‘Oh, America’. PJ Harvey. The Glorious Land. 2011
Matt Dillon irrumpió en las pantallas con poca clase, unos andares de mito, atractivo galopante y una disyuntiva sin medias tintas: sus personajes afincaban el fracaso predeterminado en un terreno, el del sueño americano, cuyo cartel de entrada reza que el cielo es el límite. Es una leyenda que colisiona con aquella afirmación de la antropología cultural según la cual los casamientos y asentamientos, la hoja de ruta del individuo, vienen determinados por su condición social. El estrato infranqueable.
En una reciente columna a propósito la última edición de los premios Emmy, David Trueba parecía medir la calidad y el fondo de las series familiares en función de sus contenidos subversivos. La cantidad de subversión determinaría la calidad de la propuesta. Y en la premiada Modern Family el crítico reprochaba una subversión insuficiente u observaba una subversión calculada. Vamos, que no había la subversión que sí late en una película sobre la Guerra Civil española con facha malvado y mujer roja (soltera busca) de sonrisas y lágrimas.
Hete que viendo Modern Family me sobresaltó un cameo de Matt Dillon, apareciendo como chófer pasado de vueltas, ex novio de la protagonista y liado con la madre de esa ex-novia, el cuello encogido, gesto torvo, pareciera que avergonzado de tal representación. Es ése mi el último fresco de Dillon, que acaso constituye el último eslabón dorado en la cadena de los jóvenes misfits del cine americano. Del Brando de Salvaje (Laszlo Benedek, 1953) al eternizado James Dean o al Martin Sheen de Malas Tierras (Badlands, Terrence Malick, 1973). Un arquetipo que proviene de una parentela incompetente o intolerante o directamente dimitida. Un arquetipo de gap generacional, con fondo de diamante opaco y formas espinosas. Unas rosas, en definitiva.
‘These things you’ve given me They always will stay They’re broken… but I’ll never throw them away’
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Magnífico y como sabes me encanta la referencialidad jajaja. Muy bien esbozado el trayecto vital-profesional o no ya de Dillon sino de otros y de los jóvenes suicidas, los malditos.
Un soberbio artículo de verdad.
Dillon siempre me gustó y me pareció un tío interesante, en los 90 estaba en todas las películas, pero fuera de su aparición coppoliana lo cierto es que su trayectoria ha navegado en cierta gratuidad, no existe tanta coherencia más allá de su coincidencia con grandes maestros cuando se buscaba las habichuelas o algún interés indie, como con Van sant. Es evidente que sus inicios son lo mejor, y es un actor muy apreciable, con ese rostro duro que admite un interior sensible. Su única película como director no nos indica mucho que aprendiera de sus grandes títulos como actor (“La ciudad de los fantasmas”, 2002).
Interesantísima la comparativa con Rourke, es evidente que su coincidencia en “La ley de la calle”, es visionaria del bueno de Coppola. Le faltó decisión a Dillon cuando logró una fama apreciable en los 90.
La infumable Crash le devolvió al primer plano, más algún intento de comedia cutre, pero nada afianzado.
Sobre “Rebeldes” y “La ley de la calle”, pues es evidente que es mejor la segunda, aunque sé que para ti no jeje. Uno de los grandes rasgos de autor coppoliano es su reflexión sobre el tiempo y en “La ley de la calle”, aparte de su belleza visual, esta reflexión está perfectamente integrada con esos chavales sin futuro, pasado y con un presente eterno. Coppola siempre ha usado a la familia para sus pelis, detrás de la cámara sobre todo, y en “La ley de la calle” un aspecto fundamental, más que en las anteriores, es la relación entre hermanos, la dedica a su hermano de hecho, es una película profundamente personal, algo que no ocurre tanto con “Rebeldes”. El Rourke existencialista inspirado en Camus es maestro del visceral Dillon, admirador incondicional de su hermano, acaba convertido en él, suplantando su personalidad, como sucede en Apocalyse Now, lo que es bastante desolador. El paso del tiempo, que como bien señalaste, se muestra en multitud de metáforas y reflexiones es desde aquí algo esencial en Coppola, es un mundo tendente a la abstracción. La idea del blanco y negro no es gratuita y viene justificada por la imposibilidad del “chico de la moto” para distinguir los colores, esto le permite referenciar a “Metropolis” de Lang además, con todo el sentido, aparte de al expresionismo en general por múltiples motivos, que sería largo contar. Es un mundo aparte, fantasmas en busca de identidad. Perfecta elección la del blanco y negro.
En “Rebeldes” todo es más convencional, casi no existe individualidad en el grupo de amigos, la mayoría completamente desdibujados, también es autobiográfica en cierta medida y complementaria a la vez que antitética a “La ley de la calle”. Dos grandes pelis.
Las “Malas calles” scorsesianas…
Stephen Dorff, otro maldito gustoso de serlo jajaja
Excelente artículo. La revista en sí es una joya…
Enorme.
El verdadero apellido de Dean Martin no era Martini, sino Crocetti, Dino Paul Crocetti
El descarriado Edward Furlong merecía más de una linea. Y yo no he visto La ley de la calle, gracias por explicarme el final. Para desarrollar el tema no hace falta destrozar las tramas.
Belen, la película tiene más de 30 años. Has tenido tiempo para verla. Y sí, hace falta hablar del final para poder entender la película en su conjunto. De todas formas hay muchas películas en las que el final no es lo importante. De hechi, da igual que lo sepas. No es como quién es el asesino? Así que te recomiendo que la veas aunque sepas wl final.