
Hace un par de años murió Ron Taylor. Oceanógrafo de la estirpe de Jacques-Yves Cousteau aunque sin gorro rojo o grandeur. Marido de la no menos admirable Valerie Taylor, su compañera así en la vida como en el mar. Ambos se condujeron con intransigencia frente a los tejedores de leyendas. Afeaban la conducta de quienes al olor de la fama exhiben cresta. Como si bucear con tiburones fuera el colmo del heroísmo. Reconocidos fotógrafos, habían trabajado en un documental necesario, Blue sea, white dead (1971). Que no les engañe el título o el truculento tráiler. Se trata de un vigoroso ejemplo de película de aventuras que embruja por su emoción sin farsa. Una declaración de amor al animal totémico aderezada con un potente ejercicio de contención melodramática. Donde se explica el poder de las mitologías a partir de su inexorable tala. Sus protagonistas comienzan en modo Ahab, persiguiendo en un trasunto del Pequod a un monstruo infernal, devorador de hombres, bestia inmunda. Acaban de rodillas ante la sugestión de un pez cartilaginoso de entre cuatro y seis metros que aparece y desaparece como un fantasma enajenado de los estúpidos chismes colgados de su aleta caudal. O sea, lo contrario a la bazofia con la que diversos canales descuartizan su fama, dale que te pego a la matraca asesina cuando hablamos de un bicho fascinante. Peligroso, claro, no es cuestión de dulcificar a una criatura temible. Hace falta que la corrupción de lo políticamente correcto haya emponzoñado tu cerebro para acudir al recurso fácil, tonto, de presentar al animal como un ser bondadoso, o maligno, amigo de los niños, o enemigo, con fobias, filias y caprichos de coco algodonoso o alegre juntacadáveres. La realidad, menos poética, nos arrastra con fuerza por caminos sorprendentes. Hay que estudiar la conducta social del tiburón blanco, con algunos individuos desplazándose y cazando juntos. Su eficaz sistema de señales. Su naturaleza inquisitiva, siempre curiosos ante lo que los rodea. El que muerdan los motores de las lanchas, los barrotes de las jaulas, no por instinto asesino, sino porque los desorientan, o excitan, los minúsculos impulsos eléctricos que emiten los metales. Aparte, no todos los jaquetones tienen el mismo carácter. Ni comen lo mismo, como demostraría un estudio reciente: algunos ejemplares jamás abandonan la dieta de peces mientras otros depredan mamíferos marinos incluso antes de alcanzar la madurez. No sabemos cuánto vive ni dónde se reproduce o qué hace cuando, un suponer, emigra desde California al denominado Café del tiburón blanco, en mitad del Pacífico. Tampoco conocemos su número, aunque el censo de la Costa Oeste de Norteamérica arroja unas cifras ridículas: apenas 219 ejemplares repartidos entre las islas Guadalupe, en Baja California, y el Triángulo Rojo, con vértices en la bahía de Monterrey, las islas Farrallón y Bodega. Inquietantes al tratarse de una población casi endémica, que no se mezcla con sus primos sudafricanos o australianos, ni siquiera con los de Sudamérica.
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Van Sommeran, fundador y director de Pelagic Shark Research Foundation, para Smithsonian: “La gente tiene que aceptar los términos que impone el medio al que acuden a disfrutar. Hay ríos con cocodrilos y bosques con serpientes venenosas, y hay tiburones en el agua. Tienes que ajustar tu comportamiento al lugar, no al contrario (…).
Nada que añadir, es justamente eso.
Eso en cuanto a la gente medianamente ‘racional’, idiotas pero con capacidad de raciocinio. Si quieren nadar o hacer surf en una zona de tiburones, que se pongan un traje de cota de malla, ¡estúpidos engreídos!
Para echar de comer aparte, las jodidas sopas y demás mierdaempresas. Me ahorro los epítetos/improperios.
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Sr. Valdeón, ¿era necesario poner su nombre en el título del artículo cuando ya va firmado?, da lugar a equívoco. Por otra parte, vuelta a lo de siempre, tiburón con exclamaciones. ¿Porqué no ‘La sombra sobre el tiburón’…? por ejemplo. La sombra que proyecta el ser humano sobre este magnífico y enigmático pez.
Sl2
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Blue water, white dead?
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Impresionantes fotografías, mi enhorabuena
Si no fuera por el tono innecesariamente agresivo, suscribiría de pe a pa el comentario incial que cita a Van Sommeran
Una gran película, la verdad!