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Julio Valdeón Blanco: El futuro (isotónico) de la música


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Camino hacia Chinatown y en el Soho doy con un pulcro mural pintado sobre el chato ladrillo de un edificio. Presenta a un DJ barbado, guapo, exótico, lírico, sombrero hipster caído hacia la nuca, tatuajes en los antebrazos, etc. Intuyo que la calculada estampa pretende convencernos de que el pinturero muchacho posee inexcusable savoir faire, arrollador estilo, pero oye, al poco se indigesta. Quizá porque no promociona camisetas o tarjetas de crédito, lo propio en ese tipo de imágenes sin fondo ni forro, blandas, sino el ¿congreso? ¿escuela primavera/verano? ¿simposio? de talentos musicales que organiza Red Bull. Un acontecimiento planetario e inexcusable, que borra cualquier otro a juzgar por la atención que le han dedicado algunos medios, y que en 2013 se celebra en Nueva York. Sus patrocinadores, los señores de las bebidas, presumen de aglutinar la futura cosecha de genios, de ser el manantial artístico del porvenir en cuyas aulas chapotean futuros consagrados y encuentran refugio espíritus inquietos, primerizos iconoclastas, hacedores de terremotos, exploradores dotados de sombría imaginación o colorista capacidad expresiva. Garantizan, vaya, ruptura y originalidad. Lo normal en estos casos aunque sepamos que la mejor forma de estrellarse en cuestiones artísticas pasa por formar un jurado y pedir su voto, no digamos ya si el tribunal, amparado por una corte de asesores de imagen, lo sufraga un mecenas.

De vuelta a casa leo varios reportajes dedicados al particular. El New York Times casi imagina una academia platónica. Oh, el presupuesto, secreto, de millones de dólares. Ah, los participantes en un hotel exclusivo, el Ace. Numerosos consagrados, guau, de Brian Eno a Ryuichi Sakamoto, Giorgio Moroder, Nile Rodgers o Erykah Badu, junto a los 62 alumnos elegidos entre 4000 aspirantes. Qué orgía creativa, qué estilizado guión poblado de subyugantes talentos, qué atracón de didácticas fornicaciones con las inquietas musas. Atención: subrayen con moldes fluorescentes que la Red Bull Music Academy nada tiene que ver con los desharrapados del rock and roll. O en su defecto aguarden a que los plumillas, modernos ellos, nos lo recuerden en cada frase. Enfrentado a la contemplación del eterno juego de vituperar otros palos para reivindicar el tuyo, a la cansina necesidad de justificarse mediante el ejercicio de las comparaciones donde yo gano y los demás pierden, me pregunto por las razones que justifican que la electrónica goce de la mágica facultad de presentarse siempre como recién estrenada. Eso, y la alegría con la que sus defensores levantan la patita y dejan expuesto al sol el tibio territorio de sus filias.

Sin alejarnos mucho recuerdo que el Sónar se autotitula Festival Internacional de Música Avanzada. Toma castaña. Algo que viene de los 20, de la escuela de Nueva York, de Stockhausen a John Cage y del kraut a Detroit, donde anida un siglo de historia y aprovecha las enseñanzas jamaicanas, emulsiona con el rock y el pop, invade las pistas desde las colaboraciones Moroder/Donna Summer, y durante los últimos 35 años genera mil y una variantes más o menos populares, del dub o lo industrial, del acid al trance, algo, en fin, casi tan viejo como el jazz, a veces estupendo y otras menos, en cualquier caso populoso de estilos, sellos, artistas, ramificaciones, tribus, etc., todavía tiene el cuajo de explicar sin enrojecer, aleluya, que suyo es el FUTURO, que viaja limpio y libre de las sucias adiposidades que deja la memoria entre los dedos, virgen y renacido, fresco y rompedor y joven e inventivo y audaz y osado mientras el dulce zumbido del progreso besa en su flequillo y tal. Qué tal si como terapéutico contraste leemos estas palabras de Santi Carrillo referidas a la efímera pero excitante Dancedelux (1996-2005): “una revista anual que vivió en primera línea la causa electrónica, cuando parecía que la electrónica iba a acabar con el resto de músicas. Como esto no fue así, y pasó a convertirse en un estilo más, ni mejor ni peor que los demás, carecía de sentido el sectarismo de una publicación únicamente dedicada a la electrónica”.

Harto de quienes atribuyen a sus gustos el Zeitgeist musical reviso mis discos y entre Son House, Ariel Rot, Celia Cruz y los Stooges encuentro el Autobahn de Ralf Hütter y cía., maravillas de Lee Perry o joyas por cortesía de Depeche Mode, Orbit, The Sabres of Paradise o el mismo Eno. Y agradecería que Red Bull no sacara músculo como supremo garante del underground. O que los medios no le concedieran tantas medallas ni lo pasearan bajo banderas y olés, con las secciones de cultura, por tantas razones mejor llamadas de promoción, saturadas de exclamaciones, borrachitas de baba, pringosas de anunciar buenas nuevas. Ni el difunto Chaleo Yoovidhya ni Dietrich Mateschitz recuerdan al John Sinclair de los White Panters, a la Factory de Tony Wilson o a los Nuevos Medios de Mario Pacheco. En mi sin duda timorata idea de la trinchera casan mal los publicitados paracaidistas, los bólidos o los deportes de riesgo con la disidencia visceral de quienes pretendían cantar, escribir o tocar al margen de modas, e incluso contra las modas. Que nada tengo contra ellas, no me llamen puritano o esnob, pero caramba, menos lobos.

En una entrevista de Daniel Verdú a Brian Eno, el socio de U2, erigido en portavoz redbullero, largaba sobre el “háztelo tu mismo” y aplaudía la extinción del entramado industrial asociado a la música. Como quien no quiere, de paso, presentaba su 77 million paintings, una exquisita instalación audiovisual patrocinada por… Red Bull. ¡Cuánto habrá sufrido por haber ganado millones gracias a Windows si lo suyo era cantar en un coro gospel! Lo imagino agarrado a las sábanas, murmurando como un zombi en mitad de un bosque oscuro, mientras repasa una perra vida de —golosas— concesiones, los discos de Coldplay, un suponer, o el actual patrocinio de un ungüento isotónico. O aquellos excitantes trabajos con Roxy Music, sus históricos logros junto a Bowie, etc. Se sobrepone, no crean, y de paso sonríe ante la inminencia de un futuro cercano al Medievo, a lo sumo al Renacimiento, con trovadores de plaza en plaza que pasan la gorra. Qué lejos Obscure y sus alianzas con Island o Polydor, ¿verdad? En semejante regresión, terrorífica para países como España, donde muchas leyendas no pasan de las 500/1000 copias vendidas y las pasan putas si aspiran a meter a 50/100 personas en una sala, con giras de apenas 12 conciertos y en obligado acústico, sí, sí, en ese país idílico donde talentos descomunales como José Ignacio Lapido tienen que costearse sus propios discos, o sea, en el universo ideal que nuestro brujo auspicia y saluda, algunos, muchos, ejercerán de hambrientos juglares y otros, pocos, disfrutarán de la protección del príncipe. Adivinen dónde se ha situado Mr. Eno.

Queda por señalar que los emporios de refrescos energéticos, tiendas de ropa y anuncios de coches acaso abrazan la electrónica porque no toca los huevos. Puesto a ser capitán de la demagogia añadiría que en demasiadas ocasiones se trata de un juguete para pretenciosos encerrados en su burbuja, o de un masificado paquebote en sus vertientes más cutres, que no alborota el patio, que apenas sirve como banda sonora ideal en la era de la posmomierda, vaya. Pero sería injusto, o falso, o idiota, si redujera todo a tan lapidaria afirmación. O si olvidase tantas obras gloriosas. O si no confesara que he gozado y gozo con Eno, Norman Cook (que nunca fue, estooo, alguien sumiso, aunque reconozco que  prefería con mucho sus actividades previas a renacer Fatboy Slim, quiero decir, su actividad en los maravillosos Housemartins), Pet Shop Boys (puros artesanos pop manejando orfebrería digital que abrillanta y reluce), Björk, Tricky, Animal Collective, LCD Soundsystem, Can, New Order, por dios, New Order, y también Massive Attack, etc. Comprobarán que prefiero las vertientes bastardas de lo electrónico, allí donde copula con el soul, el reggae o el rock. Los brujos de la pista me importan menos. Respeto la trayectoria de Aphex Twin o Laurent Garnier aunque mis debilidades sean otras. Todo irá bien mientras evite la impostura de quienes otorgan certificados de vanguardia o, glups, autenticidad. Mientras asuma, humilde, la sabia máxima de Diego A. Manrique: “Esto me gusta y te invito a compartirlo; no pasa nada si tú no lo sientes“.

Julio Valdeón Blanco: Asesinato en el metro ( y II)


(Viene de la primera parte)

He leído los interesantes comentarios y confieso que mi análisis necesita más pista. Lo bueno de publicar en Internet es que permite un work in progress. Aclarar que no entiendo por qué borré una línea en la que me preguntaba por el titular, tan zafio, tan burdo. Sin duda el melodramático “Condenado” ensucia nuestra fotografía por la vía del sensacionalismo, un forma de posicionarse muy del Post. Cabe la posibilidad, también, de que las señales con el flashsean disculpas. Que acojonado por la inminencia de la catástrofe, y con el asesino al lado, Abbasi optara por dejar testamento de lo ocurrido. Lo demostrarían el encuadre y la definición, demasiado logrados. Incluso así no encuentro la amoralidad. Ni tenía la obligación de rebelarse ante una situación límite que bien podía haberle costado la vida ni su fotografía miente. No fue un héroe, mas quién lo es. Basta con que sea un profesional. El periodista puede inventar sus motivos, darse alpiste o silbar, pero nunca manipular la foto o la entrevista. A no ser que quiera zamparse el World Press Photo (yo me entiendo). Tampoco detecto conceptos. O metáforas. O subrayados. Esos que Cooper cree ver. El mensaje, de haberlo, no sería la ciega indiferencia del personal, el apático movimiento de los astros frente a la gente que sufre o muere, sino la evidencia del miedo. Un miedo atroz, justificado, ante la posibilidad de que el asesino te empuje y el metro te atropelle. Otra evidencia: que frente a la muertes gloriosas que factura el cine, colacao de hemoglobina con música estereofónica, los crímenes reales, y los segundos que los preceden, son así, tristísimos. O al menos debieran de serlo para quien tenga entrañas y viendo la foto se sitúe, de forma automática, junto al muerto. Colocarse con el verdugo, mostrarle simpatía o curiosear por el vertedero que oculta tras el flequillo, no es tarea de gente, o periodistas, decentes.

Alguien menciona la imagen del general Nguyen Ngoc Loan a punto de incrustarle una bala a un supuesto civil, Nguyen Van Lem. Ejecución en Saigón fue elevada a los altares del Pulitzer. Un símbolo de la guerra, contra la guerra, que penetró en el imaginario colectivo. Más tarde se dijo que que Lem era un asesino, al mando de un comando de asesinos que acababa de liquidar a más de treinta personas, entre ellas la familia de un amigo del general Loan. No justifica esto la conducta de Loan, ni cambia la opinión que tengo, pues me parece que un asesino es un asesino lo niegue el medio social, los atenuantes sentimentales o el siroco, pero añadiría un contexto distinto, un claroscuro inquietante y reactivo al maquillaje ideológico adosado desde un principio. El propio Eddie Adams, autor del retrato, habría reconocido años después que se arrepentía de haberla tomado porque “no contaba toda la historia”. Incluso, cuentan, habló en favor de Loan frente a las autoridades de inmigración cuando, viejo, lisiado y retirado, quiso vivir en los EE.UU.

Otra instantánea: la de Kevin Carter y el niño y el buitre. El mundo en asamblea sumarísima acusó al fotógrafo de caníbal. ¡No ayudó al pequeño! La presión fue bestial. Lincharon al mensajero. Lo ataron al poste y lo azuzaron, si no por la hambruna, sí por evidenciar con su conducta la miseria moral de Occidente, mercenario el cabroncete de unos medios que hacen safaris entre fiambres para, horas después, volver a su ducha caliente. Mi amigo Alberto Rojas, uno de los grandes, viajó a Sudán para reconstruir la historia. Incluso me pidió que entrevistara en Nueva York a Judith Matloff, excorresponsal de Reuters en Sudáfrica y hoy profesora en Columbia. Matloff acogió durante sus últimas dos semanas de vida a Carter. Esto me dijo: “La foto del buitre no fue la causa de su suicidio. Kevin ya había intentado suicidarse varias veces antes de haber tomado aquella instantánea. Habitualmente fantaseaba con esa posibilidad porque se trataba de una persona seriamente desequilibrada, muy frágil (…) Era adicto al mandrax o pipa blanca, una droga muy potente. Eso le hacía aún más vulnerable (…) Nada más ganar el Pulitzer la agencia Sygma le contrató para un trabajo en Ciudad del Cabo, pero llegó tarde y perdió el vuelo. Pocos días después, la revista Time le encargó otra sesión en Mozambique, pero se olvidó los carretes en el avión de vuelta… Aquello fue el punto de no retorno para él”.

Rojas, en Sudán, sobre el terreno, demostró que el niño ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo. Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: “Se usaban dos letras: ‘T’ para la malnutrición severa y ‘S’ para los que solo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center. Es decir, que el pequeño Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales”. Incluso concluyó, tras entrevistar al señor Nyong, padre del niño, que este murió en 2007. Recopilemos. Carter no abandonó a una criatura a merced del buitre. Y estaba desequilibrado, consumía drogas, perdía trabajos, lo acosaban las deudas. Asunto distinto es si los blandos moralistas, los que distraen su aburrimiento en nombre de la humanidad para tirotear a un hombre, no sonrieron, siquiera un instante, cuando se suicidó. Bien empleado lo tiene, y olé. A lo mejor eso quieren que haga Abbasi, que acepte su maldad y se aplique un lingotazo de plomo en las sienes.

Curioso que quienes le condenan muestren una absoluta indiferencia al importante detalle de que la fotografía de Carter, que implica la soledad del niño frente a la bestia, sea falsa. Bienintencionada, positiva si quieren porque puso el foco sobre una tragedia humanitaria, pero falsa, mientras que la de Abassi, en cambio, es cierta y dura, banal por lo que toda muerte violenta tiene de repugnante gratuitad, pero indiscutible.

Tampoco me sorprende: si algo se la sopla a tanto pistolero con el Twitter flojo, a tanto druida metaliterario y a tanto mamporrero de la iluminación poética, flaubertiana, son precisamente los hechos. El periodismo.

Julio Valdeón Blanco: Asesinato en el metro (I)


Una fotografía en la portada del New York Post ha revolucionado a las buenas gentes. La tomó R. Umar Abbasi, segundos antes de que Ki-Suck Han fuera atropellado por el metro Q, a la altura de la calle 49. Han fue empujado a la vía por un loco, y Abbasi hizo click-click. Al loco lo han detenido en menos de veinticuatro horas. Al pobre Han ya lo habrán enterrado. Y a Abbasi le está cayendo la del pulpo, convencido el gentío de que su exceso de celo profesional lo hace, si no coautor del crimen, sí cómplice. En lugar de fotografiar, gritan, debiera de haber ayudado a la víctima. Aquí mi brazo, ¡toma!, aunque acaso chapoteemos juntos bajo el acero rodante.

Los deontólogos, taaan abundantes, acusan a Abbasi de canalla. En su defensa el hombre dice: “Comencé a correr, a correr, en la esperanza de que el maquinista viera mi flash“. O sea, que la foto habría salido porque intentaba avisar al conductor del tren, no por reflejos felinos o asombrosa facilidad para sacudirse la empatía como quien se limpia la chaqueta de migas y luego satisfecho eructa. Tras el griterío indignado, leyendo sobre la historia, descubrimos que el asesino había asustado previamente a varias personas, que Han le recriminó su conducta, que la discusión acabó con el sujeto empujándole al foso. Aunque había más personas en la estación, descontados nuestros protagonistas, solo acusan a quien, involuntariamente, dejó constancia del crimen. La policía, al menos de momento, no ha presentado cargos por omisión del deber de socorro, que al menos en España significa algo así como el delito cometido por quien no socorriere a una persona que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de terceros. ¿Qué tenía que hacer Abassi? ¿Buscar una cabina subterránea, si existieran, y colgarse una capa? ¿Con el asesino a su espalda? Suspiro mientras el periodismo de opinión, no contento con haber desahuciado las noticias —y esta foto lo es— chulea a los investigadores. Lo primero, el tormento y el éxtasis y sus conspiraciones cósmicas; después, si hay hueco, los informes periciales y forenses. En realidad lo único cierto, cadáver aparte, es la fotografía. Siguiendo al maestro Arcadi Espada basta con ampliar el encuadre para corroborar que nada la contradice. Una estación de Manhattan. Un tren y un hombre. Marc Cooper, profesor de periodismo preguntado al respecto por Los Angeles Times, comenta que “Los que están indignados con el fotógrafo por no salvarlo tienen que preguntarse qué hubieran hecho ellos y qué podrían haber hecho. Porque por lo que he visto, no estoy convencido de que podría haber salvado su vida“. No estoy tan seguro, sin embargo, de que tal y como afirma Cooper luego la imagen de marras ayude a reflexionar sobre la gratuidad del mal, aunque pudiera ser. Habla, ojo, de una sociedad donde la gente muere por estupideces, no del fotógrafo. Me vale siempre que aceptemos que cualquier asesinato resulta gratuito. E igualmente loco, y enajenado su autor, así en el metro neoyorquino como agitando banderas o libros sagrados amén.

Más problemático resulta el tratamiento que merecen los familiares de la víctima, que acaso se sientan agredidos, pero diría que los indignados los utilizan como coartada para enredarse en su juego favorito, que no es sino escribir, frente a la sangre y firmes, pomposos artículos donde todo dios, del MTA a los servicios de emergencia, de la escuela o los mass-media, todos menos el asesino, somos culpables.

(Continúa)

 

Julio Valdeón Blanco: ¡Tiburón!


Hace un par de semanas murió Ron Taylor. Oceanógrafo de la estirpe de Jacques-Yves Cousteau aunque sin gorro rojo o grandeur. Marido de la no menos admirable Valerie Taylor, su compañera así en la vida como en el mar. Ambos se condujeron con intransigencia frente a los tejedores de leyendas. Afeaban la conducta de quienes al olor de la fama exhiben cresta. Como si bucear con tiburones fuera el colmo del heroísmo. Reconocidos fotógrafos, habían trabajado en un documental necesario, Blue sea, white dead (1971). Que no les engañe el título o el truculento tráiler. Se trata de un vigoroso ejemplo de película de aventuras que embruja por su emoción sin farsa. Una declaración de amor al animal totémico aderezada con un potente ejercicio de contención melodramática. Donde se explica el poder de las mitologías a partir de su inexorable tala. Sus protagonistas comienzan en modo Ahab, persiguiendo en un trasunto del Pequod a un monstruo infernal, devorador de hombres, bestia inmunda. Acaban de rodillas ante la sugestión de un pez cartilaginoso de entre cuatro y seis metros que aparece y desaparece como un fantasma enajenado de los estúpidos chismes colgados de su aleta caudal. O sea, lo contrario a la bazofia con la que diversos canales descuartizan su fama, dale que te pego a la matraca asesina cuando hablamos de un bicho fascinante. Peligroso, claro, no es cuestión de dulcificar a una criatura temible. Hace falta que la corrupción de lo políticamente correcto haya emponzoñado tu cerebro para acudir al recurso fácil, tonto, de presentar al animal como un ser bondadoso, o maligno, amigo de los niños, o enemigo, con fobias, filias y caprichos de coco algodonoso o alegre juntacadáveres. La realidad, menos poética, nos arrastra con fuerza por caminos sorprendentes. Hay que estudiar la conducta social del tiburón blanco, con algunos individuos desplazándose y cazando juntos. Su eficaz sistema de señales. Su naturaleza inquisitiva, siempre curiosos ante lo que los rodea. El que muerdan los motores de las lanchas, los barrotes de las jaulas, no por instinto asesino, sino porque los desorientan, o excitan, los minúsculos impulsos eléctricos que emiten los metales. Aparte, no todos los jaquetones tienen el mismo carácter. Ni comen lo mismo, como demostraría un estudio reciente: algunos ejemplares jamás abandonan la dieta de peces mientras otros depredan mamíferos marinos incluso antes de alcanzar la madurez. No sabemos cuánto vive ni dónde se reproduce o qué hace cuando, un suponer, emigra desde California al denominado Café del tiburón blanco, en mitad del Pacífico. Tampoco conocemos su número, aunque el censo de la Costa Oeste de Norteamérica arroja unas cifras ridículas: apenas 219 ejemplares repartidos entre las islas Guadalupe, en Baja California, y el Triángulo Rojo, con vértices en la bahía de Monterrey, las islas Farrallón y Bodega. Inquietantes al tratarse de una población casi endémica, que no se mezcla con sus primos sudafricanos o australianos, ni siquiera con los de Sudamérica.

Ron Taylor fue el primer hombre en filmar a un tiburón blanco, tanto de día como de noche; también el que primero lo grabó sin la protección de una jaula. En 1974, junto a Valerie, asesoró a Steven Spielberg durante el rodaje de Jaws, que propagó el lema de “el mejor tiburón es el tiburón muerto”. ¿De verdad, mami, los tiburones cazan bañistas por sport? ¿Vuelven y revuelven a la playa tras su primer surfista? Ja. Si tras probar la carne humana, tras descubrir nuestra torpeza, se aficionaran a la manera de tigres o leopardos, moriríamos a cientos. Pero ya saben, en nombre de la ficción, las palomitas o sus musas, los artistas tienen bula para contar mentiras, tralará. Campeón de pesca a pulmón libre, Taylor regresó un día a la playa asqueado de la escabechina. Colgó el arpón. Ya no quería liquidar “a esas pobres, indefensas criaturas marinas“. Se hizo cámara submarino. A fuerza de talento y ganas contribuyó a inventar una profesión. De ahí que el millonario Peter Gimbel, aburrido de perder dinero en Wall Street y glorioso tras filmar los restos del Andrea Doria, lo reclutara para su proyectado documental sobre el Gran Blanco. En aquel barco viajaban tipos tan recomendables como Peter Matthiessen. Cómo estarían de perdidos, qué endeble sería el armazón intelectual de la época al respecto, que durante su viaje filmaron en Sudáfrica a los balleneros… demasiado lejos de la costa. Convencidos de que su quimera aparecería si colocaban las cámaras junto a los cachalotes abatidos en alta mar. Tras varios semanas, deprimidos, helados o medio ahogados, seguían sin comprender que necesitaban dirigirse hacia las colonias de focas, hacia las playas. No todo fue estéril. Rodaron entre altivas tintoreras y tiburones oceánicos. Las imágenes, sugerentes, son también tristes: de la segunda especie nos hemos cepillado desde entonces algo así como el 90% del censo. Pregunten a los chinos. Su gula de aletas. Pescamos entre setenta y cien millones de tiburones cada año. ¿Y España? Bien, gracias: una potencia mundial en pillaje oceánico y matanzas de tiburones. Con las manos vacías, el equipo abandonó Sudáfrica. Navegó entre Mozambique y Madagascar, rumbo a las Cómoro, donde habitan tiburones sarda y tigre, no blancos. Finalmente Taylor recordó a su amigo Rodney Fox. Él sabría donde buscar. Antiguo rival de pesca submarina, Fox sobrevivió en 1963 al ataque de un enorme tiburón blanco. Para reconstruirlo fueron necesarios casi 500 puntos. Ya en Australia, en Dangerous Reef, llegó el jaquetón. Dos ejemplares. El más grande se enredó con los cables. Casi hunde una jaula e inspiró el celebre episodio de Jaws que implicaba a Richard Dreyfuss y su dosis de estricnina. La escena fue rodada por los Taylor con un doble, el jockey Carl Rizzo, a fin de distorsionar las proporciones. Spielberg quería un tiburón gigante. No bastaba con el ejemplar de cuatro metros que encontraron. No importó que según los récords rara vez sobrepase los seis. Créanme: un tiburón de seis metros es enoooorme. Insuficiente para Hollywood, suponemos, de modo que en la película medía ocho.

En los últimos 12 meses cinco personas han muerto a consecuencia del ataque de un tiburón en la costa occidental australiana. El 31 de marzo de 2012 el buzo de 33 años Peter Kurmann fue atacado cuando buceaba junto a su hermano. A 1,6 kilómetros de la orilla, en la playa de Stratham, situada a 230 kilómetros de la ciudad de Perth. Stratham es una playa que extravía la mirada, de cielos trajinados por las nubes y agua color plomo. El cadáver de Kurmann fue trasladado a la Port Geographe Marina en Busselton. Murió desangrado y su agresor fue un tiburón blanco. Cinco meses antes, el 22 de octubre de 2011, el estadounidense George Thomas Wainwright, 32 años, fue abatido por un tiburón blanco de aproximadamente tres metros. Waingwright nadaba a 500 metros de la isla Rottnest. Un islote verde y blanco rodeado de aguas color turquesa. Veinte kilómetros al norte de Perth. Sus compañeros observaron desde el barco una explosión de burbujas. Minutos después el cuerpo de Waingwright, severamente mutilado, salía a la superficie. Suma y sigue. El 10 de octubre de 2011 Bryan Martin, empresario de 64 años, salió a tomar su baño diario en la playa de Cottesloe, Perth. La última vez que se le vio se encontraba a 300 metros de la orilla. Los equipos de salvamento hallaron sobre el lecho marino los restos de su bañador. Presentaban incisiones similares a las que causan los dientes de un tiburón blanco, con lo que Martin engrosó la rara lista de personas devoradas. No, muertas no; devoradas. En la misma playa, Cottesloe, el último ataque mortal había tenido lugar en 2001. Kenneth Crew, 49 años, fue atacado por un tiburón blanco de seis metros mientras nadaba en aguas de menos de un metro de profundidad. Durante más de cinco minutos unos cien bañistas contemplaron a Crew agitar los brazos mientras una enorme aleta patrullaba a su lado. El tiburón atacó, le arrancó una pierna y Crew falleció en minutos. También mordió a su amigo Dirk Avery, 52 años, que había acudido en su auxilio. Avery sobrevivió. Como detalle al margen, sepan que rara vez el jaquetón arremete contra una segunda presa. No lo necesita. La víctima morirá desangrada y solo necesita esperar. En el supuesto de que quiera comérsela. Siempre que no desaparezca tras comprobar que su hipercalórica foca era un mono con tendones, hueso lirondo. A las 13.00 horas de la tarde del 4 de septiembre de 2011 Kyle James Burden, de 21 años, hacía bodysurfing en la bahía Bunker, en Cape Naturaliste, a 260 kilómetros al sur de Perth, en compañía de decenas de bañistas. El tiburón pasó junto al hermano de Burden. El hombre peleó con su tabla a modo de parachoques, a puñetazos y patadas, hasta que fue arrastrado. Terminó cortado en dos. Algunos recordaron a una supuesta hembra, grande y vieja, que patrulla las aguas en busca de comida fácil. Los especialistas sonrieron melancólicos. El rogue shark es un mito. Lo más probable: el tiburón lo había confundido con una de las focas que frecuentan una colonia próxima. Como en el caso de Wainwright, Crew y Avery, abandonó tras el ataque inicial. Asunto distinto es que el mordisco exploratorio sea potencialmente devastador. O que el impacto de la colisión pueda equipararse al de un coche. Sigo… 2012. El 14 de julio Benjamin Charles Liden practicaba surf en una playa cercana a la isla de Wedge, 180 kilómetros al norte de Perth. Fue atacado por un tiburón blanco. Matt Holmes pilotaba una moto de agua en las inmediaciones. Acudió al rescate tras dejar en la orilla a un amigo, al que había remolcado. Visualicen una descomunal mancha de sangre. Liden en medio. Inerte. ¿Muerto? Sí. El tiburón observa a Holmes acercarse. Nada hacia él. Saca la cabeza del agua (el blanco es el único con ese peculiar comportamiento: lo hace para otear a sus presas, focas y demás, cuando duermen sobre las rocas). Empuja la moto e intenta que caiga al agua. Holmes gira y regresa para recuperar los restos del surfista. El tiburón se adelanta. Elige entre las piernas y el torso de Liden. Toma el segundo y desaparece.

La media anual de ataques mortales en Australia ha sido históricamente de 0,4. Ciento cuarenta y cuatro desde 1700 hasta 2011. Uno al año en las últimas dos décadas. En 12 meses, uh, cinco. O la mitad de los que ha habido en el mundo durante el mismo periodo. Concentrados en el mismo territorio. En un radio de menos de mil kilómetros de la ciudad de Perth. Con buen juicio, las autoridades descartaron colocar redes, habituales por ejemplo en Nueva Gales del Sur. Había que intensificar las patrullas aéreas. Alquilar más helicópteros. Redoblar las guardias. Nadie, excepto la prensa, repetía la teoría del tiburón asesino. Reincidente. Psicópata o similar. Se especuló con el inusual tráfico de barcos cargados de ovejas que parten desde Nueva Zelanda. Algunas mueren y son arrojadas al agua. Esto atraería a los grandes tiburones. Idea atractiva pero, mmm. Diversos experimentos han demostrado que el tiburón blanco prefiere el sabor y la grasa de los mamíferos marinos, más abundantes desde que se promulgaron leyes de protección en los setenta. Sigue a las ballenas en sus habituales rutas migratorias. Bah. Siempre hay canallas dispuestos a solicitar la caza del/los supuesto/s devorador/es, aunque insisto en que excepto en casos muy puntuales el tiburón nunca se convierte en un devorador de hombres. Si lo hiciera, casi el 100% de los ataques terminarían con  la persona en su estómago. Aparte, es complicado buscar al tiburón culpable, aunque sea por venganza. Transmisores vía satélite colocados a Nicole cerca de la isla Dyer, en la región sudafricana de Gansbaai, muestran que viajó hasta Australia en tres meses. Medio año después el zoólogo Michael Scholl confirmaba que Nicole estaba de vuelta en Sudáfrica. O sea, hoy ataco aquí; mañana nado a 100 kilómetros de distancia. Y la única forma de saber si es el animal que buscas es matándolo y rajándole el vientre. Otro detalle: decenas de millones de personas acuden cada año al oeste de Australia. Su número se ha multiplicado desde los noventa. Muchos intrépidos abandonan las playas habituales en busca de destinos agrestes, idílicos, solitarios. Donde no hay patrulleras, helicópteros, socorristas o médicos. Ah, la aventura.

Entrevistado por la BBC el doctor Bob Hueter, empleado del Mote Marine Laboratory’s Center for Shark Reserch en Saratoga, Florida, comentaba que “cuando tienes múltiples ataques solo pueden deberse a uno o dos factores o a una combinación de ambos. Lo más obvio es que haya más tiburones en un lugar que la gente frecuenta por alguna razón. El otro factor —normalmente el más difícil de entender— es el concepto del agrupamiento estadístico. Que tengas dos sucesos que parecen relacionados en el tiempo y el espacio no significa que tengas una tendencia. Esto es lo que la prensa no suele comprender, pues en el momento que dos sucesos coinciden empiezan a hablar en las noticias vespertinas sobre un incremento de esto o de lo otro. Y no necesariamente tiene por qué ser el caso“. John G. West, encargado de la división australiana de Shark Attack File, explicaba: “Sabemos que los tiburones blancos nadan a lo largo de la Costa Oeste de Australia durante diversos periodos del año en busca de comida y posiblemente lugares para aparearse. Llevan haciéndolo millones de años. Su camino los pone en contacto con la costa y en algunos casos con gente en el agua. El mayor número de ataques en las dos últimas décadas coincide con las estadísticas internacionales de ataques de tiburón porque ha aumentado la cantidad de gente en el agua“. Christopher Neft, de la Universidad de Sidney declaraba: “Tenemos que reconocer que hay más personas en el mar, durante periodos más prolongados de tiempo, haciendo más cosas, más a menudo. Ahora mismo es invierno en Australia y todavía es la temporada de surf“.

Pusilánimes, las autoridades acabaron por ceder a la presión. El tamtan amarillista ganaba la partida, solemnizando lo que no es sino pura sinrazón (mueren muchas más personas al año por picadura de abeja que por mordiscos de un escualo). Quedaba abierta la veda. En efecto, el gobierno regional ha dado luz verde a un plan de dos millones de dólares para cazar cualquier tiburón que nade cerca de las playas y suponga un “riesgo evidente“. Da igual que el blanco sea una especie protegida en Australia desde 1996. O que se encuentre al borde de la extinción tras décadas de sobrepesca. Dice el gobernador del territorio, Colin Barnett, que “siempre pondremos la salud y seguridad de los bañistas por encima de las del tiburón. Se trata, después de todo, de un pez. Mantengamos la perspectiva“. Severo y contundente, Barnett. Vuelve de la cocina con el periódico en una mano y el emparedado en la otra, se atraganta con las columnas de opinión, consulta a sus asesores y, tras agarrarse al reposabrazos del butacón, para no caerse, da por finalizadas las mariconadas, los documentales, las tesis y tesinas, los experimentos, y carga el telerrifle. Solo un pez, dice. ¿Solo? ¿Sí? Queremos proteger a los grandes depredadores… Descontado el kilómetro sentimental. Siempre que husmeen, se arrastren u hociqueen lejos de casa. Mejor en países pobres. ¿Tiburones, jaguares, cocodrilos? Faltaría. Si no chingan al turismo. Si la prensa, ávida de carnaza, no malinterpreta unos sucesos azarosos y exige demostraciones testiculares. Dejen que los biólogos gesticulen y que la servidumbre prepare la cañonera. Puede que Barnett escriba un libro en el futuro. Como si Australia fuera Uttarakhand y él Jim Corbett.

Por cierto, en EE.UU. hay tiburones blancos. Su captura está prohibida. El Gobierno tampoco permite redes antitiburones, que diezman las poblaciones de escualos… y ballenas, delfines, tortugas, peces espada, atunes, incluso orcas. Ha reducido las (de por sí rarísimas) muertes por ataque de tiburón a mínimos históricos gracias a que informa y educa, emplea a miles de personas para velar por la seguridad, establece protocolos en caso de accidente, cronometra el tiempo de reacción de los servicios de emergencia, etc. Qué me dicen del caso chileno, otro territorio frecuentado por el tiburón blanco, donde el porcentaje de muertes es mucho mayor que en EE.UU. ¿Son más feroces los jaquetones australes? Mejor busquen la diferencia California/Chile en los socorristas, los médicos, las guardias, o su ausencia. Aunque algunos oportunistas farden como valedores de la ciudadanía, lo cierto es que operan con prácticas carroñeras. Una cosa es lamentar las muertes de personas, horribles, y hacer lo posible porque no vuelvan a suceder, y otra, bien distinta, burlarse de los ecologistas con el sambenito del animalismo chocheante y ordenar la deforestación, vaciado o fusilamiento de cuanto nos asusta. Quienes actúan así desacreditan la validez de los datos y aprovechan campanas para vender como benévola una gestión fraudulenta. Al gobernador Barnett le sobra con acunar titulares en armas y una opinión pública aterrorizada. ¿Zampado por un Carcharodon carcharias? No mames, güey. Es infinitamente más probable que mueras en tu coche, caminito del paseo marítimo, con la tabla de surf incrustada en el cráneo. Que te parta un rayo o te toque la lotería. O ahogarte. Van Sommeran, fundador y director de Pelagic Shark Research Foundation, para Smithsonian: “La gente tiene que aceptar los términos que impone el medio al que acuden a disfrutar. Hay ríos con cocodrilos y bosques con serpientes venenosas, y hay tiburones en el agua. Tienes que ajustar tu comportamiento al lugar, no al contrario (…). Si removemos el estatus de protección de cualquier especie que vaya en contra nuestra nos quedaremos sin osos, leones y tigres muy pronto“.

Mal precedente, revocar leyes en vigor desde 15 años y abrir la escotilla a operadores privados, gustosos de sacar tajada de la caza del tiburón; trabajarán en contra de una hipotética rectificación. La decisión, alimentada por la desgraciada concatenación de unos sucesos azarosos, nutrida por las sagradas corrientes del dinero, complace a los que alardean de realistas. Sostener que los tiburones son una plaga es la quintaesencia del embuste televisado. La escabechina la defienden los del usted no lo cantaría si devorase a su hija. A su hija recién nacida, aterida, llorosa y sola, se relamen. Los duros. Lo del esto lo arreglo yo poniendo el huevamen sobre la mesa. Los del qué fácil lo suyo, no diría lo mismo si tuviera que nadar en una playa donde hay tiburones, cuando al menos servidor sí lo hace, pues el blanco habita la Costa Este de EE.UU., de Cape Cod o Nantucket a Florida; también el Mediterráneo, por cierto, especialmente el estrecho de Messina, el litoral de Malta, el Adriático y las costas de Túnez y Libia. O al menos era así antes de transformarse en vertedero. Matarlo es una decisión política, en el peor sentido, para un problema, el de la convivencia con el de una fauna salvaje acorralada, que exige prudencia. El ventilador propagandístico opera mediante códigos ajenos a la ciencia; el desdichado rodeo por Perth, suma de tragedias, contextualiza nuestro homenaje a Ron Taylor, fallecido mientras sus paisanos acusan de señoritos de agua dulce a los biólogos. Investido en 2003 con la Orden de Australia, el más alto honor civil del país, Taylor había nacido en marzo de 1934 y su trayectoria es la de un tipo inteligente. Comprendió a tiempo que es insostenible una naturaleza transformada en granja de infinitos recursos o coto de matarifes. Enganchó a millones al respeto por el medio marino. Suyas fueron las grandes campañas para salvar la Gran Barrera de Arrecife. Frente a los documentalistas mercenarios, encantados de posar como tarzanes, fue un hombre prudente, consagrado a pasar a limpio la belleza del mundo. Hijo de fotógrafo, contrajo matrimonio con Valerie en 1963. Un año antes había rodado su primer documental submarino. Imagino que estaría angustiado con los ataques de los últimos meses. Conocía bien la deriva milenarista, mesiánica, que podían seguir en manos de chamanes sin escrúpulos. Tampoco era un ingenuo. Durante la grabación de Blue water, white dead un tiburón oceánico le golpeó en la cabeza y a punto estuvo de ahogarse. En 1972 resbaló de la cubierta de un barco y cayó entre un grupo de tiburones blancos a los que acababan de cebar con medio caballo. Seamos serios. Una poderosa razón para engancharse a los tiburones es que, sí, pueden matarnos. Su hálito misterioso, las profundidades donde vive, lo irrestible de temer a una fiera a la que deseas bien aunque preferirías no encontrar hambrienta. Morir en la boca de un jaquetón o un tigre de Siberia, o en los anillos de una pitón reticulada, no parece el sueño de nadie. Pero necesitamos que existan para seguir soñando. Quién quiere reducir la naturaleza a un jardín de bonsáis. Si penetras sus dominios asume el riesgo, por lo demás mínimo, al menos en el caso del gran blanco. Un poco mayor si tu propósito es remontar a nado el río Mara mientras saludas a los cocodrilos. Rebelarse contra el tópico del tiburón demoníaco fue el mantra de Taylor. Había que protegerlo porque nos jugamos la supervivencia de los ecosistemas, la nuestra, por más que nos creamos, ingenuos, enajenados del planeta, independientes u omnímodos. Ante la cacería patrocinada en Australia tendríamos que cabrearnos si no queremos legar un mundo de mierda. Saqueado. En llamas. Expoliado hasta el chasis. Ni siquiera domesticado o sometido, sino esterilizado, donde el recuerdo de las grandes criaturas del mar, la tierra o el viento sea guano histórico, pasto de museos, epitafio. Los tiburones no son heraldos del mal sino criaturas fascinantes. Adornadas con los cinco sentidos habituales más la información que le proporcionan las ampollas de Lorenzini para detectar campos eléctricos y una línea lateral que les permite conocer los cambios de presión y movimientos en el entorno (como nuestro oído interno, pero a lo bestia). Los tiburones, el tiburón blanco, engendraron el mito de Jonás, al que los antiguos denominaban pez perro y cuyos dientes, encontrados en la arena, tomaban por lenguas de dragón. Cuentan que la primera narración de la historia de un ataque de tiburón es de Herotodo. El lobo feroz del cuento es más interesante que las habladurías. En Samoa lo adoran y en otras islas del Pacífico se le tenía por un animal benefactor al que mejor no enojar. Algunas especies no han sido descubiertas hasta mediados de los setenta y con más de 400 distintas encontrarán habitantes del mar abierto y la costa, gigantes y enanos, especialistas en vivir bajo los hielos boreales y dueños del arrecife, tranquilos comedores de plancton, viajeros perpetuos. Tampoco podemos asegurar la supervivencia del tiburón blanco con programas de cría en cautividad. El acuario de Monterrey ha sido el único capaz de exhibir ejemplares, siempre crías o, a lo sumo, preadolescentes, y siempre ha tenido que soltarlos a los pocos meses: acaban negándose a comer o se estrellan contra el vidrio del tanque una y otra vez o atacan a sus vecinos. Debemos defenderlo antes de que la autoridad competente y el odio a lo desconocido o incontrolable decrete su exterminio. Taylor recordaba que “los tiburones ignoran a la gente. No son nuestros amigos ni nuestros enemigos“. Quizá sea el hecho de que ni siquiera en caso de atacarnos los mueva otra motivación que la ciega supervivencia, ese pasotismo, o su reverso, la pura curiosidad, lo que irrita a algunos. Imposibilitados para articular un relato libre de antropocentrismo demenciado. Incapaces de asumir que ni creados a imagen de ningún ente barbudo ni plato de gusto del tiburón ni centro de nada excepto, tal vez, de un ego enfermo.

Enlace para firmar la petición solicitando al gobierno de Australia que impida la matanza de tiburones.

Enlace para firmar la petición solicitando que el grupo de la Costa Oeste entre en la lista de especies consideradas en peligro de extinción en EE.UU.

Julio Valdeón Blanco: El increíble hombre cambiante


Señoras y señores, Mr. Mitt Romney. Experto en desdecirse, millonario cruzado de mormón o viceversa, cuenta en su haber con un nutrido cupo de decisiones contradictorias, sólo comprensibles cuando consideras la dirección del viento y tus posibilidades últimas para acoplar culo y trono. Porque lo importante es aterrizar en la Casa Blanca. Lo demás, incluida su defensa del aborto a mediados de los noventa, cuando competía para ser senador, es reversible, lavable con lejía mediática en su viaje hacia palacio. Su nombre es la esperanza de una derecha heterogénea que lo asume como mal menor. Para encelar a los suyos le falta dinamita y le sobran los colgajos socialdemócratas de un pasado en el que nunca apostó por romper los últimos tabúes del bienestar solidario.

Quizá por su falta de músculo los augures quisieran fabricarle un traje ovoidal, algo así como un supositorio de conservadurismo far-west que casa mal con una biografía de hijo de la casta amable y frío. En realidad, como las posaderas del futuro Emperador no resultan tan flexibles como debieran el aparato republicano le ha colocado un fichaje más agresivo, Ryan, pues necesita cortejar a su electorado Tea Party, ese que vive de las subvenciones a la agricultura y afines gracias al dinero de las dos Costas pero dice renegar del Estado porque, ejém, «nuestros derechos proceden de la naturaleza y de Dios». Si el pobre McCain sufrió la compañía de una ex-gobernadora de Alaska guapa y semianalfabeta, experta en proporcionar líneas involuntariamente cómicas a los guionistas de televisión, Romney tiene en Ryan a un cachorro ambicioso, masculino e inteligente que no tardará en sisarle las llaves de casa, el trabajo y hasta el perro si su mentor sale trasquilado de las elecciones. Tan listo que se ha sobrepuesto a un plan de reducción del gasto absolutamente demencial, demagogia al cubo, para presentar sus raspas como una suerte de emblema por el ahorro, el trabajo duro y blablablá. O sea, el plan es inviable. De llevarse a cabo sería el equivalente a quitarle el goteo a un enfermo que no puede comer por sí mismo. En consecuencia, el musculado Ryan ha logrado aparcarlo y, al tiempo, lo presenta como una suerte de utopía hacia la que dirigir los carromatos. Inalcanzable pero suculenta.

Sea como fuere Romney alardea de verde para luego pintarse blanco, o amarillo, o azul cobalto, según pida la clientela, y ahí encontramos su problema fundacional. Donde proclamó la sanidad pública, Massachusetts, hoy la señala como fuente de pestes. Acaso no le queda otra, hijo y preso de un sistema bipartidista donde la distancia entre el ala izquierda y derecha de tu propia gente resulta tan insuperable como fútil. Poco tienen que ver las grandes fortunas que apuestan republicano, educadas, cultas, viajadas, empeñadas en rebañar impuestos aunque luego quieran que el Estado pague la autopista por la que circulan hacia el embarcadero que lleva a Martha´s Vineyard, mal casan, decimos, con el núcleo radioactivo de fundamentalistas suburbanos, evangelistas del rifle, predicadores del diseño inteligente y negacionistas del mono primigenio que hace siglos pusieron precio a la barba de Darwin mientras hacen cuchufletas cuando Richard Dawkins les afea la necrosis. Si acaso, respiran unidos por el odio a un Barak Obama del que ya no saben que líos inventariar, del apellido al paro. Hablan menos de la supuesta debilidad del presidente respecto al terrorismo, pues resulta incontrovertible una precisión cañonera, ejecuciones extrajudiciales incluidas, que hace que George W. Bush parezca un hippy porreta cantando a los Dead en Mountain View. A la clase popular o media no le benefician los planes macro de la alta burguesía, ejecutivos, etc., pero siendo un 1% de la población, los ricos, superricos, megarricos e hiperricos necesitan de sus votos a fin de consolidar unas políticas regresivas que no hacen sino apartar a EEUU del modelo de crecimiento que forjó su etapa dorada, cuando todavía eran ciertas las oportunidades y al menos una porción considerable de la riqueza revertía en quienes con su nómina, madrugones e impuestos sostienen el país.

Romney necesita a Ryan para aliviar las dudas que despiertan sus vaivenes, su flojera socialdemócrata, su disposición al pacto y otras insuficiencias del carácter, al acudir a un vicepresidente alejado de sus convicciones, por minúsculas que sean descontada la fe en Joseph Smith. Al mismo tiempo se expone a ser considerado doblemente blando. Recordemos con Mailer que George Bush padre apostó por Dan Quayle de vicepresidente aunque las encuestas lo señalaban como un fardo. Lo hizo por su profunda creencia en que «Estados Unidos amaba a los luchadores y que si uno podía manipular los otros elementos, no había ninguna razón, hermano, para que el electorado no votara una y otra vez al guerrero» (…) «a los norteamericanos no sólo les gustaba un guerrero valiente, sino que además adoraban a un guerrero fiel a sus tropas». Si la característica ideológica fundamental de Romney para solicitar la presidencia es su necesidad de ser presidente y su mayor mérito, aparte de ser millonario y descendiente de otro hombre que también quiso reinar, si sus grandes méritos, decimos, son el curso del euro, el frenazo del crecimiento chino y el estallido de la burbuja inmobiliaria australiana, su lastre bien podría derivarse de la incapacidad para elegir de compañero a alguien en quien confíe, y no, como al final ha ocurrido, al tipo recomendado/impuesto por sus asesores.

La que está a su lado por decisión personal y no por imposición del brujo demoscópico es su señora, Ann. Una esposa rubia y ajada, rutilante y carca, que alardea mucho de no alardear de nada. Frente a Hillary, mujer peligrosa porque piensa autónoma, Mrs. Romney es el equivalente mormón de aquellas damas del franquismo que matrimoniadas con el gobernador civil o el ministro del ramo acudían a las joyerías del Barrio de Salamanca y dirigían Madrid desde el living. Años después, con la democracia consolidada, una Señora De incluso llegó a alcaldesa, si bien en un alarde de lealtad a la tradición evitó pasar por las urnas. Consorte profesional, no parece haber leído más que la sección romántica del Reader´s digest, experta en cocinar tarta de manzanas mientras su hombre recorre en caravana los desiertos, de Salt Lake City a Houston. Es de suponer que con sus rezos y recetas le protege de la influencia maléfica de ciudades como Nueva York o Los Angeles, a las que no queda otra que cortejar a pesar de que están llena de morenos, quinquis, homosexuales, artistas e inmigrantes. Su equivalente certero sería Nancy Reagan, otro cojín con laca, y en el bando contrario la muy pija señora de Kennedy, luego señora de Onassis y finalmente lago en Central Park y obsesión de cronistas rosas que todo lo cifran al discurso subliminal de una pamela idem. El Antiguo Testamento, los santos en procesión, las tortitas con sirope de caramelo y el perfume fragante de un bizcocho recién horneado sustituyen en Ann la diabólica independencia de una Michelle que cualquier día se postula como delfín del presidente o directamente alternativa.

Con paciente laconismo, Romney reconoce que no dispone de carisma, sea este en la versión priápica de Clinton, la telegénica de Obama o la doméstica y cervecera de Bush hijo. Tampoco tiene grandes ideas más allá de renunciar a la sensatez y el sentido común que los republicanos siempre ondearon frente al encanto demócrata, un poco viscoso y libertino. Abandonado a los delirios de quienes buscan refundar el partido, románticos y mesiánicos, la narración de su periplo hacia el despacho oval o el sumidero de la historia lo sitúa en una encrucijada para la que no fue programado. O se muestra como es, y pierde a los exaltados, o baila con el lado oscuro de la fuerza, como parece el caso, y da a entender que le falta rectitud, que actúa teledirigido por un sonambulismo moral de hombre sin agallas. Le resta el consuelo de que su enemigo sea cadáver a costa de que la crisis hunda las cuentas del país, pero está por ver que el Altísimo le conceda un descalabro mayúsculo en dos meses.

 

Julio Valdéon Blanco: O Donald o nada


Un señor con peluquín rubio y moreno dudoso dijo hace unos días en la NBC que hay que invertir en España, país “increíble” pero “enfermo”. Añadió que “Te están dando las tierras por nada, te lo están dando todo por nada”. Daría igual si fuera un inversor cualquiera, incluso uno de esos humoristas que cuando llegan las crisis descorchan champán y tiene que ir corriendo la sirvienta a sujetarlos, no vayan a resbalar del chaise lounge y romperse las fundas bucodentales. Pero las declaraciones pertenecen a Donald Trump, alias The Donald, que es como lo llamaba su primera esposa, la recauchutada Ivana Marie Zelníčková. Ni las reuniones con el G-20 ni el reconocimiento de que Rajoy preside las islas Salomón, allá en la Melanesia, calmarán el riesgo de nuestra prima con la eficacia de este hombre, Tío Gilito del real state que explica a sus colegas que la temporada de rebajas ya está aquí y maricón el último. Pregunten en Nueva York, donde lo mismo levanta un Niágara en el vestíbulo de un hotel que adorna Central Park con un monolito negro que parece un cruce del que veneraban los homo erectus de Una odisea en el espacio con el ataúd de Drácula.

Si durante años disfrutamos del Pocero y nuestra simiocracia vivió engolosinada de ladrillos, ahora viene lo grande, the real thing, el Pocero pasado por brotes de rayos gamma, algo que no tendría que sorprendernos de un planeta trufado de ojivas y centrales nucleares manejadas por Hommers Simpson. Nuestro hombre, un señor congestivo y gritón, no cejará hasta urbanizarnos de Torimbia a Doñana y vuelta. Promociona el cambio de paradigma económico, descartadas las inversiones en investigación científica y técnica, y éste pasa por reforzar lo antiguo. Hay que formar mejores paletas, camareros, gerontólogos, botones, mozos de estación, monitores de tiempo libre y enterradores. Abandonemos el grado cero del optimismo, con grúas comatosas, zanjas vacías y herrumbrosos andamios tras la sobredosis de Champions acumulada por una banca idem. Encomendados a las manos sanadoras de fulanos como Sheldon Adelson o Trump florecerán casinos, rascacielos, pelotazos, gangas. Todo sirve de cóctel medicamentoso a un país que, en el peor de los escenarios, “sólo” necesitará 62.000 millones de euros a fin de rescatar sus bancos. Como a los niños malos, nos cuentan que reflexionemos sobre nuestras trastadas bon vivant. Debemos arrepentirnos y enmendarnos, si bien los únicos dispuestos a invertir en España son los jefes del chupinazo, dioses de la ciudad cuyas sutiles orejas fueron diseñadas para orientarse hacia el gorgoteo de los gusanos cuando meriendan.

Ah, el gran Donald. Famoso por sus desmadres urbanísticos, por el Boeing en el que viaja mientras ordena nuestro futuro, por los cinturones de lucha libre, oro puro, que cuelgan de las paredes de sus edificios, macizos como un souvenir maya o un empaste del difunto Jesús Gil, con el que por cierto tanto comparte. Nieto de inmigrantes, cumple con creces el Sueño Americano post-Reagan, reedición mejorada del Sueño Americano pre-Crack del 29, esto es, su familia se las arregló para pertenecer a ese selecto club del 1% de la población que desde 1980 posee casi el 30% de la riqueza del país, mientras el 10% con más ingresos copa el 50%. Nada que ver con los financieros de la vieja escuela, parapetados en sus mansiones, grises incluso a la hora de embargar al Estado, que enviaban a sus lugartenientes a las cenas públicas para no señalarse. De sufrir un arrebato melancólico, cansados a veces de la inquina popular o los chascarrillos bolcheviques, los Rockefeller, Morgan, etc., sufragaban la construcción de una estación de trenes con hechuras de templo babilónico. Donald no. Su egotismo no requiere de grandes obras públicas, cubierto como está a base de torres piramidales, bandadas de adosados, campos de golf, tumbas egipcias con vocación de hotel y viceversa.  Por decirlo con The Somking Gun, “Tanto George Soros como los hermanos Kooch —caballos blancos de la izquierda y la derecha respectivamente— son filántropos notables. Tampoco Trump, ni cualquier otra persona, tiene porque donar un centavo a la caridad. Sin embargo, por las razones que sea —gratitud, empatía, creencias religiosas, culpa, buena publicidad, elijan la que prefieran— las familias más ricas del país han ayudado históricamente a financiar hospitales, bibliotecas, centros de investigación, museos, escuelas e instituciones culturales”. Donald, menos: “durante los últimos veinte años la fundación Trump ha donado 6,7 millones de dólares. En comparación, Michael Bloomberg donó 235 millones en 2008, Larry Ellison 73,2″, etc.

Entre sus humoradas destaca la de aspirar de forma cíclica a la presidencia de los Estados Unidos. Siempre hace falta, a fin de oxigenar la campaña, un empresario excesivo que compita con los candidatos oficiales. Otra obsesión made in Donald, derivada de la anterior, son los orígenes del presidente Obama. Cuando la Casa Blanca alumbró el certificado de nacimiento del presidente nuestro hombre bajó del 757, convocó a la prensa y, rodeado de azafatas y monaguillos, proclamó que se sentía muy orgulloso de sí mismo. Había logrado, mediante una campaña entre la difamación surrealista y el latiguillo xenófobo, luego de dar la brasa durante meses con la idea de que el presidente no nació en EEUU, lo que cualquiera hubiera confirmado consultado la Wiki. A saber, que el cuadragésimo cuarto presidente del país había nacido en el hospital Kapiʻolani de Hawaii, el 4 de agosto de 1961, hijo de madre estadounidense y padre keniano. Al terminar la ceremonia los devotos oraron de rodillas. Donald puso rumbo hacia alguna megatorre forrada de platino, a fin de estudiar su próximo gag y/o darse un repaso al flequillo, que cuida como si de su masa dorada salieran zumbando las intuiciones geniales de quien por más que se afana, libro de autoayuda va, libro de consejos viene, no logra que sus paisanos abandonen la condición de piernas, gnomos subsidiados, funcionariales losers, para hacerse hipermillonarios. Olvida añadir que pàrte del truco consistió en lograr que los bancos, a principios de los noventa, refinanciaran una deuda inasumible, a costa de que cientos de millones de dólares de los acreedores salieran por la escotilla, rumbo a Nunca Jamás, feliz país a cuya hospitalidad también se han acogido los consejeros de nuestras Cajas de Ahorros. O que aunque te pases la vida denunciando a Fu-Manchu y el peligro amarillo, chupaste largamente del dinero fácil de los chinos. 

 A Donald, su impronta testicularia y su flequillo magnífico los disfrutamos mucho en televisión, donde regenta una casa de citas para aspirantes a ejecutivos cuyo premio máximo consiste en pastar a su vera ejerciendo de chico de los recados. Legendario ha sido, en el sentido que puedan serlo los estudios de antropología que practica la Milá en Gran Hermano, su grito de guerra, “Estás despedido”. O como curtir al personal en horario de máxima audiencia para una vida de E.R.E. Al menos, que se sepa, no pagará a sus albañiles con mera visibilidad ni tratará de convencerlos de las virtudes de la nueva economía en red y lo chachi que resulta cobrar en aplausos, como algunos periódicos molones que dirigen periodistas no menos fetén. Otrosí es que algún panoli le angustie que desembarque en España un elefante del cemento, Ramses II de una economía cuya máxima aspiración pasa por asfaltar alcornocales mientras unos ayuntamientos groguis lo reciben con histeria semejante a la dedicada a nuestro entrañable Sheldon, ese que a cambio apenas solicita embridar cuatro o cinco leyes. Total, pa’qué poner morritos si el ejemplo son, de nuevo, los chinos, que diría otro incomprendido carlomagno de la superación personal, el inefable Juan Roig. Igual que el gran empresario de la naranja uruguaya y el espárrago peruano, como tanta gente importante convencida de ser la reencarnación de Iván el Terrible, o en su defecto Catalina la Grande, Donald quiere salvarnos asomado al balcón de un futuro en el que todo dios comprenda al fin su grandeza. Sus intuiciones de jaquetón incansable. Su cruzada contra los indecisos, los vagos y los miedosos. Su impetuoso corazón de general sin tropa. Su altruismo, sobre todo su altruismo. Envuelto en la bandera y conectado a su cuenta corriente. Un patriota, el tío.

Julio Valdeón Blanco: El presidente y sus espejos


Ciertos comentaristas describen a Obama como un muñeco articulado cuyo carisma disfraza un persistente vacío. Sidney Poitier que primero asusta a Spencer Tracy y luego lo embruja para llevarse a la hija. Dicha caricatura queda corroborada en el imaginario español por la persistente manía de establecer duplas absurdas, digamos Obama/Zapatero. No se equivoquen. La galante figura del presidente estadounidense poco tiene que ver con la del cometa leonés. Obama, aunque peque de seductor, traje deslumbrante de los Demócratas menos recomendables, posee un imaginario político robusto y es más inapresable, refinado y complejo. Para David Brooks su perfil “es postfeminista, de estilo tradicional, hipercompetitivo, poco dubitativo y rara vez autoindulgente”. Transmite una imagen poco o nada “melodramática, sensible, vulnerable o cambiante”, que se corresponde con sus políticas de solapa subida y aversión al amarillismo.

Asunto distinto es que desde la pérdida del Congreso en noviembre de 2010 le cueste horrores sacar adelante cualquier proyecto: vive de lo conseguido durante sus primeros dos años de mandato. Desde 2011 buena parte de su actividad legislativa ha sido electoral, hasta el punto de que en marzo de 2012 ya acumulaba 191 actos de campaña, cifra récord para un presidente. Si bajamos a la mina, o sea, a lo logrado, está la cuestión del seguro médico. A falta de que el Supremo se pronuncie en junio. En la certidumbre de que el sistema, a día de hoy, necesita repensarse, transformado el déficit en una llaga creciente y, al tiempo, con 50 millones de personas sin cobertura médica. Las piezas, empero, siguen donde solían, o sea, en la discusión entre derechos sociales o caridad, Estado del Bienestar o Estado Asistencial. Sin olvidar que durante casi dos años Obama mantuvo el control de las cámaras y no pudo o supo imponerse a los demócratas más conservadores. De su indecisión viene luego una reforma descafeinada sobre la que pende la cuchilla del Supremo, presidido por el polémico John Roberts. Al fondo, como quien no quiere, destaca la vieja lucha entre el poder Federal y el de los Estados. Perpetua batalla en la historia que con no poca habilidad recalentó el Tea Party. Movimiento menos torpe y cómico de lo que pudiera pensarse, en cualquier caso partidario sin quererlo de un humor cercano al gore, perdido en su acartonado laberinto antimoderno, de una rudeza intelectual asombrosa, por el que circulan idealizados fantasmas de un pasado ahistórico.

En política exterior, una de las grandes bazas de Obama, recordemos que sacó a las tropas de Irak, tal y como había prometido. Durante un periodo de tiempo multiplicó la guerra en Afganistán, región montañosa, de pastores hirsutos, clérigos fanatizados y cultivadores de opio, abonada a su condición narcomedieval. Braceó mal durante la rebelión presupuestaria del pasado verano y si te he visto no contesto respecto a ese oasis de derechos, paraíso de la tutela judicial, llamado Guantánamo. ¿Podía haberlo cerrado mientras tuvo a favor el Congreso? Quizá la patata es ya autosuficiente y, cual monstruo de Frankenstein, camina sola. El bombón envenenado de Rumsfeld y cía. tiene difícil remedio sin asistir a una cascada de procedimientos nulos. Por otro lado Al Qaeda está muy debilitada. El uso de aviones no tripulados y fuerzas especiales, los asesinatos selectivos, sólo sorprenderán a los ingenuos o a los cínicos. Obama ha sancionado, incluso reforzado, las tácticas belicistas previas. En la asunción de que desde el 11-S su país está en guerra y de que eficacia y moralidad no siempre riman. Obama nunca ha evitado el contacto con el barro ni pretende gobernar aupado a una columna sin pecado concebida. Dijo no a la invasión de Irak porque no tragaba con los motivos, pero si contemplan Somalia, Afganistán o Yemen, las numerosas operaciones de los SEALS, la enorme cantidad de bombardeos selectivos con drones (diez veces más que durante el gobierno de Bush) o el hecho de que fuera el primer presidente de la historia de EEUU en autorizar el asesinato de un ciudadano estadounidense, si toman esos elementos y los suman, comprenderán hasta que punto, con sobrados motivos, ha sido “uno de los presidentes militarmente más agresivos de las últimas décadas”, al decir de Peter L. Bergen, director de Estudios de Seguridad Nacional de la New America Foundation.

Bergen, que en breve publicará Manhunt: the ten-year search for Bin Laden-from 9/11 to Abbottabad, cita una charla de Obama de 2007: “no voy a dudar en utilizar la fuerza militar para detener a los terroristas que representan una amenaza directa a los Estados Unidos”. O el discurso durante la aceptación del Nobel de la Paz: “Hay que afrontar el mundo tal como es, y no podemos quedarnos de brazos cruzados frente a las amenazas(…) Porque no nos engañemos: el mal existe en el mundo. Un movimiento no-violento no hubiera podido detener a los ejércitos de Hitler. Las negociaciones no convencerán a los líderes de Al-Qaeda a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no significa recurrir al cinismo. Se trata de comprender la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”. Frente a Clinton, que según Bergen, “no hizo nada por detener lo que, al menos en 1994, era ya evidentemente una campaña de genocidio en Ruanda”, Obama necesitó “sólo unas semanas para actuar en Libia cuando el coronel Gadafi amenazó con grandes masacrar a la población. Fue a las Naciones Unidas y la OTAN y puso en marcha la campaña militar —duramente criticada por la izquierda y la derecha— que derrocó al dictador”.

Volvamos a 2008. Entusiasmaba contemplar al Obama candidato. Hablaba sin liarse con el discurso escrito. Incluso sin papeles delante, aunque era/es un consumado profesional del teleprompter y, a la par, felino cuando improvisa. Apabullante en las ruedas de prensa. Género periodístico que en otros lares consiste en hacer del plumilla un amanuense al dictado que transcribe panfletos y aquí paz y si preguntas te enchufo risas (enlatadas). Tampoco sorprende nuestro deslumbramiento. Su antecesor fue tan chusco que, por limpio contraste, haría del siguiente una suerte de Churchill. No digamos ya si el elegido, por elegancia, modales y dialéctica, recuerda al Gregory Peck de Matar a un ruiseñor. Cierto, cuesta sobrevivir al mesianismo. Amplificado por la prensa extranjera, mejor europea, pero Obama nunca ha pretendido encajar en los delirios ajenos. No es culpa suya que Europa, la misma Europa sonada que arruga la nariz mientras sus aliados pelean por el mundo, incapaz de coordinar una política exterior conjunta, inútil hasta el delirio, huérfana de altura y liderazgo, siga grogui.

El hombre al que en su país los cínicos con disfraz de patriotas acusan de blasfemo leninista y manirroto rescató a la banca del bestial despelote sub-prime recibido. Sin exagerar el medallero, ojo. La economía avanza despacio y la cifras de paro asustan, en especial si añadimos a quienes han renunciado a buscar trabajo y pasan de registrarse. Condenado a cabalgar semejante ola, lo inaudito es que no se haya ahogado. El citado Clinton, gran publicista, sigue sin contar como referente. Aquel fue “el personaje más fascinante que haya aparecido desde J.R. Esa gran proporción de espectadores estadounidenses no querría que los Clinton dejasen de estar en antena. Pues se trata de un entretenimiento de televisión con la suficiente potencialidad como para superar todos los éxitos televisivos del pasado, hasta el punto de que incluso los Simpson podrían palidecer ante las futuras aventuras de Bill y Hillary” (Norman Mailer, 1996, George Magazine). Por contra, en la operación contra Bin Laden, sobresale el coraje de un Obama que toma una ruta incierta. Hay algo más que cálculo electoral, no digamos ya revanchismo, en esa hora. Una coherencia con lo anunciado, no con lo aireado por los cronistas a la violeta sino con lo que él mismo predicaba antes de alcanzar la Casa Blanca.

Ah, sí, las Super PACs amigas, o sea, los Súper-Comités de Acción Política, organizaciones independientes que apuesten por él, flaquean en comparación a los de Rommey. Por 9 millones a 52. Como explica Thomas B. Edsall, Obama ha recaudado para su campaña cerca de doscientos millones de dólares, pero las Super PACs, con el riñón forrado, son responsables de los spots jarrapellejos, anuncios bala y otros eslóganes de carnívora bayoneta. No es recomendable subestimar la artillería de unos comandos bendecidos por el Supremo en 2010 y más preocupados por la salvación de sus fortunas que de su alma. En una simpática y cordial pirueta, contemplada en el retrovisor la formidable recaudación de las Super PACs enemigas, parece que Obama, antaño enfrentado a que dichas organizaciones oculten a sus mecenas, dice Diego y digo o viceversa, e implora a los ricos partidarios que metan pasta ahí donde más duele. Por lo demás es presidente: esto es, controla una apisonadora. El lunes 14 de mayo presentó un vídeo donde retrata a Rommey como una hiena corporativa. No es el primero. Michael D. Sear, del New York Times, recuerda que “durante las primarias republicanas Gingrich lanzó un vídeo de veintiocho minutos” donde tachaba a Rommey de “carroñero”, y “Perry lo llamo buitre capitalista”. Claro que Rommey tampoco navega solo. Cuenta con la chequera de tipos como Sheldon Anderson, el archimillonario que planea Eurovegas y que mantuvo a puro huevo la candidatura de Gringrich. El jueves 17 el NY Times informaba de la nueva campaña orquestada contra Obama por una Super PAC. Otro ricacho con el presidente atragantado es Harold Clark Simmons. Lean este artículo de Monica Langley para el Wall Stree Journal.  

Mosqueada el ala evangélica del partido Republicano, que no le estima mucho, Rommey también necesitará hacer malabares. Le toca convencer de que lo suyo no es conservadurismo 2×1. Que puede sustituir en sus oraciones a sus jabalís favoritos. En realidad, en términos de inteligencia política, parece bastante superior a Perry y cía. Al tiempo que recolecta hojas de te sin hervir debe de sortear las acusaciones de oportunista, su pasado como gobernador no precisamente cafre, mientras evita el previsible acojone del electorado liberal, que no reaccionario. Un juego malabar que requiere habilidades de trilero al alcance de Houdinis como nuestro Ruiz Gallardón, ora verso suelto y olé, ora cruzado contra violencias estructurales y demás flojeras intrauterinas. La cuestión homosexual, el anuncio de que Obama apoya el matrimonio gay, ha colocado a Rommey ante un momentáneo tembleque hamletiano. Reaccionó oponiéndose, qué otra cosa podía hacer, mientras sus asesores confían en que lo que gana por la diestra pata negra no lo pierda entre los moderados, en la necesidad de que la crisis cumpla su axioma de no respetar presidentes y las cifras de desempleo enturbien los guiños a Ocuppy Wall Street (becas universitarias) y match-points como el del descabezamiento de Al Qaeda. En una campaña estruendosa, cuando ninguno de los dos candidatos arranca como favorito y sometidos ambos a turbulencias externas, la suma de ambigüedades parece inevitable.

Finalmente, para Obama la victoria será inútil si no recupera las Cámaras legislativas. En el Congreso y el Senado se dilucidará la otra gran batalla. Esta por ver si los periódicos europeos, por una vez, se enteran e informan al respecto. Si lo hacen demostrarían que poco a poco comprenden a un país mucho más interesante, complejo e impuro que el proyectado en la penumbra febril de sus elucubraciones. Un país, por cierto, donde gobierna un tipo ambicioso y con enjundia, polémico y falible, no un héroe ni, menos mal, un dios enardecido o un cirujano de hierro, sino apenas un hombre, un estadista, nada menos, de esos que Europa necesita y no encuentra.

Julio Valdeón Blanco: Duke


En una revista llena de retratos, a uno sólo le puede dar por escribir otro más. Hay algo olímpico en la necesidad de medir tus semblanzas con las del vecino, como cuando de adolescentes meábamos contra los adoquines por comparar. Dado que esta sección va de estadounidenses, propuse a los editores una lista. Se me cayó la pierna de Angelina Jolie. No por añeja su fotografía durante los Oscars, que también, sino porque a estas alturas será ya puro hueso. El muslo de la guapa es el equivalente estéril de aquel increíble hombre menguante al que acechaba su gato. Una pierna de Ava Gadner daba para varias canciones de Sinatra. Sin embargo un calcañar, por mucho glamour que atesore y muy emparentado que esté con Brad Pitt, no sirve para montar una pieza. Barajé nombres. ¿Obama? ¿Mitt Rommey? ¿Jon Stewart? ¿David Simon? ¿George Clooney? Un correo electrónico me informó que Duke, el perro que vivió en casa tres años y medio, había fallecido. Murió durmiendo, de puro viejo, con el corazón cansado de latir mientras soñaba con costillas. Una semana antes el veterinario sentenció que estaba como un toro. En fin, qué mejor personaje para abrir la sección a ladridos. Y claro que he valorado el riesgo. En España, desde que perdimos a Umbral, sólo escribe de su mascota Antonio Burgos. En el memorial literario de cuadrúpedos late una pulsión hiperglucémica. Mala poesía al trasluz de un costumbrismo fofo. Todos conocemos, aparte, los casos de psicópatas, amantes de los gatos y las ballenas, que lloraban con el canto de los ruiseñores minutos antes de volarle los sesos a un semejante. Luego he caído en la cuenta de que también Andrés Trapiello ha hablado de su perra, y eso inclinó la balanza. Comprenderé que muchos dejen de leer aquí. Angustiados por el lirismo oscuro de la crisis y su mitología de hombres malos no están para el perro neoyorquino de un columnista, pero qué quieren, la sección arrancará mejor con un peluche irisado en mitad de la niebla.

Hará tres años el maestro Raúl del Pozo hablaba del cão de aguas portugués que Edward Kennedy regaló a los Obama. Tras desear que la maldición que perseguía a Edward no lastrara la presidencia, citaba una reflexión de Lord Byron sobre el perro, al que había definido como «una criatura bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, con todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos». No parece el retrato de Duke. Bello a su cubista manera o fuerte sin insolencia sí era. Cariñoso, juguetón e inteligente, también, pero dado que no milito en un romanticismo tardío añadiré que era glotón como una hiena y maloliente cual mofeta. Perro de caramelo, dulce, sedoso, llegó con los vicios de la calle incorporados, la obstinación de una mula, que por otro lado parece consustancial a la raza, y un hambre que lo llevaba a devorar, a pesar de nuestros gritos, cientos de servilletas, de esas que desparramadas por los adoquines drapean las calles de Harlem. Con un apetito complicado, nervioso, feroz, incluso comía nieve, abriéndose camino como los comecocos de nuestra infancia. Hablo de grandes cantidades de nieve, no de pellizcos. Que yo sepa, pocos animales pueden zampar nieve y no morir en el intento. Los camellos del Gobi y Duke entre ellos. De poco servían nuestras protestas.

De origen francés, cuentan que Lafayete le regaló un ejemplar de basset-hound a George Washington. La raza fue reconocida en EEUU en 1835. Leiber & Stoller le dedicaron un glorioso tema, Hound dog (hay otros, aparte el basset, pero ninguno tan icónico). La cantó, primero, la rotunda Big Mamma Thornton (producida por Johnny Otis, que por cierto falleció hace unas semanas y tiene en su pechera el mérito de haber descubierto al inolvidable Jackie Wilson de Higher and higher y, en buena medida, a la gran Etta James). Fue popularizada cuatro años más tarde por Elvis Presley, con una afilada versión, añado, que solo los listillos calificarán como inferior. Otro que celebró al basset-hound fue Neil Young en Old King, su perro. Mucho antes Shakespeare, en El sueño de una noche de verano, habló por boca de Teseo para describir la raza en estos términos: «Mis sabuesos son de la raza de Esparta; tienen ancha la garganta y rojo el pelo; sus orejas colgantes barren el rocío de la mañana; tienen las piernas arqueadas y una papada como los toros de Tesalia. Son lentos en perseguir, pero sus ladridos parecen tañidos de campana. Nunca en Creta, Esparta o Tesalia dieron las trompas señal de un concierto más armónico. Juzgadlo cuando lo oigáis». El ladrido de Duke poco tenía de campana. Su comportamiento tampoco recordaba al de los trescientos que lucharon bajo Léonidas. Duke prefería retar perros pequeños, deglutir nuestra comida, incluidas los hojas de lechuga o mondas de manzana que cayeran al suelo cuando cocinabas, corretear, poco, y sobar enrollado sobre un cojín en el suelo. Sería estúpido atribuirle rasgos líricos o tirar de ñoños panteísmos. Le valía con un hueso del Kentucky Fried Chicken para amueblar su jornada y esta no tenía otro fin que zampar huesos y mover la cola, cuando buscaba nuestra compañía, que era siempre. No soportaba la soledad. Su presencia era la de un angelote sucio y bueno, imposible de malear porque carecía de bilis. Era turbador mirarle a los ojos, esos ojos grandes, de almendra u oro maduro. Te purgaba de maldades. Allí, en el lago ocre de unos iris inmensos, solo encontrabas una ansiedad de amor, una ternura desalada de envidias, una complicidad que cuesta encontrar entre nuestros conocidos. Lo mejor de asistir a una fiesta en el East Village, atiborrada de artistas con el ego de la mano como un globo hinchado con pedos, la mejor terapia para la rueda de vanidades, era saber que volverías a casa y encontrarías a un ser enemistado con la pedantería, que no preparaba performances ni teorizaba sobre el revival postsituacionista en el cine navajo.

Lo habíamos encontrado en la Quinta Avenida, entre las calles 125 y 126. Veníamos de pasear con nuestra perra, Princess, una hermosa mezcla de labrador y chow a la que adoptamos incluso a pesar de su nombre, tan cursi. Princess comenzó a ladrar y entre los coches aparcados descubrimos un basset-hound a la carrera. A esa hora servidor tenía que enviar un artículo. Ya no recuerdo de qué iba. Sí que pocos días antes había trabajado en un reportaje, inédito, sobre las perreras de Nueva York. Cargaba con la mala conciencia de unos pasillos tristes, amarillos, enfermos, solitarios, donde unos perros caídos enfilaban la inyección letal a pares. Los anglosajones aman a sus mascotas pero la sobreabundancia implica catástrofes y soluciones poco compasivas. Ante la certeza de que, viejo como parecía, iba a durar lo que un filete en la boca de un cocodrilo, actuamos. Acorralado Duke entre dos coches, junto a la Avenida Park, solicité a un joven aguerrido que tratara de uncirlo con el cinturón de mi chica. Lo hubiera hecho yo pero, más teórico que valiente, prefiero delegar los trabajos heroicos, no fuera a comerme una mano y tuviera que teclear en adelante con un garfio. De vuelta a casa el redactor jefe me preguntaba por el artículo. No me atrevía a explicarle que iba con retraso por culpa de un perro. Los redactores jefes son tipos duros que se cabrean como monas cuando tardas en desovar la pieza. Más por cuidar su fama de sargentos en She wore a yellow ribbon que porque necesiten de tu escritura.

Huérfano de hijo, como el citado Umbral decía que vivió su madre. Así me siento al recordar a un animal al que trato de no antropomorfizar. Me lo impide, aparte la profilaxis intelectual que procura leer a Arcadi Espada y Sánchez Ferlosio, el recuerdo de sus meadas. Unos orines pantagruélicos. De poeta en Isla Negra que descorchara un canto general sin tan siquiera levantar la pata. Meaba Duke en la acera. Contra el tocón de un árbol radioactivo. Sobre el césped y sobre las meadas antiguas, fétidas y legendarias de otros perros. Hasta aquí, bien. Después meaba en casa. Nunca supimos si el gusto por inundarnos provenía de una infancia dickensiana, en la que sus primeros dueños pasaron de educarlo. O si actuaba como el perro de Haile Selassie, aquel que miccionaba en los zapatos de los chambelanes porque se sentía vagamente aristocrático. Iba por la vida imbuido de la prerrogativa de regalar pises por derecho divino. Como ese augusto yerno que en España puso el cazo con la displicencia con la que María Antonieta llenaba su bacinilla, convencidos ambos de que la servidumbre limpiará el estropicio. Dado que en Harlem las casas suelen inclinarse hacia un costado, igual que barcos a punto de naufragar, sus pises corrían de un lado al otro del salón en un festival que solía encontrarnos con el rollo de papel en una mano, la lejía en la otra y el insulto desplegado en la lengua, mientras el muy peludo corría a esconderse bajo la mesa donde les echo esta carta. Las pruebas veterinarias descartaron una lesión de riñón o vejiga. Al susurrador de perros que contratamos lo despedimos el primer día. Más que educar al chucho quería enchufarnos una vaga lección de psicologismo homeopático. A solas con los charcos, acabamos por tomarlos como un merecido castigo a nuestro exagerado complejo de gente buena. A la naturaleza no hay forma de reeducarla. Justo cuando creías que se había ganado la condicional llega y te mea en los morros. Sin embargo no fueron las meadas sino mi alergia la que dictó sentencia. De pelo corto y duro, baboso y meón, Duke me exacerbó una tos bronca. Que sólo había experimentado antes en compañía de gatos. Sobreviví tres años gracias a los antihistamínicos y una cabezonería que si no fuera por el discontinuo amor que me profeso bien podría definir como rayana en la oligofrenia. Hasta que la tos derivó hacia un asma incipiente. Entre sus proteínas sulforosas y mis cigarrillos cancerígenos, o viceversa, no quedó otro remedio que buscarle casa. Encontramos una a casi tres horas de la ciudad. En la montaña. Junto a otros quince o veinte proscritos adoptados por una bendita pareja que ha hecho de su hogar un manicomio donde conviven los animales que nadie quiere, forajidos de mil familias que aullan en un revoltijo de mantas, paseos al atardecer y suicidas persecuciones de ardillas.

A nuestro apartamento, al fin limpio, le falta desde entonces el hocico de un basset-hound golfo, enmudecido como una fiesta abortada o una playa en invierno. Diría que la misma playa en la que nos encontraremos si creyera como Terrence Malick en un más allá oceánico. Como no quiero o puedo, me conformo con repetirme que debo imprimir una foto suya. Muchos asumirán que como él hay millones, que basta con acudir a la perrera o a una tienda para sustituirlo. Se equivocan. Puedes comprar películas, lotería, emisoras de radio, presidentes de diputación, muñecos en un bazar chino, concejales de urbanismo, futbolistas bahianos, jueces y fiscales, camisetas absurdas, lámparas de mesa, teléfonos vintage y más concejales. Otro Duke, no. Criatura fantástica, más cerca del grifo o la quimera, medio hipopótamo medio gorrino, añoro a ese familiar improbable, compañero fiel, un poco pelota, nunca envidioso, que nos salvaba a diario de la pena. Casi hasta añoro el hedor a orines. Casi.