseguridad que asolaban las calles. Fue la acción devastadora de la heroína lo que puso en jaque a los más ilustres robinhoodes de la cocaína que ayudaban a levantar casas, pagaban tratamientos médicos a sus vecinos, colaboraban con las parroquias y se sentaban a la mesa con lo más granado de la sociedad gallega. La furia de Carmen Avendaño y las otras madres de Érguete (levántate) provocó un tsunami social con el que no contaban los narcos y el resto es historia. Pero la epidemia pasó y con la normalidad regresó el ambiente de calma que tanto beneficia a quien negocia en silencio. Tocaba recapacitar, abandonar ciertos hábitos y retomar la actividad en el punto exacto donde la habían abandonado, si es que alguna vez lo hicieron.
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Menos mal que compre el libro antes de que lo censuraran, Vergonya de país,
Es muy triste, que continúe esta lacra, y también que pueda operar muy oculta. Hay que buscarla y sacarla a la luz, impedir su enquistamiento en la sociedad.