Javier Gómez: El previsible

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¿Votamos lo que somos o votamos lo que pensamos? Igual tienen ustedes suerte de reconocerse en una familia política. Debe de ser apasionante eso de creer que la receta existe. Reconfortante, eso de encender la televisión y sentir que lo que les cuenta este u otro portavoz político tiene algún sentido. Excitante, eso de intentar convencer al vecino de que hay un sendero para salir de este laberinto y, qué demonios, es el tuyo. Debe de serlo, sin duda debe de serlo…

A mis 33, todavía no me ha ocurrido y no me doy mucha esperanza de experimentarlo. Camino por la política huérfano de pertenencia. Y, en estos casos, hasta de paisaje, como si deambulara por el mundo cenizo, caníbal y exangüe que describe Cormac McCarthy en La carretera. Así que esta semana me propuse escuchar las declaraciones políticas abstrayéndome de las ideas. A ver si por esas…

El miércoles, una frase me dejó pensativo. Salía Mariano Rajoy, en Bucarest, del congreso del Partido Popular Europeo y, con más convicción de la habitual, yo diría que hasta con una pizca de orgullo, aseveró: “Somos una familia política seria, fiable y previsible, y no damos bandazos”. Enfatizó una palabra: “previsible”.

¿Ser previsible es bueno? ¿Votaría yo a alguien previsible? ¿Me tomaría unas cañas con alguien previsible? ¿Quiero ser previsible? ¿Una chaqueta azul con botones dorados es previsible? ¿Alguien que hace todo lo contrario de lo que dice en su programa electoral es previsible o imprevisible?

A fin de cuentas, poco importa aquí que Rajoy sea previsible, sino que se ufane de serlo. Considera bueno que la gente intuya de antemano lo que va a hacer o decir. Que, se le pregunte lo que se le pregunte en materia económica, sepamos que la respuesta será: “Todos saben que una familia no puede gastar más de lo que tiene”. Igual esa es la explicación de que no haya una sola frase ingeniosa de los ministros. Quizá las tienen apuntadas, todas esas ideas sorprendentes y osadas, esperando a que Rajoy dé el banderazo de salida, se acabe la época previsible e inaugure la del talento.

La imprevisibilidad es el peor enemigo de un registrador de la propiedad, eso está claro. Uno quiere saber cuando va al notario que no habrá malas sorpresas, olerá a madera vieja y llevará pisacorbatas dorado. ¿Pero vale en política con echar una firma abajo? Piensen en todos aquellos líderes loados por su capacidad política, ideas al margen. Salen solo imprevisibles, gente con ideas capaz de dar un puntapié en el culo del país cuando toca: da igual Churchill que Gorbachov, Tony Blair, Willy Brandt, Bill Clinton, Thatcher, Azaña, Reagan, Sarkozy, Anguita, Obama o Felipe González… una heterogénea banda de cabrones desalmados que, en algún u otro momento, dijeron algo ingenioso, imprevisible. Previsible fue Felipe II y miren qué tristeza, además de sus tres bancarrotas en 42 años de reinado. Previsible es el PSOE de Rubalcaba y el primero que tenga noticias, que avise.

Yo tiendo a que me caiga bien la gente con barba, y ahí Rajoy ya tiene algo ganado. Pero, sobre todo, me fío por naturaleza de la gente imprevisible. La otra me aburre. Y suele traicionar: recuerden American beauty. España es un país la mar de previsible y conservador, aunque nos creemos que no porque gritamos en los bares. Pero lo somos. Nos gusta la masa. Nunca llevamos la contraria. Hasta para protestar tenemos que hacerlo todos juntos. España es el país del “hijo, tú no te signifiques”. Por eso Rajoy loa siempre “la mayoría silenciosa”. Considera que los que no hacen ruido son gente previsible que no le pone a parir. Aunque haya perdido la confianza del 40% de los que le votaron hace menos de un año. Como no se lo dicen, no les oye.

Algunos políticos detestan tanto la imprevisibilidad como Mimmo Zambetti, diputado berlusconiano en Lombardía. Pagaba a la N’Drangheta calabresa 50 euros por cada voto. Tanto pones, tanto tienes en las urnas. Y pasas el domingo electoral sin sobresaltos ni sofocones. Es curioso: Rajoy no se parece a Berlusconi. Pero miren lo que dijo Silvio en aquellos 9 minutos y 37 segundos en los que, el 26 de enero de 1994, decidió entrar en política: “Italia necesita personas con la cabeza sobre los hombros […] Los comunistas quieren transformar este país en un griterío callejero”.

Miles de catalanes bajan a la calle para reclamar la independencia y no son ciudadanos ejerciendo un derecho democrático a los que dar una respuesta. No. Son “algarabía y lío”. Eso pensaba yo que era la democracia: follón, polémica, el lechero de Churchill molestando a deshora… De hecho, no hay régimen que deteste más la espontaneidad que una dictadura. Rajoy debería permitirse un pequeño exceso, un ministerio más. El que describió Ismaïl Kadaré en El Palacio de los sueños. Esa división de burócratas encorvados encargada de recopilar e interpretar los sueños de los súbditos del reino para evitar malas sorpresas. Así todo quedaría muy ordenadito, muy previsible. Sin líos ni algarabía, que aquí no hay quien duerma.

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