Radiografía de un fotograma: La soga

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Una asistenta recoge sin prisas una improvisada mesa sobre la que un par de caballeros acaban de celebrar una multitudinaria cena mientras los invitados conversan fuera de plano.

 Esta escena en seco no podría inspirar emoción alguna pero la realidad es que pertenece a La soga, ejercicio magistral con el que Alfred Hitchcock demostraba una vez más que el sobrenombre de rey del suspense no le fue concedido gratuitamente. La razón de que algo tan banal como la sirvienta ejerciendo sus labores fuera el objetivo de la cámara durante una larga secuencia se debía a que previamente Hitchcock había diseminado todos los elementos esenciales de la partida de ajedrez que juega con el espectador para conseguir el efecto deseado en ese preciso momento. Y el efecto deseado no era otro que tener a la audiencia mordiéndose las uñas por la tensión.

La soga era un proyecto de una audacia envidiable, Hitchcock quería trasladar una obra de teatro a la gran pantalla rodándolo todo en un único plano pero las limitaciones de la época le obligaron a fragmentar la historia en varios planos secuencia de 10 minutos utilizando el ingenio como arma. El escenario donde transcurría la acción contaba con un skyline de Manhattan falso de dimensiones enormes que reproducía a modo de maqueta el paso del tiempo a lo largo del día. El diseño de todo el decorado interior estaba pensado de manera que paredes y muebles pudiesen ser cambiados de posición para permitir en tiempo real el paso a una cámara en continuo movimiento, y algunas de las transiciones de un plano a otro eran disfrazadas mediante acercamientos a objetos de la escena —el resto sufrían de un corte abrupto debido a que se correspondían con el momento en que el proyeccionista de la época debía cambiar los rollos de película y Hitchcock no consideró necesario disimularlas—. Más allá de la imaginación durante la puesta en escena, La soga proponía un perverso juego llevado a cabo por los personajes interpretados por John Dall y Farley Granger, pareja de intelectuales —la naturaleza gay de la relación entre ambos siendo sutil pero no excesivamente discreta[1] superó la censura, y eso era todo un logro en los años 40— que asesinan a un compañero de facultad con la única finalidad de llevar a cabo el crimen perfecto gracias a su supuesta inteligencia superior.

Pero lo retorcido de la propuesta viene a continuación. Esconden su cadáver en un arcón, convierten dicho mueble en una improvisada mesa ejerciendo ellos mismos de anfitriones de una cena cuyos invitados son familiares y personas cercanas a la víctima. Una vez colocados los elementos, el director nos suelta una escena lenta, sencilla en su concepción y que esconde uno de los más eficaces momentos de tensión contenida de la película: la escena de la criada.

La secuencia contenía la esencia principal del cine de suspense y el espectador se encontraba con un momento de incertidumbre eterno. De repente no podía pensar en otra cosa que no fuera que aquella asistenta nunca llegará a abrir el arcón.

1– Obsérvese que cuando enseñan la casa a los invitados el piso solo dispone de un dormitorio.

 

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3 Comentarios

  1. Anoche, ví por segunda vez esta película. Hace tiempo que la pude ver y, precisamente, ayer volví a deleitarme con el cine de este maestro.

    Es asombroso, como mantienes la tensión e interés por el hilo argumental, no quieres perderte ningún diálogo entre los personajes, ni tampoco ningún gesto de ninguno que lleve a Rupert a sospechar lo más mínimo. Es un suspense magistral, no tienes momento de aburrirte en ningún momento.

    Gracias al autor.

  2. Aparte del aspecto formal y técnico, es muy interesante el tratamiento del pensamiento nietzscheano y la posible deriva nazi del mismo cuando cae en mentes de repetición.

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