Julio Valdeón Blanco: Duke

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En una revista llena de retratos, a uno sólo le puede dar por escribir otro más. Hay algo olímpico en la necesidad de medir tus semblanzas con las del vecino, como cuando de adolescentes meábamos contra los adoquines por comparar. Dado que esta sección va de estadounidenses, propuse a los editores una lista. Se me cayó la pierna de Angelina Jolie. No por añeja su fotografía durante los Oscars, que también, sino porque a estas alturas será ya puro hueso. El muslo de la guapa es el equivalente estéril de aquel increíble hombre menguante al que acechaba su gato. Una pierna de Ava Gadner daba para varias canciones de Sinatra. Sin embargo un calcañar, por mucho glamour que atesore y muy emparentado que esté con Brad Pitt, no sirve para montar una pieza. Barajé nombres. ¿Obama? ¿Mitt Rommey? ¿Jon Stewart? ¿David Simon? ¿George Clooney? Un correo electrónico me informó que Duke, el perro que vivió en casa tres años y medio, había fallecido. Murió durmiendo, de puro viejo, con el corazón cansado de latir mientras soñaba con costillas. Una semana antes el veterinario sentenció que estaba como un toro. En fin, qué mejor personaje para abrir la sección a ladridos. Y claro que he valorado el riesgo. En España, desde que perdimos a Umbral, sólo escribe de su mascota Antonio Burgos. En el memorial literario de cuadrúpedos late una pulsión hiperglucémica. Mala poesía al trasluz de un costumbrismo fofo. Todos conocemos, aparte, los casos de psicópatas, amantes de los gatos y las ballenas, que lloraban con el canto de los ruiseñores minutos antes de volarle los sesos a un semejante. Luego he caído en la cuenta de que también Andrés Trapiello ha hablado de su perra, y eso inclinó la balanza. Comprenderé que muchos dejen de leer aquí. Angustiados por el lirismo oscuro de la crisis y su mitología de hombres malos no están para el perro neoyorquino de un columnista, pero qué quieren, la sección arrancará mejor con un peluche irisado en mitad de la niebla.

Hará tres años el maestro Raúl del Pozo hablaba del cão de aguas portugués que Edward Kennedy regaló a los Obama. Tras desear que la maldición que perseguía a Edward no lastrara la presidencia, citaba una reflexión de Lord Byron sobre el perro, al que había definido como «una criatura bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, con todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos». No parece el retrato de Duke. Bello a su cubista manera o fuerte sin insolencia sí era. Cariñoso, juguetón e inteligente, también, pero dado que no milito en un romanticismo tardío añadiré que era glotón como una hiena y maloliente cual mofeta. Perro de caramelo, dulce, sedoso, llegó con los vicios de la calle incorporados, la obstinación de una mula, que por otro lado parece consustancial a la raza, y un hambre que lo llevaba a devorar, a pesar de nuestros gritos, cientos de servilletas, de esas que desparramadas por los adoquines drapean las calles de Harlem. Con un apetito complicado, nervioso, feroz, incluso comía nieve, abriéndose camino como los comecocos de nuestra infancia. Hablo de grandes cantidades de nieve, no de pellizcos. Que yo sepa, pocos animales pueden zampar nieve y no morir en el intento. Los camellos del Gobi y Duke entre ellos. De poco servían nuestras protestas.

De origen francés, cuentan que Lafayete le regaló un ejemplar de basset-hound a George Washington. La raza fue reconocida en EEUU en 1835. Leiber & Stoller le dedicaron un glorioso tema, Hound dog (hay otros, aparte el basset, pero ninguno tan icónico). La cantó, primero, la rotunda Big Mamma Thornton (producida por Johnny Otis, que por cierto falleció hace unas semanas y tiene en su pechera el mérito de haber descubierto al inolvidable Jackie Wilson de Higher and higher y, en buena medida, a la gran Etta James). Fue popularizada cuatro años más tarde por Elvis Presley, con una afilada versión, añado, que solo los listillos calificarán como inferior. Otro que celebró al basset-hound fue Neil Young en Old King, su perro. Mucho antes Shakespeare, en El sueño de una noche de verano, habló por boca de Teseo para describir la raza en estos términos: «Mis sabuesos son de la raza de Esparta; tienen ancha la garganta y rojo el pelo; sus orejas colgantes barren el rocío de la mañana; tienen las piernas arqueadas y una papada como los toros de Tesalia. Son lentos en perseguir, pero sus ladridos parecen tañidos de campana. Nunca en Creta, Esparta o Tesalia dieron las trompas señal de un concierto más armónico. Juzgadlo cuando lo oigáis». El ladrido de Duke poco tenía de campana. Su comportamiento tampoco recordaba al de los trescientos que lucharon bajo Léonidas. Duke prefería retar perros pequeños, deglutir nuestra comida, incluidas los hojas de lechuga o mondas de manzana que cayeran al suelo cuando cocinabas, corretear, poco, y sobar enrollado sobre un cojín en el suelo. Sería estúpido atribuirle rasgos líricos o tirar de ñoños panteísmos. Le valía con un hueso del Kentucky Fried Chicken para amueblar su jornada y esta no tenía otro fin que zampar huesos y mover la cola, cuando buscaba nuestra compañía, que era siempre. No soportaba la soledad. Su presencia era la de un angelote sucio y bueno, imposible de malear porque carecía de bilis. Era turbador mirarle a los ojos, esos ojos grandes, de almendra u oro maduro. Te purgaba de maldades. Allí, en el lago ocre de unos iris inmensos, solo encontrabas una ansiedad de amor, una ternura desalada de envidias, una complicidad que cuesta encontrar entre nuestros conocidos. Lo mejor de asistir a una fiesta en el East Village, atiborrada de artistas con el ego de la mano como un globo hinchado con pedos, la mejor terapia para la rueda de vanidades, era saber que volverías a casa y encontrarías a un ser enemistado con la pedantería, que no preparaba performances ni teorizaba sobre el revival postsituacionista en el cine navajo.

Lo habíamos encontrado en la Quinta Avenida, entre las calles 125 y 126. Veníamos de pasear con nuestra perra, Princess, una hermosa mezcla de labrador y chow a la que adoptamos incluso a pesar de su nombre, tan cursi. Princess comenzó a ladrar y entre los coches aparcados descubrimos un basset-hound a la carrera. A esa hora servidor tenía que enviar un artículo. Ya no recuerdo de qué iba. Sí que pocos días antes había trabajado en un reportaje, inédito, sobre las perreras de Nueva York. Cargaba con la mala conciencia de unos pasillos tristes, amarillos, enfermos, solitarios, donde unos perros caídos enfilaban la inyección letal a pares. Los anglosajones aman a sus mascotas pero la sobreabundancia implica catástrofes y soluciones poco compasivas. Ante la certeza de que, viejo como parecía, iba a durar lo que un filete en la boca de un cocodrilo, actuamos. Acorralado Duke entre dos coches, junto a la Avenida Park, solicité a un joven aguerrido que tratara de uncirlo con el cinturón de mi chica. Lo hubiera hecho yo pero, más teórico que valiente, prefiero delegar los trabajos heroicos, no fuera a comerme una mano y tuviera que teclear en adelante con un garfio. De vuelta a casa el redactor jefe me preguntaba por el artículo. No me atrevía a explicarle que iba con retraso por culpa de un perro. Los redactores jefes son tipos duros que se cabrean como monas cuando tardas en desovar la pieza. Más por cuidar su fama de sargentos en She wore a yellow ribbon que porque necesiten de tu escritura.

Huérfano de hijo, como el citado Umbral decía que vivió su madre. Así me siento al recordar a un animal al que trato de no antropomorfizar. Me lo impide, aparte la profilaxis intelectual que procura leer a Arcadi Espada y Sánchez Ferlosio, el recuerdo de sus meadas. Unos orines pantagruélicos. De poeta en Isla Negra que descorchara un canto general sin tan siquiera levantar la pata. Meaba Duke en la acera. Contra el tocón de un árbol radioactivo. Sobre el césped y sobre las meadas antiguas, fétidas y legendarias de otros perros. Hasta aquí, bien. Después meaba en casa. Nunca supimos si el gusto por inundarnos provenía de una infancia dickensiana, en la que sus primeros dueños pasaron de educarlo. O si actuaba como el perro de Haile Selassie, aquel que miccionaba en los zapatos de los chambelanes porque se sentía vagamente aristocrático. Iba por la vida imbuido de la prerrogativa de regalar pises por derecho divino. Como ese augusto yerno que en España puso el cazo con la displicencia con la que María Antonieta llenaba su bacinilla, convencidos ambos de que la servidumbre limpiará el estropicio. Dado que en Harlem las casas suelen inclinarse hacia un costado, igual que barcos a punto de naufragar, sus pises corrían de un lado al otro del salón en un festival que solía encontrarnos con el rollo de papel en una mano, la lejía en la otra y el insulto desplegado en la lengua, mientras el muy peludo corría a esconderse bajo la mesa donde les echo esta carta. Las pruebas veterinarias descartaron una lesión de riñón o vejiga. Al susurrador de perros que contratamos lo despedimos el primer día. Más que educar al chucho quería enchufarnos una vaga lección de psicologismo homeopático. A solas con los charcos, acabamos por tomarlos como un merecido castigo a nuestro exagerado complejo de gente buena. A la naturaleza no hay forma de reeducarla. Justo cuando creías que se había ganado la condicional llega y te mea en los morros. Sin embargo no fueron las meadas sino mi alergia la que dictó sentencia. De pelo corto y duro, baboso y meón, Duke me exacerbó una tos bronca. Que sólo había experimentado antes en compañía de gatos. Sobreviví tres años gracias a los antihistamínicos y una cabezonería que si no fuera por el discontinuo amor que me profeso bien podría definir como rayana en la oligofrenia. Hasta que la tos derivó hacia un asma incipiente. Entre sus proteínas sulforosas y mis cigarrillos cancerígenos, o viceversa, no quedó otro remedio que buscarle casa. Encontramos una a casi tres horas de la ciudad. En la montaña. Junto a otros quince o veinte proscritos adoptados por una bendita pareja que ha hecho de su hogar un manicomio donde conviven los animales que nadie quiere, forajidos de mil familias que aullan en un revoltijo de mantas, paseos al atardecer y suicidas persecuciones de ardillas.

A nuestro apartamento, al fin limpio, le falta desde entonces el hocico de un basset-hound golfo, enmudecido como una fiesta abortada o una playa en invierno. Diría que la misma playa en la que nos encontraremos si creyera como Terrence Malick en un más allá oceánico. Como no quiero o puedo, me conformo con repetirme que debo imprimir una foto suya. Muchos asumirán que como él hay millones, que basta con acudir a la perrera o a una tienda para sustituirlo. Se equivocan. Puedes comprar películas, lotería, emisoras de radio, presidentes de diputación, muñecos en un bazar chino, concejales de urbanismo, futbolistas bahianos, jueces y fiscales, camisetas absurdas, lámparas de mesa, teléfonos vintage y más concejales. Otro Duke, no. Criatura fantástica, más cerca del grifo o la quimera, medio hipopótamo medio gorrino, añoro a ese familiar improbable, compañero fiel, un poco pelota, nunca envidioso, que nos salvaba a diario de la pena. Casi hasta añoro el hedor a orines. Casi.

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2 comentarios

  1. Virbac y la Leishmaniosis 2,5 millones de perros afectados en Europa. ¿Sabes que hay solución?

    «En una revista llena de retratos, a uno sólo le puede dar por escribir otro más. Hay algo olímpico en la necesidad de medir tus semblanzas con las del vecino, como cuando de adolescentes meábamos contra los adoquines por comparar.»

    También podría usted haber excusado de otra manera el que se haya levantado con acné. O , si me permite la sugerencia, no haber retratado; no vaya usted a un bosque que lo mismo no sale y se queda árbol.

    Ante todo, no crea que ha escrito algo delicioso, como un perrito caliente. Ni como uno andaluz, ni como uno fantasma. Ni como una crónica de la cuore. Tan siquiera la mitad de apetecible que éste (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/15/internacional/1331834060.html).

    Maravilloso retrato, el que se ha hecho. Sobre todo porque los adolescentes valientes no miden el meo, se miden la polla.

  2. Nando

    Coño! Que historia tan bien contada. Enhorabuena.

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