Un señor con peluquín rubio y moreno dudoso dijo hace unos días en la NBC que hay que invertir en España, país «increíble» pero «enfermo». Añadió que «Te están dando las tierras por nada, te lo están dando todo por nada». Daría igual si fuera un inversor cualquiera, incluso uno de esos humoristas que cuando llegan las crisis descorchan champán y tiene que ir corriendo la sirvienta a sujetarlos, no vayan a resbalar del chaise lounge y romperse las fundas bucodentales. Pero las declaraciones pertenecen a Donald Trump, alias The Donald, que es como lo llamaba su primera esposa, la recauchutada Ivana Marie Zelníčková. Ni las reuniones con el G-20 ni el reconocimiento de que Rajoy preside las islas Salomón, allá en la Melanesia, calmarán el riesgo de nuestra prima con la eficacia de este hombre, Tío Gilito del real state que explica a sus colegas que la temporada de rebajas ya está aquí y maricón el último. Pregunten en Nueva York, donde lo mismo levanta un Niágara en el vestíbulo de un hotel que adorna Central Park con un monolito negro que parece un cruce del que veneraban los homo erectus de Una odisea en el espacio con el ataúd de Drácula.
Si durante años disfrutamos del Pocero y nuestra simiocracia vivió engolosinada de ladrillos, ahora viene lo grande, the real thing, el Pocero pasado por brotes de rayos gamma, algo que no tendría que sorprendernos de un planeta trufado de ojivas y centrales nucleares manejadas por Hommers Simpson. Nuestro hombre, un señor congestivo y gritón, no cejará hasta urbanizarnos de Torimbia a Doñana y vuelta. Promociona el cambio de paradigma económico, descartadas las inversiones en investigación científica y técnica, y éste pasa por reforzar lo antiguo. Hay que formar mejores paletas, camareros, gerontólogos, botones, mozos de estación, monitores de tiempo libre y enterradores. Abandonemos el grado cero del optimismo, con grúas comatosas, zanjas vacías y herrumbrosos andamios tras la sobredosis de Champions acumulada por una banca idem. Encomendados a las manos sanadoras de fulanos como Sheldon Adelson o Trump florecerán casinos, rascacielos, pelotazos, gangas. Todo sirve de cóctel medicamentoso a un país que, en el peor de los escenarios, «sólo» necesitará 62.000 millones de euros a fin de rescatar sus bancos. Como a los niños malos, nos cuentan que reflexionemos sobre nuestras trastadas bon vivant. Debemos arrepentirnos y enmendarnos, si bien los únicos dispuestos a invertir en España son los jefes del chupinazo, dioses de la ciudad cuyas sutiles orejas fueron diseñadas para orientarse hacia el gorgoteo de los gusanos cuando meriendan.
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