Una guerra entre espiritismo y catolicismo: la torre de Villegas

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Fotografía: Gema Rodrigo

Escudo de la familia Villegas. Cementerio de Cóbreces.

Cóbreces es un pequeño pueblo de Cantabria que se asoma, coqueto, al océano. Situado a mitad de camino entre Comillas y Santillana del Mar, la popularidad de ambas villas (Gaudí y el románico, nada menos) hace que a veces el viajero apenas se fije en las joyas que esconde discretamente esta localidad. Pero existen, y algunas están teñidas de misterio.

Acompáñenos el lector en esta senda. Hablaremos de carlistas, de mesas parlantes, arquitectura simbólica, un Quijote oculto y fantasmas, muchos fantasmas. Y de una torre, sobre todo de una torre y cierta guerra religiosa que salta a los propios edificios. Déjense llevar.

Vamos a presentarle a Baldomero Villegas.

Nuestro amigo Baldomero Villegas

El protagonista de la historia se llama Baldomero Villegas del Hoyo, y nace, año 1844, en la villa cántabra de Santoña, aunque su linaje tenía origen en el concejo de Cóbreces, unos kilómetros más al oeste. En Santoña su padre, Juan José Villegas, ejercía como gobernador militar de la provincia de Santander. Desde ese puesto fue decisivo para el éxito de la Revolución Gloriosa de 1868, oponiéndose eficazmente al contraataque borbónico liderado por Calonge. Más tarde tuvo también importancia en el marco de la Tercera Guerra Carlista. Un pez gordo de la milicia en la época, vamos.

Su hijo también optó por la carrera de armas, aunque nunca llegó a los éxitos del progenitor (solo alcanzó el grado de teniente de artillería). Al menos en lo del ejército, porque en la política le fue un poco mejor: diputado en las Cortes de 1898. Pero, en fin, que aparentemente se quedó a medias de lo que podía haber sido por pedigrí y potencial. En parte porque resultaba un tipo emocional, ingenioso, educado y algo bocazas, que no tenía problemas en ir pregonando aquí y allá lo muy liberal que era, lo muy malosos que resultaban los tradicionalistas y lo mucho mejor que le iría a España con un cambio drástico en el gobierno. Y en el país, vaya. Ah, y también echaba pestes de los curas.

Porque Baldomero Villegas era espiritista. De los del siglo XIX, los ilustrados (valga el oxímoron), los anticatólicos, los avanzados. Quienes lo mismo te citaban un libro sobre la electricidad que un libelo tratando la metempsicosis. Todas esas cosas. Fundador, además, de la Sociedad Espírita Española, nada menos. Y, claro, ello casaba regular con los poderosos de la época, como pueden ustedes comprender.

Pero a él no le importaba, porque era de motivarse fácil. Y de mezclar, de mezclar temas, ciencias, creencias, ideologías. Así, por ejemplo, publicó tres obras para explicar su interpretación esotérica de «El Quijote». Una chifladura deliciosa que nadie puede perderse. No esperen tanto fantasmas y trasgos como simbolismos políticos, porque ya les digo que en la época se agitaba todo. Don Quijote, para él, encarna el «criterio liberal y reformista», y por ello se enfrenta a los molinos de viento, que representan una sociedad «intransigente, fanatizada, que se mueve automáticamente arrollando y matando a todo lo que se le pone por medio». Toma ya. El nombre del héroe, además, vendrá de la contracción de «qué hijote», mueca de fastidio típica del Siglo de Oro, y será «de La Mancha» porque nace en una España decadente y manchada. Sancho Panza es la parte «egoísta y vulgar de la nación», Dulcinea «el ideal de perfección al que se tiende e inspira», los gigantes «el colosal poderío que se ha formado en todas las naciones del mundo como resultado del compadrazgo de intereses» (sí, amigos, el tipo se nos cisca en el capitalismo y en el imperialismo en la misma frase). ¿Qué más? El mozo azotado por su patrón esconde «la arbitrariedad de las leyes» y las ovejas que menudean por la obra cervantina son, en realidad, «vividores de la sociedad a quienes congrega la trompeta de la fama». Ya ven, y eso antes de que existieran los realities de la tele. O la tele.

Aclarar a estas alturas que Baldomero Villegas se veía a sí mismo como un nuevo Quijote que se alza contra los altares levantados al oscurantismo, la tradición y la estolidez de su tiempo es, creo, innecesario…

El espiritismo y su visión en la segunda mitad del siglo XIX

Torre de Villegas, en Cóbreces (Cantabria).

Claro que quizá tenemos que anotar algunos conceptos. Por aquello de no caer en los tópicos, más que nada. A ver, yo disfruto como el que más viendo a señores de cierta edad repantingarse en su silla levemente narcotizados para contarme historietas sobre, no sé, el linaje perdido de los templarios en el barrio de Malasaña o el parentesco paterno-filial entre Nessie y ese reptiliano de Donald Trump. O los aliens. O los nazis. O los aliens-nazis, el combo definitivo. En serio, me encanta. Gozo. Pero en el siglo XIX el espiritismo era cosa bien distinta. Más seria, vaya, de las de narra con voz así, profunda, tipo Camilo José Cela.

A partir de 1850, añito arriba o abajo, el espiritismo se va a considerar por muchos como una ciencia positiva, comprobable de forma empírica y demostrable en cualquier condición experimental. Una puesta al día, basada en el progreso humano, de los antiguos arcanos que han regido desde siempre nuestro destino como especie. Una que explicase, ojo ahí, el contacto existente entre espíritus incorpóreos y seres de nuestro mundo mediante experiencias mediúmnicas. También, claro, una nueva religión… sin sacerdocios, sin dogmas definidos, sin estratificación por castas, clases o niveles. Con preocupación sobre aspectos de carácter social, educativo o filosófico. En pocas palabras, una ciencia omnicomprensiva muy ligada a los movimientos liberales de la época (liberales de los del siglo XIX, decimos, cuando los liberales no eran de extremocentro y tal, sino sanos muchachotes de la progresía…más o menos, no se me vengan a soliviantar). Vamos, que tú lees los principios básicos del movimiento y es todo un batiburrillo que mezcla a Kant con las doctrinas anarquistas, el krausismo, la señora pequeñaja de Poltergeist y el doctor Jiménez del Oso. Unas risas. Pero bueno, que tenía su punto. Y su expansión. Hacia 1870 nuestro protagonista Baldomero Villegas calcula que se han escrito unos quinientos libros, editado seis periódicos semanales y publicado seis revistas mensuales que disfrutan el más de un millón de adeptos que tiene la doctrina en todo el mundo. Una marea, ya ven.

En España anduvimos bastante rápidos con esto de los espíritus, quizá por la tradición romántica que arrastraba el país, sus ventas, sus ruinas y, en general, todas esas cosas que pueda describir un Potocki cualquiera. así ya en 1855 hubo una Sociedad Espírita Gaditana (disuelta poco después por el Gobierno Civil, no piensen mal), y apenas un par de añitos más tarde se edita el primer opúsculo sobre el tema, de autor desconocido (y menos mal, porque el librito fue quemado en auto público de fe… la Inquisición ya no existía, pero mejor mantener el anonimato por si acaso). En 1861 se funda en Madrid, con nuestro Baldomero como protagonista, la Sociedad Espiritista Española, con lo que el contagio es ya incontenible. No piensen en grandes multitudes (en 1887 solo doscientos cincuenta y ocho españoles se confesaban espiritistas) pero sí en pequeños grupos de personajes muy influyentes por su posición económica y social (un poco como los canteros de Los Simpsons). Personas, además, estrechamente ligadas al liberalismo (la mayoría… uno de los fundadores de la Sociedad Espírita Sevillana fue nada menos que Miguel Primo de Rivera), que no tenían reparos en considerar como indisoluble la unión entre Iglesia católica y cerrilismo político ultramontano. De ahí a buscar nuevas sendas de iluminación solo un paso.

Claro, teniendo todo esto en cuenta no es de extrañar que a partir de 1868, con lo de La Gloriosa y tal, los espiritistas se vinieran arriba. Libertad religiosa, nada menos. Democracia, sufragio universal (masculino, tampoco nos pasemos), libertad de imprenta. Locos, hippies, a-na-te-ma. Menos mal que aquello solo duró seis años y España pudo volver a su oscurantista velocidad de crucero histórica.

Tanto se emocionan que hasta pretenden llevar sus creencias a la universidad. Concretamente a las de Filosofia y Letras, que deberán incorporar la asignatura de «Espiritismo» en su temario. Si no me creen consulten el Diario de las Cortes de la Nación Española, fecha 26 de agosto de 1873, donde se recoge tal propuesta, expresada por los diputados José Navarrete y Vela Hidalgo, Anastasio García López, Luis Francisco Benítez de Lugo y Manuel Corchado.  También les digo que esto no llegó a discutirse a fondo, por aquello del Golpe de Pavía, la dictadura de Serrano, el Cantón de Cartagena y la Tercera Guerra Carlista. Fruslerías, ya ven.

Vamos, que la cosa tenía seriedad. No visualicen paisanos con túnicas estrafalarias hasta el suelo, señoras maduras lanzando maldiciones y largas noches de insomne ebriedad contemplando canales locales. No, aquí hablamos de una filosofía auténtica…solo que creía en la posibilidad de comunicarnos con otros mundos diferentes al nuestro.

Luego el tema decayó bastante, porque la Restauración reconocía la libertad religiosa pero un poco con la boca pequeña (dígale usted a Cánovas no sé qué de mesas parlantes, ya verá qué risas) pero aún siguió en boga durante un tiempo. Un botón: en la última década del siglo XIX los alumnos del profesor Manuel Sanz y Benito, catedrático de Metafísica en la Universidad de Barcelona, salían escandalizados de sus clases a causa de las arengas espiritistas que metía allí el docente a modo de alegres morcillas.

Una guerra arquitectónica

Torre de Villegas.

Pero vayamos a la torre, que les veo ansiosos.

Nuestro Baldomero Villegas se dedicó a reformar la vieja casa que su familia tenía en Cóbreces, erigiendo una muy llamativa torre que habría de coronar el lugar. Para ello parece que se inspiró nada menos que en el Alcázar de Segovia, concretamente en la torre de Juan II. La conocía bien, porque allí había estado preso durante la Guerra Carlista, así que tuvo tiempo de estudiarla.

Lo cierto es que la torre de Villegas destaca sobre el terreno. En toda la zona se cuentan por docenas los restos de este tipo de construcciones, que datan de la Edad Media y perviven, aun, como recuerdo de luchas nobiliarias. Espacios sobrios, muros muy gruesos y vanos muy estrechos, pensados para… eso, para defenderse y aguantar asedios breves sin necesidad de ponerse a sacar pajitas. Podía haberse fijado Baldomero en esos edificios pero sus intenciones iban más allá.

Retomando a su viejo «maestro» Cervantes, Villegas creía en el doble sentido arquitectónico y moral de las fortalezas. Y de esa forma hay que entender la que hizo levantar en Cóbreces como epítome de bondad, de progreso, pero también de resistencia (frente a vientos y mares, frente a catetos carpetovetónicos) y de sacrificio en pos de un bien común. La orientación al este, la forma en que se alza, imponente, sobre el resto del edificio, la misma personalidad de su promotor… todo nos conduce a una arquitectura con fuerte contenido simbólico. No hablamos de magias, de iluminaciones obtenidas al bañarnos con los rayos del amanecer en el solsticio de verano si estamos desnudos y hasta arriba de setas… más bien es una demostración, pública y ostentosa, de una nueva filosofía. Lo pueden llamar espiritismo o progresía, la verdad.

La torre surge en torno al año 1890, y completa una casona familiar del siglo XVII construida por un antepasado que llegó a sacerdote en Cóbreces. Enmarcando la puerta de entrada hay dos árboles. Un acebo y un tejo. Seres sagrados en la tradición septentrional. Para los celtas, para los antiguos cántabros. Un templo al aire libre. En el frontal aparece, claro, el blasón. El mismo que hay aquí y allá en otras construcciones de la zona, deudoras de la importancia que esta familia tuvo sobre el solar. En la antigua ermita gótica, por ejemplo, hoy reconvertida en cementerio.

(Quienes gusten de lo bizarro deben visitar también ese camposanto, pues allí hay un Cristo esculpido por el artista montañés Jesús Otero, conocido comunista que, dicen, imitó en el rostro del crucificado el de aquel otro barbudo que fue Fidel Castro…)

Pues eso, que muy pronto la Torre de Villegas se va a alzar como la construcción más llamativa e imponente de todo Cóbreces… e incluso de aquel rincón del litoral cántabro. Si a eso le unimos la particular personalidad del propietario y sus muy heréticas opiniones sobre el tema del espiritismo de facto nos encontramos con, oh sí, un elemento de irradiación potencial respecto de unas ideas que, oye, ni nombrarlas. ¿Democracia? ¿Médiums? Chist, chist, niño malo.

La reacción (observen el sutil juego de palabras) de los bienpensantes no se hizo esperar. Cómo iba a ser eso de que lo primero que viesen los forasteros al llegar a Cóbreces fuese un antro de perdición con mesas parlantes, ouijas y todos esos rollos. Así que, ni cortos ni perezosos, se pusieron a construir. A sufragar construcciones, más bien. Una contestación a la torre espírita. Un intento por aislarla, encerrarla dentro de un cordón sanitario del más ortodoxo catolicismo. Sí, amigos, a la torre de Villegas la rodearon de iglesias como si fuera la aldea de Astérix. Para confrontar, combatir y derrotar su pérfida influencia. Puede parecer un chiste, pero al menos es lo que defiende el catedrático Miguel-Ángel Aramburu-Zabala en sus obras (1). Se había iniciado una batalla de imágenes, de iconografía, que el cristianismo no podía perder. Demasiado en juego. Así que la opción fue asfixiar al contrario, asediarlo con muros sacros.

Iglesia parroquial de Cóbreces.

Lo primero, claro, es una iglesia. Una nueva, que se alce al cielo. Justo enfrente de las ventanas desde donde mira el espírita, ese diablo. Que se chinche, hala. Si la torre de Villegas data de 1890, el nuevo templo parroquial se va a empezar a construir en 1891, vaya con la coincidencia. Por más oprobio quien ponga los dineros necesarios en la obra será Pedro José Ruíz de Villegas. Al parecer no era familiar directo de Baldomero, pero hombre, la cosa parece de chufla. Para que el tiro fuese seguro este Pedro José auspició igualmente la reforma del colegio del Sagrado Corazón y de la ermita de San José. También enfrentados a la torre. Ya ven, hay gente sin compasión alguna.

Lo de la iglesia, que se inaugura en 1894, tiene hasta más guasa, porque vino a derribar otra antigua donde la familia Villegas tenía sus capillas. Que, oye, a estas alturas de la vida andaba don Bartolomé bastante quemado con el tema como para que le escociese un quítame allá esas mandas, pero tuvo que molestar un poquito. Bueno, sabemos que le molestó un montón, porque el tipo no era de callarse las cosas, y desde el principio de la obra empezó a quejumbrar aquí y allá sobre el asunto. Que si los patronos ostentan su cargo de forma ilegal. Que si es una vergüenza gastar tanto en un templo habiendo en el pueblo pobres de solemnidad. Que si las condiciones de trabajo son propias de esclavistas, y a veces provocan accidentes fatales, y qué culpa tienen los honrados albañiles de lo tacaños que son los curas. Ese tono. Ya ven, haciendo amigos. Nuestro héroe.

Pero el asunto continuó, porque no era cosa de dejar aquella torre a la vista de todos (incluidos infantes y damiselas), que vaya usted a saber de qué formas arteras el diablo se cuela entre los espíritus.

La siguiente actuación también mordisqueó al pobre Baldomero en su orgullo personal. Es que venía nada menos que de quienes él llamaba «taberneros». Y carlistas, por más señas, «fanáticos de la fe y la tradición», lo peor de lo peor. Quienes pagaron la obra fueron Manuel y Antonio Bernardo de Quirós, dos emigrantes montañeses a Andalucía (jándalos, los llaman en la época) que se habían forrado en Jerez de la Frontera haciendo vino y coñac. Tipos un pelín chapados a la antigua, no sé si me explico, de los de Dios, patria y rey. Pues bien, a nuestro protagonista estos dos hermanos le levantaron en sus narices, frente a su torre, nada menos que una abadía cisterciense, edificio de dimensiones inmensas con todos sus arcos ojivales y sus cruces y sus rezos. Y sus monjes, ojo, monjes trapenses, de clausura, a quienes Villegas odiaba con todo su ser («no seremos los que profesamos la fe espiritista de esos espiritualistas que para lograr la dicha huyen de la sociedad»). Adicionalmente los Quirós abren también al lado un complejo de enseñanza agrícola, que ya es como si quisieran meter el dedo en el ojo mientras hacen ñi ñi ñi.

A estas alturas le hemos cogido cierto cariño a Baldomero Villegas, porque los perdedores siempre tienen más relato que quienes se imponen. Vale, podemos afirmar que una vez abierto todo el parque de atracciones de la ortodoxia religiosa e ideológica su torre quedó completamente opacada. No es frase hecha. Iglesia y convento componen una auténtica barrera visual que ciega al visitante la casa del espírita, y representan el recuerdo de una contienda que se movía en el campo, también, de lo artístico. Esa torre lleva más de cien años delimitado por las manifestaciones arquitectónicas de todo a lo que pretendía oponerse su dueño. Paradójico destino, aquel.

En la actualidad el viajero curioso puede contemplar personalmente el resultado de esta guerra tan santa y tan rara. En el pueblo de Cóbreces, justo al borde del mar Cantábrico. Allí hay una torre, aunque seguramente no pueda encontrarla al primer vistazo. Su visión está completamente marginada por otros muros, otros penachos. Para proteger las buenas costumbres…

PD: Baldomero Villegas terminó hastiado de tanto carlista, tanto pazguato y tanto acoso de los prohombres del pueblo. Al final se marchó a Madrid, donde murió, al menos físicamente, en 1928. Antes se había postulado a concejal y juez «municipal» en su Cóbreces querida. En ambas ocasiones los «taberneros» truncaron sus aspiraciones. Qué vida esta.

Panorámica de Cóbreces. Click para ampliar.

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(1) Jándalos. Arte y sociedad entre Cantabria y Andalucía, Editorial Universidad de Cantabria, Santander, 2013.

2 comentarios

  1. Fenicio

    Me ha encantado: divertido e interesante. Muchas gracias!
    Únicamente una duda, es visitable la torre hoy en día?

  2. Marcos Pereda

    Buenas, y gracias por comentar la pieza….Mira, la torre no se puede visitar porque es una vivienda privada…no está habitada todo el año, pero sigue en funcionamiento, por así decir. Rodeada de altos muros, por si tienes tentaciones de echar un vistazo, ejem…. Se puede ver perfectamente desde los alrededores (toda la finca es llamativa) e incluso, si tienes suerte, pillarás un día en que el portón esté abierto y podrás contemplarla más de cerca.
    Abrazos

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