Javier Gómez: Las honradas putas de Pigalle

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Pigalle no son solo las putas. Casi diría que es lo menos pintoresco del barrio. Las francesas de toda la vida trabajan de día con horario de oficina postal (evitemos el incómodo Correos), saludan al pasar y no se mueven de sus esquinas, como vigías cincuentonas del barrio. Las extranjeras no salen de los clubes y caminan cabeza gacha. Pero a mí me sorprendió más mi asesor inmobiliario marxista. Bueno, eso decía él, porque era socialista, por mucho que estemos en Francia.

Llegué a la agencia con mi pila de dosieres y registros, de documentos y fascículos, porque en Francia alquilar un piso convalida con pasar las oposiciones de registrador. El tipo, melena rizada, camisa abierta, traje de Sergio Ramos, me dijo que él se fiaba de los ojos de la gente. Y, sin mirar mi DNI, me alquiló un apartamento de 48 m2 en plena rue de Douai, en un sexto sin ascensor, cuyas ventanas traseras daban al Molino Rojo. En pleno epicentro de la canallesca de Pigalle. Donde las más honradas son las putas.

Poco me esperaba yo, el primer día, esa voz que salía de la minúscula portería: «Mesié Gómez…», con inusitado acento en la ‘o’ y un deje en francés tan dulce como el eco de un aserradero a pleno rendimiento. Ese día conocí a Antonia. Una de tantas emigrantes que zarparon cuando en España no había trabajo ni esperanza. Cuando España era… como ahora. Era vallisoletana, bajita, regordeta, malhablada y odiaba a todos los vecinos del inmueble. A las hermanas solteronas del primero, más si cabe.

Murió el marido, español, con el que había salido hacia París cuando era poco más que una cría. Y se quedó, con su viudedad, sus dos hijas, las nietas y esos malditos seis pisos de escaleras de madera colgando del manojo de llaves. Una hija también se hizo portera, bajita, regordeta, malhablada y vivía en otra portería, también minúscula, también de Pigalle. La otra se había separado, no tenía trabajo, pero sí dos hijos, y se estrechaban todos en el cuarto, vivienda, oficina, morada, trastero, cueva, búnker de Antonia, dándose en el codo con la humedad, tendiendo de contrabando, moviéndose como sombras chinescas tras las telas que colgaban para soñar que tenían paredes.

Y les cuento yo mi historia a cuenta de los desahucios. A la hija de Antonia la habían desalojado de su casa, pero eso no tiene nada que ver. Mi portera llevaba una vida echando monedas a un lado, que nunca se sabe si le puede pasar algo al marido. Y cuando el mal augurio llegó, fue a por «sus duros». La mujer los había puesto en el Fórum Filatélico, «donde los ricos de Valladolid». Y claro, al dinero de los ricos nunca le pasa nada. Pero al de Antonia y las antonias de este mundo, sí. Me preguntaba siempre si yo sabía, si yo conocía, si un periodista podía, y todo conjugado en imperfecto, que era el tiempo verbal que más le pegaba al asunto.

Me he acordado de ella leyendo que el Gobierno y la oposición se han dado cuenta de que en España había un problema. Si Amaya, en Baracaldo, José Miguel, en Granada, y Manuel, en Burjassot, no se hubieran suicidado, ustedes y yo sabemos que algunos políticos, por nombrarlos en la frase que duele, no habrían hecho nada. Es el «poder propagandístico» del suicidio, dicho a la Jabois. Que incluso tiene su escala de Richter, porque lanzarse al vacío siempre asegurará más titulares y onda expansiva que ajustar la soga. Cosas de la escaleta de informativos y el «pudor mortis». En Francia, según una ley napoleónica todavía vigente, ni siquiera se pueden ejecutar desahucios en invierno. Hace 200 años, algunos ya tenían más sensibilidad que ahora. Y no me vengan con guillotinas.

Pero, aunque ahora se repare la injusticia de que las personas tengan menos derechos que las empresas, que sí pueden declararse en quiebra y no afrontar los pagos pendientes (derecho que tienen los ciudadanos en Estados Unidos o Francia), yo me preguntaba quién va a mirar a la cara a las 400.000 familias que ya han sido desahuciadas y no se han suicidado. Igual malviven apiñados en la portería de la abuela, asustando el frío con mantas. Quién va a explicarles que si se hubieran atado con grilletes, a lo mejor estarían salvados. Que igual pagaron con la calle su exceso de pudor. Que si hubieran aguantado una vuelta más, habría salido el safety car.

Quién va a explicarles a los que en estos años han sido timados, como Antonia, o a las víctimas de las preferentes, o de todos estos mercachifles con bula, que España volvió a ser «el país donde más fácil hacerse millonario», aunque esta vez no hubo ningún pardillo como Solchaga que pusiera título al vodevil. Quién les argumentará que la indignidad no es retroactiva y que lo suyo ya no tiene arreglo. Que son víctimas colaterales de los que miraban para otro lado.

En España ya casi no quedan putas españolas en las esquinas. Pero si las hubiere, serían las más honradas de la canallesca. Como en Pigalle.

 

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12 comentarios

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