La llave

Publicado por

Junichiro Tanizaki

El Aleph Editores

En esta época en que los diarios personales privados se han convertido en blogs semipúblicos, puede resultar algo marciano el punto de partida de La llave (Kagi), gran novela erótica de Junichiro Tanizaki. En ella un matrimonio tradicional japonés con una vida sexual más bien pobre celebra en 1956 su vigésimo aniversario de casados. Él es un cincuentón de salud frágil, ella se mantiene activa y hermosa a los cuarenta y cinco años. El marido decide empezar a escribir un diario íntimo, y coquetea con la idea de que su esposa lo lea, ya que sabe perfectamente dónde lo guarda… Para no ser menos, la esposa comienza su propio diario, y enseguida se establece un curioso juego implícito lleno de ambigüedades, tensión sexual y dobles entendidos. Aunque ambos lo nieguen ofendidos en sus respectivos diarios, está más o menos claro que cada uno lee el diario íntimo del otro y lo aprovecha para enviar mensajes, pistas sobre infidelidades más o menos consentidas y buscadas, sugerencias, miedos, obsesiones…

Un suceso detona gran parte de lo que ocurrirá después en la novela: Ikuko (la pudorosa, tradicional y recatada esposa) cae inconsciente por una mezcla desafortunada de alcohol y tranquilizantes, y el marido la lleva a la cama. Dándose cuenta de que tiene una oportunidad inmejorable de verla completamente desnuda por primera vez en toda su vida de casados, se atreve a quitarle las incontables capas de ropa y admirar, acariciar y poseer vientre, pechos, muslos, pies, cuello… Una cosa lleva a la otra, ¿y qué mejor manera de inmortalizar el momento que traer una cámara de fotos y una potente luz eléctrica?

Estas ansias de erotizar el oculto cuerpo femenino a través de la claridad y la luz son muy significativas si tenemos en cuenta que Tanizaki es el autor del famosísimo Elogio de la sombra, en que alaba las virtudes orientales de la penumbra, la sombra y la media luz frente a la tendencia occidental a iluminarlo todo cuanto más mejor. La evidente occidentalización del esposo (que lee a Faulkner, compra ropa inglesa y usa cámaras alemanas), añade un ingrediente más de contraste con el mundo de las estrictas tradiciones en que ha sido educada Ikuko. En un matiz que es inevitable perder en la traducción, las entradas de Ikuko en su diario están escritas empleando hiragana (silabario creado originalmente por mujeres de la aristocracia y considerado más femenino, tradicional o incluso infantil), mientras que el diario del marido emplea profusamente katakana (silabario creado originalmente por monjes budistas y considerado más masculino y en cierto modo moderno).

A medida que avanza la renovada relación erótico-sexual entre marido y mujer veremos un progresivo toque de una refinada crueldad nada sorprendente en un autor como Tanizaki, muy hábil al retratar con finura y elegancia relaciones eróticas extremas. Es al fin y al cabo el autor de obras como Jotaro el masoquista o el impresionante y cruel cuento corto El tatuador….

Uno de los aciertos de la novela es el constante baile de interpretaciones sobre la personalidad de Ikuko a medida que pasan las páginas: ¿ingenua libertina, peligrosa femme fatale, tímida dama superada por los acontecimientos? Inexplicablemente, Tanizaki destruye esa ambigüedad en las últimas páginas de La llave, con una entrada final en el diario de Ikuko que vuelve claras y explícitas muchas de sus acciones anteriores. ¿Cómo el maestro de la penumbra y la media luz elimina las sombras de la historia, en lugar de dejar el veredicto sobre el «enigma Ikuko» en manos del lector?

Hecha esta salvedad, lo cierto es que La llave es una novela deliciosa y sutil, que además de ofrecer un cáustico retrato de una época, muestra de forma elegante e insinuada varias facetas del erotismo a flor de piel: voyeurismo, exhibicionismo, fetichismo por los pies, infidelidades consentidas y una atracción por la belleza dormida similar a la que refleja Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes

En 1960, cuatro años después de la publicación del libro, el director japonés Kon Ichikawa filmó una interesante adaptación de La llave que no acabó de convencer a algunos fans de la novela, pero obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. Un par de décadas más tarde, en 1983, el director italiano Tinto Brass (sí, el autor de joyas del erotismo soft-core como Salón Kitty o Calígula) decidió filmar una adaptación más libre de La llave, trasladando la acción del Japón moderno a la Italia de los comienzos del fascismo. Sin ser una maravilla, la película está muy cuidada tanto desde el punto de vista estético (ambientación, fotografía, música de Enio Morricone) como argumental (esos paralelismos entre la deriva de algunos personajes y el auge del poder del Duce)… Y permite disfrutar de una Stefania Sandrelli en pleno esplendor sensual, años antes de su aparición en el Jamón Jamón de Bigas Luna.

Al terminar la lectura de La llave le entran a uno ganas de llevar un diario privado. Para quien se decida a ello recomiendo emplear un documento Word online en Google Docs, cifrado con una contraseña que tal vez, si tiene curiosidad, la pareja pueda adivinar…

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