Madina y Sánchez, descuelguen el «Do not disturb»

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Eduardo Madina con Paloma Rodríguez, Rubalcaba y Soraya Rodríguez. Foto: Cordon Press.
Eduardo Madina con Paloma Rodríguez, Rubalcaba y Soraya Rodríguez. Foto: Cordon Press.

Nos miramos al espejo abrazados a nuestra bullanga y nuestra barra de bar. Nos admiramos divertidos en nuestra improvisación permanente. Y, a lo mejor, hasta tenemos nuestro rollo, pero políticamente, España es el país con la política más aburrida de Europa. Llevamos años siendo un soberano coñazo. Discursos huecos, inexistente pelea interna en los partidos, teocracia en los grupos parlamentarios, dirigentes inanimados, debate público reducido al alma y arma de tertuliano. Y, de repente, llegó la fiesta. 

El nuevo escenario político igual no es tan complejo; solo más divertido. Los líderes de los partidos mayoritarios se afanan en encontrar la pócima mágica de su conexión con la gente porque no han entendido que la política, simplemente, vuelve a apasionar. Y que el mensaje tiene que ser radical, emocional, fundamental… o se evapora.

El electorado ha pasado a ser también espectador. Y, como todo público, exige participar y que no le aburran. Algunos se mesarán esos cabellos que nunca se despeinan en público: «¡Oh no, la noble política convertida en un espectáculo público!». Sí. Y no tiene nada de malo. La gente tiene sed de argumentos, novedades y, claro, también caras. La consecuencia es que, por fin, la política genera expectación, interés y, claro, también audiencia.

Ya no vale el veraneo ideológico del centro y colgar el cartel de «Do not disturb» en los mensajes políticos. Ahora toca ser auténtico en las formas y en el contenido. Creerse lo que dicen. Ahí está el futuro de la política. Podemos y UPyD son quienes mejor lo han entendido. Consiguen hacer pasar sus mensajes, bien a través de la simplificación de los símbolos o del refinamiento de sus eslóganes. Pero siempre tienen claro cuál es el titular de sus intervenciones. Si no te gustan, al menos les coges tirria. Pero no te dejan indiferente y han sabido generarse una imagen de cambio y una credibilidad. Han obligado a los otros a reaccionar y contrarrestarlos. A los partidos tradicionales les falta gritar: «no vale el gol, ha disparado a trallón», y les critican por tirar de demagogia, como si la demagogia no valiera para vender coches, entradas de cine o justificar guerras.

Por eso el PSOE tiene ahora no una oportunidad, sino su último billete para cruzar la laguna Estigia. Es un partido desmigajado, que, al igual que el centroizquierda europeo, carece de paradigma, de un tronco al que agarrarse, de dos o tres ideas base a las que volver en tiempos de tormenta. Además, en España navegan sin líder y con una base menguante. Eduardo Madina y Pedro Sánchez tienen un reto: conseguir lo que no han hecho en sus primeras intervenciones: desterrar esa imagen de cuñado y/o yerno perfecto.

No hace falta salir con camisas arremangadas para acercarse a la gente, como parece haberles aconsejado pavlovianamente (o pablovianamente, visto el atuendo habitual de Pablo Iglesias) algún spin doctor. No se trata de llevar chaqueta o no, sino de emocionar, algo que ambos olvidaron en su estreno. Parecen atenazados por el miedo a generar rechazo, cuando el motor de cualquier político (siempre que no sea democristiano) debería ser decir cosas que generen enfado, envés inevitable de despertar emoción y sumar admiración. Obama gasta camisas arremangadas y sonrisa de prime time y lleva cinco años y medio engorilando a la base republicana, ya sea con Medicare o la reforma migratoria. Hollande no ha molestado a casi nadie.

Con las horas, y demasiado poco a poco, vamos percibiendo que Edu Madina apuesta por un partido a la izquierda que tenga a IU como socio preferente, y Pedro Sánchez por un partido más centrado. Madina no pone reparos, sino límites, a una consulta en Cataluña, y Sánchez opone una visión más restringida de la Constitución (aunque ambos se desdijeron de sus primeras respuestas, Madina para no parecer radical y Sánchez para no perder votos en el PSC). Madina quiere conquistar al nuevo público de izquierdas surgido desde el 15M, que ahora sí acude a las urnas, y a los desencantados del PSOE, mientras Sánchez quiere horadar el terreno de UPyD e incluso del PP. ¿Y por qué no lo dicen todo un poco más claro? 

Matteo Renzi (treinta y nueve años), nuevo primer ministro italiano, entendió esta nueva política antes que nadie. Generó curiosidad en la base, desdén en los apoltronados, se hizo con el partido sin pactar con el ala vieja, clarificó su discurso y cambió las formas de hacer política. De un plumazo, el resto de candidatos parecieron anticuados. Desde que ha llegado al Gobierno, lleva un decreto ley votado cada diez días. Algunos lo llaman caricatura. En realidad es solo cambio. Fue el único líder del centroizquierda europeo que arrasó en las elecciones europeas. 

Por el bien del PSOE, los hasta ahora chicos obedientes Madina y Sánchez deben subrayar sus diferencias, no limarlas. Deben demostrar si son políticos de esta nueva fase o de la antigua. Ese cambio, imprimir pasión a su discurso político, es más importante para el PSOE que los matices ideológicos que imprima cada uno de ellos si se hace con la secretaría general del partido. Eso sí que parece una cuestión primaria.

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