Gurruchaga y Oppenheimer o cómo sobrevivir a una corresponsalía

Publicado por

Íñigo Gurruchaga y Walter Oppenheimer, y los nombramos por estricto orden alfabético, son respectivamente los corresponsales en Londres de Los diarios regionales de Vocento y El País. Un corresponsal, como todo estudiante de periodismo debería saber si ha desaprovechado sus años universitarios asistiendo a clase, envía noticias desde el extranjero, profundiza sobre los temas más diversos y teje una red de informadores y relaciones profesionales que le permiten llegar más allá, a las maquinaciones que se intrigan en los bajos fondos y en las altas esferas que, gracias a la refundación del capitalismo, la política italiana y los matrimonios regios por amor, por fin se ha demostrado que son la misma cosa. En el imaginario popular un corresponsal se juega la vida en cada reportaje, demuestra una calma tibetana mientras toma notas bajo el fuego enemigo y amigo; desprecia las generosas ofertas de malvados cárteles que pronto se transforman en promesas de muerte dolorosa y hace temblar a las estructuras de poder más tiranas con sólo dejar su tarjeta sobre las bandejas de plata de ministerios y cancillerías. Y algo de cierto hay en todo esto; corresponsales fueron Vasili Grossman, Graham Greene, Ernest HemingwayIliá Erenburg y el enorme Chaves Nogales. La diferencia entre un corresponsal y un reportero figura en el Capítulo 1 de cualquier manual de periodismo; nosotros no se la enunciaremos aquí, entre otras cosas porque si bien es cierto que el corresponsal está varios escalones por encima del reportero en una imaginaria escala de virtudes periodísticas, no lo es menos que éste apenas sí podría divisar por debajo de él en esa misma graduación la pomposidad innata al redactor de Jot Down.

Es a partir de una respetuosa visita a la iglesia de St. Bride, obra de Christopher Wren (otra personalidad que pide un artículo a gritos), durante la cual ambos recuerdan emotivamente el funeral de un colega, cuando se hace más patente la veneración que ambos sienten hacia su profesión. Recorren Fleet Street señalando los edificios en los que en otro tiempo se encontraban las redacciones de las cabeceras más legendarias de la prensa británica, hoy trasladadas a barrios más funcionales. Recuerdan huelgas de linotipistas, carnets de la Oficina Internacional de Telégrafos y crónicas enviadas por télex.

¿Cómo es ahora la vida de un corresponsal en Londres? ¿Ha cambiado mucho la manera de ejercer la profesión desde que llegasteis?

Walter — Iñigo llegó hace muchísimo más tiempo que yo, así que habrá cambiado más para él.

Íñigo — Yo envié mis primeras crónicas mediante télex, así que el cambio tecnológico es bárbaro. Escribía en mi casa con una máquina de escribir, o con un Amstrad, que no era más que una máquina de escribir con capacidad de almacenamiento y edición. Lo imprimía y me iba corriendo a la oficina de Correos de Temple para grabar la cinta del télex. Lo más importante era tener el carnet de la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Y si no era posible dictaba la crónica por teléfono.

¿Llegaste a Londres decidido a escribir o ser periodista?

Íñigo — Llegué a Londres con alguna corresponsalía pequeña, pero trabajando también como portero en un hotel. Y luego vuelvo, voy, vuelvo… está todo relacionado con mi vida sentimental. Ha sido un lento progreso hacia la nada.

Walter — Yo llegué hace menos tiempo, diez años, y lo que ha cambiado de entonces a ahora es, sobre todo, que trabajamos muchísimo más para la edición electrónica. Somos un poco como periodistas de radio, estamos todo el día enviando crónicas sobre el mismo tema. Todo el día actualizándolas y, finalmente, escribiendo el artículo definitivo para el papel. En este sentido ha cambiado bastante.

¿No resulta más incómodo?

Walter — Sí, es bastante más incómodo. La misión del periodista escrito era, durante el día, buscar información centrada en lo que tenías que cubrir y cuando sabías el espacio que te destinaban, escribías. Ahora estás atado a tener que saber qué está ocurriendo cuando hay cosas que se considera que se han de explicar prácticamente en vivo; y vives mucho peor, claro. Pero el problema no es ese, obviamente: el problema es que la información también se puede deteriorar.

Gurruchaga y Oppenheimer visten de riguroso traje y corbata oscuros y justo entonces parte del misterio concerniente a esa indumentaria queda desvelado: «Te íbamos a llevar a un bar de periodistas, pero es obligatorio vestir corbata, así que…» Nos acomodamos en un apartado de El Vino, en la misma Fleet Street, disfrutando del placer que proporciona descansar en un sólido butacón de auténtico cuero. Entonces ambos nos descubren el meollo del oficio y critican constructivamente ciertos aspectos de esta publicación de la que ustedes son sufridos seguidores.

¿Os encontráis historias sobre las que os gustaría escribir pero que no tendrían cabida en el medio para el que trabajáis?

Íñigo — Sin duda; muchas veces tienes más material que el que cabe en el espacio asignado. A mí me gusta hacer retratos y ese tipo de cosas no caben, tiene que haber algún elemento noticioso en lo que se publica en los periódicos. Por ejemplo, la historia de mi quiosquero, que es natural de Sri Lanka; contar cómo ha cambiado, cómo se viste un poco mejor, cómo cuando llegas al quiosco te llama “sir” porque ha aprobado el examen de ciudadanía. Estaba nerviosísimo. Es una viñeta para mí preciosa de mi vida cotidiana y muy interesante sobre algo que ocurre en la sociedad, pero no tiene justificación porque no está en el sistema de las  noticias.

Walter — La aparición de las ediciones electrónicas abre un poco el campo a poder escribir esas historias. Los blogs, que salen como champiñones, tienen un elemento de libertad que no tiene el papel. Casi nadie comprueba los datos, lo único que quieren en realidad es que hagas algo, lo publiques y le des vida a esa edición electrónica. Puedes hacer prácticamente lo que quieras dentro del orden que te marca el sentido común. Una historia como la que él acaba de contar tendría cabida perfectamente en un blog; en mi opinión, incluso podría tener cabida en las páginas del papel.

Los peligros de lo que Íñigo denomina hobbismo.

Walter — Cuando ya he reunido todo el material, cuando he contrastado todo la información, lo único que necesito es que me digan cuántas líneas quieren para el artículo. Y entonces me siento delante del ordenador con unas pocas horas para darle forma a todo y construir algo coherente. Esa sensación de «y ahora vamos a hacer algo que merezca la pena» es lo que más disfruto.

Íñigo — Eso es sensacional.

Se quedan un momento mirando al frente, a la nada, casi en éxtasis, y después apuran su primera copa de vino.

¿Son especiales los británicos?

Walter — Especiales somos todos. Desde el momento en que hacemos generalizaciones sobre si los alemanes son así, los argentinos asá, los españoles de aquella manera… pues los británicos también. Me ha chocado mucho que he estado a gustísimo desde el primer día que llegué aquí. La facilidad de integrarme en la vida cotidiana en Inglaterra ha sido increíble. Comparando incluso con Bélgica. Allí nunca me llegué a integrar en la vida cotidiana; estaba maravillosamente integrado en el grupo de periodistas, funcionarios y diplomáticos europeos que vivían en Bruselas. Pero en Inglaterra desde el primer día he estado como en mi casa. Eso no quiere decir que me gusten en todo, pero tampoco me gustan en todo los españoles. Los ingleses —pues habría que distinguir entre ingleses, escoceses, galeses e irlandeses del norte— tienen cosas insoportables, pero también los españoles. La pedantería del inglés es inaguantable, pero al mismo tiempo tienen una llaneza y una proximidad increíbles. Estoy muy a gusto.

Quizá les dé cierto carácter el hecho de ir a contracorriente en determinados asuntos, como lo de conducir por la izquierda o lo de no adaptar el sistema métrico…

Walter — No estoy muy seguro de que en el mundo haya mucha más gente que conduzca por la derecha que por la izquierda. Hay muchos países en los que se conduce por la izquierda, aunque probablemente en esos países haya muchos menos automóviles que en los países en los que se conduce por la derecha. Por eso tampoco sé si tiene mucho sentido que cambien. Y en el caso de ellos, que además viven en una isla, no tendría ningún sentido; sería una absoluta ruina cambiar todo el sistema de conducción. De hecho, no sé si leí en algún sitio que en España se conducía por la izquierda en el s.XIX.

Íñigo — Como consecuencia, a los ingleses les cuestan más caros los coches con la excusa de que la producción tiene que adaptarse para poner el volante al otro lado.

Walter — Y respecto a lo de los pesos y medidas, bueno, Estados Unidos también lo hace. Personalmente, cuando hablan de superficie en pies cuadrados, me pierdo, soy incapaz de hacer la traslación inmediatamente. Pero oye, si son así, ¿qué le vas a hacer?

Íñigo — La gente es conservadora en un sentido profundo, guarda muchísimas cosas. Tienen el escritorio del abuelo en el loft. En España noto más similitudes con la sociedad americana, donde las cosas se tiran, gusta lo nuevo y el uniforme de la policía cambia a menudo. Aquí rige el espíritu de “si no está roto, no lo repares”. La pinta de cerveza es como la monarquía, mientras dé dinero, pues da dinero, es un producto atractivo. La gente está acostumbrada a beber así, ¿por qué lo vas a cambiar?

Hace 35 años, más o menos la época en la que Gurruchaga aterrizó en Londres, Manuel, el estrafalario camarero barcelonés del hotel Faulty Towers sembró en la conciencia británica una imagen del español medio que no estamos seguros de que años de turismo mediterráneo hayan conseguido mitigar.

¿Cómo ven a los españoles?

Walter — Nos ven bastante bien. Dejando de lado que los ingleses desprecian a todo el mundo y, al mismo tiempo, envidian a medio mundo, a los españoles les tienen especial simpatía. Primero, porque van muchas veces a España, es el país con el mejor clima a la menor distancia que tienen. Francia es un país más atractivo, pero las únicas playas decentes que tiene están en la Costa Azul y la Costa Azul es un sitio muy particular, no es exactamente el sitio preferido del inglés medio que va a la playa. Además, les encanta el fútbol; el fútbol español es fantástico y hace ya bastante tiempo que la relación entre el fútbol español y el fútbol inglés tiene una cierta profundidad. Y también habrá razones históricas. Los españoles son un poco diferentes: no son alemanes ni franceses… Además, nos gustan muchas cosas que les gustan a ellos, como ir al bar a beber. La gente cree que los ingleses son reservados y callados, pero cuando se meten en un pub dejan de serlo y nosotros somos muy parecidos. Tú entras en un bar en Francia o Alemania y no se oye absolutamente nada, mientras que en Inglaterra hay ruido, gente hablando, música, se ponen a cantar… quizá esto que digo suene muy superficial, pero nos une bastante.

Íñigo — Y nos conocen bien, hay una familiaridad especial, somos el país más visitado por los británicos. Entonces, te estás encontrando cotidianamente con gente que te cuenta lo bien que trataron los españoles a sus hijos o a su familia, y eso es muy positivo. Luego, nos ven como gente abstracta, también gente católica, que tolera autoridades extremas, policías que llevan armas y un país poco serio. Sabemos qué es importante en la vida, pero a la hora de organizar algo político no somos un país serio. Todo eso está cambiando porque empresas españolas han venido al Reino Unido y eso crea un aura de eficacia.

Estereotipos que quizá se ven reforzados por la ola de euroescepticismo que desde fuera de las islas percibimos que se extiende desde las Shetland hasta Brighton. Íñigo nos da su opinión al respecto.

Con todo lo que está pasando ahora con el euro y la crisis financiera, ¿están cargándose más de razón los euroescépticos?

Íñigo — No creo que haya un auge de los euroescépticos, siempre han estado ahí. Lo que ocurre es que han reaparecido. Hemos vivido en una burbuja en la cual la necesidad de formar un gobierno tuvo como consecuencia la contención por parte de sectores del partido conservador que sentían la urgencia de ganar unas elecciones y pensaron que, aunque hay un amplio sector de la población que comparte algunas ideas del euroescepticismo, al mismo tiempo hay otros elementos chovinistas o asociados a las ideas de Margaret Thatcher que provocan rechazo. El euroescepticismo ha reaparecido en un debate parlamentario porque las circunstancias son nuevas y hay un cierto malestar con David Cameron dentro de las filas de su partido. Lo ven como alguien arrogante, que no les hace caso. No creo que haya un aumento del euroescepticismo, lo que sí hay es una demanda muy fuerte, y creo que inevitable, de que se celebre un referéndum sobre Europa.

Walter — Lo que Íñigo dice de que los conservadores han tenido que ocultar su euroescepticismo para poder ganar elecciones quiere decir que los británicos, en su mayoría, no son euroescépticos y ese euroescepticismo se tiene que ocultar porque no vende ni gana votos. En diez años que llevo aquí aún no me he aclarado sobre si los británicos son antieuropeos o no. Un amigo nuestro me dijo una vez que los británicos van de vacaciones a Francia y España porque están muy cerca; si Australia o Sudáfrica estuvieran igual de cerca, irían allí. Desde luego la crisis del euro, en el fondo, les da un placer inmenso. Pero yo soy de los que siguen pensando que si el euro no desaparece (que ya veremos) en unos años el Reino Unido estará en él. Cuando lo necesite, si es que el euro realmente se consolida como una moneda de verdad, y para eso hace falta que cambien muchas cosas, estará. Todo esto puede parecer un poco naïf después del veto de Cameron en la cumbre del euro, pero en mi opinión ese veto no tiene demasiado que ver con razones de fondo sobre la relación entre los británicos y Europa. Es sobre todo consecuencia de la debilidad que siente Cameron en estos momentos porque la economía se ha estancado, el sector más euroescéptico le ve débil y le está presionando brutalmente. Y el alcalde de Londres, que tiene la ambición de ser primer ministro, está haciendo todo lo posible para poner esa debilidad en evidencia. No hay que olvidar tampoco que ese veto ha levantado también muchas críticas dentro del país, sobre todo de sectores que comprenden hasta qué punto el Reino Unido está vinculado políticamente a Europa y hasta qué punto su economía está engarzada con la europea. Y en la City no son tontos y saben que una guerra contra Europa acabaría mal para todos, pero sobre todo para la City. La City es lo que es, sobre todo, porque Londres está en la UE. Salir de la UE, que es lo que quieren los verdaderos euroescépticos, sería un desastre para la industria financiera a menos que el Reino Unido quiera convertirse en un paraíso fiscal. En mi opinión, en las próximas semanas Cameron se va a ver muy presionado para buscar un acuerdo que le permita llegar a un pacto y levantar el veto. Y creo también que los alemanes van a hacer todo lo posible para conseguir ese entendimiento. A favor de eso juega también la dependencia que los conservadores tienen de los liberales-demócratas para mantener en pie el Gobierno de coalición. Y Nick Clegg no durará mucho al frente de los liberales si el Partido Conservador se enzarza de verdad en una guerra con la Unión Europea. Y si cae Clegg, cae la coalición. Sea como sea, lo que está pasando le viene muy bien a un corresponsal de la prensa extranjera en Londres.

Íñigo — ¡Qué espanto! ¡Más trabajo!

Walter — Los británicos quieren gobernarse ellos a sí mismos, pero creo que eso es común en muchos sitios de Europa, también en España. Cuando hablamos de euroescepticismo miramos a los ingleses de mala manera, cuando en el fondo muchos de los que les miran mal también lo son. Lo que pasa es que no sabemos muy bien qué es Europa y qué no. Lo que yo le reprocho a esa gente es la manera en que ellos critican a Europa; lo hacen como si fuera un proyecto antidemocrático: el reino de los burócratas de Bruselas en el que los políticos no están realmente cristalizados por un parlamento. Pero ellos jamás aceptarán una transferencia de poder que permita la existencia de un verdadero parlamento y gobierno europeos. Ellos no quieren eso porque quieren autogobierno británico, no europeo. Por eso dicen que Europa es negativa y corrupta, que no hay escrutinio politico de los ciudadanos. Y no la hay, pero jamás aceptarán que la haya. Estaría encantado de que existiera y cayeran todas las fronteras de estados en Europa.

Íñigo — También hay un cálculo estratégico sobre la idea de tener un pie Europa y otro en la Commonwealth mientras se mantiene la relación estrecha con Estados Unidos, de tal modo que el Reino Unido puede, como dice el refrán inspirado en el boxeo, golpear más fuerte de lo que corresponde a su peso. Ahora mismo, el gobierno enfoca su política exterior reforzando las redes de la Commonwealth, afirmando que Europa es el viejo mundo y que ellos tienen unas relaciones históricas muy estrechas con India, con China —con ésta íntimas y de enemistad, recuerda la guerra del opio—, con un mundo emergente, como Australia, que es un país con unos recursos extraordinarios, o el África subsahariana. Por eso te dicen: ¿por qué nos quieres meter en un gobierno ejecutivo europeo, con un ministro de exteriores flamenco? Creen que es más moderno lo que hacen, representando la sociedad de la red, una serie de nodos y relaciones, ésa seria la trama de la sociedad de naciones del futuro y no la creación de un gran poder central. Esos cálculos se basan en el interés material y parecen una perspectiva razonable, pero tiene un problema, la reducción dramática en los últimos años del poder militar británico. Es muy caro de mantener si tienes que responder en primera fila a las demandas de ayuda de Estados Unidos, de la OTAN, de la ONU… y se está produciendo una reducción significativa de la capacidad militar británica.

Walter — Y tienen otro problema: el choque con la realidad. La realidad es que la economía británica se relaciona con Europa, no se relaciona con la India, con Australia o con China. La libra no está en el euro pero la economía inglesa está tan mal como la del resto de Europa. Desde luego, peor que la alemana y me temo que peor que la francesa. ¿Por qué no ha aprovechado el Reino Unido la ventaja de la libertad de cambio? Lo ha hecho, ha bajado la libra en picado, pero no ha vendido nada; las exportaciones británicas son un desastre. Es decir, ¿dónde está la ventaja real? Tan pragmáticos que son, y en realidad están viviendo una ilusión. Están unidos a Europa. La Commonwealth es algo que da un poco de risa: Estados Unidos no tiene nada que ver con la Commonwealth, India está en la Commonwealth, pero ¿qué significa para la India estar en la Commonwealth? ¿En qué afecta a la actividad económica de las empresas? En muy poquito. Es todo una ficción, un recuerdo de sus días de Imperio y el querer ser diferentes y británicos por encima de todo, cosa que me parece muy respetable, pero que choca con la realidad. Y la realidad es que están en Europa, viven de Europa, se alimentan de la economía europea igual que la economía europea se alimenta de ellos; si no entrron en el euro es porque primero querían ver cómo va el euro. Había mucha gente que se oponía por razones políticas y de autogobierno, pero también porque pensaban que podía fracasar, que no estaba claro y “primero que lo hagan ellos y luego ya veremos si entramos o no”.

Íñigo Gurruchaga es autor de El Modelo Irlandés, donde describe con precisión el camino recorrido hasta llegar al famoso Acuerdo del Viernes Santo, y coautor junto a John Bewy Martyn Frampton de Talking to Terrorists, Making Peace in Northern Ireland and the Basque Country.  Su opinión al respecto del último anuncio de ETA y sus diferencias y similitudes con el caso irlandés tiene especial interés, pero “por salud mental tenemos que acabar con eso de ‘y ahora tiene que hablar el vasco’”, así que es Walter quien da su visión del tema.

Cambiando de tema, ¿qué diferencia veis en el proceso que empezó con el IRA en 1998 y el que podría empezar ahora, en 2011, con ETA?

Íñigo — Por salud mental tenemos que acabar con eso de “y ahora tiene que hablar el vasco”(risas)

Walter — No, creo que tendría que hablar Íñigo, pero no porque sea vasco, sino porque es un tema que conoce perfectamente, lo ha trabajado, estaba aquí cuando pasó, trabaja para un diario especialmente interesado en el tema —bueno, el mío también— y yo, en cambio, no lo seguí; el tema de ETA no es uno de mis temas preferidos, ni personal ni profesionalmente. Creo que son situaciones absolutamente distintas en todos los sentidos, empezando por los objetivos de cada uno. ETA busca la independencia del País Vasco a partir de lo que sería el País Vasco francés y el País Vasco español con el problema adicional de Navarra, mientras que el IRA buscaba la unificación de un país que era uno solo cuando no era independiente. No quisiera tampoco meter mucho la pata históricamente, pero la mayor diferencia es que el proceso de ETA está prácticamente acabado y lo que hay que hacer es no equivocarse demasiado por ninguna de las partes para que eso no vaya para atrás, mientras que el proceso de Irlanda del Norte estaba bien encarado y había evolucionado hacia una solución negociada pero no estaba claro que estuviera tan cerca del final. A lo mejor es una interpretación algo tosca y naif, pero creo que el problema de ETA está acabado salvo que alguien cometa muchas torpezas. Esto por ser sintético, porque se podrían escribir libros sobre el tema.

Quizá nunca se haya tratado suficientemente el tema religioso, esa lucha secular entre catolicismo y protestantismo que ha sido tan patente en la vida irlandesa del pasado siglo y que por el contrario no existe en un País Vasco indivisiblemente católico. O simplemente puede que no sea un tema tan importante.

En el caso de Irlanda, ¿el tema religioso era importante o marginal?

Íñigo — Muy importante. El poso de la religión en las culturas es muy hondo. Entonces, las diferencias en muchas cosas que achacamos a los británicos tienen que ver con sus variedades protestantes: formas de ver, prejuicios… Y cuando en Irlanda se producen cambios demográficos rápidos y complejos —creo que la demografía es muy importante en el País Vasco también— entonces te encuentras con que esa fractura religiosa está presente bajo la superficie. El historiador Paul Bew, que es ahora Lord Bew de Donegore por su papel en el proceso irlandés, ha publicado un tomo fantástico de historia  titulado Ireland, the politics of enmityen el que cuenta, por ejemplo, que James Connolly, que es el gran héroe republicano y socialista, pidió a su mujer, Lillie, antes de morir fusilado, que se convirtiera al catolicismo. Ese poso está indudablemente ahí. Pero tengo que marcar mi puntito de vasco casi auténtico sobre el autodenominado proceso de paz. Paul formaba parte de un grupo de amigos, incluido Walter, y fuimos en una excursión a San Sebastián para ver jugar a Ronaldinho. Íbamos una noche por la plaza de la Constitución de 1812, en la parte vieja, y conté a Paul la historia de la librería Lagun, de José Ramón Recalde, de María Teresa Castells, de Ignacio y Rosa Latierro, lo que han padecido por defender las cosas que han defendido. Él me dijo: “¿Qué quieres que te diga? A mí unos terroristas que atacan librerías me parecen mucho más sofisticados que los nuestros”. Tras las risas, hizo un comentario crítico del proceso de paz de Irlanda del Norte, no recuedo cual, y yo, que tengo tendencia a la pedantería, le hice una defensa genérica del pragmatismo para acabar con la violencia. Él me interrumpió y me dijo: “Iñigo, no me malinterpretes, yo tampoco estoy en contra de un tiempo de entretenimiento”. Me reí con más ganas y nos abrazamos. Realmente, cuando se habla de un proceso de paz, la gente se refiere a una fase de teatro político. ETA está acabada, el IRA estaba acabado, los líderes del IRA sabían que estaban acabados. La campaña militar era ya inviable y lo que se produce es coreografía, teatro. Hemos visto ahora en el País Vasco el entremés grotesco de los tres de la boina y el capuchón del Ku Klux Klan; en Irlanda del Norte también hubo farsa, la puesta en escena de la rendición del grupo militar y de cómo se incorpora a la política sin conseguir nada, pretendiendo que ha logrado muchas cosas. Eso fue el proceso de paz. Es algo que puede tener interés, pero que no tiene urgencia moral. Creo que el sentido de compromiso, de obligación, de los que han militado en la resistencia contra ETA sin obtener beneficio en metálico se irá debilitando.

¿Creéis que realmente es el fin de ETA, cuando no hay disolución o entrega de armas?

Íñigo — No tengo ni idea. Me haría falta mucha más información para tener una opinión que merezca crédito. Aunque tiendo a pensar que no. Tendríamos que ver cual es su reacción si el nuevo gobierno les persigue y les detiene, que me parece, desde aquí, bastante posible, para intentar desmantelarlos enteramente. Pero entiendo que del lado abertzale hay algo nuevo, que es el interés enfrentado de ETA como algo que solo sabe poner bombas y matar personas y los éxitos de sus simpatizantes y aliados en las elecciones. La disolución quizá sería importante, pero desde luego lo del desarme es una de esas cosas de las que habla gente que se debe mirar en el espejo cuando lo dice y ponerse cachonda por lo bien que les queda. Tal vez sea por falta de imaginación, pero no se me ocurre una manera viable para que gente vinculada a ETA entregue armas o identifique arsenales sin que haya, como ocurrió en otros lugares, un acuerdo para que quien colabore en el desarme no sea procesado o que las municiones o ‘zulos’ no sean analizados para encontrar pruebas de crímenes anteriores. Sin esa amnistía encubierta, simplemente no ocurrirá. Entonces hay que preguntarse si los gobiernos quieren meterse en eso ahora. Yo creo que no. Lo más optimista que puedo decir es que creo que el gobierno del PP tiene el tiempo a su favor en lo que respecta a ETA. Otra cosa es Bildu o Amaiur. Ahí quizás se den cuenta del tiempo que han perdido. Pero los astronautas de la mediación que han alunizado entre nosotros dicen —lo dicen en inglés, además, para que practiquemos— que el proceso corre prisa, que es necesario ser ahora muy dinámicos. Yo no les haría mucho caso. No pillan el guirigay nacional. Mientras ellos dicen eso, otros piden arrepentimientos colectivos, catarsis, una conversión política y moral inmediata de ETA, de sus seguidores y de buena parte de la sociedad vasca, el desarme, la justicia para las víctimas, el triunfo de la verdad, la victoria de un relato… No creo en nada de todo eso. Tal como han hecho las cosas unos y otros, o yo mismo, confío más en el efecto que puede tener el paso del tiempo.


En los años en que la geografía era una materia respetada en los planes de estudio, la selección escocesa de fútbol se clasificaba con regularidad para disputar los mundiales y la posibilidad de que Italia participara en el Torneo 5 Naciones de Rugby sólo de daba en las mentes más depravadas, la distinción entre Gran Bretaña y las distintas nacionalidades que la conforman estaban mucho más claras para el español medio. Hoy no estamos tan seguros, por mucho que se puedan, o no, hacer comparaciones con la estructura autonómica de España.

Antes habíais mencionado las distintas naciones del Reino Unido.

Walter — Sí, naciones, a ellos no les da miedo usar esa palabra.

Íñigo — Usan muy a menudo lo de “the Home nations”, las naciones de casa.

Quería preguntaros por las similitudes y diferencias entre la situación de Escocia, el País Vasco, Cataluña… Gales creo que está un poco más integrado…

Walter — Gales es un poco como Galicia, que nunca sabes muy bien qué es, si nacionalista o no.

Sin embargo Gales tiene la lengua más particular.

Walter — Sí, tengo entendido que el galés lo utilizan mucho más que el gaélico en Escocia, pero tampoco es difícil que sea así. En Escocia se habla muy poco.

Íñigo — Tiene un canal de televisión y hay zonas del noroeste donde se utiliza bastante el galés.

¿Se plantean las mismas cuestiones que se están planteando siempre en España? Que si las nacionalidades, los grados de autonomía, la independencia…

Walter — En Escocia el tema está muy caliente. El Partido Nacionalista Escocés está gobernando y proponiendo un referéndum sobre la independencia, pero nadie cree que Escocia vaya a ser independiente, más que nada porque nadie cree que lo necesite realmente. Me da la impresión que lo que quiere Alex Salmond es aprovechar el ascenso de su partido y el sentimiento nacional escocés para tener un grado de autonomía muchísimo mayor del que tiene en estos momentos. Plantea esa triple pregunta de si se quiere seguir como están, tener más autonomía o ser independientes. Lo está dando bordado para que voten tener más autonomía.

¿El nivel de autonomía es equiparable al de las autonomías españolas?

Walter — Seguramente tendrías que hacer un examen muy serio sobre cuáles son las competencias de uno y otro. Pero la gran diferencia que hay entre aquí y España es que cuando deciden que una determinada nación, o región, como lo queramos llamar tiene determinados poderes, realmente los tiene para ejercerlos, no hay ningún problema. Recuerdo, cuando estaba en Bruselas, que a los dos meses de ser aprobada la autonomía de Escocia hubo un ministro escocés representando al Reino Unido en un Consejo de Ministros de la Unión Europea. En España llevaban no sé cuántos años discutiendo cómo habría que hacerlo para que un ministro que no fuera del gobierno de España representara al conjunto del Estado. Por ejemplo, un consejero gallego para representar a España en un Consejo de Pesca. No, claro, porque si es gallego, ¿qué pasa con los vascos? ¿Qué pasa con los gaditanos y los onubenses? ¿Qué pasa con los españoles? Un desastre. Aquí son más pragmáticos.

Íñigo — Hay una diferencia importante en estas cuestiones, que es el alto funcionariado permanente. Es una administración que se concentra en las cuestiones de procedimiento. Las discusiones en España son entre dos políticos que se están arrancando el poder el uno al otro, que no es de vida o muerte, pero sí es muy sustancial para ellos. Mientras que aquí tienes esa mediación de los funcionarios que acompañan a los interlocutores y cuya misión profesional es el procedimiento. Y creo que eso es algo muy importante que se ha perdido en España.

De una manera alarmantemente natural la conversación sobre autonomía, autodeterminación y otros conceptos que aún están esperando a que nazca el lingüista que les dé nombre, desemboca en una charla deportiva. Más tarde Oppenheimer se descubrirá como un culé fanático, valga la redundancia, pues según las investigaciones más recientes a día de hoy la Naturaleza no ha dado a la luz otra clase de barcelonista. Mientras escarba con desgana en el interior de un ‘pie’ de cuya aprobación sanitaria dudaría hasta el inspector municipal de moral más laxa y que quizá ha pedido para sostener empíricamente una afirmación que nos hará más tarde al respecto de la excelencia de la gastronomía británica, repasa goleadas al Real Madrid con una precisión que sólo es posible lograr si se han visionado las grabaciones de los partidos varias centenas de veces, y se deleita en ellas con el placer que únicamente se alcanza teniendo a mano un interlocutor merengón, en este caso un sufrido redactor de Jot Down, que hizo gala de una paciencia franciscana y que entre lágrimas de desesperación anunció en el vuelo de vuelta que abandonaba la profesión y su afición al fútbol. Además, Oppenheimer muestra un granado pedigrí culé al dedicar improperios no sólo al ya manido José Mourinho, sino remontándose hasta Amancio Amaro. Eso es barcelonismo, y piensa seguir disfrutándolo mucho tiempo aunque las voces cualificadas auguren el fin de la competición, la Liga a la escocesa y la cosa esa del duopolio.

¿Os apetece hablar de deportes?

Walter — Precisamente estaba pensando que Escocia juega contra Inglaterra y a nadie le parece que las Islas Británicas se resientan. El equipo de Gran Bretaña no existe, se lo inventan para los Juegos Olímpicos, pero no existe; son Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte.

Íñigo — Es un sistema extraño, hay cosas que no son muy racionales. Cuando juega Escocia contra Inglaterra los escoceses cantan el Flower of Scotland, que no es el himno nacional, y los ingleses cantan el God save the Queen, que es en realidad el himno de todos.

¿Cómo vive el británico el deporte? En Inglaterra no hay prensa específicamente deportiva diaria, ¿verdad?

Walter — No les hace falta, cada diario es casi como un diario deportivo. La cantidad de deportes que publica la prensa es brutal. Y de hecho la tradición, aunque no todo el mundo la cumple, es empezar el diario por deportes o por información general. Si empiezas a leer un diario por detrás es como si empezaras un diario deportivo.

Walter, ¿qué columnistas lees habitualmente? ¿Qué periodistas deportivos son, para ti, imprescindibles?

Walter — Si pudiera leería a Iñigo Gurruchaga, pero El Correo no le hace la vida fácil a los lectores digitales. Leía a Enric González cuando nos ilustraba con las Historias del Calcio. Y, por encima de todo, sigo desde hace años las crónicas, informaciones y reportajes de (en orden alfabético) de Ramon BesaLu Martin (oficialmente conocido como Luis Martín), Pepe Sámano Santiago Segurola. No me voy a olvidar de los hermanos Pérez de Rozas. Siendo aún casi un niño tuve la lucidez de darme cuenta de que José María García era tóxico y dejé de escucharle. Y nunca escuché a sus sucesores. Pero por encima de todos los citados, para mí el gran periodista deportivo era y es alguien que en realidad nunca ha sido periodista deportivo sino periodista, tout court, o mejor dicho, comunicador, que es el gran Joaquim Maria Puyal. Como ves, en esto del periodismo y los deportes he sido siempre muy pueblerino. Y encantado de serlo.

En España da la sensación de que la prensa deportiva es cada vez más forofa. Si publicas en Barcelona, cuanto más forofo seas del Barça más público vas a tener y en Madrid, lo mismo. ¿Es similar en Gran Bretaña el periodismo deportivo?

Walter — No. En España el periodismo siempre ha estado dividido. Cuando entro en la página de El Correo lo único que veo es al Athletic de Bilbao; en la prensa de Barcelona toda la vida de lo único que se ha hablado es del Barça y los del Espanyol, con justicia, se quejan. Lo que sí ha cambiado es que cada vez hay más extremismo en la medida en que el Barcelona y el Real Madrid están protagonizando como nunca antes la primacía del fútbol en España. También hay más intereses económicos y de televisión. El dinero importa más que antes y necesitas más propaganda. Pero aquí no pasa. Yo no veo a la prensa de Londres siendo más partidaria de los equipos de Londres. A lo mejor, incluso, son más del Manchester United que de los equipos de Londres. Y pueden pegarle palos al Arsenal, al Chelsea o a quien sea. Pero en realidad la prensa británica suele ser así. No es que no sea partidaria, cada uno tiene su propia agenda —política, sobre todo—, pero lo disimulan más que en España porque son más capaces de darle palos a los “suyos” cuando lo merecen o cuando consideran que tienen que darles un palo, porque si no se les ve demasiado el plumero. Y en el fútbol en lo único que son fanáticos y completamente ciegos es que, las dos semanas anteriores a un Mundial o una Eurocopa, si vives aquí estás convencido de que Inglaterra va a ganar esa competición y después cuando caen eliminados los matan, los patean, les escupen. Hubo una Eurocopa en la que cayeron eliminados en los penaltis contra Portugal después de un partido acojonante, acabaron 2 a 2. Les anularon un gol en la prórroga, nadie sabe aún por qué… les dieron como si hubiera sido el mayor desastre de la Historia. Pero, ¡vamos a ver! Han perdido por penaltis, qué le vamos a hacer… pasan de un extremo al otro con una facilidad increíble. Su único equipo es Inglaterra.

Íñigo — La prensa de aquí subestima mucho al enemigo, no tienen respeto al rival. “¡Portugal!” Y parecen indignados de que Portugal les pueda presentar cierta resistencia. “Hemos perdido contra Croacia en Londres, ¡qué humillación!”. Como si los croatas fueran malos. Terry Venables solía decir sobre la selección española que no viajaba bien, que las estancias prolongadas del grupo humano creaban fricciones y luego no había armonía. Lo achacaba en parte a lo de las nacionalidades. Luego vas descubriendo que había una mafia de jugadores, federativos, agentes, periodistas y demás en torno a la selección. Lo que ha cambiado es que ha habido entrenadores que han contenido eso y que están apostando por jugadores y por un sistema. Y yo creo que pasa algo parecido en Inglaterra, se crea un mal ambiente porque hay un lío de poderes e influencias… Ahora está el papel de Terry, el capitán, que en vísperas de un partido contra España la monta con un insulto racista. Ha cometido un error, es incapaz de pedir disculpas y se defiende como inocente… Se crea un ambiente pésimo.

Walter, para un culé como tú, radical y por lo tanto nada objetivo, ¿qué defectos ves en la filosofía de juego de Guardiola? ¿Qué no te gusta del actual Barça?

Walter — El fanatismo que me adorna nunca me ha nublado la vista hasta el punto de hacerme creer que sé algo de fútbol desde el punto de vista táctico, por lo que no podría hacerle la crítica ni a Guardiola ni a ningún entrenador más allá de decir si el juego se su equipo me gusta, me produce urticaria, me aburre o me vuelve loco. El de Guardiola es obvio que me encanta y si hay algo que a veces me saca un punto de quicio son las ganas de adornarse demasiado, de buscar un último pase o un último toque antes de chutar. Pero esa es seguramente una crítica muy injusta porque cuando ese pase o ese toque acaban en un gol maravilloso presumimos tanto de ello que parece que lo hayamos marcado nosotros. Sin aquellos excesos que cuando salen mal me irritan no tendríamos tan a menudo el júbilo de la obra maestra. Y no olvidemos que, aunque el objetivo es siempre la victoria, lo que de verdad distingue al Barça de otros grandes equipos de la historia no es el palmarés, sino las maneras. A mí no me da vergüenza reconocer que cuando nombraron a Guardiola estaba en el bando de los escépticos: ¿por qué iba a aceptar a un entrenador cuya experiencia se limitaba a un año en tercera división? A los pocos días leí una doble página de Ramon Besa y Luis Martín en El País sobre el trabajo de Guardiola en el Barça B y no diré que cambiara por completo de opinión, pero al menos le concedí el beneficio de la duda… Supongo que influyó que era un fanático del Guardiola jugador. Pero también lo había sido de ReixachMarcial y Martí Filosia y no por eso me gustaba el Reixach entrenador. Por decir algo malo de Guardiola, recuerdo un gesto que no me gustó nada en uno de sus primeros partidos como entrenador. El Barça marcó a última hora —me parece recordar que en casa contra el Racing— y Eto’o, que había sido sustituido un poco antes, se colgó de él por detrás celebrando el gol. Guardiola reaccionó mal, con un gesto muy autoritario. No me gustó. Aunque acepto que en aquella época él tenía que afirmar su autoridad en un vestuario al que acababa de llegar y que podía tener dudas sobre él. Y, sobre todo, acepto que yo no tenía ni tengo ni idea de los líos que había con Eto’o en aquel vestuario. Pero la verdad es que yo era un fanático de Eto’o, uno de los mejores jugadores que ha tenido el Barça en mis tiempos de hincha. También acepto que Guardiola es un jugador de ajedrez que anticipa los movimientos de manera asombrosa. Y la marcha de Eto’o, y antes las de Deco y Ronaldinho, ayudaron a Messi a convertirse en lo que es. Otra cosa que no me gustó de Guardiola fue un gesto suyo con Cristiano Ronaldo en el Camp Nou, cuando le dejó caer la pelota haciéndole creer antes que se la iba a entregar para un saque de banda. En el campo me quedó la duda de si fue accidental, pero viéndolo por televisión me pareció muy barato. Por cierto, soy de los pocos culés que no le tienen ninguna manía a Cristiano Ronaldo. Más bien lo contrario. Sobre todo si no habla.

¿Y qué te gusta de Mourinho? ¿Qué cosas ves que te molestan profundamente pero consideras acertadas y/o efectivas?

Walter — Me es difícil hablar bien de Mourinho. No porque sea entrenador del Madrid, sino porque creo que es un tramposo. Me explico. No tengo la menor duda de que debe de ser una persona extraordinariamente cariñosa y agradable en el trato personal. Un gran amigo de sus amigos. El problema es que todo lo demás me parece teatro. Esa cara de preocupado permanente, de alguien que se enfrenta cada instante a un momento clave de su vida. Toda la frescura que se le adivina en privado la pierde en público porque todo está estudiado. Supongo que ese comentario debe interpretarse como un elogio porque estoy diciendo que es un gran profesional. Por otro lado, es innegable que sabe motivar a su plantilla y que les transmite el ansia de ganar. ¿Qué otra cosa buena tenía? Creo que tenía otra virtud pero ahora mismo no me viene a la cabeza.

Tú tienes una visión un poco más romántica del fútbol, Iñigo.

Walter — Hombre, es de la Real Sociedad, ¿qué va a ser? Pues romántico…

Cualquier ataque al fútbol de toque es un clavo ardiendo para un madridista rodeado y con las carnes abiertas ante el recuerdo de muchos marcadores recientes, así que no es cuestión de desaprovechar la ocasión de mencionar el desprecio del inglés hacia ese tipo de fútbol.

¿Es cierto que en Inglaterra no aprecian nada el fútbol de toque?

Walter — No, eso no es verdad, lo aprecian mucho, pero también son capaces de decir que a veces es aburrido; y es que a veces lo es. El de la selección española más que el del Barcelona. Pero es que la selección en el Mundial no jugó con la brillantez con que lo hizo en la Eurocopa, quizá porque en la Eurocopa nadie lo esperaba, quizá porque España perdió contra Suiza o quizá porque todo el mundo se cerraba de una manera tan brutal que la única forma de ganarles era con paciencia, y España hizo muy bien al no perder los nervios. Aparte de las cuestiones de purgas de periodistas y directivos y todas esas diferencias, no tanto de nacionalidades como de rivalidades deportivas, lo que ha cambiado es que España se ha dado cuenta de que su manera de jugar al fútbol no se debe basar en la fuerza física. Toda esa tontería de ganar por cojones y la furia española se acabó con Luis Aragonés. Y además ha coincidido con una generación de jugadores extraordinaria. España es un equipo que jamás tuvo confianza en sí mismo,y ahora la tiene; eso lo da el haber ganado.

¿Tiene la Premier un sabor especial? ¿Es una liga distinta?

Lo que tiene es un público fantástico, una televisión maravillosa y un fútbol bastante tosco pero muy espectacular, porque aquí todo el mundo quiere ganar. El partido puede ser una mierda y, de repente, en el minuto 25 de la segunda parte, alguien mete un gol y acaba 3 a 2. Entonces es la locura y van todos al ataque. Y además los estadios están llenos de gente cantando… es un espectáculo maravilloso, pero la calidad del fútbol es muy relativa. Hay grandes partidos y grandes jugadores, pero a mí nunca me ha parecido de una calidad extraordinaria; como espectáculo, fenomenal. Pero Íñigo sabe muchiiiiísimo más de fútbol.

Hace poco nos comentaba Segurola que en España, y ahora se está extendiendo al resto de Europa, se está matando la competición. ¿Qué te parece, como culé?

Como culé lo tengo muy bien estudiado. En el pasado, en España, sólo había un equipo, que era el Real Madrid, y ahora hay dos. Por lo tanto, hay muchísima más competencia ahora que antes. Las estadísticas no mienten, y si las estudias verás que, desde que se creó la Premier League, hay más variedad de ganadores en la Liga española que en Inglaterra. El dominio de los últimos cinco, diez o quince años por parte del Manchester United ha sido aplastante, más de lo que lo fuera jamás el del Real Madrid. Se dicen muchas tonterías, pero lo que hay que hacer es ver las estadísticas y la realidad. Hablamos a través de impresiones. La liga inglesa parece muy espectacular, y va cambiando, y sí es verdad que al Manchester United le han ido acompañando equipos distintos; en una época estaba el Arsenal, en otra el Chelsea, ahora parece que va a estar el Manchester City… en ese sentido ha cambiado. Yo no voy a negar que existe un duopolio Barcelona-Real Madrid, pero es que ha existido siempre. La única diferencia es que el Madrid era primero y el Barcelona segundo, siempre. Y, entre medias, alguna vez ganaba el Atlético de Madrid, otra el Valencia… y últimamente ha pasado igual y, si nos remontamos un poquito atrás, la han ganado hasta la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao. Mientras tanto, aquí, la ha ganado el Manchester, el Chelsea y el Arsenal y creo que hay que incluir al Blackburn Rovers en la primera Premier la temporada 92-93.

¿No fue el Leeds?

Walter — No, el Leeds, no

Íñigo — El Leeds gana, pero no era Premier. Era la última temporada antes de que la liga se denominara Premier.

Walter — En España hay muchos primeros planos, y es una pérdida de tiempo. No ves el balón. ¡Te están enseñando la cara de un entrenador! Esa manía de dar la cara de Guardiola durante 40 segundos, cuando Guardiola ni mueve la boca. ¡Dios! Me pone nervioso la televisión española.

Íñigo Gurruchaga ha escrito un libro a contracorriente sobre la carrera de un jugador español, Alex Calvo-García, en las divisiones inferiores del fútbol inglés. Entradas de tribuna de pie. Guardametas con gorra y vistiendo los mismos pantalones cortos y medias que los jugadores de campo. Barro y balones despejados a la Motorway más cercana. Para todos aquellos que echamos de menos otra época, otro fútbol, es una especie de Nuevo Testamento, aunque él niegue que añore otra época.

¿Echas de menos el fútbol de antes?

Íñigo — No. A mí me gustan los juegos. Me gusta el cricket, me gusta el rugby… me gustan bastantes juegos. A fútbol he jugado bastante y he visto mucho, pero me empacha hablar tanto de fútbol. Nos hemos pasado de rosca. Me quedé asombrado cuando fui a Donosti hace poco y descubrí que dos amigas veían y comentaban los partidos del Barça y de La Roja. Creo que les gusta Guardiola y sus jugadores modositos y también el morbo del malvado aunque apuesto Mourinho. Pero yo padezco una masculinidad neolítica. Disfruto del Charlton-Tranmere que vi el otro día; no me importa la imperfección, no necesito ver la final de la Champions para estar entretenido viendo un partido de fútbol. Pero no me identifico con el romanticismo, no me parece que el fútbol pasado fuera mejor.

Walter — Yo también, cuando vivía en el Poble Sec me iba a ver al Poble Sec, a las 11:30 de la mañana de los domingos en un campo de tierra, con todos los traficantes de hachís del barrio sentados en primera fila en sillas de tijera mientras los demás estábamos de pie. Y luego te ibas al Quimet a tomar el vermut antes de comer en La Antigua Viña, un bar del Paral.lel. Me encantaba; me gusta cualquier espectáculo deportivo que me pongas delante… bueno, no, nunca he podido con el balonvolea, me parece aburridísimo. Sólo se puede ver por la tele, y si juega el equipo femenino de Corea contra el de Perú, que en aquella época eran los mejores del mundo. Pero yo me voy aquí al campo del Charlton con mi amigo Rafa Ramos o al campo que haga falta, y encantado.

Íñigo — Ahora te voy a delatar. Cuando el Barça vino aquí y estaba a punto de establecer esta época de hegemonía, pero no lo había logrado aún, llegaste a confesarme un día que estabas intentando abandonar el fútbol.

Walter — No, no, si es que estoy harto de fútbol. Ya no puedo más. Sobre todo ahora, con el Madrid ahí siempre mordiendo los talones… acabas los partidos agotado. Pero yo siempre he sido así, cuando no ganábamos era igual.

¿En las islas británicas también domina el fútbol todo el deporte?

Walter — Mucho más. En España hay baloncesto, balonmano, y otras cosas; aquí hay fútbol, un poquito de cricket y un poquiiiiiito de rugby, aunque cada vez menos.

Íñigo — Hombre, ahora hemos tenido un mes y pico, con el Mundial de rugby, en el que los resultados salían en portada de todos los medios deportivos.

Walter — Como el baloncesto en España.

Íñigo — ¿Tú crees?

Walter — Joder, el baloncesto en España es la hostia.

Íñigo — Y este mismo verano hemos tenido una serie fantástica de Inglaterra contra India de cricket.

Porque se han puesto número uno del mundo y lo celebran.

Íñigo — Sí, lo celebran; evidentemente vas a tener más cobertura si las cosas son positivas, de eso no hay la más mínima duda, se venden más periódicos. Igual que se venden más ejemplares de El Correo si el Athletic ha ganado. Pero yo creo que sí hay aquí una variedad de juegos con mucha popularidadad: los dardos, el snooker, el rugby league en el norte, el remo, boxeo, caballos.

Walter — Caballos no es un deporte, es un juego de apuestas.

Han mencionado el cricket. En ese momento el tiempo se detiene y una burbuja impenetrable envuelve a Íñigo Gurruchaga y a cierto redactor de Jot Down mientras hablan del fabuloso ataque que a lo largo de los 80 formaron Joel Garner, Curtley Ambrose, Malcom Marshall y Courtney Walsh y que junto al demoledor bateo de Sir Viv Richard sposibilitó el devastador dominio de las West Indies durante década y media; de la insultante superioridad de la posterior Australia de los hermanos Waugh; de la ignominia del underarm de los Chappell y del bodyline de la Inglaterra que fue de gira por Australia en los años 30, capitaneada por Douglas Jardine. De Wasim Akramy el reverse swing pakistaní. Lo mencionan todo empleando términos que no tienen traducción al castellano, todo un idioma ajeno al resto de los presentes. Si Jot Down fuera realmente un magacín cultural, dedicaría un artículo entero al día en que se encontraron el mariscal Montgomery y Sir Donald Bradmanen la Long Room del Pavillion de Lord´s. Pero quizá no lo sea. De cualquier modo, Íñigo trata de explicárnoslo.

¿Qué es lo que te gusta del cricket?

Íñigo — Me gusta la falta de urgencia, la evolución. Además me gusta el clásico, el “Test”, porque me parece que es una manera estupenda de pasar la vida. Es una cosa que va modificándose; depende de la climatología y va estableciendo una narración durante la mañana: “el pitch estaba empapado, y entonces la bola no cogía spin y no giraba, pero por la tarde se fue secando, y entonces entró éste y empezó a lanzar mejor…” Hay una narración muy larga, una evolución del estado de ánimo, unos brotes de entusiasmo porque hay un wicket, una nueva caída en lo aparentemente rutinario… y todo eso es lo que te ofrece el juego: un ritual en el que pasan cosas, aparecen héroes, hay fracasos… Si estoy paseando por mi barrio, tengo tiempo y en el “green” hay unos vecinos jugando contra unos visitantes en la liga local, me paro a verlos… la estética, el juego, los marcadores de madera, los sonidos… me gusta. Y el hecho de que paren para el té, para la visita ocasional de la reina, el almuerzo… ¿a quién no le gusta un juego tan civilizado?

Walter  — Algo tiene el cricket. Una vez me encontré en mi barrio con unos chavales que trabajaban en el colmado de la esquina e iban vestidos como para una boda. Y les pregunté y me dijeron que iban al cricket, a ver a Pakistán.

No podemos estar más de acuerdo con todo esto. Y como una sesión de un Test de cricket transcurre el resto del día. En el Royal Music Festival, donde se anuncia una actuación de Ornette Coleman como un acontecimiento prácticamente rutinario dando por tanto muestras del nivel cultural de la ciudad, nos dirigimos hacia la Tate Gallery. Hubo un tiempo en que Londres era el epicentro de la vanguardia cultural del mundo civilizado.

¿Sigue siendo Londres la vanguardia cultural que había sido antes?

Walter — Eso pregúntaselo a Íñigo yo soy un inculto absoluto, en esos temas tropiezo, me caigo y me hago sangre.

¿Cómo lo ves tú?

Íñigo — Los corresponsales tocamos todos los palos, no somos expertos en nada. Podemos hablar de fútbol porque todo el mundo sabe, podemos hablar de política de una manera genérica. Hablemos de cultura de manera inculta. Aquí el teatro es muy bueno, hay grandes autores y actores. Hay grandes casas de subastas, pero eso no es una cuestión de vanguardias, es una cuestión de comercio, hay un gran comercio de arte. Y luego ha surgido todo ese fenómeno de Damien Hirst, creando con ello una gran expectativa hacia las artes plásticas británicas, donde hay de todo. Pero yo creo que parte de ese foco se ha movido a Berlín por los precios inmobiliarios. Los precios y la carestía de la vida han llevado a mucha gente a emigrar a lugares donde es más fácil vivir y producir. En la literatura no veo la vanguardia. La generación de los que han crecido, producido su obra y están escribiendo ya sus novelas finales, la de Martin Amis, de Julian Barnes, Jeanette Winterson… no veo grandes portentos. Kazuo Ishiguro me parece una voz original en esa generación. El resto… seguramente se están produciendo cosas que yo no sigo ni controlo, hay un enorme volumen de actividad cultural. Estamos en el South Bank y esto es una maravilla de música, danza, cine, teatro, allí está la Opera House; hay un montón de cosas. ¿Dónde sitúas en eso el concepto de vanguardia? A mí me resultaría muy difícil. Yo no lo veo. Hay muestras árabes, muestras africanas, muestras aborígenes australianas… El mundo del arte también es más amplio y se ha extendido el comercio, pero no he visto cosas que me hagan decir que es un nuevo mundo.

Pregunta obligada ahora que hay confiaza: «Walter Oppenheimer de Barcelona» suena, como mínimo, extraño. Y no me digas que es tan sencillo como que tu padre es alemán.

Walter — Hmmmm, no me apetece mucho contar mi vida, pero bueno. Mi padre nació en una familia judía del centro de Alemania. Siendo aún muy joven, dejó el país en los primeros años 30 siguiendo los consejos de un amigo que le aseguró que venían malos tiempos para los judíos. Se fue a Barcelona para coger un barco con destino a América, no sé muy bien si a Nueva York o a Buenos Aires. Pero en Barcelona conoció a una mujer de la que se enamoró y acabó quedándose. Con los años, se convirtió al catolicismo para casarse con ella. Ella murió como consecuencia del parto del que es mi hermano mayor y mi padre se encontró en una situación desastrosa: viudo, con un hijo de meses, con malas relaciones con su familia por haberse convertido al cristianismo —aunque su familia judía nunca fue nada religiosa— y medio abandonado también por los amigos porque de joven eran todos muy de izquierdas y él se había casado con la hija de un abogado de derechas. En aquellos tiempos no había mucha gente en el centro político… Total, que mi padre era en los años cuarenta un médico alemán bastante amargado y malas pulgas. Todo lo contrario que su guapa y simpática enfermera, la única persona del hospital que no se amedrentaba delante de él. Naturalmente, se casaron, vivieron felices comiendo perdices y tuvieron muchos hijos, incluido yo.

Por otra parte, me han dicho que eres un gran cocinero.

Walter — Grande sí, en tamaño físico.

En España la cocina británica tiene fama de ser deleznable. ¿Hasta qué punto es cierto?

Walter — Tiene bastante de cierto. La cocina británica es bastante deleznable, otra cosa es lo que puedas comer aquí. La ventaja es que hay gente de tantos sitios distintos que encuestras de todo. Nunca he visto un lugar donde haya tantos programas de cocina, donde se escriban tantos libros de cocina y se cocine tan mal. Hacen unas recetas… el otro día hice una de un tío que me gusta, Hugh Fearnley-Whittingstall, y aquello sabía horroroso. Y luego pensé: es que no podía saber de otra manera con lo que le ha puesto. Era un revuelto con una cantidad de queso feta… un desastre que ni yo mismo me lo podía comer… una mierda, vamos, una auténtica porquería. Pero vaya, hay unos cuantos a quienes les gusta comer, son muy sibaritas. El inglés siempre ha tenido una parte muy elitista y sibarita; a ver quién sabía más de vinos y jereces.

Íñigo — No estoy de acuerdo en que la cocina británica sea tan mala.

Walter — Ya, bueno, ¿a quién no le gusta un pollo rustido, si está bien rustido? Pero no es británico.

Íñigo —  Los “pies”…

Walter — El gran problema de los británicos es que la gran mayoría de las cosas que hacen se hacen en todas partes, por lo que no son británicas. Un asado, por ejemplo, no es británico. Es verdad que las “pies” pueden estar ricas, pero en general son asquerosas. Pueden estar buenas, pero las que te comes en cualquier lado por aquí son una mierda. Ahora, si puedes hacer una “pie” en tu casa, queda deliciosa. La otra noche estuve en casa de unos amigos e hicimos una de pescado, patata y queso y estaba riquísimo.

A ti que te gusta, ¿qué es lo que más aprecias de la cocina británica?

Íñigo — No soy muy obseso de la comida.

Walter — Hombre, déu n’hi do!

Íñigo — ¿Cómo?

Walter — Es una expresión catalana. Puede querer decir muchas cosas. En este caso significa que en realidad sí que es bastante obseso de la comida.

Íñigo — A mí no me gusta la pretenciosidad. Me irrita la pretenciosidad. Me gusta comer bien, y me parece la culminación el presentarlo bien etc, pero…

Walter — Estamos absolutamente de acuerdo.

Íñigo — No estoy relativizando en absoluto las opiniones de Walter, que me parece que es muy buen cocinero; he comido en su casa, sabe de lo que está hablando. Aquí tienen, como en casi todas partes, mucha cocina supuestamente nacional o regional que es producto de influencias de todos los países.

Walter — El fricandó es un plato catalán que no es catalán, es totalmente francés, y a mí me encanta.

Íñigo — Aquí me parece que ha mejorado mucho y ha habido un gran cambio. Antes no podías tomarte un café, era un líquido absolutamente abominable. Y ahora, por ejemplo, están los pubs gastronómicos, donde puedes ir a tomarte tu sopa del día, un asado, un pudding… cosas así, que me parece que las hacen bien en muchos sitios.

¿Viaja mal la cocina española?        

Walter — Cada vez menos. Antes, cuando te encontrabas un restaurante español fuera de España no era malo, era muy malo. Ahora, aquí al menos, se puede comer comida española buenísima.

¿Tiene fama?

Walter — Está subiendo mucho, pero no tiene nada que ver con el dominio de la cocina italiana o la china. Aquí, pese a tener una gran tradición, la india va a la baja, pero la que tiene un gran prestigio en los grandes restaurantes es la francesa. La cocina española es cada vez más conocida, hay montones de libros y programas, pero sobre todo la llaman tapas. A cualquier cosa la llaman tapa mientras la porción sea pequeña. Se come muchísimo mejor comida española ahora que antes. Pero es demasiado cara, está a unos precios que parece japonesa. Nunca he entendido por qué tienes que pagar diez veces más por un taco de atún si te lo sirven en un restaurante japonés que en cualquier otro restaurante. Y el italiano ha bajado de calidad, a cualquier cosa la llaman italiano.

Hablando con David Muñoz, chef de DiverXo especializado en cocina asiática de fusión, nos dijo que en España era muy difícil comer en un chino auténtico y que en Europa la referencia para ello era Londres. ¿Sois aficionados a este tipo de cocina?

Walter — En Madrid no te lo sabría decir pero en Barcelona, pese a que los restaurantes chinos han sido siempre muy malos, me encantan; siempre he comido muy a gusto el chop-suey, que realmente nadie sabe qué es. En el Chinatown de Londres se puede comer muy mal, pero recuerdo una vez en el de Nueva York que aquello sí que fue realmente malísimo, y me hizo darme cuenta de lo bueno que es el Chinatown de aquí. Pero es que… ¿qué es la comida china? ¿Es la de Shanghai, a la que siempre se refieren Ferran Adrià y los grandes chefs? Eso es la elite de la elite de la creme de la creme, no es la comida china, los chinos no comen eso. Otra cosa es que la alta gastronomía ahora se haya orientado hacia allí, pero no la puedo juzgar porque no la conozco. Aquí se puede comer buena comida china y mala comida china, pero es que la comida china popular en general es muy casera, muy de refrito, de pin-pan-pun. Cuando voy a Malasia, lo que comes en cualquier puesto callejero, que es donde se come bien, son fideos, arroces salteados, al vapor… muy rico en algunos sitios y no tanto en otros.

Íñigo — Quizá saben mejor porque están hechos en casa, no tienen esos procesos industriales. El caso típico de lo que estás diciendo es el de los restaurantes indios, que son completamente falsos.

¿Aquí también, en Londres?

Íñigo — Claro, hay toda una industria de restaurantes indios que ni tan siquiera son indios, porque normalmente están en manos de gente de Bangladesh que está reproduciendo un producto completamente estereotipado con la virtud de ser relativamente barato para gente que sale de un pub y busca un curry. El curry se ha convertido en un plato nacional británico, uno de los más reconocibles, pero realmente para disfrutar de comida india aquí te tienes que ir a barrios asiáticos populares, como Hounslow o Southall. Sitios donde hay una comunidad india y entonces te encontrarás a alguien que está haciendo una comida en base a los principios de lo que se  come en las casas. El resto es producto de mala calidad, la maceración se ha hecho de manera artificial, la salsa es nata con colorante a la que se le han echado especias picantes. Y zampas una pata de pollo de ínfima calidad envuelta en todo eso. Aquí hay también restaurantes indios buenos y caros y gente que combina cocina india y francesa con buena cabeza. Esto sí te lo ofrece Londres, hay una variedad enorme Y por mucho que se hable mal de los viejos tiempos, en los viejos tiempos te podías tomar, con la inmigración gallega, en alguno de los viejos restaurantes sin ninguna pretensión, un buen lenguado. Ahora hay más variedad y hay gente con calidad pero también ha venido la pretenciosidad.

¿Qué le falta a Londres?

Walter  — Lo que le falta es que yo tenga más dinero del que tengo y que el metro funcionara bien. No hay problemas con el tiempo, que es la queja más típica. Evidentemente, podría ser mejor, pero esto del tiempo es un mito. Hoy, por ejemplo, hace un día muy londinense: no hace demasiado frío, no llueve tanto como la gente cree… El transporte sí es un problema. Llegué a hablar bien del metro de Londres y estoy casi arrepentido, porque cuando va bien es fantástico, pero cuando va mal es  un problema grave. Pero vamos, dicho esto, es una estupenda ciudad.

Íñigo — Realmente, es un sitio fenomenal para vivir.

Fotografía: Ione Saizar

 

 

 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 
 

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 
 

ANUAL + REVISTA IMPRESA

75año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
4 Números impresos Jot Down
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + REVISTA IMPRESA + FILMIN

100año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
4 Números impresos Jot Down
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

6 comentarios

  1. Eduardo

    Me parece un poco fuerte que teniendo a dos corresponsales en Londres a mano, un o de ellos con mas de 35 tacos de experiencia en la ciudad el entrevistador solo sepa recurrir a tipicos topicos sobre Londres y los Ingleses. Una entrevista extensa, perdida en parrafos sobre futbol, ETA y el IRA y sus no similitudes y por supuesto la comida y el conducir por el otro lado. Siento tener que hacer la critica, pero me parece una perdida de tiempo escribir tanto sobre algo que no tiene relevancia. Mi sugerencia, revisar la entrevista desde un punto de vista que no sea Espanocentrico. Espana no es el ombligo del mundo y por muy buena que sea nuestra comida y nuestro futbol y por mucho que creamos que conducimos por el lado correcto se pueden hacer entrevistas que no se dediquen simplemente a comparar estos topicos. Una sugerencia y una critica. Servidor.

  2. Fernando

    No comparto la indignación de Eduardo. La entrevista me parece una magnífica disección de los vínculos España Reino Unido, que permite además conocer cómo son los británicos realmente, sin los tópicos habituales. Interesante comprobar, que con el paso del tiempo, cada vez tenemos más cosas en común con los británicos como el ombliguismo y el euroescepticismo, entre otras.

  3. Gabriel

    Me ha encantado la entrevista

  4. Spartacus

    Hacer una entrevista larga no la convierte en una entrevista interesante. Este es el ejemplo.

  5. Si no fuera porque no se le entiende cuando escribe, supongo que Iñigo Gurruchaga podría llegar a ser un buen corresponsal, verbigracia:

    «Bone podía prever esas reacciones pero no podía saber, cuando llamó en 2010 a la Sociedad Laica Nacional para preguntar si el Ayuntamiento de su ciudad, del que era concejal, podía convocarle a plenos que se inician con el rezo de oraciones, que un juez iba a fallar en contra de los rezos precisamente con su partido, el liberal-demócrata, en coalición con el conservador, y con éste reivindicando en estos mismos días el papel de la fe en la política»

    y así toda la vida, luego la gente no lee periódicos…

  6. Sergio

    Dos leyendas mano a mano

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.