Domingo en el campo

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Fotografía: Montecruz Foto (CC).

I

Estoy bebiéndome el primer café de pie en la cocina, a estas horas la ducha en lugar de despejarme me ha metido el frío en el cuerpo. Pienso en qué ponerme con la aprensión de quien va a un funeral, el termómetro marca siete grados y casi un noventa por ciento de humedad, la sensación térmica está cerca de cero, seguramente en el pueblo de Oranienburg, treinta y cinco kilómetros al norte de Berlín, aún hará más frío.

Son las 8:30 de la mañana de un domingo de invierno, el campo de concentración de Sachsenhausen acaba de abrir al público.

II

Me cruzo con gente que continúa la noche y con otros que vuelven a casa, a ellos no les importa que llueva, a mí las gotas de aguanieve clavándoseme en la cara ya me han hecho pensar que todo esto es una malísima idea.

Repaso mentalmente: ahora desde mi estación hasta Friedrichstrasse, allí compro la extensión de mi abono normal porque voy a salir de área urbana, luego cojo la línea uno dirección Oranienburg hasta la última parada.

Cuando estoy bajando por las escaleras hacia el andén me doy cuenta de que el metro que espero acaba de llegar, hago el último tramo en dos zancadas y salto al vagón justo cuando las puertas se cierran. Acabo de salir y ya estoy agotada.

Nadie me espera pero tengo la sensación de llegar tarde. Necesito comer algo.

III

Andén dirección Oranienburg.

La línea 1 divide Berlín de norte a suroeste. En un extremo Wannsee, el entorno idílico donde se firmó la solución final en 1942, en el otro Oranienburg, el pueblo donde se ubicó el primer campo de concentración en 1936, la idea inicial era concentrar allí a todos los presos políticos dispersos en centros de detención por todo Berlín. El campo padre de todos los campos, el primero construido a propósito como modelo para los que vendrían después y centro de entrenamiento para guardias.

En seis años viviendo aquí no me había dado cuenta, no me había parado a mirar el mapa de las líneas de metro con tanto detenimiento. La linea 1 bajando, despeñándose y creciendo como una bola de nieve, como el Reich en su carrera fulgurante. De un campo a más de mil campos, de una solución a la gran solución.

Literal como todo lo tremendo.

Las pantallas dicen que el próximo tren tardará once minutos, pido un café hirviendo y una napolitana de chocolate en el quiosco del andén. Antes de echarme el azúcar cojo el vaso de cartón con las dos manos para calentarlas, en ese momento me doy cuenta de que me he olvidado los guantes en casa. Mierda.

Y solo son las nueve y media.

IV

Fotografía: Erik G. Trigos (CC).

Según nos alejamos de Berlín el cielo se pone más plomizo y más cargado, cada vez llueve más. En el vagón hace calor, me quito el gorro y el abrigo porque voy a estar aquí un buen rato. Es raro sentirse a gusto, menos mal que cada tanto las puertas se abren en las estaciones y entra un frío que se clava en la cara como una señal de alerta.

A ambos lados de las vías, entre los árboles, aparecen casas deliciosas y apacibles, casas con flores en las ventanas, donde criar niños sanos que jueguen en los jardines, casas con comederos de pájaros en las verjas, donde la vida transcurra como un plano secuencia y los vecinos se saluden con la mano mientras cortan el césped. Casas con un sótano en el que un psicópata podría esconder sus horrores sin levantar sospechas, porque siempre es amable y separa la basura civilizadamente. Casas normales.

Tan normales que asustan, tan normales que relajan.

Debería caer una tormenta y abrirse el suelo para confirmar que voy camino de un infierno en la tierra.

No, mejor que pare de una vez de llover.

Jersey grueso, camiseta interior, abrigo por debajo de la rodilla, botas militares, medias de lana, bufanda, los guantes se quedaron en la cocina al lado de la taza de café vacía. Me preparé para el frío, no para la lluvia.

Me acuerdo de una superviviente polaca que contó que le salvaron la vida las botas de la nieve, que era agosto cuando se la llevaron y su padre, que había luchado en la Primera Guerra Mundial, insistió en que se las pusiese antes de salir de casa.

La vida depende a veces de cosas mínimas.

V

Estación de Oranienburg.

Por suerte para de llover. En cuanto salgo del vagón y pongo un pie en el andén una ráfaga de viento me congela las orejas, me calo el gorro hasta los ojos.

Sachsenhausen está a dos kilómetros de aquí, los prisioneros solían recorrer esta distancia a paso ligero. Cuando llego a la puerta de la estación, el bus directo acaba de llegar. Los turistas nunca tienen tiempo que perder, así que se agolpan como si el conductor fuese a arrancar sin esperar a que estén todos dentro. Cuatro paradas y una voz femenina anuncia: «Gedenstäte Sachsenhausen» (‘lugar conmemorativo de Sachsenhausen’).

Dejo pasar a los apresurados delante, estamos en un calle que podría ser de una urbanización, la distancia entre las casas y la entrada es ninguna, un gato con collar bebe de un charco del suelo y nos mira con indiferencia, como un gato.

VI

Fotografía: Galo Naranjo (CC).

10:33 h

Pido en recepción una audioguía y un mapa en español.

Camino por una pista de tierra hacia la Torre A, donde está la entrada principal. A mi izquierda, el muro, que visto desde aquí no presagia nada demasiado terrible, una pared de dos metros y medio con tres vueltas de alambre de espino en la parte superior. A la derecha, el parque de entrenamiento de la policía de Brandenburg, que desde 2006 está en el mismo sitio donde estaba el acuartelamiento de la SS. Una placa conmemorativa dice que es para que las fuerzas de seguridad sean conscientes de la historia que les precede, para que no se repita.

A continuación a la derecha, justo frente a la puerta principal, el edificio del casino del campo, donde acudían los soldados para distraerse después de la jornada. Escucho las explicaciones que da una guía a un grupo pequeño que está parado a pocos metros. Aquí se representaban cabarés y se jugaba a las cartas, era necesario relajar la tensión para sobrellevar las tareas, no olvidemos que este no era un campo como los demás, aquí los soldados estaban siendo adiestrados. Por eso los escogían muy jóvenes, porque en cuanto se les tumbaban todas las reticencias ya no había vuelta atrás. Se entregaban sin condiciones al partido, a la violencia, a la barbarie, a la muerte.

Hay una parte de todo esto en la que no había pensado nunca, la del campo no solo como un lugar de exterminio, sino de adiestramiento. Un máquina enorme que se alimenta de prisioneros condenados a muerte y produce soldados jóvenes lobotomizados, inmunes al sufrimiento humano.

Perversidad manufacturada.

Mientras anoto esto en el cuaderno, el cielo se encapota y viene un aire helado. No siento la punta de los dedos.

VII

Fotografía: Galo Naranjo (CC).

Torre A.

Sachsenhausen tiene forma de triángulo equilátero y la entrada principal, la Torre A, está justo en el centro de la base. A ras de suelo, la puerta de hierro con el «Arbeit macht frei» y la ventanilla de admisiones, en el primer piso, las oficinas y el despacho del comandante.

Un cartel pequeño y una flecha indican una entrada al edificio por una puerta lateral. No hay nadie alrededor, me da un poco de miedo que mi alemán me haya jugado una mala pasada y cuando intente entrar suene una alarma. Pero no, la puerta está abierta y el edificio vacío, dentro hay una pequeña exposición sobre la burocracia del campo, además de tener una vista privilegiada desde el despacho del comandante.

Paso de una sala a otra haciendo crujir las tablas del suelo, alrededor de los retratos de los soldados y los mandos con el título: «Die Tätter» (‘los culpables’).

Todos miran de frente a la cámara y sonríen, como buenos vecinos.

En la oficina del comandante hay una foto enorme del campo en pleno recuento, todos los prisioneros, los capos y los soldados en formación. El objetivo de la cámara apunta desde el mismo lugar donde yo estoy parada, a vista de pájaro, hace menos de ochenta años.

Marco el número 113 en la audioguía, escucho el testimonio de Walter S. C. Odiaba el graznido de los cuervos, gritaban como locos especialmente durante el recuento porque hasta que terminaban no dejaban recoger del suelo a los muertos.

En la foto los soldados y los capos llevan guantes, los prisioneros, no.

VIII

Cruzar la puerta principal, ver las vallas electrificadas a ambos lados, los barracones al fondo y que de repente todo se vuelva una especie de decorado, la sensación de estar dentro de una película. Este lugar ya lo conozco aunque nunca estuve aquí.

Seguramente es inevitable, porque gran parte de nuestra memoria de la historia contemporánea, está trufada de escenas de películas y series. La imagen real fue en blanco y negro y demasiado granulada para sentirla actual, por eso en el momento en que la definición y el color son perfectos, nuestra referencia inmediata es la ficción.

Camino al lado de las alambradas, y revivo los delirios del protagonista de Shutter Island, cuando libera Dachau y ve montones de cadáveres entre la nieve y los ojos de una niña muerta se abren de pronto mirándolo.

Los muertos pueden tener movimientos reflejos, a mi tío lo velaron con un pañuelo atado a la cabeza, como si tuviese un flemón, porque en el viaje hasta la aldea donde fue enterrado se le abrió la boca. Podría ser. Damos todo por bueno cuando tiene que ver con muertos. Ellos pueden permitírselo todo, hasta no morir y quedarse en la memoria, atormentándote.

La escena de la niña de la película me tuvo semanas sin dormir.

IX

Fotografía: Kenneth Lee (CC).

El barracón 38.

Las paredes están cubiertas de metacrilato, supongo que para evitar que la gente escriba mensajes de amor o cosas peores. Para evitar en general, para evitar a la gente, a nosotros.

No se puede entrar en el cuarto de baño, hay una barandilla metálica que solo permite asomar la cara dentro, dos lavabos redondos enormes en el centro y una especie de cubículos alineados en el lado derecho a lo largo de la pared, donde quedarse de pie mientras una especie de aspersor rociaba con agua desde abajo con fuerza. Una ducha inversa.

Huele a madera húmeda, a frío y a hierba mojada, de repente el olor se vuelve intensamente familiar y me quedo parada tratando de recordar.

Una señora impaciente por no perderse un detalle, supongo, me da un codazo que me deja tambaleándome en medio del pasillo estrecho, pero me da igual, porque tengo seis años y estoy en la corte de las vacas de mi bisabuela, huele a madera mojada, a estiércol, a musgo. En casa de mi bisabuela no había váter, la corte era para todos.

No se pueden hacer fotos, pero no importa, la mujer vuelve a empujarme mientras saca la cámara con el aplomo con que lo haría una triunfadora, a la gente así de impetuosa no hay quien les niegue nada.

Sigo por el pasillo hasta el dormitorio, los visitantes caminamos por el suelo de madera haciéndolo crujir y tropezando con las uniones de las tablas, cualquiera diría que ya solo sabemos caminar sobre superficies perfectamente pulidas.

En la entrada de la habitación, la cama del kapo, sola. Calculo el ancho con mi mano, cuatro cuartas. Tengo las manos pequeñas, serán ochenta centímetros como máximo. En la habitación contigua los prisioneros normales llegaban a dormir hasta cuatro en una igual.  

No necesito medir para darme cuenta de que yo no cabría estirada, aunque me imagino que en un lugar así lo normal será dormir casi en posición fetal, la gente se estira para dormir cuando está tranquila.

Las presas nunca se duermen del todo.

X

12:49 h

Recorro el circuito de pruebas de botas y los ojos me lloran de frío. La pista traza un semicírculo de un lado a otro del campo con diferentes superficies sobre las que caminar: grava, arena, cantos, asfalto, grava otra vez, tierra, arena, cantos, asfalto y vuelta. Durante todo el día yendo y viniendo como hámsters, hasta hacer cuarenta kilómetros diarios. O hasta morir.

El viento es cada vez más fuerte, a una chica se le escapa el mapa de las manos, corre detrás de él, su amiga lo pisa y las dos chocan. Se ríen en alto y suena casi como un insulto en medio del silencio y los gritos de los cuervos. No tiene nada de malo reírse, al contrario, menos mal que podemos reírnos, pero, aun así, se siente todo muy extraño.

Como si llevaras vestida la piel de otro.

Fotografía: Tania Caruso (CC).

XI

En el edificio de las antiguas cocinas hay aseos para visitantes, cuando me voy a lavar las manos el agua está caliente, los dedos entran en reacción y siento un hormigueo agradable en las yemas. Me miro en el espejo, tengo la nariz roja y los ojos vidriosos.

Vuelvo a ajustarme los botones del abrigo, la bufanda hasta la boca, el gorro hasta los ojos. Las manos en los bolsillos.

Las papeleras están a rebosar de mondas de plátanos y envoltorios de comida.

A lo lejos una chica lanza lo que parece un corazón de manzana, dos cuervos se tiran en picado, el que ha sido más rápido espanta al otro con un graznido largo y desgarrado. Se me ocurre que estos cuervos quizá sean descendientes de aquellos que acechaban durante el recuento.

XII

Torre E.

Me siento en un banco detrás de la Torre E, en el vértice superior del triángulo, la audioguía acaba de contarme que justo aquí detrás estaban las casas de los mandos de las SS y sus familias, que el pueblo de Oranienburg contrataba a prisioneros para trabajos forzados y que nadie era ajeno a lo que pasaba allí dentro. El humo de los hornos crematorios se posaba a veces durante días en el pueblo como un aviso para incrédulos.

A menos de cien metros de la verja se ve una hilera de chalés impecables, casitas todas iguales con sus plantas con flores, se oye el ruido de trenes y pajaritos.

No sé si me gusta o me da pánico. En realidad las dos cosas, a partes iguales. Porque es necesario que la memoria se guarde, pero también es imprescindible vivir por encima de la memoria.

XIII

El tren me deja en Friedrichstrasse otra vez y sigue su camino a Wannsee, visualizo ahora nítidamente ese hilo imaginario y negro que divide la ciudad y une los dos puntos. Siempre estuvo ahí aunque yo no lo viese y esa es la clave de todo.

Es tan fácil vivir sin enterarse, tan fácil contaminar los hechos con imágenes ficticias, que solo conservar los lugares podrá salvarnos. Solo saber que, a pesar del ruido de fondo, hay un espacio donde la risa aún suena extraña porque se escucha el rumor de los que no se dejan morir del todo.

1 comentario

  1. pedro

    muy interesante. gracias.

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