Pepe Albert de Paco: Bebo y olvido

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Hubo un tiempo en que mi propensión a olvidar objetos en los bares me fue dando ese aire de negligencia ‘noir’ que hace que los atolondrados pasen inadvertidos entre los genios. Ya fuera por mi destemplanza inmemorial o por un acendrado sentido del marquismo, siempre llevaba conmigo periódicos y libros que, when we were kings, solían desmembrarse en las terrazas, barras e incluso pistas de baile de los antros que frecuentaba. Mi hazaña más sonada, la que me elevó a la categoría de leyenda, llegó del lomo de Europa, Europa, un fornido ensayo de Hans Magnus Enzensberger que malvivió durante una semana en el almacén del bar Satanassa, y que, al recuperarlo, me procuró la rendida admiración de Elena, la altiva estudiante de filosofía que ejercía de camarera y cuya pericia todavía tengo en mis oraciones. Dado que solía aventar el propósito, a menudo firmado ante notario, de no alternar hasta más allá de las doce (un príncipe frustrado, es lo que soy), no fue raro que, además de portar libros y periódicos, anduviera de oca en oca con la carpeta de la facultad, que una noche acabó dormitando en el apoyapiés de la barra del Karma. La recogí al cabo de unas horas, lo que me brindó la ocasión de desayunar con las mujeres de la limpieza en el mismo recodo en que solía vaciar esos litros de alcohol que corrían por mis venas, mujer. En mi tour del porvenir, ese que, supuestamente, habría de ir decantando mi Gran Novela Sobre Barcelona, acabé coincidiendo en más de un garito con otro genio destemplado, de nombre Juaco, que, al igual que yo, se dejaba lo puesto al tercer güiscola. Los camareros no fueron ajenos a esa alineación planetaria y empezaron a confiarnos los objetos de forma indistinta, en la confianza de que tarde o temprano acabaríamos encontrándonos en algún otro sitio. Sea como sea, la vislumbre de la pertenencia a lo que bien podría ser el germen de un grupo fue disipando el sentido de la culpa y afirmando el del dandismo. Por si a nuestro club le faltaran estatutos, acudió en nuestra ayuda el novelista Monzó, del que supimos que dejó olvidado uno de sus primeros manuscritos en una cocketelería neoyorquina. Hoy en día, no hay más que leer la prensa para reparar en que la retórica ‘disaster’ ha ido empapando el estilo del mundo hasta penetrar en su cocina misma, que son las escuelas de marketing. No en vano, cualquiera que pinte algo en este circo no sólo tiene la obligación de beber, sino también la de olvidar, ya sea la estatuilla del Goya, el premio Bafta, el guión de Harry Potter, el plan de rodaje del último capítulo de Lost o el prototipo del iPhone 5. Uno de esos días en que fui a recobrar mi memoria, la chica de la barra del London me dio una libreta olvidada por el Juaco. El Juaco murió al cabo de unos días, ateniéndose con extremo rigor a las ‘extrañas circunstancias’ que cada cual iba fraguando según sus dotes. Todavía guardo esa libretilla entre mis pertenencias. Contiene dos poemas de amor y unas anotaciones de lo que siempre he creído que eran citas para ver pisos de alquiler. Y un subtítulo imperial que reza que el portador, a su manera, fue un digno precursor de casi todo.

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