Empezar desde tres

Juanjo M. Jambrina: La respuesta de Dios a Job en una tarde de mayo


Ayer, mientras galbaneaba en la siesta, volví a ver Manhattan (1979), la formidable película de Allen. Hacía muchos años que no la repasaba. Creo que Manhattan tuvo la desgracia de coincidir demasiado cerca de aquella explosión de cine que fue Annie Hall (1977). Pero este Manhattan es muy grande y se conserva muy firme y muy fresco. En estos tiempos amohinados por la crisis, la mala leche, la rabia, la intolerancia y el mal tiempo me resultaron muy estimulantes sus ágiles diálogos. Ese tono impetuosamente juvenil de Woody Allen, entonces en esa edad en que se cometen locuras sin reparar mucho en las consecuencias. Esos torrentes de pasión desbocada por toda la Gran Manzana, esa adoración suntuaria por las pequeñas cosas, por el detalle, por la palabra hablada, por el juego de miradas antes de ir al amor o al engaño. Mientras veía la película jugueteaba con el Iphone, con Twitter a todo gas. Y en esta fase de agrio escepticismo hacia las nuevas tecnologías que atravieso, me dio por pensar que tenía que recobrar esas sensaciones con la misma urgencia que un ciego perdido necesita acariciar la cara de un ser querido para tranquilizarse. Pensaba entusiasmado que aquel chorro de alegría que desprendían las escenas de la película debería tener su lugar en el año 2013. Poco a poco me iba derritiendo en el sofá pero fue cuando Woody Allen le dijo a Mariel Hemingway que ella era la respuesta de Dios a Job que yo supe que algo importante debía cambiar inmediatamente en mi vida. Y allí mismo, en aquel coche de caballos que recorría Central Park, dejé morir a mi nick de Twitter de estos años.

Luego, cuando ya se entraba la noche, vino el maracanazo. El anterior golpe al madridismo, el del Centenariazo de 2002, lo celebré porque de aquella yo iba con el Súper-Depor. Pero anoche iba con Mou como iré a partir de ahora vaya donde vaya el técnico luso. Soy de este tipo de gente. Sigo pensando que nada enseña sobre la vida como el fútbol. Anoche me quedó clara una  lección: hay que tener mano izquierda para decirle siempre a la gente lo que quiere escuchar. Lo que quiere escuchar la gente no tiene nada que ver con la verdad, con la realidad, que es el barro con el que trabaja Mourinho. 

No nos cansamos de repetir que esta democracia está enferma, pero sin hacer nada por cambiar de registro. Cierto, está enferma de camaleonismo, de imposturas. Como escribe el Profesor Roland Gori: “El impostor es como un veneno en el agua: hace prevalecer la forma sobre el fondo, valorar los medios mas que los fines, fiarse de la apariencia y la reputación mas que del trabajo y de la probidad, optar por el pragmatismo ventajista antes que por el coraje de la verdad y practicar el ilusionismo antes que decantarse por el liberador pensamiento crítico. Pero el impostor es un mártir del ambiente, de la hipocresía de los buenos sentimientos. El impostor vive a crédito. A crédito del Otro.”

Bueno, pues anoche, la sociedad española amante del fútbol dejó claro que, conceptualmente, prefiere seguir bailando entre cínicos y que no les despierten durante el sueño opiáceo.

Juanjo Martínez Jambrina: La vida en B


Pasa la vida por la madrileña calle de Génova desde que el extesorero Bárcenas empezó a soltar hojas de un cuaderno cuadriculado con la contabilidad más oculta del Partido Popular. Pasa la vida, pasa la vida y esta España nuestra cada día se parece más a un país en B, como ha señalado el columnista gallego Manuel Jabois en El Mundo. Esa doble contabilidad, ese doble fondo que nos aflora no afecta solamente a la economía sino también a la moral, lo que es más grave porque esto es algo que no admite dobladillos como el dinero. Esto de vivir en B, de decir una cosa y hacer la contraria, de vivir ocultando la verdadera magnitud de la tragedia, es un estilo de vida que lleva rampante unos cuantos años entre nosotros. Mi buen amigo José Lázaro, otro gallego genial, apunta en el número de enero de Claves de Razón Práctica, a propósito de la reforma del sistema sanitario, que es muy difícil solucionar los problemas sociales cuando los intereses reales se ocultan bajo el discurso de falsos valores generales. Esta forma de vida en B la ilustra Lázaro con una estampa que trajo de una visita a la ermita de San Andrés de Teixido, de honda raigambre en la mitología gallega. Cuenta el fino intelectual coruñés que en los alrededores de dicha ermita suelen proliferar las vendedoras de souvenirs, reliquias y exvotos del santo. Parece que mientras el peregrino observa las postales y figuritas expuestas sobre las mesas la vendedora observa con sumo cuidado el rostro del visitante. Y que si interpreta que los valores espirituales no le van a animar a sacar la cartera, la vendedora levanta con cuidado el mantel de la mesa, le enseña un cubo discretamente situado bajo ella y le informa: “También hay percebes, oiga”. Le muestra, pues, lo que es la vida en B de la buena.

Pasa la vida y pasa la memoria a juzgar por esta tendencia nuestra a repetir escenas que no conducen sino al desánimo y a la desconfianza de la gente hacia las instituciones públicas y hacia la democracia. Pero ahí seguimos, dando oxígeno a políticos corruptos acantonados en partidos con sistemas de financiación algo más que opacos y con intereses alejados de los ciudadanos. Muchos de estos males tienen que ver con la contemporánea tendencia a dulcificar la realidad, escondiendo cualquier forma de malestar que contradiga el dogma de que en el Estado del Bienestar es posible la felicidad perpetua y de que cualquier dolor puede ser abolido por las agencias al efecto. De tanto edulcorar la realidad parece que nos la hemos llevado por delante o la hemos duplicado, como apuntan los gallegos Jabois y Lázaro. Esta tarde he estado viendo la película El paseante del Campo de Marte, la vigorosa cinta que Robert Guédiguian rodó en el año 2005 para ilustrar los últimos días con vida de François Mitterrand. Ya muy enfermo, el presidente acepta que un joven periodista le entreviste varias sesiones con el ánimo de recoger sus impresiones sobre la sociedad francesa y aclarar algunos interrogantes de la época. Un buen día, Mitterrand pide que le lleven junto con el periodista a la Catedral de Chartres. Pide luego que le bajen a la cripta y que le dejen a solas con el reportero. El veterano político se muestra entusiasmado ante varias de las estatuas yacentes que allí se guardan y que conoce de memoria. Y le pide al joven periodista que acaricie la piedra de la que emergen los transidos rostros. Para que sepa con fuerza que hubo un tiempo en que los hombres no temían mostrar ni siquiera la muerte en toda su crudeza. Al rebufo del último gran político europeo, se me ocurre que hay formas decentes de sanear España sin perder la historia. Será necesario volver a hablar de ideales, de sueños labrados con sudor en mármol, para evitar que la política se coma a la moral. Y empezar a hacerlo cuanto antes. Porque entre tanto se nos pasa la vida y se nos pasa la gloria.

Juanjo Martínez Jambrina: Vergüenza


Viendo Un lugar donde quedarse (2011) de Paolo Sorrentino, con Sean Penn en el papel protagonista de Cheyenne, estrella del rock excéntrica y maniática. En una secuencia muy curiosa el protagonista descubre que su padre dedicó los últimos años de vida a intentar capturar al oficial nazi que fue su guardián en el campo de concentración donde pasó varios años en la segunda guerra mundial. La razón última de esta pertinaz persecución no era hacerle pagar actos de tortura o la colaboración en el Holocausto. La razón era castigarle por haber sido testigo de una situación que al padre de Cheyenne le resultó tan humillante que 60 años más tarde seguía recordándola vivamente: un buen día, un perro ladró con fuerza al lado del padre de Cheyenne y este se orinó en el pantalón. El guardián se dio cuenta de lo sucedido y se carcajeó ruidosamente para que todos se enterasen. El padre de Cheyenne, avergonzado, nunca olvidó aquella humillación y dedicó su vida a vengarse pensando que así se libraría de la vergüenza que sintió.

Viendo Shame (2011), esa joya de Steve McQueen donde el gran Fassbender muestra en cada fotograma la vergüenza como un sentimiento muy frío que nos acerca dolorosamente a nuestra peor caricatura.

Leyendo a Antonio Gamoneda en sus Malos recuerdos: “Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo”. Me inunda un grave rubor cada vez que releo este poema porque me identifico con ese duelo como un polichinela borracho.

Escuchando en la radio entrevistas con varios personajes públicos que están siendo investigados por cobros irregulares o por operaciones financieras fraudulentas. Todos dicen lo mismo. Es un mantra tan bien aprendido como escalofriante: “Yo estoy tranquilo. No tengo nada de qué avergonzarme”. Esta frase resume un sentimiento claramente insolente pero que permite eludir cualquier contacto con la culpa, habitual consecuencia de la vergüenza. La vergüenza, esa emoción centinela que nos permite distinguir entre lo lícito y lo ilícito, parece haber desaparecido de nuestra cotidianidad. Las emociones son construcciones sociales que nunca desaparecen totalmente pero sí que cambian con los tiempos y los lugares, comenta la socióloga italiana Gabriella Turnaturi. Solo hay que recordar los años tan duros que pasaron los sentimientos de celos, la “celosidad”, en la época hippie, entre los barros de Woodstock y las flores de San Francisco.

No tenemos más remedio que nadar en las procelosas aguas de la ficción si queremos tener noticias de la vergüenza porque tiene poco recorrido en un sistema social como el vigente en el mundo occidental durante los últimos 30 años. El sujeto social que alumbró la posmodernidad es un ser individualista, dúctil, deseante, desresponsabilizado. Cualquier conflicto personal, y la vergüenza es uno y serio, se maneja en un clima de gran autoindulgencia que excluye cualquier relación con la responsabilidad y las consecuencias respecto de las propias acciones. En estas coordenadas, por ejemplo, los añejos pecados capitales han pasado a leerse estúpidamente en términos psiquiátricos, bien sea como conductas adictivas (lujuria, gula, etc) o como problemas en el control de los impulsos (ira, soberbia, etc). Porque está claro que el sujeto que da una explicación objetiva de sus actos y dice, por ejemplo: “robé porque me gusta la buena vida” esboza un modelo de sujeto muy distinto al que explica que “lo hice porque soy ludópata” o “porque me pueden mis impulsos” o “porque no sé qué me pasó”.

Viendo desfilar en una televisión española a una buena colección de políticos encausados. Es obvio que nuestra sociedad necesita soltar este lastre cuanto antes. Pero no podemos olvidar que gran parte de la responsabilidad de que esa gente se haya podido llenar los bolsillos de dinero ajeno la ha tenido el propio tejido social. La codicia especuladora de buena parte de la sociedad española años atrás es una explicación objetiva de nuestra cuesta abajo. Pero el così fan tutte que metió a tantos en la danza de la especulación ya no sirve como argumento. El día que esa ciudadanía española empiece a sentir vergüenza por haberse involucrado en acciones exclusivamente motivadas por la codicia será el momento en que las detestables prácticas de nuestros políticos pasarán a la historia. Porque tras la vergüenza y la culpa una sociedad sana suele promover los cambios pertinentes para librarse cuanto antes del incómodo rubor que les delata. Eso sucederá cuando, como cuenta el tango de Le Pera, podamos digerir “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

Juanjo Martínez Jambrina: Newtown, Connecticut


Apenas han pasado 72 horas después del brutal tiroteo en Newtown, Connecticut, que costó la vida a 27 personas. Prensa, radio y TV de todo el mundo así como las redes sociales no cesan de vocear lo sucedido aportando cualquier detalle nimio al morbo generalizado que busca respuestas fáciles y las quiere rápido.

En este punto recuerdo la sorda labor de las autoridades y la justicia noruega hace poco más de un año cuando tuvo lugar la matanza de la isla de Utoya perpretada por el psicópata Anders Breivik. Los responsables del caso soportaron presiones y descalificaciones por su meticulosidad y su parsimonia, pero obligaron a los medios a adaptarse a la magnitud e importancia de la tragedia. No se ocultó ni un solo dato importante para la investigación, como pudo comprobarse mas tarde en el proceso, pero todo lo supimos a medida que se iba confirmando que era cierto. Ese ritmo sosegado con el que trabajaron los medios y las autoridades evitó que la masacre de Utoya se convirtiese en un circo mediático, porque ingredientes no faltaban. Los sufridos jueces noruegos pudieron haberse rendido a los peritos que calificaban de “psicótica” la conducta de Breivik y haber zanjado la cuestión por la vía más rápida y tranquilizadora. Pero una severa reflexión surgida de las increíbles discrepancias entre los peritos psiquiatras acabó por taxonomizar con mayor certeza aquella conducta asesina como derivada de la conjunción de un sistema de creencias filonazis que se unió a una personalidad con rasgos anormales y patológicos y a un consumo excesivo de fármacos estimulantes. Para llegar a esta conclusión hizo falta casi un año de trabajo. Pero tanto las víctimas como la sociedad noruega se sienten muy satisfechas con la forma en que se llevó a cabo el proceso y con la sentencia que mandó a Breivik a una cárcel.

No suele ser tan metódica y fría la forma de trabajar de los cuerpos de seguridad y la justicia norteamericana, que muestran una extraña facilidad para complicarse la vida con estos trámites. ¿Hará falta recordar el comportamiento que tuvieron en los días posteriores al 11S, aquellos amargos días en que Nueva York decidió esconder los cadáveres de los muertos en los atentados contra las Torres Gemelas? Para lo que nos interesa ahora, casi siempre que se ha producido una tragedia como la de Newtown, y se me ocurren varias (61 desde la de Columbine en 1999), el presunto autor tarda apenas unas horas en ser motejado en los medios con algún diagnóstico psiquiátrico o alguna otra tara que le descalifique y permita situarle como “sujeto- que- nada- tiene- que ver- con- el -americano medio”. Hay casos donde el acusado aparece ante los medios totalmente apayasado, como sucedió con el asesino de Aurora, Colorado, que fue presentado con su pelo teñido de naranja y aspecto de estar bajo dosis fuertes de algún psicofármaco. En el caso de Adam Lanza, apenas un par de horas después del tiroteo, alguien gritó que padecía el síndrome de Asperger. Tres días después de la masacre, seguimos sin saber quién le diagnosticó así y quiénes lo trataban. Porque a medida que avanza la investigación, la meticulosidad y la sangre fría con que se prepararon los hechos contradice no solo el diagnóstico de síndrome de Asperger sino el de cualquier otra forma de autismo o de enfermedad mental grave (o sea, una psicosis). Sorprende ver con qué facilidad se cuelgan etiquetas peyorativas que no harán ningún bien a muchos inocentes: en nuestro medio, uno de cada 100 recién nacidos sufrirá alguna forma de autismo. No hablamos, pues, de enfermedades minoritarias.

Revisando lo que muestran los estudios criminalísticos sobre atentados previos, nos encontramos que la tendencia al aislamiento o la timidez no son predictores de ninguna forma de violencia. Mas bien al contrario. A la hora de disparar suelen predominar las llamadas psicopatías de tipo impositivo (antisociales, narcisistas, etc) que distan mucho de ser enfermedades mentales. La conclusión mas importante de dichos estudios es poco tranquilizadora para el común: conductas violentas de este tipo aparecen en una amplia variedad de personalidades “bien adaptadas” socialmente. O sea, que cualquier ciudadano, si se dan las circunstancias adecuadas y la accesibilidad a un arsenal de armas, podría acabar protagonizando una balacera. Por estrechar el foco, en un número importante de casos los autores de este tipo de atentados muestran dos rasgos de personalidad anormales y predominantes: un narcisismo maligno y cierta sensación de poder o posesión sobre todo lo que les rodea (lo que llaman los americanos sense of entitlement). Sobre los vaivenes del narcisismo hay mucho escrito. A nadie nos gusta que nos cuestionen el papel de ser el guapo, el listo o el preferido de la audiencia. Aunque eso solo exista en nuestra cabeza. Cuando uno convive desde pequeño con esas fantasías de omnipotencia le ha de resultar muy difícil soportar que se las cuestionen. Ligado al narcisismo está esa sensación de que todo lo que nos rodea es nuestro o que nos debe sumisión y respeto, motor de tantos episodios de violencia doméstica. Añádase a este cóctel algún problema de conducta del tipo antisocial, como el perder amistades por no saber qué hacer con ellas o maltratarlas o manipularlas para el propio beneficio. Añádase el haber sido víctima de maltratos o frustraciones que produzcan una rabia intensa. Y el consumo de algunos tóxicos desinhibidores. Y, the last but not the least, un acceso fácil a armas de gatillo rápido y haber crecido en un ambiente que avala la resolución de conflictos mediante esas armas. Y ya nos falta poco para que el explosivo estalle.

Lo sucedido ya no puede evitarse, pero si sería un buen homenaje a los 27 muertos que Newtown fuese el último de estos desenlaces tan trágicos. No ha de ser imposible, pese al impresionante aparato propagandístico que los medios ponen a disposición de quien desee restañar su narcisismo malherido causando tanto dolor como eco informativo. El primer factor sobre el que trabajar ha de ser una estricta regulación de la tenencia de armas. El debate político en los próximos meses está servido en los EEUU y se promete peliagudo. Otro factor diferencial que aparece en la sociedad norteamericana actual es la dificultad que tiene el ciudadano medio estadounidense para acceder a los servicios de salud mental. Recomiendo ver las recientes películas Take shelter o Martha Marcy May Marlene para comprobar lo mucho que cuesta consultar con un psiquiatra en Estados Unidos. Cierto que las psicopatías impositivas no son enfermedades mentales y por tanto no son susceptibles de tratamiento psicofarmacológico ni psicoterapéutico. Pero se pueden realizar con ellos intervenciones como retirarles las armas o permisos de conducir, o tratarlos para evitar el consumo de tóxicos, dos de los factores que más favorecen episodios como el sucedido en Newtown. Un sistema de salud basado en el individuo tiene muy poco que hacer en este aspecto frente a los sistemas de salud que cuenten con redes comunitarias de atención primaria y salud mental apoyados por servicios sociales especializados. Para un sistema de salud con una perspectiva pública es más fácil evitar que ciertos malestares e inestabilidades lleguen a concretarse de forma ultraviolenta, aunque siempre habrá algún Breivik que ponga su firmeza a prueba. ¿No llama la atención que en muchos casos estadounidenses la peligrosidad del individuo haya sido detectada por los próximos o el vecindario pero no comunicada a las agencias competentes? Es muy difícil comunicar algo cuando las instancias que han de hacerse cargo de una sospecha fundada resultan casi inaccesibles.

Un servidor se hizo camusiano tras leer La peste. Por eso pienso que cualquier planteamiento que se haga para evitar estas balaceras que no cuente con coordinar todo el tejido comunitario (comunidad, educación, sanidad, servicios sociales) será errado.

Juanjo Martínez Jambrina: Los mundos sutiles


El frío, el rencor, el desprecio y la miseria acompañaron a Antonio Machado durante los últimos días de su vida que pasó en la localidad francesa de Colliure adonde había llegado formando parte del éxodo republicano emprendido con la Guerra Civil ya perdida. El poeta Antonio Machado, irreconocible por lo depauperado, falleció el 22 de Febrero de 1939 en brazos de su madre, Ana Ruiz. En el bolsillo de su abrigo encontraron un último verso que decía: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Así se fue uno de los mas grandes poetas españoles de todos los tiempos, modelo de dignidad y coherencia. Transcurridos casi 75 años desde entonces uno se queda sombrío, perplejo y desarmado ante la valía de la obra machadiana y el polvoriento olvido en el que anda envuelta. Antonio Machado fue uno de los pocos intelectuales que supo mantenerse firme en aquella hora triste de España. Ahora, en otro momento poco agradable de nuestra historia y con ocasión del centenario de la publicación de Campos de Castilla (1912) llega este film, Los Mundos Sutiles, dirigido por Eduardo Chapero Jackson y producido por Ana Amigo, que volverá a sacar a flote sus ideas. Porque bien se explica la España de hoy tras haber leído Abel Martín o La tierra de Alvargonzález. Y la vida, siempre se ha sabido, se entiende mucho mejor con Juan de Mairena en el bolsillo. “Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón…”. Con la masa de estos versos tan machadianos Chapero Jackson ha hecho una buena película. Arriesgada, vibrante y original. Una película documental donde el pulso informativo lo mantienen elementos de ficción. La cinta es una continua exhibición de imaginación desbordada, buen pulso narrativo y de emociones sin pausa. Seguro que tener de coguionista a Antonio Machado ayuda a que las cosas vayan bien. Pero Eduardo Chapero ha añadido un esfuerzo creativo importante y un firme deseo de esquivar tópicos para conectar la obra del poeta sevillano con el siglo XXI. Tal vez surja de aquí uno de los más firmes valores de la película que, a mi juicio, descansa sobre las escenas rodadas en no-lugares en el sentido que los definió el sociólogo Marc Augé. No-lugares como contraposición a las escenas rodadas en lugares de honda significación machadiana. Son esas secuencias callejeras, anónimas y extrarradiales  las que proporcionan al trabajo de Chapero un aire de sobremodernidad muy valioso. Y vinculan de manera formidable la obra machadiana con la antropología de la soledad, de ese no-ser tan amargo del que bien supo Machado los últimos años de su vida.

Amaia Pardo, la actriz protagonista de la cinta, es el hilo conductor de los muchos caminos que sugiere la película. Su inexpresividad está llena de matices. Así, vuelve a confirmarse la hipótesis de que nada hay mas expresivo que un rostro inexpresivo. Y si no que se lo pregunten a Imanol Arias. Amaia Pardo hace un gran trabajo y su papel es un acierto narrativo.

Y luego esa hermosísima música de Pascale Gaigne, tan oxigenante, siempre filtrando sentimientos vivos entre los castellanos yermos y la dureza del arrabal urbano. Y las danzas, bauschianas, austeras, taxativas y honradas. Y el montaje solvente y plástico de José Salcedo

En estos crudos tiempos para la creación artística Eduardo Chapero Jackson ha hecho algo muy digno para que merezca la pena ir a una sala de cine. El cine… ya se sabe… ¡¡¡Vení, volá, sentí!!!… Pero además, y esto tal vez sea aún más importante, este trabajo suyo ayudará a no olvidar que de todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de Antonio Machado. Porque termina mal.

Juanjo Martínez Jambrina: Volverse loco


¿Qué es volverse loco? ¿Qué sucede cuando uno se vuelve loco? ¿Cómo se enloquece? Sorprende la variedad de respuestas que la gente corriente da cuando se le pregunta su opinión sobre este tema tan específicamente humano. La mayor parte del imaginario popular al respecto arranca de la ficción, sobre todo del cine. El poder de la imagen ha hecho que la mayoría del público tenga una idea de la locura tan errónea como infamante. Películas como Psicosis, El resplandor, Alguien voló sobre el nido del cuco o la patética Recuerda han contribuido poderosamente a alejar al ciudadano medio de lo que de verdad sucede cuando una persona tiene la desgracia de perder la razón y sufrir un episodio psicótico. Por otra parte, tampoco la ficción literaria ha acertado a tratar con rigor lo más notorio del proceso pese a que Don Quijote de la Mancha sea un loco muy querido. Algo es algo, pero por mucho leer y poco dormir no se convierte nadie en paranoico y hace años que no funcionan los molinos de viento.

Tal vez la primera descripción literaria afortunada de la esquizofrenia, la forma más común de locura, sea Lenz, la novela que Georg Buchner escribió en Estrasburgo hacia 1835. Buchner, que poco más tarde firmaría la obra teatral Woyzeck, tuvo acceso a una especie de diario personal escrito por el sacerdote Oberlin que cuidó al poeta romántico Reinhold Lenz durante su primer ataque de locura a los 27 años de edad. La desesperación, la pérdida de energía vital, el hundimiento de las certezas más simples del pobre Lenz llegan hasta nosotros conservando toda su vigencia gracias al trabajo de Buchner. “Parecía muy lúcido; hablaba con la gente, hacía todo lo que todos hacían, pero había en él un vacío atroz, ya no sentía angustia ni anhelo; su existencia le era una carga necesaria. Así siguió viviendo.” Así es la locura, tan dolorida y silenciosa como corrosiva. Pero casi nunca estridente, ni violenta ni irreversible.

Una pena que Hitchcock, Kubrick, Forman y compañía prefiriesen especular emocionalmente con el tema faltando al rigor técnico. Porque han hecho mucho daño a los enfermos con sus bromas. Como lo sigue haciendo el poeta Panero exhibiendo su ruina subvencionada e hipócrita. Entre medias, es de agradecer la forma tan sutil en que Ariadna Gil perdía la razón en Lágrimas negras (1999), de la mano de Ricardo Franco, trasunto fiel de la locura de la actriz Jean Seberg, un amor imposible del director español. O la formidable interpretación de Michael Shannon en Take Shelter (2011) de Jeff Nichols. Por cierto, que Shannon se negó a ver a películas sobre la locura para construir su atormentado personaje. De ahí su acierto.

Tal vez fuese un cierto aroma expresionista a lo Buchner lo que me hizo recalar en el blog Última carta que el periodista Sergio González Ausina mantiene abierto desde hace casi un año y donde va escriturando su pasado sobre un drama sucedido en su propia familia. Sergio, paciencia y prudencia, intenta reconstruir la figura de su tío Vicente G. L. que murió en 1977 tras arrojarse al tren cuando contaba apenas 24 años de edad. Dos años antes le habían diagnosticado de “esquizofrenia”. El suicidio de su tío permaneció oculto para el autor del blog hasta hace pocos años y el periodista se pregunta ahora el porqué de ese tabú. Entre medias va descodificando el léxico familiar en el que se envuelven ciertos dramas para que no hagan demasiado daño. El tiempo embalsama y aminora pero no borra los recuerdos. Hace unos pocos días, el periodista González Ausina colgó una entrada en su blog titulada Habréis tenido miedo… donde relata minutísimamente el momento exacto en que su tío Vicente supo que estaba loco, que el mundo se hundía bajo sus pies. El momento en que el actor Vicente González Luelmo venció la fiebre de las candilejas, descorrió los cortinajes y entró en escena. La fría y precisa apuntación fiscal del periodista González Ausina en la causa que instruye sobre su tío recoge todo el sufrimiento imaginable, todas las raciones de miedo que pueda soportar un perseguido pero, contra lo que ha sembrado el dislate ficcional, no hay ni un solo grito, ni una sola amenaza. Porque la retracción autística, la angustiada búsqueda de soledad, es el reflejo cardinal de la locura. “Él no decía nada”, recuerdan los testigos que aseguraban que Vicente en los últimos tiempos había engordado, fumaba uno tras otro y su cabeza era una intermitente conspiración. Volverse loco es algo tan terrible como simple y prosaico. Y que, para colmo de apocalípticos, nunca es eterno.

 

Juanjo Martínez Jambrina: El libro y la película


Imagínate que estoy sentado en un confortable sillón viendo un lento atardecer sobre el estuario del Tajo en Lisboa. Imagínate que en lugar de Bruno Ganz soy yo el que está leyendo mientras a mis pies fluye la vida en la ciudad blanca. Porque hasta donde yo sé el cine y la literatura se inventaron para dar cuenta de los dilemas sociales merced a las emociones suscitadas en el lector o en el espectador. Me sorprende la complejidad de las emociones humanas. Por eso aparezco en el cartel de la película leyendo a Eva Illouz, socióloga francojudía de formación norteamericana. Como podría estar leyendo a Martha Nussbaum, la filósofa estadounidense que ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de 2012 y que tanto ha escrito sobre el ocultamiento de las emociones más humanas a través de la repugnancia y la vergüenza. Pero estoy leyendo a la Illouz. Por eso, el libro que se ve en el cartel de la película se titula La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (2008, ed inglesa; 2010, edición española, Katz eds.). Con la Illouz tenemos una deuda grave. El concepto de “capitalismo emocional” es una aportación suya de notable éxito en la literatura sociológica. Para ella, en nuestro mundo posmoderno las emociones y las relaciones sentimentales se construyen sobre una lógica económica, o sea, cada relación sentimental se somete a la prueba del algodón del capitalismo ¿qué y cuánto gano con esta persona al lado? ¿cuánto arriesgo en la relación? Todo ello en detrimento del modelo sociológico vigente hasta bien mediado el siglo XX: aquel ideal romántico donde todo se dejaba al albur de la pasión y el desinterés. Aquel espíritu desprendido de lo material a donde habíamos llegado tras el desencanto emocional que trajo la Revolución Industrial, tan descarnada y fría. El Romanticismo hizo del mundo de los sentimientos una vía de escape contra, digamos, la hiperracionalización del mundo. De ahí el desarrollo de la literatura del folletín, de los seriales radiofónicos, de la prensa popular… Pero hete aquí que un buen día, y esto Illouz no lo aclara bien, el capitalismo decide poner también las emociones a producir, a dar rentas. Gracias, sobre todo, a la obra de Sigmund Freud, que ofrece una explicación científica de las relaciones sociales, humanas y, por ende, del amor. Y una solución terapéutica para sus males. El amor a lo romántico pasa a ser algo sospechoso, incluso patológico, y se rechaza cualquier sufrimiento derivado de una relación sentimental, como, por otra parte, se rechaza cualquier sufrimiento venga de donde venga. ¿Para qué sufrir habiendo terapias…?

La propuesta de Illouz es clara: en los años 50 del siglo pasado, los psicólogos irrumpen en la sociedad: la escuela, la empresa, los servicios sociales, la sanidad, los juzgados, la familia, etc. y desde entonces el concepto de sufrimiento pasa a ser dependiente de la corriente psicológica predominante. El cine y toda la industria de la ficción hicieron el resto. De ahí que el hombre moderno vea ya como algo normal contarse su vida en términos psicológicos y recurrir a la psicoterapia o a los libros de autoayuda cuando siente que su felicidad no es completa. Esa felicidad a la que todo hombre que se precie debe aspirar para autorrealizarse porque así lo dejó escrito el psicólogo Abraham (¡!) Maslow.

Bueno, pues algo de esto que cuenta Illouz lo habían bosquejado ya varios autores pero ella va mas allá y demanda una crítica social adjunta, agregada. Es decir, que estas pautas de conducta social tan psicologizadas deben ir acompañadas de la oportuna evaluación de su rendimiento. O sea, que el propio capitalismo debe analizar el aprovechamiento que le ha traído el restringir los ideales románticos solo a aquellas clases populares que no pueden pagarse una terapia. No vaya a ser que con tanta búsqueda de la felicidad, con tanto terapeuta y hermeneuta de las emociones, estemos tirando la vida por la borda.

He dejado el libro de Illouz sobre el sillón y estoy entrando en el cine. En una sala proyectan al gran Scorsese en La Edad de la inocencia (1993), fresco colosal sobre la contención emocional en la sociedad refinada de principios del siglo XX. Otro día revisaré los lamentos de Newland Archer tras rechazar el amor fou que le ofrecía la Condesa Olenska y conformarse con un matrimonio convencional. O volveré a escuchar a su madre Mrs. Archer hacer una vaciado de filosofía social: “Una vez dijo: ‘Todos tenemos nuestros preferidos en la clase baja’, y aunque la frase era atrevida, su veracidad fue secretamente admitida en el fondo del corazón por gran parte de lo más distinguido de la sociedad”.

Esta vez prefiero sentarme a ver Los protectores, ese western nada crepuscular que Walter Hill rodó en el año 2006. En Los Protectores, Robert Duvall interpreta a un viejo vaquero sin demasiada suerte en el amor y la gran Greta Scacchi, tan bella como sencilla, hace un papelón de puta vieja maltratada por el tiempo y por los hombres. Hacia el final de la película ambos mantienen una conversación en una sobremesa al pie de un río. Hacía tiempo que no escuchaba una conversación tan pausada, rítmica y tenue sobre la intimidad y el amor. Le pregunta ella, la traumatizada, por las mujeres de su vida. Y le responde el viejo huraño : “Enamorarse es de cobardes… busco algo que va mucho más allá del amor… algo que sucede solo cuando los dos son solo uno, cuando no existe ella, ni él , ni tú ni yo…” Pura lírica. Adoro ese realismo infinito, concluyente, que emana de las palabras del viejo vaquero: “El amor no existe, me conformaría con tener al lado una buena mujer”. Si es que no somos casi nada…

 

 

 

Juanjo M. Jambrina: Ghostwriting


The ghost writer (2010), la brillante película de Polanski, plantea la hipótesis de que ya ni siquiera es imprescindible ser un buen profesional de la política para ser presidente del Gobierno de una potencia mundial. Con la figura de Tony Blair como telón de fondo, el film sugiere que basta con un buen escritor fantasma para crear un ídolo al que sigan las masas enfervorizadas aunque en realidad nada tenga que ver con lo publicitado. Es el triunfo de la falsificación y de la impostura. El impacto del drama de Polanski se incrementa porque no es raro ver en otros planos de nuestra sociedad señales de ese mal de piedra. ¿Cómo se explica de otro modo el ruinoso aspecto que presenta la investigación científica? Sirva de ejemplo la excelente entrevista con el genetista Bruno Lemaitre que Miguel Mora publicó hace unos días en El País. Lemaitre acusa a su antiguo jefe, el laureado Jules Hoffman, de haberle birlado el Premio Nobel de Medicina del año pasado. Las pausadas palabras de Lemaitre son un hondo lamento. Hizo el trabajo, tiene las pruebas de ello y ha de conformarse con el sonido del silencio. Señala Mora que lo del Premio Nobel de Medicina de 2011 lleva tal carga de suspense que parece un guión escrito por Hitchcock. De los tres premiados uno se murió al saberlo. Y los otros dos (Beutler y Hoffman) han sido denunciados por apropiación indebida de conocimientos.

Lo que está sucediendo en España ha perdido hasta la gravedad que arrastran las buenas intrigas y ha devenido en hilarante vodevil grouchomarxiano. Hallábase el Comité de Ética del CSIC investigando una denuncia según la cual un científico destacado en Doñana (un señor Lemus Loarte) habría falseado los datos de varios estudios de su curriculum. Pues resulta que se encuentran con que, además de ratificar lo denunciado, entre los firmantes de los artículos investigados había un señor falso. Los artículos encausados los firma también un tal Javier Grande al que resulta que no conoce nadie. Como a aquel señor con abrigo que vivía en el pasillo en casa de Gila, vamos.

La investigación biomédica, la joya de la corona, también semeja un solar arrasado. El médico Xavier Bosch estima con datos bien fundados que un 21% de los artículos publicados en las revistas médicas de alto impacto en el año 2008 son fruto del ghostwriting. Lo que no es moco de pavo. Hablamos en muchos casos de artículos sobre la eficacia de fármacos y terapias de toda laya y condición contra el enfermar humano. El mecanismo, por posmoderno, es muy simple: unos investigadores de prestigio firman un artículo cuya elaboración y conclusiones ha corrido a cargo de competentes esclavos que habitan en las sombras. Multinacionales farmacéuticas, universidades y agencias de comunicación se mueven divinamente en este fango.

Ante estos hechos tan graves ya no sirven argumentos como el de que la mayoría de la gente que hace ciencia es honesta porque tras esa argucia se han hecho fuertes los cuatreros. La creciente acumulación de mentiras detectadas en los curriculums de prestigiosos investigadores hace imprescindible una estricta regulación del sistema científico. Por pura autodefensa de especie. Porque una sociedad que no detecta a tiempo a sus parásitos está condenada a extinguirse.

Tal vez aquel contundente opúsculo de Harry G. Frankfurt titulado On Bullshit no nos haya traído nada bueno. La primacía que le concedió a la palabrería como principal enemigo de la verdad ha resultado ser inmerecida. Hasta la fecha, el peor enemigo sigue siendo la mentira.

Juanjo M. Jambrina: Los miedos de Elisa K.


Leyendo una entrevista con Luis Rojas Marcos, psiquiatra sevillano en Nueva York, sobre las secuelas en las víctimas del 11M aparece una cita ciertamente interesante: “la identidad de víctima es paralizante a la par que ata al verdugo de forma indeleble”. No es frecuente leer en la prensa declaraciones tan nítidas sobre este tema. Se ha enfatizado tanto la importancia del apoyo social en los procesos de recuperación de víctimas de sucesos traumáticos extraordinarios (violaciones, catástrofes naturales, atentados, etc.) y su repercusión mediática suele ser tan intensa que ya casi nadie se atreve a vislumbrar un futuro para los afectados fuera de su papel de víctimas.

Casualmente acabo de ver un par de películas recientes sobre los abusos sexuales en la infancia, una de las mayores fuentes de victimización que se conocen. Y eso contando solo con lo que aflora, que es una parte muy pequeña del todo. Montxo Armendáriz ha filmado la premiada No tengas miedo (2011) y la realizadora catalana Judith Colell dirigió no hace mucho la muy sugestiva Elisa K. (2010).

Ambas cintas comparten argumento: un adulto abusa sexualmente de una niña. En la caso de la película de Armendáriz el abusador es el padre. En la cinta de Colell, a Elisa K. la viola un amigo de su familia. Pocos dramas humanos requieren un tratamiento tan delicado como éstos. Y es que se rompen tantas cosas importantes con estos sucesos que cualquier planteamiento artístico sobre el tema ha de avanzar con el sigilo y la prudencia de un espía en las novelas de Le Carré. Porque además todo suele suceder sin que queden pruebas objetivas de los hechos: apenas una queja infantil contra la palabra de un adulto. Tal vez por ello las emociones que se agitan en ambas películas son tan altamente inflamables. Un continuo alboroto sacude la mente del espectador. Porque sabremos de madres que se enteran pero no se quieren enterar del todo, de padres que llevan a sus últimos extremos sus fantasías de poder y dominación y de hijos que se ven forzados a cambiar su forma de demostrar amor sin acertar a decodificar bien qué es lo que está pasando. Y no digamos ya lo que se complica todo si la víctima llega a experimentar algún placer que vendrá lleno de culpa. Es demasiada confusión para los pocos años. No debe ser fácil asimilar que quien debiera protegerte se convierte en el peligro a esquivar. Una biografía contradiciendo de manera brutal a una civilización. No puede ser fácil, no

Es complicado que toda la gama de matices que colorea tan dolorosa sacudida emocional pueda tener cabida en una película. Pero los trabajos de Armendáriz y de Colell evitan la manipulación manteniendo esa dosis de racionalidad y frialdad expositiva imprescindible para dar adecuada noticia del sufrimiento humano, según recuerda el profesor Baca Baldomero, experto en Victimología. Con todo, hay una diferencia fundamental entre ambas películas que me hace preferir el trabajo de Armendáriz. En la secuencia final de No tengas miedo, la protagonista, tras reajustar su vida y tropezar con sus problemas en alguna ocasión decide echarse a la calle y enfrentarse al futuro. Ha decidido blindarse para que ningún pasaje de su pasado le impida ser feliz. Entiendo que a muchos espectadores esas escenas les hayan gustado poco o nada. Me parece respetable. Pero no debemos olvidar que la citada secuencia y no otra es que la debe marcar y cuanto antes mejor la resolución de estos dramas.

Juanjo M. Jambrina: Un tupido velo


Hace algunos años que el psiquiatra Carlos Castilla del Pino describió las tres instancias en las que se desenvuelve la conducta humana: lo público, lo privado y lo íntimo. Si lo público es identificable por su radical observabilidad no es tan fácil separar lo privado y lo íntimo. Lo privado se caracteriza por su observabilidad pero también por la automática protección que se instala ante la posibilidad de que lo sea. Es privado lo que el sujeto hace que lo sea. Lo íntimo, en cambio, es inobservable. Las actuaciones íntimas, básicamente pensar y sentir, son intrínsecamente internas. Sostiene Carlos Castilla que nada acerca de lo íntimo es comprobable, ni su verdad ni su mentira. La intimidad puede inferirse pero jamás se tiene acceso directo a ella. La confidencialidad se basa en el principio de confianza o en el pacto de sinceridad que puede enunciarse así: “Creo lo que se dice porque tengo confianza en la sinceridad de quien me habla, ya que no puedo poseer prueba alguna acerca de su veracidad”.

Viene este introito a cuento del revuelo provocado por las memorias personales de Pilar Donoso tituladas Correr un tupido velo, en las que refleja las controvertidas relaciones con sus padres adoptivos, en especial con su padre, el escritor chileno José Donoso, fallecido en 1996. Porque no es cierto que los diarios personales más creíbles sean aquellos que se escriben para no ser publicados. Como no entiende uno qué problemas tienen algunos con los relatos documentados de privacidades aunque éstas sean las de los padres del autor. El tratamiento de la intimidad en la literatura se me antoja altamente inabordable. Pero no así el de lo privado que es un ámbito habitualmente compartido y por tanto, susceptible de un relato y de su refutación.

El libro de Pilar Donoso, Pilarcita, es uno de los mejores trabajos que he leído en su género. Frío y taciturno como pocos. Lúcido a rachas y desabrido en otros tramos. Y básicamente, triste y dolorido. Porque así es la vida, plena de días laborables.

Correr un tupido velo es un formidable esfuerzo de autoexploración personal de una hija a partir de los 64 cuadernos personales en los que un padre famoso plasmó intimidades y privacidades que luego vendió al mejor postor. Memoria sobre las memoria. En esos cuadernos el escritor José Donoso se dibuja como un tipo muy difícil y complicado. Cierto que da claves muy importantes para entender su proceso de creación y su pasión por la literatura. Pero a mi juicio no es eso lo más importante del libro. Me interesa mucho más la relación con su hija adoptiva que no sale nada bien parada. No me extraña que Pilar Donoso haya tenido que tomarse su tiempo (siete años) para elaborar la recolección de descalificaciones y dudas que su divino padre José le dejó dedicadas en sus famosos cuadernos. La publicación de Correr un tupido velo le causó a Pilar Donoso dolorosos problemas familiares. Su marido, primo de José, le dio la espalda. Hay quienes atribuyen a estos conflictos la razón última de su suicidio hace unos meses. Pero ése es otro sendero.

Leídas las reseñas tibiamente críticas contra el libro me abruma la tolerancia que gran parte de la intelectualidad crítica manifiesta hacia las psicopatadas de sus miembros. Lo que llaman la descarnada brutalidad del padre. Se ignoran o se intelectualizan conductas que tienen poco de humanas. ¿Qué atractivo tiene para una niña crecer entre Zelda y Scott Fitzgerald? Puede que la identidad de un artista se defina a partir de su obra. Pero el hombre que sostiene al artista se escritura, como todos, a través de su gestión de las relaciones humanas. Y no hay máscaras tras de las que pueda esconderse ni lo perverso ni lo canalla. Por eso son las palabras de Pilar Donoso las que suenan sinceras, congruentes, inexcusables.