Manuel Jabois: Mucho gallego en Galicia

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Hace cuatro años, buscando un lugar en el que celebrar nuestra boda, mi chica y yo fuimos a parar a un hotel en el que nos dijo la directora: “Tenemos dos opciones. Hacer la típica boda gallega, con diecinueve mil mariscos y eso de comer y beber hasta reventar, o una cosa elegante y moderna, con un marisco y un menú sofisticado”. Se quedó esperando una respuesta mientras yo la miraba alucinado, incapaz de decir nada, pues al pronunciar “la típica boda gallega” había puesto los ojos en blanco de puro aborrecimiento. Le comenté que siendo gallegos los novios, y Galicia el lugar elegido para casarnos, una “típica boda gallega” no estaría mal, o al menos sería más lógico que una típica boda zulú. Y que diecinueve mil mariscos era excesivo, pero mi familia era “muy gallega”, y si se le presentaban en el plato cuatro cigalas se lo tomarían como una ofensa de mis padres al resto, así que al día siguiente tendríamos en casa un cristo de muy señor mío: a los gallegos, cuando se trata de bodas, nos dan la risa los Soprano. Además, comer y beber hasta reventar me parece muy natural, y como yo no soy de protocolos, la gente se levantaría de la mesa cuando le apeteciese, así fuera para suicidarse. O sea que sí, que se sentase a esperar por menús pitiminí e invitados en pose de Jordi Labanda, que lo mismo se le cortaba la corbata al novio con un cuchillo jamonero antes de dar paso a la cabra a trompetazos.

Lo gallego en Galicia siempre se ha visto con sospecha. En esa escalada de peyorización ha hablado la concejala de Cultura de A Coruña para criticar que las fiestas de la ciudad hayan sido hasta ahora “demasiado gallegas”, cumpliendo así la frase histórica que Anxo Quintana, el exlíder del BNG, dijo en una campaña electoral: “Hoxe si fomos lonxe, até A Coruña”. Antes de nada el PP coruñés debería explicar por qué después de treinta años en la oposición pone a una señora en la concejalía de Cultura teniendo por las cafeterías a Augusto César Lendoiro. Después, mandarla a Nueva York a programar las fiestas patronales de allí, a ver si aquello es suficientemente universal, y reponer al anterior concejal de Turismo de A Coruña, el nacionalista Henrique Tello, que descartó un concierto de Bob Dylan porque “viene a tocar y lo hace de espaldas: llega, no saluda y no toca ninguna canción conocida”. Efectivamente, Dylan toca cosas extrañas que se le van ocurriendo por el camino, por eso está de espaldas: para que nadie vea cómo rasca la guitarra al chou mientras improvisa rimas aprovechándose de que canta en un idioma raro, creo que inglés. Tello lo hubiera preferido corriendo de un lado a otro del escenario con la mano en la oreja preguntando cómo están ustedes.

Definitivamente, hay algo ridículo en ser concejal de fiestas en A Coruña.

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18 comentarios

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