Juanjo M. Jambrina: Yo y tú

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Pocos temas ha sido tan mitificados por el cine y la literatura como la adolescencia, curiosamente la etapa más confusa de la vida y, por decirlo suave, la mas psicótica de todas. Cuando vi por primera vez El desencanto, mediados los años ochenta, la aparición de un jovencísimo Michi Panero fustigando a los adoradores de la adolescencia, me sobresalté sorprendido por aquel discurso a contracorriente. Y tomé conciencia de clase cuando el malogrado escritor hablaba del escaso romanticismo y la mucha roña que hay en los primeros amores, en los primeros besos. «Que son dificultosísimos…», sentenciaba un lúcido José Moisés Panero, histriónico y superlativo. Al poco leí un dramático poema de Vicente Aleixandre titulado «Adolescencia», donde aconseja a quien corresponda pasar esos años de dos en dos o de cuatro en cuatro. Le decía Aleixandre a la Diosa Adolescencia: «…vinieras y te fueras dulcemente. Verte y ya otra vez, no verte…».

Lo de Michi y Aleixandre eran unas gotas de agua en la inmensidad de un océano de sentimentalismo, rebeldías inexplicadas, sirope y mentiras variadas en el que abrevan satisfechas tanto las masas púberes como los atónitos padres.

Pero las cosas han empezado a cambiar en  los últimos años. El cineasta francés François Ozon, que ha visitado el mundo adolescente en varias películas, se quejaba amargamente hace pocos días de la extremada idealización de la adolescencia en el cine francés. ¡Cómo olvidar de pronto Los cuatrocientos golpes con el pequeño desertor Antoine Doinel o aquellos veranos en la playa con la sesuda Pauline!

Casi en paralelo, recientemente varios cineastas han comenzado a dar cuenta de la adolescencia como una estancia más próxima a la desolación que al paraíso. Las brillantes Submarine (Ayoade, 2010) y El juego del ahorcado (Gómez Pereira, 2009) ponen en imágenes la ignorancia, el descontrol y la brutalidad que a menudo tiñen los amores adolescentes. La mosquitera (2010) de Agustín Vila,  retrata el cuestionamiento y la quiebra de la autoridad paterna en la cabeza del hijo que crece. El propio François Ozon, en la genial En la casa (2012), analiza las relaciones entre adolescentes y ofrece un frío retrato de su misteriosa capacidad para la perversión y el absurdo.

Pero tal vez la película que puede considerarse fundacional en este intento de aproximar la adolescencia a la realidad sea Tú y yo (2013) de Bernardo Bertolucci. Y más aún que la película podría serlo el libro de Niccoló Ammaniti en el que está inspirada. Libro y película se titulan en italiano Io e Te. Un servidor no entiende la estúpida traducción de ambos al castellano como Tú y yo. Máxime teniendo en cuenta que al Yo adolescente, imperativo y categórico, le encanta ir siempre por delante de todos.

El libro de Ammaniti y la cinta de Bertolucci teorizan sobre un adolescente que se interroga a sí mismo. A través de un monólogo que, lejos de la habitual intelectualización ficcional, es de una fabulosa miseria en los contenidos. Lorenzo, el adolescente de Tú y yo es un tipo acomplejado, temeroso de todo y de todos. Con su pelo revuelto, su acné y sus grandes cascos se construye una fachada de inaccesibilidad para evitar responder a las exigencias del medio. Y  para poder aislarse, para poder estar a solas el mayor tiempo posible, que es la mayor aspiración de todo narcisista que se precie. El mundo crisálida de Lorenzo se rompe el día que aparece en su vida su hermanastra Olivia, varios años mayor que él. Olivia, joven, bella, turbulenta  y morfinómana, obligará a Lorenzo a enfrentarse a la vida que le espera. Y es al final del relato donde la novela de Ammaniti me parece superior a la película de Bertolucci. Mientras el novelista sabe que las drogas pasan factura y hace morir a Olivia de una sobredosis, Bertolucci construye un final romántico con los hermanos fundidos en fraternal abrazo. Con ese final, Bertolucci confiere a Olivia una incomprensible pátina de rebeldía libertaria apoyada en la presunta inconsistencia de sus padres. Como si ella no fuera responsable de sus actos.

Adoro mucho estas lecturas descarnadas de la adolescencia, vacías de sentimentalidad y poco simpáticas. Porque sería injusto colorear de otra forma a nuestros egotistas aprendices de hikikomori. Esos que pueblan calles, institutos o vagones de metro, absortos en sus teléfonos móviles y refugiados en unos aparatosos cascos que en muchos casos no reproducen música sino que, todo lo más, ocultan una severa timidez agazapada.

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6 comentarios

  1. Alejandro

    En italiano se pone el «io» por delante de los demás pronombres, al contrario de lo que se hace en español. Eso explica la para mí acertada traducción del título.

  2. Juan José

    Hola Alejandro. Llevas razón. No obstante, yo creo que el título en castellano debiera mantener el vigor del YO en primer plano para mantenerse acorde con el contenido. Al menos, eso es lo que yo he entendido de las declaraciones de Ammaniti y de Bertolucci al respecto.

  3. Está bien identificar adolescencia, o juventud, con la estúpida apología de la misma, fundamentalmente, hoy en día, desde la publicidad y todo lo que la publicidad ha colonizado (toda estética es una antigua ética: tal vez, pero a nosotros nos ha tocado lo que nos ha tocado). Me parece higiénico. Claro, el problema viene cuando ello se hace, como se hace implícitamente, desde la defensa de la madurez adulta, es decir, desde la asunción del principio de realidad, y la consiguiente deglución de todas las mentiras en las que ésta se apoya. Por ejemplo el individuo autónomo y responsable, un dos tres responda otra vez.

    • Picoto

      La madurez adulta es algo sobre lo que se puede construir. Una carrera profesional, una familia, una vida. La adolescencia no.

  4. Pero en verdad, al igual que esa publicitada juventud de pureza de sentimientos, la ‘madurez adulta’ funciona en la realidad también para vender, por ejemplo, tanques o cachibaches tecnológicos que vaya usted a saber quién coño ha pedido que le metan, que el caso es desarrollarse personalmente y tener, ejemplos eximios, «una carrera profesional, una familia, una vida» (con lo que la «vida» ésa queda convenientemente acotada y definida en relación con un conjunto de elementos muy determinados). Y esa es mi crítica: no se puede hablar contra la prostitución sin analizar el matrimonio, si me permite la analogía un tanto brutal. O criticar la jubilación sin antes vérselas con el concepto, muy real y material, de trabajo abstracto. En fin, me hago cargo. Todo pensamiento sistémico (perdónenme el palabro) parece definitivamente proscrito.

  5. Juan José

    Santi: Picoto expresa perfectamente mi reflexión. Sobre la proscripción del pensamiento sistémico también habría mucho que hablar. Yo creo que no es de los peores momentos. El evolucionismo, vía Dawkins, Pinker, Singer y cia viene envuelto en trabajos de Von Bertalanffy et al.

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