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Flann O’Brien: la tumba de todos los errores

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Uno no compra toda la obra publicada de un autor porque se entere de que era un borracho, aunque si el tipo en cuestión se define como un “bebedor con problemas de escritura” tendrá en principio mucho ganado entre los amantes del buen humor, la vida disipada y las frases brillantes. Encontramos por otro lado en la verde Erin demasiados casos de coincidencia entre genialidad literaria y dipsomanía impenitente como para atribuirlo a la casualidad, y no a una peculiaridad idiosincrásica de la estirpe céltica. El mayor escritor de la historia de Irlanda, archipiélago que no ocupa precisamente el mismo lugar que Fiyi en el escalafón literario, no ha encontrado algo de su merecido reconocimiento en España hasta hace no más de cinco años, cuando la benemérita editorial Nórdica se hizo con los servicios de Flann O’Brien (Strabane, Tyrone, 1911 – Dublín, 1966) como quien contrata de un solo tiro a cierto entrenador portugués y a cierto delantero argentino. El solapista encargado de glosar al genio no ocultaba la emoción del descubrimiento, que uno entiende tan bien desde que este irlandés nos fue revelado en el blog de nuestro ex profesor Alejandro Gándara: “En Nórdica estamos entusiasmados con la obra de este genial irlandés y hemos cumplido el sueño de publicar todas sus novelas: El tercer policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre, La vida dura y En-Nadar-dos-pájaros”. En este mismo otoño de 2011, año del centenario de su nacimiento, la misma editorial acaba de alumbrar La gente corriente de Irlanda, una irrenunciable antología de la columna que durante 26 años estuvo firmando nuestro hombre en The Irish Times bajo el seudónimo gaélico de Myles na gCopaleen.

Por cierto que Flann O’Brien es otro seudónimo. El funcionario gris que llegó a secretario de ministros —en la intimidad un creador mimado como ninguno por la musa de Aristófanes— se llamaba en realidad Brian O’Nolan, “inspector de sanidad nacional y literaria para Irlanda” según propia definición. Su ricino satírico, sin embargo, no siempre salía de botica por censura del editor, que se debatía entre el fervor cerrado de los lectores y las cartas indignadas de los prebostes ridiculizados, pues Myles no dejaba títere con cabeza. Su salud ganaba cuando era censurado, porque entonces perdía la remuneración y a lo mejor no le alcanzaba para sufragar la batería de pintas rituales de la tarde. Esta manía del seudónimo obedecía en origen a la imposibilidad para un funcionario estatal de publicar bajo su nombre genuino, pero luego nuestro autor le fue cogiendo el gusto a la heteronimia hasta hacerse acreedor entre algunos críticos al marbete de “Pessoa irlandés”, ajustado apodo si el pobre Pessoa resultara un poco más alegre de lo que es.

Joyce no era malo. Beckett mucho menos. Qué decir de Wilde o Bernard Shaw. O’Brien, en todo caso, era como mínimo el mejor en lo suyo, como bien sabían Beckett y el propio autor del Ulysses, que prácticamente ciego leía las novelas de O’Brien con ayuda de una lupa: “Un escritor auténtico, con el verdadero espíritu cómico”. Lo malo es que alguien —y aquí todos miramos al existencialismo francés, y luego al estructuralismo y a la deconstrucción y a sus santos popes, que poseyeron al papanatismo intelectual español como un galán de casino a una modistilla de zarzuela— decidió que la literatura humorística estaba un par de peldaños por debajo de Kafka y sus afanosos epígonos de la disolución del yo, como bien protestaba Eduardo Mendoza, entrevistado en esta revista. Por eso ha tardado tanto en llegar aquí su canonización literaria definitiva, configurada a golpe de crítica entusiasta. Pero si, a nuestro limitado juicio, O’Brien constituye el mayor hallazgo literario en décadas del panorama editorial patrio, en el ámbito anglosajón llevaba ya mucho tiempo formando parte de la sacra trinidad de monstruos irlandeses junto a James Joyce y Samuel Beckett, de los cuales es discípulo por edad y, en algunos momentos, maestro por superación artística. Quienes reconozcan el magisterio de ese Mourinho de la crítica literaria que es Harold Bloom —y uno lo reconoce—, deben saber que el patriarca hebreo incluyó dos obras de O’Brien en su santo canon.

La tradición literaria de la fórmula O’Brien entronca con El Quijote, con Rabelais y con el Tristam Shandy: tramas disparatadas, personajes grotescos, mezcla del lenguaje científico con el habla vulgar, pedantería deliberada, entrevero de planos narrativos, constantes digresiones aparentemente arbitrarias, desdoblamiento del narrador en otros narradores y diálogo de los personajes con el autor al estilo Unamuno o Pirandello, evocación y mezcla de las corrientes históricas de la literatura irlandesa —del vademécum moralista a las sagas épicas pasando por la consigna nacionalista, cuyo lenguaje es imitado con tanta brillantez como irreverencia—, introducción de conversaciones entre personajes de una erudición inútil y desaforada (“Menos Uno, Cero y Más Uno son los tres enigmas insolubles de la Creación”), cierto costumbrismo con pintura de caracteres irlandeses (no faltan los borrachos ni los beatos arrebatados), algo de novela de formación de ambiente universitario regado por pintas de cerveza, etcétera. Lo que menos hay es acción, porque O’Brien —que tenía el don de la frase perfecta, la metáfora original y el humor salvaje, todo lo cual hace de la suya una prosa radiante de personalidad—, como todos los aristócratas del estilo, hacía residir en la pirotecnia medida del lenguaje el estallido del placer literario, y desechaba eso del suspense, de la trama y de la intriga reputándolo bisutería facilona para gustos plebeyos. Como dice uno de sus personajes: “No hay nada peor que reducir una buena charla que debería durar seis horas al breve espacio de una”.

Esas charlas desaforadas, exquisitos artefactos culturalistas con golpes de costumbrismo salvaje, son sus libros. Advirtamos también que O’Brien resulta por momentos un complicado autor de vanguardia y culto. Su deslumbrante, enloquecido, debut literario, escrito antes de cumplir los 30 años, resulta particularmente críptico ya desde el insensato título: En-Nadar-dos-pájaros. Otras obras del autor como La vida dura o El tercer policía (ésta me sigue pareciendo su obra maestra) albergan mayores dosis de verosimilitud narrativa –no muchas más- que facilitan el seguimiento lector. Pero la genialidad desatada del irlandés ya está entera en su ópera prima, y referir el argumento no sólo sería imposible sino de hecho una traición al tipo de talento que tenemos entre manos, que es el talento del absurdo exquisito. En-Nadar-dos-pájaros fue saludado con el aplauso merecido por Graham Greene, Joyce, Beckett o Dylan Thomas, pero la II Guerra Mundial vino a truncar su difusión, hecho que explicaba el autor años después diciendo que a Hitler le molestó tanto la novela que se inventó el nazismo y la invasión de Europa para distraer de su divulgación. Y es que por debajo del discurso delirante, ciertamente pueden advertirse en esta obra críticas feroces a los ridículos totalitarismos del momento, a la intransigencia del nacionalismo irlandés y su beatería extrema y a la fatuidad endogámica de la cháchara de los intelectuales, entre los cuales él mismo se sabía inserto. Hay también, como en toda literatura del absurdo, un trasfondo melancólico en estas páginas, sin duda mitigado por un humor amable que distancia a O’Brien del nihilismo más crudo de Becket. Ambos artistas parten de la conciencia del callejón sin salida al que conduce el inmanentismo de la modernidad. Pero mientras otros autores modernos y posmodernos se dan al tremendismo lastimero y aúllan el sinsentido de la vida, el supremo talento de O’Brien compone con la cartilla de racionamiento de la vida un origami disparatado, que acentúa las aristas a la vez que desactiva el peligro de sus filos.

Es probable que hoy solo pueda alcanzarse la libertad creativa de un O’Brien cuando no se necesita de la literatura para vivir, cuando se puede dar rienda suelta a la locura expresiva a despecho de los márgenes exigidos por tu editor. La jubilosa tarea del sello Nórdica informa, sin embargo, de una esperanza vigente: la gente no es del todo imbécil. Subsiste y subsistirá una parte suficiente, redentora, de la comunidad lectora que persigue, admira y compra lo excelente. Puede parecer fácil hacer literatura del absurdo, desligarse de normas de verosimilitud o estructura, pero ceñirse a la única norma del absurdo (desarmar al lector más avezado) sin caer en el efectismo sólo sale de forma natural cuando se posee el don de la sátira, como Bulgakov, Twain, Swift o Sterne. En el tercer policía, el protagonista, que no recuerda su nombre, topa con edificios de dos dimensiones, con bicicletas semivivas con un desmesurado sex-appeal, con sargentos infinitamente estúpidos, con toneladas de un material denominado “ómnium” y con un erudito tronado, evocador del Ignatius Reilly de La conjura de los necios, que se llama De Selby y que tiene razones para sospechar que la tierra no es esférica, sino “asalchichada”. En La vida dura el lector encontrará conversaciones delirantes entre un jesuita y su amigo Collopy, en las que éste ataca a la Compañía mientras beben cortésmente whisky en el salón familiar y mientras arriba, en su habitación, el sobrino de Collopy funda una universidad por correspondencia desde la que importe cursos como Acrobacia y Equilibrismo sobre el Alambre, Búsqueda de Petróleo o Taumaturgia Aplicada. Y en La boca pobre podemos leer esta flagelación desopilante de la cerril mitomanía nacionalista que merecería un auto de fe en Sabin Extea por sangrante analogía:

¡Gaélicos! —dijo—, mi corazón gaélico se llena de alegría al estar hoy aquí dirigiéndome a vosotros en gaélico en esta fiesta gaélica en el centro del territorio gaélico. Dejadme decir que soy gaélico. Soy gaélico de pies a cabeza, gaélico por los cuatro costados. Asimismo, todos vosotros sois verdaderos gaélicos. Todos nosotros somos gaélicos de puro linaje gaélico. Quien es gaélico, siempre será gaélico. Yo nunca he pronunciado (ni vosotros tampoco) una sola palabra que no sea gaélica desde el día en que nací, y lo que es más: todo lo que he dicho ha versado sobre el tema de la lengua gaélica. Si somos verdaderos gaélicos, es necesario que nos ocupemos siempre de la cuestión del gaélico y de la gaelicidad. De nada sirve saber gaélico si lo empleamos para conversar sobre cosas que no son gaélicas. Quienes hablan gaélico pero no se ocupan de la cuestión de la lengua, no son verdaderamente gaélicos en el fondo; personas así no benefician nada al gaelicismo, pues lo único que hacen es burlarse del gaélico e insultar a la gente gaélica. No hay nada en el mundo tan hermoso y tan gaélico como los verdaderos gaélicos verdaderamente gaélicos que hablan en verdadero gaélico gaélico sobre la gaélica lengua gaélica. ¡Por tanto proclamo gaélicamente inaugurada esta fiesta! ¡Arriba los gaélicos! ¡Larga vida a nuestra lengua gaélica!

Cuando este noble gaélico se sentó sobre su gaélico trasero, hubo gran algarabía y todos los asistentes estallaron en aplausos”.

Lo mejor de todo es que el propio Flann O’Brien era uno de los mayores expertos en gaélico de su tiempo, autor de una tesis doctoral de referencia sobre literatura celta en la Edad Media. Un fenómeno similar al de Jon Juaristi con el euskera: estudioso curado de fanatismo, con la salvedad de que O’Brien nunca militó en otra causa que en el entusiasmo del escéptico.

El valor de la obra de O’Brien ya sería incalculable en atención a la pura inventiva, a la vis cómica transportada por el estilo más refinado. Ciertamente, el humor es el lenitivo indispensable en medio de acuciantes problemas sociales, convivencias grises y hasta enconadas disquisiciones teológicas. Pero el humor no es solo una válvula de escape, sino sobre todo la vía de acceso más adecuada al teatro este en que vivimos. El humor es el seudónimo de la inteligencia. Y la carcajada, como escribió Wenceslao Fernández Flórez, la más segura tumba del error.

http://twitter.com/#!/jorgebustos1

 

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7 Comentarios

  1. Pero si Kafka, precisamente, es por encima de todo humor. Leáse otra vez «En la colonia penitenciaria», por ejemplo.

    A los que no se les ve ni pizca de humor son a Harold Bloom ni a Mourinho.

  2. Sólo una discrepancia. ¿Juaristi curado de fanatismos? Los fanatismos no se curan, sólo se transforman. El que tengan su objeto en Euskadi o Israel, por poner dos ejemplos, no altera el producto.

  3. recomiendo efusivamente «La boca pobre» a todos aquellos que tengan problemas de lengua.
    Hilarante.

  4. Muy bueno, Jorge. Hace años compartimos aula y cafetería en Teoría de la Literatura (UCM), nos perdimos la pista y ahora hacemos estas cosas en el mismo sitio: http://www.jotdown.es/2011/12/el-paris-de-jean-paul-clebert/
    Un saludo.

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  6. Tengo la enorme suerte de llevar cuatro años al frente de Skoob Books, una librería de segunda mano en Londres basada 100% en The Third Policeman: el ascensor, el dinero que entra no es el mismo que el que sale, las bicicletas… El dueño de la bookshop es una de las eminencias mundiales en Flann O’Brien (y eso es así, le entrevistan siempre) y sus libros son los únicos que NO vendemos jamás. Nuestro back room alberga la mayor colección O’Brienesca que jamás hayas visto, todo tipo de ediciones. Bueno, eso ya no es del todo cierto: con motivo del centenario decidió sacar a la venta todos los paperbacks, se corrió la voz y en pocas semanas no nos quedaba casi ninguno… Cuando me enteré de que Nórdica estaba traduciendo toda su obra pensé «¡Joder! ¡Se me han adelantado!». Pero sí, ya era hora de que alguien lo hiciera. ¡Viva!

  7. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | El número 15 de Usher Island

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