Futbolismos

Javier Gómez: El “poder blando” de Pablo Laso


Siempre me pareció que la mejor primera frase de un libro la escribió Ernesto Sábato en El túnel: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Sin rodeos ni misterios. Lo interesante es el porqué. Copiémosle el arrojo para sacar conclusiones de la Final Four, que ya toca: “Bastará decir que Pablo Laso es el mejor entrenador posible para el Real Madrid”. Ahora toca el porqué.

Algo me llamó la atención de este equipo técnico. Fue en una charla veraniega, recién perdida la ACB ante el Barça. Iba yo pontificando, como suelo, sobre las causas del descalabro, cuando mi interlocutor me cortó con un in your face dialéctico que ni Lebron: “Y nosotros. Te estás olvidando de que hemos fallado nosotros, los técnicos. También era nuestra primera final y lo hemos pagado”. ¿Es más fuerte un líder que reconoce sus errores o el que los enmascara?

Pablo Laso ha perdido una Copa del Rey de dos, una Liga ACB y su única final europea en dos años. A algunos les parece mucho. “No es un entrenador de finales”, “le falta reaccionar”, “sus rotaciones son mecánicas”, “tiene miedo a sentar a ciertos jugadores”… ¿Qué ha conseguido? Una Copa del Rey. Pero eso no es tan importante, creedme. Ha logrado algo de lo que se habla poco en baloncesto: “Identificación”. Volemos a Londres.

Aeropuerto de Stansted. Avión de vuelta a Madrid, la derrota escociendo como un tatuaje reciente. Dos de la mañana. Penetran todos los jugadores en un avión mudo. Se sientan. Miradas atadas a los cordones. Olor a queroseno del Pireo. Pasan unos minutos y aparece Pablo. Las primeras palmadas empiezan en el fondo, donde se sientan las viejas glorias, los que ganaron ocho de las grandes, Emiliano, Sevillano, Rullán, Itu, Beirán… el avión entero prorrumpe en un repentino aplauso, el único que se oye en dos horas y media. Las mejillas de Laso se ponen del color de sus gafas de diseño rojas. Juzguen ustedes. Todo queda resumido en el palabrejo de antes: identificación.

Lo consiguieron antes Ferrándiz, Lolo Sainz y Clifford Luyk, como también Obradovic en el Panathinaikos, Blatt en el Maccabi, Messina en el CSKA, Pepu en Estudiantes, Pitino en Louisville y antes en Kentucky, Phil Jackson en L.A., Bobby Knight en Indiana… o, en fútbol, Benítez en Liverpool, Wenger en el Arsenal, Mourinho en el Chelsea y Ferguson en el United. Encajar en una horma, manejar un extraño hilo invisible que representa un club y un estilo por encima de las victorias, que pueden o no llegar. No se trata sólo del vistoso juego del Madrid, eso ya está muy escrito, sino de algo que se prolonga fuera de la cancha: una forma de ser, un temperamento, los únicos valores que resisten en el baloncesto a la cárcel de las estadísticas. Un orgullo indefinible. Exactamente aquello que, extrañamente, no ha conseguido Xavi Pascual en el Barça a pesar de las muchas victorias en su haber. En mi opinión, por error y capricho del barcelonismo, pero eso es ya otro artículo.

Los responsables madridistas deberían tenerlo en cuenta en sus próximas decisiones. Esa identificación ha calado entre las grietas del madridismo. Entre los cronistas, que ya es difícil, aunque algunos le esperarán a la salida del bar, como acostumbran. Y también entre el público tras muchos años de vanos esfuerzos. Para los que hemos nacido en el Palacio de los Deportes y crecido con Corbalán, Fernando Martín, Petrovic, Sabonis… ver a menudo el estadio lleno o a 2000 madridistas desplazados a Londres silenciando la grada del Olympiakos por momentos es casi una aparición mariana. De hecho, alguien en la sección debería plantar un sauce en el O2 e ir a rendirle culto con ofrendas, que lo de los panes y los peces merengues no ocurre cada día.

Hay tipos a los que aprecias por una sola conversación. Fernando Torres es uno de ellos. Teníamos 15 minutos en una sala de la ciudad deportiva del Liverpool. Allá por el 45, y sin gin tonics, teorizaba sobre por qué la afición de Anfield es la mejor del mundo: “La gente suele estar orgullosa de su coche y su equipo; o de su mujer y su equipo; o de su casa y su equipo; pero durante mucho tiempo, en esta ciudad sólo se estaba orgulloso de los colores. El sentimiento de pertenencia es distinto”. No se trata de que los hinchas sean más fieles cuanto más feas son sus mujeres, o al menos no sólo. La explicación de Torres iba más allá: identificación, un concepto especialmente valioso en estos tiempos faltos de símbolos.

¿Por qué sigue Laso sin convencer a algunos? Porque, quizás sin saberlo, se ha convertido en el mayor exponente en el basket del “poder blando” que teorizó Joseph Nye en las relaciones internacionales. Una forma de dirección que privilegia la comunicación y la persuasión por encima de la autoridad y la coacción. No castiga a los jugadores durante los partidos, al menos visiblemente. No suele quejarse de los árbitros en ruedas de prensa. Como decía Nye, “el poder, como el amor, es más fácil experimentarlo que definirlo”. Laso prefiere un perfil bajo y un poder menos visible, que algunos interpretan como endeblez, aunque caigan gritos y hostias a las pizarras. “Le tiene miedo a Llull”, escribía el habitualmente bien informado @elcapitaenciam. Las taquillas de un vestuario turco todavía retumban y podrían testificar sobre si Laso es capaz de cantarle las 40 al a veces acelerado base madridista.

Si algo se asemeja al poder en un vestuario es la capacidad de involucrar a todos los jugadores en un camino colectivo, lo que nunca consiguió Messina a pesar de su valía. Pregunten quién quiere irse del Madrid. Errores, Laso ha cometido muchos. En Londres también, nos ha jodido. Es evidente que al equipo le falta un punto de madurez competitiva y toca tomar decisiones. Pero yo hoy no quería hablar de baloncesto, sino de algo mucho más importante.

Javier Gómez: La Final Four y el póster de Mickey Rourke


Un directivo madridista, semanas después del batacazo en Copa del Rey frente al Barcelona, reconocía en privado cierto estupor por aquella derrota: “No nos esperábamos que algunos de nuestros jugadores fueran tan débiles mentalmente. Seguro que habrá otra oportunidad esta temporada: pero ahí tendrán que demostrar si valen o no valen; si son fuertes o no”. La oportunidad está delante de sus narices. Se disputa el viernes en el O2 de Londres. Semifinal de la Final Four: Madrid-Barça.

Los azulgrana llegan como un batallón de fusileros franceses tras la batalla de Verdún: Ingles y Sada, tocados; Jawai, casi baja; CJ Wallace y Todorovic, con graves molestias; Mickeal, retirado por una tromboembolia pulmonar… por eso sorprenden las declaraciones del entrenador Xavi Pascual: “No puedo permitirme el lujo de llorar”. Igualito que en fútbol o en política, donde todavía no se han inventado los antirretrovirales para el virus FIFA, la “herencia recibida” o la “crisis de los mercados”.

Ignoro si, como se dice, los perros se parecen a sus dueños, pero los buenos equipos siempre se parecen a sus entrenadores. Este Barça es Xavi Pascual. Un tipo de poco brillo y mucho método. Un boxeador que no persigue la mascletá pomposa del K.O., sino castigar el estómago y las costillas. Una y otra vez. Hasta que, pasados los asaltos, el aire ya no sube por las vías respiratorias y, solo entonces, conecta el golpe ganador. Un Guardiola del basket al que el barcelonismo no hace todo el caso que se merece, por cierto. Será que sus vaqueros y sus jerseys molan menos. “Lo más positivo es que la gente de la calle confía en mí”, afirmó ayer en su rueda de prensa. Del club no dijo nada.

Ese es el reto del Madrid, que se presenta  un peldaño de talento y dos de físico por encima del Barça, pero dos escalones más abajo en la cuestión psicológica. Quizás porque lo que todavía no ha logrado el equipo blanco, que ha enamorado por su juego, (pero por ahora sólo ha logrado una Copa del Rey, y conviene que se lo repitan cada día para conjurar el efecto adormecedor de los halagos), es parecerse más a su entrenador: Pablo Laso.

Mickey Rourke contaba que emplea un viejo truco del Actor’s Studio para entrar en sus personajes. Se cuelga una foto gigantesca de ellos, tamaño pared, delante de su cama. Cada vez que se levanta o acuesta, ahí los tiene, de frente, mirándole, con la expresión que mejor caracterice el rol que pretende encarnar. Ahora, en la cama de Rourke, hay un póster tamaño sábana de Gareth Thomas, el excapitán de la selección galesa de rugby, que contó con el apoyo de su entonces esposa para, recién retirado, reconocerle al mundo que siempre fue gay. Su próxima película: The Welshman.

Los jugadores del Madrid, no sé si con o sin póster frente a sus camas, han calcado al Pablo Laso que, de naranja Taugrés, cruzaba la llanura vitoriana en un santiamén a base de contraataques. Un base que Montes habría definido como “aseado”. Elegante, rápido, caballeroso y calmado en la cancha. Les falta algo fundamental: parecerse al Pablo Laso entrenador, capaz de dar dos voces y una hostia en la pizarra, exigente y peleón, afónico y vehemente. Tarea pendiente de ellos y del coach.

Laso no se ha alejado ni un centímetro de su propuesta inicial. Correr, anotar, ritmos altos… pero parece haberse dado cuenta, tras las derrotas en la ACB y Copa del Rey (un naufragio sobre todo mental de algunos jugadores, como reconocía su directivo), de que el equipo está menos armado de lo que pensaba para la batalla psicológica. Y si pierde el duelo  de cabezas, perderá también el físico y, sobre todo, el de talentos. Si se llevan esta Final Four, será gracias a Rudy, Llull o Mirotic. Pero solo porque antes el equipo habrá logrado impregnarse de la determinación de Slaughter, la voluntad de Reyes o la calma de Sergio Rodríguez, que parece haber leído a Rourke sobre boxeo: “En cualquier deporte de combate lo más importante es relajarse y respirar”.

Quizás consciente de ello, Laso ha apretado las tuercas a algunos jugadores en los últimos meses. Para recordarles que el espejito mágico de la prensa no es como el del cuento, que siempre decía la verdad. Puso firme a Mirotic frente al Maccabi. Se enfrentó al desaire de Llull en el reciente partido de ACB contra el Barça. Habló seriamente con Rudy tras una Copa del Rey en que naufragó mentalmente ante el Barça. Ha subido el nivel de exigencia mental y disciplinario para que nadie dé por tomada Omaha Beach cuando aún no ha comenzado el desembarco.

Sobre todo porque, si vencen al Barça, en la final espera previsiblemente otra horma tridimensional de un entrenador: el CSKA de Ettor Messina. El otro día, el entrenador aseguraba a Jot Down: “Podremos jugar bien o no esta Final Four, pero hemos alcanzado un nivel de solidez que me gusta. Los jugadores han entendido el mensaje”. Solidez. Ausencia de fisuras. Resucitar cuando estás jodido y agazapado en la trinchera. Rematar al rival cuanto está contra las cuerdas. Y todo, en la última batalla. Exactamente el póster al que debe parecerse el Madrid.

 

Javier Gómez: Periodismo pop al rescate


Llamémoslo un arranque pop: “Con esta prensa fatalista que inunda España de pesimismo, cuesta más salir de la crisis, pero vamos a salir. Sin su ayuda, pero saldremos”. El tweet es de Iñaki Oyarzábal, secretario general del PP vasco, pero ese tic no es solo suyo, sino bastante común entre malos políticos, militares y empresarios: la prensa no ayuda.

A mí Iñaki Oyarzábal me cae bien, y no tiene nada que ver con sus jerseys de pico, pero no ha comprendido algo básico para el funcionamiento de un sistema democrático: la prensa sirve solo para molestar. Para tocarle los cojones al que manda, lleve camisa ceñida desabrochada, chaqueta azul y botones dorados, o falda y canesú. La prensa es un escrache perenne, de tinta, voz e imagen, cuyo objetivo es servir de alarma ante excesos y errores, de fuelle en los debates públicos, de campanilla molesta ante las promesas incumplida e incluso de mazo argumental ante las sandeces. Debería saberlo un liberal. Sobre todo un liberal.

A lo mejor lo de echarle el muerto a la prensa venía esa semana en uno de esos argumentarios para llevar, por favor, que reparte Génova. La ración de Dunkin Donuts para mojar en el tertulianismo político. Podría haber dicho sólo donuts, que es más nuestro, pero los otros son rosas y con colorines por encima.

Igual es coincidencia, pero La Razón, el miércoles, mismo día de tu tweet, Iñaki, abría su portada a todo trapo anunciando que el paro bajará al 14,9%… en 2019. De ese titular no te quejarás. Qué suspiro de alivio. Ni asomo de fatalismo. Que las predicciones del Gobierno se hayan demostrado inútiles a seis meses vista da que pensar a seis años, pero no nos paremos en detalles tontos; se trata de subirle la bilirrubina al pueblo. Trabajé cuatro años en La Razón como corresponsal en París y fue uno de mis mejores periodos en esta profesión. Nadie me pidió que inundara mis textos de buenas noticias sobre Francia.

En el número dos impreso de Jot Down recuerdo haber escrito algo así como que el periodismo no está para arreglar el mundo, sino para denunciar sus miserias y contar sus historias, frente al angelismo ñoño de The Newsroom. Esto no sólo no nos hace mejores personas, como peroraba equivocado Kapuscinski; nos hace más cínicos. Eres tú quien se pondrá medallas, Iñaki, si sacáis a España del 27% de paro, como hicieron creer Aznar y Zapatero durante años mientras la cementera giraba, la costa desaparecía, los bolsillos se llenaban, los congresos de los partidos aplaudían y las constructoras devolvían la generosidad en billetes de 500 para redondear el fin de mes. Cuánto disfrutarías en el mundo del deporte, Iñaki, con su periodismo de bufandas, camisetas y ¡España rarrarrá!. No hay déficit goleador que nos apesadumbre el optimismo de remontada.

Esto no tiene que ver con izquierdas y derechas. Edurne Eguino, edil de Izquierda-Ezkerra en el ayuntamiento de Pamplona, cobró 7.200 euros por reunirse 69 veces consigo misma. Podríamos haber titulado: “Frenética actividad de una edil de I-E en pos del bien común de los pamploneses”. Aunque, bueno, del periodismo pop ya se encargó su grupo municipal, que argumentó que eran reuniones con su equipo aunque “el sistema es mejorable”. Eso sí que es saber titular.

Le daba ayer vueltas a tu genovizado tweet y a lo ingrato que soy, siempre pataleando sobre esta España que siento tan poco mía, mientras veía una serie italiana ambientada en los años 70. El jefe de los servicios secretos, tras conseguir manipular unas pruebas judiciales, soltaba a dos esbirros: “Il bello del nostro lavoro è che noi non inventiamo bugie. Noi inventiamo la verità” (Lo bonito de nuestro trabajo es que nosotros no inventamos mentiras. Inventamos la realidad). Supongo que nosotros somos los que inventamos infundios, mentiras. Y los Gobiernos los que inventan verdades, con sello y membrete. Lástima que luego llegue un funcionario europeo, que es ya como la verdad suprema, a decir que no le cuadran las tablas del Excel de Montoro.

Es como lo de tu compañero Floriano, que pidió “que no ciegue el mal dato del paro”. La verdad es que 6.202.700, como cifra, cegar, ciega, tan larga y difícil de retener. Por qué rebuscar entre más de seis millones de historias, con el tiempo que lleva y lo que desmoraliza al personal. Muchos de ellos os votaron y alguna vez, con el cafelito, seguramente se les escapó eso de: “ay, la prensa, siempre llena de malas noticias”. Ahora ellos son la “mala noticia.

Nerón habría escrito un tweet parecido al tuyo de haber tenido un smartphone a mano en aquella velada teatral en que un actor empezó a hacer gestos ostensibles de beber y nadar, mientras declamaba su texto. El público reía y cruzaba miradas. El comediante se refería a los rumores del envenenamiento de Claudio e intento de ahogar a su madre, Agripina, por parte del emperador. Como no había twitter para desahogarse ante los “actores fatalistas”, lo desterró.

Vamos, que no sólo los políticos sufrís de desamor. Mira Mourinho, con su fado de que la prensa le odia. Hay profesiones que están para eso, para que te zurzan el carné. Entrenador, político o presentador de televisión, te lo digo yo. Si no te odian siete, nunca gustarás a los tres restantes. Hay políticos incluso que saben nutrirse del odio ajeno y eso les hace mucho más fuertes: Esperanza Aguirre, Julio Anguita, Felipe González… No les veo pidiendo amor y optimismo a la prensa.

Javier Gómez: Pandev; los hechos, la interpretación y la conspiración


FBL-FIFA-BALLONDOR

El único objetivo, al acostarme anoche, era olvidarme un poco de una ajetreada semana y de las últimas y estresantes 48 horas del caso Pandev. Eché mano al libro de pintura que había encontrado el jueves en una pequeña librería de la calle Vallehermoso: Egon Schiele, de alumno a maestro. Y no abro la primera página y me encuentro esa cita de Wilde: “En la vida es misterioso lo que se ve, no lo que no se ve”.

Ya me resultó más difícil concentrarme en el trémulo expresionismo del pervertido Schiele y volví a las líneas rectas del documento con que la FIFA había intentado desautorizar la acusación del jugador, de Mourinho y de los que sacamos esa información. Allí se veía todo, como diría Wilde. Todos los artificios y aditivos de la supuesta legalidad: un sello, una fecha, una firma.

Me gusta más el periodismo que el deporte, lo confieso, y será que he pasado mucho tiempo junto a colegas que se ocupaban de corrupciones políticas o informaban sobre terrorismo, pero tengo una desconfianza crónica contra todo aquello que proviene de instituciones. En 34 años, he reunido más elementos para desconfiar del poder que lo contrario. No hay un solo organismo que no eche balones fuera cuando es incriminado, y siempre se abrazan a una pátina de supuesta legalidad. Jozef K. ante el bulldozer judicial, el Dreyfus de Zola o, ya que hablamos de periodismo deportivo, Astérix en las 12 pruebas buscando un formulario en un ministerio romano. El hombre contra la institución.

Goran Pandev me pareció un tipo sincero. De pocas palabras, como los balcánicos, pero sincero. Podía mentir, pero un testimonio en primera persona acusando a la FIFA de haber trucado su voto es una noticia y él asume la responsabilidad de su acusación. También llamamos a la FIFA, que no nos dio una entrevista. Además, durante la noche del jueves, con compañeros de la redacción, nos hacíamos la misma pregunta, obligada: “¿Qué gana Pandev mintiendo?”. Nada.

Al día siguiente, el periodismo de asador, con sus formas (se les perdona, al final son parte del paisaje nacional, como los platos aceitosos o los camareros vocingleros), se despertó agitando la hoja de la FIFA, con su firma, su sello y su canesú. Set ball y match ball. Pandev se la había colado a Mourinho y a La Sexta. Reconozco que, por unos segundos, yo también lo pensé. Pero hicimos alguna llamada más, porque una redacción va mucho más allá de las dos personas que nos sentamos ante la cámara. Hablamos con Francia, Italia, entorno del jugador y aquello no cuadraba. El periodismo de asador bailaba la danza del brandy en torno a esa hoja, tangible, documental, tan seria y tan imponente. Colgaban marionetas en Twitter. Y nosotros éramos los brazos de madera que se movían al son de Mourinho. Todo tan Bolshoi. La hoja se veía, que diría Wilde. Y nadie, de entre los maestros del “presuntismo”, se atrevió a hablar de “la presunta firma de Pandev”.

Avanzó la mañana y, poco después, saltaba un “perdón” de Pandev en Twitter. Se veía, como decía Wilde. Su cuenta estaba escrita en un italiano sin sentido, pero se veía. Ponía Goran Pandev. Algunos, sin duda inadvertidamente, hasta lo dieron en televisión. Pandev pedía perdón y votó a Del Bosque. Era un titular gozoso, sí. Un mourinhista hablando delbosquismo en la intimidad y pillado in fraganti. Hasta orgiástico para algunos. La conversión de San Pandev camino de Damasco. Con una salvedad: la cuenta de twitter era falsa.

Es verdad que pocas veces un tipo es capaz de enfrentarse al ministerio, al Soviet, y yo pensaba que no lo haría. Pero el macedonio, antes de perder contra Bélgica, acusó a alguien de un delito: falsificar su firma. Y sobre algo así, ni la FIFA ni el Corte Inglés tienen mucho que decir. Sólo Pandev y un juez.

Ahora el marrón le caerá a la federación de Macedonia, donde dirán que algo se traspapeló, echarán al bibliotecario y aquí todos tan contentos. Todos menos el fútbol. Regido por un organismo poco transparente, en entredicho y acusado por France Football de haber vendido un Mundial de Qatar al mejor postor. Que nadie olvide que la Federación de Macedonia no es sino una más de las 209 asociaciones de fútbol que, unidas, conforman la FIFA. Es una extremidad más. Igual que la Federación de Guinea Ecuatorial que no mandó el voto de su capitán, Juvenal, para Del Bosque, como descubrió Cuatro. La de Gabón que no mandó el de su entrenador, Paulo Duarte, como descubrió Marca TV. La de Guinea Bissau que se tragó el voto de su técnico. Y las que todavía nos faltan por saber. ¿Es esto muy grave? La verdad, no. ¿Es una investigación de gran valor periodístico? No. ¿Demuestra esto que los premios Fifa-Balón de Oro son una chapuza en sus diferentes formas y que han perdido su legitimidad? Sí. Un premio que no sabe distinguir entre las tres Guineas del continente africano, donde no se controla la identidad del votante, en 2013, con todos los medios a disposición, es una mentira. Curiosamente la FIFA no abre expediente a Mourinho, que la acusa directamente de fraude. Extraño, ¿verdad?

Y llegamos al terreno de la interpretación. El periodismo deportivo en este país está en coma. Ocupamos horas de programación, páginas y páginas, generamos atención y dinero, pero nos hemos ofuscado todos en el guerracivilismo. La acusación de este premio parte de José Mourinho. El anatema contra el portugués, convertido en un Sarkozy del deporte, un Joker de Batman a tiro de rueda de prensa, bastó para no investigar, descalificar los indicios, desterrar las pruebas sobre las irregularidades en el premio, y asumir todas aquellas que favorecían la condena del portugués, incluso siendo falsas. Que Juvenal dijera que su voto a Del Bosque desapareció, en vez de servir para poner en duda el premio, sirvió para descalificar un “presunto” complot anti Mourinho

Nadie, al menos en La Sexta, presentó esto como una conspiración contra Vicente Del Bosque, y menos aún habiendo votos perdidos para el salmantino, sino como una investigación sobre un premio cuyos controles y legalidad hacían agua por todos lados. Y Del Bosque debería ser un indignado más. Porque la cuestión es si tiene sentido el circo anual sobre el balón de oro, organizado tal como lo está hoy. Hasta France Football se plantea rescindir el acuerdo con la FIFA en 2015 y volver a desgajar los premios.

Tan embarrados, hundiéndonos a porrazos como en un cuadro de Goya, andamos unos y otros en nuestros fondos de estadio, que en el periodismo deportivo se está acabando la semilla de cualquier periodismo: la duda. Porque hay que dudar de todo. Incluso de lo que se ve. Sobre todo de lo que se ve.

Javier Gómez: Los niños también sujetan pancartas


Aquello era una autopista de mala muerte que daba a un edificio con lepra. Imposible adivinar de qué color fue un día aquella fachada, en medio de esa nada donde París empieza a perder su nombre. Decenas de familias africanas malvivían en un tugurio que empezaba a ser soportable a los 30 minutos: cuando el olfato se acostumbraba al olor a orina. Recuerdo la conversación en el patio con una madre de Mali, entre basura, ratas y una laguna de mierda líquida. Yo solo llevaba una libreta, donde quedaron escritas la pena y la dignidad de la mujer. Al rato llegó una cámara, creo recordar que de France 3. Esa misma mujerona, de vestido naranja y verde, rompió a aullar, con uno de sus bebés en brazos a modo de tótem icónico-televisivo.

No he juzgado el comportamiento de esa madre y no quiero hacerlo. Pero nunca hay que subestimar cómo una cámara puede transformarnos. Y cómo un niño puede transformar al que está al otro lado de la cámara.

El otro día, viendo el informativo, sentí un latigazo al ver el vídeo grabado por los trabajadores de la empresa vasca Virtisú, amenazada de cierre y donde las nóminas no se pagan desde octubre. Sus hijos, vestidos con monos de trabajo, asiendo bien fuerte las herramientas que a sus padres les dan callos y a ellos comida, pedían una solución laboral. Tampoco quiero juzgar a esos trabajadores desesperados, pero no dejo de preguntarme, y van ya unas semanas, qué supone colocar a un niño en esa vitrina reivindicativa.

Andaba yo con mis preguntas, sin atreverme a echarlas al tapete de la columna, cuando la semana pasada, en una manifestación de los sindicatos de Iberia, me topo con que la pancarta que abría la protesta la portaban 12 hijos de trabajadores con el siguiente lema: “¿Por qué echáis a nuestros padres”? Y si el vídeo todavía tenía la delicadeza y el tamiz de la metáfora, aquí la cosa iba del juguete a la hostia mediática sin etapas intermedias. Y, si me perdonan, pero al fin y al cabo esta columna era un charco complicado desde el inicio, me cuesta demasiado entenderlo, aunque la idea salga de la desesperación y la buena intención.

Las ONG se han dotado desde hace tiempo de códigos de buena conducta para limitar en lo posibles las imágenes de niños a la hora de reclamar solidaridad. Nos escandalizan quienes emplean a sus hijos, además de forma ilegal, para darle a la manivela fácil de los sentimientos pidiendo limosna. Y asumo que las hostias van a ser como panes, pero como padre e incluso, si me permiten, como hijo de trabajadora de Iberia que tras 30 años está a punto de ser despedida con una indemnización irrisoria, me surgen muchas preguntas, y casi todas sin respuesta, cuando veo que los que van dando la cara ante la cámara, los que van a abrir los telediarios, son 12 críos que sostienen una pancarta en la que dice: “¿Por qué echáis a nuestros padres?”.

Por mucho que lo intenten, esos hijos no pueden entender qué está pasando, cómo puede salir a flote la empresa, por qué Iberia ha llegado a este desequilibrio en sus cuentas, quién es el mediador, cuáles son las nuevas coordenadas del transporte aéreo ni qué supuso la alianza con British Airways. Sabrán que este año no habrá regalos de Navidad ni campamento de verano. Verán a sus padres sufrir y tendrán que mudar de colegio. Pero incluso si el despido de sus padres es injusto, no sabrían explicar por qué. Por eso nadie inventó un Airgamboy sindicalista ni un Madelman empresario, sino muñecos astronautas, buzos o bomberos.

La cola de agraviados que ha dejado esa cometa de todo a 100 que es España es infinita, y cada vez es más difícil hablar de lo de uno. Pero me cuesta creer, llámenme insensible, que los problemas sean tan simples y binarios. Cuando los ojos de un chaval agarran los cubiertos ante un plato vacío, o su amenaza, entiendo las ganas de echar mano a la lanza, pero dudo mucho que sea hacerles un favor ponerles tras esa pancarta. Aunque el tiempo en los informativos sea mucho mayor y la foto esté asegurada, me pregunto si lo mejor para esta sociedad es abandonar el argumento en favor del sentimiento.

Javier Gómez: Una raqueta de squash frente a los talibanes


Maria Toor tenía 12 años cuando su padre le dijo que solo respondiera al nombre masculino de Chingaiz. Le cortó el pelo, aprovechó su prominente maxilar inferior, le puso pantalones de chaval y le pidió que mantuviera la mirada en los pies durante toda la competición. Levantó la mancuerna más pesada de la mañana, ante los aplausos de algún talibán, recibió el dinero del premio y se fue a casa sin pronunciar una palabra. Nacer en Waziristán, ese trastero del mundo entre Pakistán y Afganistán, es una putada, para qué negarlo. Nacer mujer en Waziristán es aún peor.

A los talibán no les terminaba de cuadrar eso de que Maria, sin tilde, fuera deportista. Cosas de religiosos. Igual que en el Vaticano no cuadraba que Ratzinger limpiara el terreno de pedófilos, ladrones y blanqueadores de dinero. Y no lo digo yo, que de esto no sé, sino un informe escrito por tres cardenales, uno de ellos del Opus, que son gente sin condones ni dobleces. Al Papa le pillaba ya tarde para camuflarse, pero Maria se pasó al squash, siempre con su pelo a tazón de niño obediente, hasta que la descubrieron y la obligaron a competir con otras chicas.

Convertida ya en campeona nacional de Pakistán, un par de tipos de esos que en las crónicas del El País llaman “líderes locales” cuando hay algún ejército estadounidense de por medio, explicaron a su padre que Maria Toor no era un gran ejemplo para el resto de mujeres y que no podría jugar en público ni tampoco contra otros hombres. La confinaron a entrenarse durante tres años en su casa, argumento lorquiano en las montañas del noroeste paquistaní, bajo amenaza de muerte. A Maria no le salió una petición en change.org, que ya es decir, ni una campaña de plastas bienintencionados para ayudarla. Malalas hay una en cada esquina de esas tierras polvorientas, y no sé yo si crear estatuas de portada es lo más adecuado para echarles una mano.

Igual que Malala, tuvo que huir. “Si quieres jugar a squash, tienes que irte de este país y no volver nunca”, le dijo su padre. Tras mandar miles de mails a centros y universidades de todo el mundo, Jonathan Power, un entrenador, la llevó a su academia en Canadá, donde se prepara desde hace tres años. Su cabeza sigue colgada en una diana para los zumbados con turbante, pero ya se ha dejado crecer las puntas y puede llevar falda.

Salió de su casa en un autobús y ahora solo ve a sus padres por la pantalla de un ordenador. Cada mañana se levanta a las cinco, extiende su alfombra y reza, que es lo que más me llama la atención. La sinrazón de la religión no ha disipado a Dios de su cabeza. Los occidentales somos más como Kingsley Amis, el padre de Martin, al que cuando le preguntaban si era ateo respondía: “Sí. Bueno, más que nada es que le odio”.

Después de rezar, al alba, Maria echa un vistazo a las noticias para ver si hay “explosiones o atentados” en la zona donde viven sus padres. “Las mujeres pueden ser lo que quieran si les dan una oportunidad”, declaraba recientemente en una entrevista con Al Jazeera. No parece que vayan a tener muchas en ese remiendo de nacionalismos y fanatismos que es Pakistán, más que un país, un neologismo derivado del fin del colonialismo británico. Ya lo escribió Rudyard Kipling, con una hostia a la inocencia en métrica de poema: “Y el final de la lucha es una lápida / blanca con el nombre del último muerto, / y el terrible epitafio: ‘Aquí yace un tonto / que intentó hacerse con Oriente’”.

No he podido hablar con Maria y este artículo está escrito a base de otros artículos, noticias y documentales. No es gran cosa, pero me apetecía escribir sobre algo que mereciera la pena. Y la otra opción era el debate sobre el estado de la nación.

Javier Gómez: Messina “el cobarde” o el honor de dimitir


Imaginen la escena: Mariano Rajoy, paso firme, sube hoy al estrado del Congreso, en la sesión del control y enuncia, de carrerilla y con eses líquidas, lo siguiente: “Hemos faltado al respeto a la gente. Pido disculpas. Esto no puede volver a pasar. Es difícil de aceptar por la gente que vota a un partido y a lo mejor mañana se levanta a las siete de la mañana”.

Quédense con la frase y visualicen ahora a Alfredo Pérez Rubalcaba leyéndola como un profesor de solfeo, con su pulgar y su índice derechos enfatizando los momentos fuertes. Al día siguiente, no habría diario ni especialista que no loase la honestidad de dos hombres que asumieron su incapacidad para llevar a cabo su mandato, para frenar la corrupción o denunciarla a tiempo, para aplicar un programa político o proponer alternativas, sobrepasados por las circunstancias, por los derrumbes electorales y de credibilidad, arrastrando en su caída a un país que ya no cree en ellos.

Ahora despiértense. No fueron Rajoy ni Rubalcaba quienes pronunciaron esa frase. Fue un siciliano con gesto de matemático enfurruñado, Ettore Messina, un cuatro de marzo de 2011, cuando presentó su dimisión irrevocable como entrenador del Real Madrid de baloncesto: “Hemos faltado el resto a la gente. Pido disculpas. Esto no puede volver a pasar. Es difícil de aceptar por la gente que compra una entrada y a lo mejor mañana se tiene que levantar a las siete de la mañana”. Pero a Messina lo llamaron cobarde.

Los cuatreros de las letras, los que van haciendo muescas en su triste boli Bic con los entrenadores que creen que han hecho saltar, buena parte de la afición y la mayoría de observadores del basket crucificaron a Ettore como a un capitán Schettino que salta del barco en pleno naufragio. El mariscal que venía para ganar la Euroliga y se fue caminando por el barrio de Salamanca con las manos en los bolsillos después de, como siempre, anudarse una y mil veces su corbata oscura. Dos años después, Messina vuelve mañana a Madrid, como entrenador del CSKA, y pisará la cancha que fue la suya. Muchos le pitarán.

En Sicilia no se juega con la palabra honor. Pero nosotros somos España. El país donde nadie dimite, donde la honestidad se confunde con la cobardía y la sinceridad, con debilidad. Cada país tiene los héroes que se merece, y algo nos queda de Viriato, del Quijote que arrampla contra molinos o del Cid que cabalga moribundo. Mucho diente y poca inteligencia.

Ettore Messina se equivocó. Una y mil veces. En elección de jugadores, gestión de equipo, falta de autocrítica, relación con la opinión pública y hasta en la forma y el momento del adiós, justo tras una derrota, en caliente. Él lo sabe. Le quema cada día y lo explica con palabras humildes en un libro que acaba de publicar en Italia, Basket, uomini e altri pianeti: “Cometí un error. Grande como una casa. Era la persona equivocada en el puesto equivocado. Simplemente, no era la persona adecuada para ellos y ellos no eran el club adecuado para mí. No pasa un día sin que me plantee el problema de dónde me equivoqué. Cuando las cosas no funcionan, no estoy acostumbrado a pensar que la culpa sea sólo de los otros […] Hay muchas cosas que haría de otro modo si pudiera volver atrás”.

Sé que a Messina le cuesta volver a Madrid. Le duele. No enfrentarse al Madrid, sino volver a pisar tierra madridista. Ante ese público al que falló. Porque tiene una herida abierta: la de haberse dejado cuerpo y alma buscando soluciones que nunca encontró. Impotencia frente al Barça, dificultad en la comunicación con los jugadores, problemas con el entorno y la prensa, resultados irregulares… el decorado no es muy diferente de la que vive Mourinho. ¿Imaginan al portugués dejando el cargo porque asume que gran parte del problema es él mismo? Curiosamente, fue el actual entrenador del Madrid, su rival mañana, Pablo Laso, uno de los pocos que se opuso al dictamen general, en una entrevista en Jot Down: “El cobarde es el que no hace nada y deja pasar las cosas. Una decisión tan difícil como tuvo que ser para Ettore dimitir fue una decisión valiente, seguro”.

Ettore fracasó estrepitosamente en el Madrid. Pero yo lo respeto. Por atreverse a hacer algo necesario pero anatemizado en el deporte: dimitir. Lo difícil no es tragarse el orgullo, es masticarlo en una sociedad que no sabe decir “no sé”. Tenemos reyes que no saben abdicar, presidente de bancos imputados que no dimitieron tras fundir los ahorros de miles de personas, políticos inútiles refugiados en consejos de administración tras desfalcar media España… pero solo es “cobarde” el tipo que dice: “Señores, esto es culpa mía, y no sé encontrar la solución”. Messina es un tipo de izquierdas con principios sólidos. Una izquierda en voz baja, honesta, cerebral, autoexigente. Esa que si se equivoca, lo dice. Esa que no antepone sus intereses personales a los del colectivo. Ésa que apenas existe.

Vuelve Ettore Messina a Madrid. Algunos lo aplaudirán.

Javier Gómez: Comisionópolis y las bañeras vacías


Cuentan que, en lo más crudo del crudo invierno de Mani Pulite, los políticos, aterrados, llamaban a sus colegas a la salida de la cárcel milanesa de San Vittore para contarles cómo estar preparados para la trena cuando les tocara a ellos. Intentar dormir en la bañera, sin agua, en sus confortables pisos del barrio de Brera era uno de los métodos de adiestramiento más recomendados, a la espera de que los nudillos de la Guardia di Finanza tocasen el fin del recreo y las comisiones ocultas. No había día sin detención. Y cada esposado hacía su ronda de llamadas.

Los italianos siempre han titulado mejor que nosotros, desde Maquiavelo, de cuyo Príncipe se cumplen ahora exactamente 500 años, a Fellini o Pasolini. En la prensa pasa igual. Tangentopoli llamaron a aquella época en que se derrumbó el siglo XX político. Traducido, una especie de Comisionópolis, como la que vivimos ahora en España. Bajo los adoquines que habían edificado un nuevo país no había playa, sino costra moral y comisiones ilegales. Allí cayeron los dos grandes partidos de entonces, socialistas y democristianos. En España, por ahora, todos siguen dejando correr el agua caliente antes de darse un baño, Luis Bárcenas, Ignacio González y Pepe Blanco también, mientras leen que la mitad de los jóvenes no tiene empleo, por ejemplo.

Rajoy ha despachado el tema con frase de virrey, aprovechando que pasa por Perú: “De este asunto yo ya no me preocupo. Esperaré a lo que la gerente diga”. Yo, a lo mío, que ya me avisará la gerencia cuando acabe la auditoría interna, suponemos implacable, que hará el propio PP y la sucesora de Bárcenas. Una actitud y una frase que demuestran varias cosas: la inadecuación de Rajoy como líder político en una época de comunicación instantánea, transparencia y credibilidad. Y, resumiendo, que este señor no ha entendido nada.

En Italia todo empezó en 1992 con una mujer que no se llamaba Amy Martin. En España volaban las comisiones olímpicas, pero un ministro de economía, apellidado socialista, nos había dicho que eso era el progreso: hacerse ricos. Italia también tenía un socialismo muy suyo, de puño cerrado, pero menos de rosa que de comisión oculta. La redistribución de riqueza queda mejor en los discursos que con la ex y Laura Sala prendió la mecha que terminó con 1.300 políticos italianos procesados.

A Laura no le cuadraban las cuentas. Su exmarido, Mario Chiesa, cavallino rampante en Milán del Partito Socialista Italiano (PSI) le pasaba una pensión rácana, pero ella sabía que manejaba mucho más dinero del que ganaba oficialmente. Cuenta el periodista Enrico Deaglio que bastó un seguimiento de los carabinieri para arrestarle el 17 de febrero, cuando se metía un sobre de siete millones de liras en el bolsillo como comisión de un contrato con una empresa de productos sanitarios. El mundo ahora es virtual y online, nadie visita los buzones, pero el viejo sobre sigue ahí, herramienta perenne, a izquierda y derecha, a ambos lados de los Pirineos y en los cinco continentes.

La única frase de Rajoy desde Perú con cierta rotundidad me ha recordado a las de los dirigentes italianos de entonces: “Es injusto el tratamiento que se está dando a los políticos”. Sus asesores tendrán mucha más preparación, pero si me acepta un consejo, la palabra “injusticia”, hoy, en España, yo la usaría con especial cuidado. Se me ocurren 5.965.400 razones. Y por lo que pueda venir.

Las señoras del barrio de Salamanca ya se despiertan sudando, demudadas, la ansiedad de punta, pensando que Aznar igual no era tan honesto como su peinado daba a entender. Los socialistas caminan por la calle cavilantes, preguntándose si la tibieza de su partido responderá a los ERE de Andalucía, la empresa de la hermana de Elena Valenciano, los encuentros en gasolineras de Pepe Blanco o quién sabe qué nuevas sorpresas. En Cataluña descubren que dentro de la monísima caja en la que se vende ese pequeño país de algodón de azúcar hay muchas piezas que no cuadran, un 3% al menos. En la trasera de la caja pone: “Fabricado en un paraíso fiscal”.

Pero de Tangentopoli surgió lo único más nocivo que un político corrupto: el antipolítico. Como un tal Silvio Berlusconi. Lo que debería hacernos pensar en España sobre cómo manejar la resaca de la Comisionópolis que acaba de comenzar. Berlusconi, como el italiano medio, siempre ha sido muy supersticioso. Cuando se detuvo a un tipo que podría haber contado los escándalos de la Fininvest que se conocieron más tarde, llegó a pedirle a su chófer que condujese en derredor de la cárcel de San Vittore para conjurar la mala suerte. Su danza de los espíritus, como la llama Deaglio, surtió efecto. Entró en el Gobierno en 1994. Una de sus primeras medidas fue un decreto que se presentó mientras Italia jugaba la semifinal del Mundial del 94 frente a Bulgaria. El texto proponía abolir la cárcel por corrupción y financiación ilegal. Para que todos pudieran seguir metiéndose en la bañera con agua caliente.

Javier Gómez: Monica, sin tilde, o lo que queda de la política


Entre las grandes ideologías y una camarera de provincias, tengo claro con quién me quedo como líder político. Mide lo justo para despuntar tras la barra del bar Gio, con su pañuelo y su jersey a juego. Tiene el pelo corto y marcado, modelo Playmobil, de esos que llaman modernos en las peluquerías de provincias. Y se tropezó con la crisis en los posos del café, mucho antes que cualquier economista. Pero lo importante de mi nueva héroe política es que los tiene cuadrados.

La mayoría dejaréis de leer aquí. Porque Monica Pavesi, sin tilde, podría ser de Cáceres o de Huelva, pero no, es “barista’”en Cremona, en el Nebraska lombardo, como dice Severgnini. Y su gran heroísmo fue dar la vuelta a la barra y desenchufar las máquinas tragaperras de su local, como quien apaga el árbol de Navidad, que ya es 10 de enero: “No soportaba ver a personas que se arruinaban de ese modo. Italianos y extranjeros. Más mujeres que hombres, enganchadas al videopoker gastando lo poco que les queda”. Sus dos máquinas ingresaban 50.000 euros al mes, de los que ella recibía 3.000, la diferencia entre cerrar o no el mes en rojo. Ha preferido perder dinero, una rareza que el Vaticano podría certificar como milagro en la Italia post berlusconiana y ha encontrado hueco en todos los diarios, lo que dice mucho sobre lo sobrados que vamos de referentes.

Italia se ha quedado sin líderes políticos. Y sus dos últimos líderes morales, Falcone y Borsellino, saltaron por los aires por demostrarle a la gente que la mafia existía y que no estaba muy lejos de las urnas y los bancos. España también se ha quedado sin líderes políticos. Y no me pongan en el brete de recordar si alguna vez hubo líderes morales.

Sí recuerdo un fulano que quería ser Marx. Caminábamos por el barrio madrileño de Aluche con 18 y, manos en los bolsillos, se me escapó un cinismo, mira tú qué extraño. Me respondió con arruga de líder en la frente: “Yo he venido aquí para hacer la revolución social, con o sin ti”. Perdió el metro de su heroísmo. Me lo encontré, diez años después, metido a político de pasillo, mendigando a sus colegas de los periódicos derechones que le pusiéramos una flecha para abajo en la sección de Opinión “para crecer en el partido”.

Con las tragaperras, el Estado italiano se embolsa 12.500 millones de euros. El juego legal es la tercera industria italiana. Una más de tantas plagas sociales que hemos aceptado para que alguien se lo lleve crudo, llámese Eurovegas, el tabaco, las preferentes, las comisiones bancarias, el tarifazo eléctrico o los precios medios más altos de la UE en tarifas planas.

Que no se me exalten los liberales, que no pido yo volver a la Ley seca, ni prohibir lo no prohibido, dándole la vuelta al calcetín del 68. Me da exactamente igual. Que saquen ellos el libreto de la ideología, a ver qué les dice. Que mi antiguo colega desenfunde el suyo, con su pegata del Ché, y recite sus salmos. Igual quedan dos cajones libres en Hyde Park, que todavía es pronto. Yo paso. Se me han quedado los bolsillos vacíos de discursos.

A mí lo que me alucina es que, en este mundo de cabrones, todavía quede gente como Monica, sin tilde, que se niega a que la vida se le vaya por la ranura del euro a los viejos de su pueblo mientras ella va secando vasos.

Javier Gómez: Las honradas putas de Pigalle


Pigalle no son solo las putas. Casi diría que es lo menos pintoresco del barrio. Las francesas de toda la vida trabajan de día con horario de oficina postal (evitemos el incómodo Correos), saludan al pasar y no se mueven de sus esquinas, como vigías cincuentonas del barrio. Las extranjeras no salen de los clubes y caminan cabeza gacha. Pero a mí me sorprendió más mi asesor inmobiliario marxista. Bueno, eso decía él, porque era socialista, por mucho que estemos en Francia.

Llegué a la agencia con mi pila de dosieres y registros, de documentos y fascículos, porque en Francia alquilar un piso convalida con pasar las oposiciones de registrador. El tipo, melena rizada, camisa abierta, traje de Sergio Ramos, me dijo que él se fiaba de los ojos de la gente. Y, sin mirar mi DNI, me alquiló un apartamento de 48 m2 en plena rue de Douai, en un sexto sin ascensor, cuyas ventanas traseras daban al Molino Rojo. En pleno epicentro de la canallesca de Pigalle. Donde las más honradas son las putas.

Poco me esperaba yo, el primer día, esa voz que salía de la minúscula portería: “Mesié Gómez…”, con inusitado acento en la ‘o’ y un deje en francés tan dulce como el eco de un aserradero a pleno rendimiento. Ese día conocí a Antonia. Una de tantas emigrantes que zarparon cuando en España no había trabajo ni esperanza. Cuando España era… como ahora. Era vallisoletana, bajita, regordeta, malhablada y odiaba a todos los vecinos del inmueble. A las hermanas solteronas del primero, más si cabe.

Murió el marido, español, con el que había salido hacia París cuando era poco más que una cría. Y se quedó, con su viudedad, sus dos hijas, las nietas y esos malditos seis pisos de escaleras de madera colgando del manojo de llaves. Una hija también se hizo portera, bajita, regordeta, malhablada y vivía en otra portería, también minúscula, también de Pigalle. La otra se había separado, no tenía trabajo, pero sí dos hijos, y se estrechaban todos en el cuarto, vivienda, oficina, morada, trastero, cueva, búnker de Antonia, dándose en el codo con la humedad, tendiendo de contrabando, moviéndose como sombras chinescas tras las telas que colgaban para soñar que tenían paredes.

Y les cuento yo mi historia a cuenta de los desahucios. A la hija de Antonia la habían desalojado de su casa, pero eso no tiene nada que ver. Mi portera llevaba una vida echando monedas a un lado, que nunca se sabe si le puede pasar algo al marido. Y cuando el mal augurio llegó, fue a por “sus duros”. La mujer los había puesto en el Fórum Filatélico, “donde los ricos de Valladolid”. Y claro, al dinero de los ricos nunca le pasa nada. Pero al de Antonia y las antonias de este mundo, sí. Me preguntaba siempre si yo sabía, si yo conocía, si un periodista podía, y todo conjugado en imperfecto, que era el tiempo verbal que más le pegaba al asunto.

Me he acordado de ella leyendo que el Gobierno y la oposición se han dado cuenta de que en España había un problema. Si Amaya, en Baracaldo, José Miguel, en Granada, y Manuel, en Burjassot, no se hubieran suicidado, ustedes y yo sabemos que algunos políticos, por nombrarlos en la frase que duele, no habrían hecho nada. Es el “poder propagandístico” del suicidio, dicho a la Jabois. Que incluso tiene su escala de Richter, porque lanzarse al vacío siempre asegurará más titulares y onda expansiva que ajustar la soga. Cosas de la escaleta de informativos y el “pudor mortis”. En Francia, según una ley napoleónica todavía vigente, ni siquiera se pueden ejecutar desahucios en invierno. Hace 200 años, algunos ya tenían más sensibilidad que ahora. Y no me vengan con guillotinas.

Pero, aunque ahora se repare la injusticia de que las personas tengan menos derechos que las empresas, que sí pueden declararse en quiebra y no afrontar los pagos pendientes (derecho que tienen los ciudadanos en Estados Unidos o Francia), yo me preguntaba quién va a mirar a la cara a las 400.000 familias que ya han sido desahuciadas y no se han suicidado. Igual malviven apiñados en la portería de la abuela, asustando el frío con mantas. Quién va a explicarles que si se hubieran atado con grilletes, a lo mejor estarían salvados. Que igual pagaron con la calle su exceso de pudor. Que si hubieran aguantado una vuelta más, habría salido el safety car.

Quién va a explicarles a los que en estos años han sido timados, como Antonia, o a las víctimas de las preferentes, o de todos estos mercachifles con bula, que España volvió a ser “el país donde más fácil hacerse millonario”, aunque esta vez no hubo ningún pardillo como Solchaga que pusiera título al vodevil. Quién les argumentará que la indignidad no es retroactiva y que lo suyo ya no tiene arreglo. Que son víctimas colaterales de los que miraban para otro lado.

En España ya casi no quedan putas españolas en las esquinas. Pero si las hubiere, serían las más honradas de la canallesca. Como en Pigalle.