Nicholas Alkemade: más vidas que un gato

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En la fría noche del 24 de marzo de 1944 el ‘S for Sugar’ volaba sobre el este de Schmallenberg de regreso de Berlín, donde había dejado caer  sus cinco toneladas de bombas junto a otros 300 Lancaster del Bomber Command de la RAF. En el puesto de defensa de cola Nick Alkemade escrudriñaba el negro cielo en busca de los temidos Nacht Jager, los cazadores nocturnos de la Luftwaffe que solían tener la mala costumbre de centrarse justamente en su posición cuando intentaban derribarlos. En un puesto con muy mala visibilidad y con dos ametralladoras de 7.7 de las que ocuparse, hablar de comodidad en su pequeña burbuja era algo muy relativo. Pero siempre podía dejar su paracaídas fuera de ella colgado en un gancho en el interior del fuselaje para tener un mínimo de movilidad durante aquellas largas misiones que acababan invariablemente con calambres en las piernas.

De repente, las siniestras antenas de radar que conferían al Ju 88 el aspecto de un insecto demoníaco aparecieron en su campo de visión, y antes de que Nick pudiese disparar una sola ráfaga el alemán ya había rociado de balas el bombardero. El piloto ingles peleó durante unos segundos por mantener el avión en vuelo, pero el fuego que devoraba el fuselaje lo había vuelto ingobernable y dio la orden de saltar. El sargento Alkemade se giró para coger su paracaídas y se lo encontró envuelto en llamas: «La jodimos», debió pensar el bueno de Nick. A seis mil metros de altitud sus alternativas eran morir abrasado o saltar al vacío para estrellarse contra el suelo,  una situación que hoy nos puede hacer recordar lo que debieron sentir aquellos hombres que se lanzaron desde las Torres Gemelas. Igual que ellos, el inglés decidió saltar con la esperanza de evitar el dolor de morir abrasado. Al fin y al cabo parecía que muerto ya estaba, y una caída libre desde esa altitud seguramente acabaría con su vida en el justo momento de tocar el suelo. Al caer, una sensación de eterna irrealidad le envolvía mientras en su mente se aparecía Pearl, su novia.

¿Cómo podemos saber lo que pensaba, lo que sentía? Porque sobrevivió. Increíblemente sobrevivió casi ileso. Después de caer a plomo desde seis mil metros lo primero que vio al abrir los ojos fue el cielo cuajado de estrellas y un túnel blanco y frío que le rodeaba. Quizá pensase que aquello era el cielo, pero el frío que se colaba en sus huesos le hizo entender que había ido a dar en un metro de nieve y que las ramas de unos abetos habían amortiguado lo suficiente la caída como para que lo único que no funcionase bien en su cuerpo fuera una rodilla con un esguince.

Cuando las patrullas alemanas que buscaban supervivientes de los aviones derribados en la batalla dieron con él no podían creer lo que escuchaban: aquel tipo estaba de pie delante de ellos contándoles tranquilamente que había saltado sin paracaídas de uno de los bombarderos ingleses y que no tenía ni un hueso roto. Los desconcertados guardias se lo llevaron inmediatamente al Dalag Luft, un campo de concentración para aviadores aliados donde los mandos le interrogaron una y otra vez sobre su peripecia. Sospechaban, lógicamente, que todo era un invento y que Nick era en realidad un comando o un espía infiltrado en el Reich, lo que suponía que debía ser inmediatamente fusilado según las ordenes de Hitler.

Los interrogadores estaban a punto de perder la paciencia ante la testarudez del prisionero que sostenía su abracadabrante versión día a día cuando la Providencia vino de nuevo en su auxilio. Otra patrulla había encontrado los resto del ‘S of Sugar’ con su tripulación muerta a excepción del ametrallador de cola, en cuyo puesto quedaban los restos carbonizados de un paracaídas en el que aún se podía leer: Nicholas Alkemade.

Los asombrados alemanes se dieron por vencidos y dejaron a Nick reunirse con el resto de prisioneros, no sin antes regalarle una ‘carta de presentación’ en colaboración con los líderes británicos del campo. En la primera página de una Biblia escribieron: «Dalag Luft. Las autoridades alemanas han investigado y comprobado que las declaraciones del sargento Alkemade, 1.431.537 de la RAF, son ciertas en todos sus aspectos, o sea, que realizó un descenso de 6 000 metros sin paracaídas y aterrizó sin sufrir heridas; su paracaídas había ardido dentro del avión. Aterrizó en la nieve, entre unos abetos. Corroboración atestiguada por: teniente de Aviación H.J. Moore, oficial superior británico; sargento de Aviación R.R. Lamb, 1.339.582; sargento de Aviación T.A. Jones, 411 suboficial superior británico. Fecha: 25 de abril de 1944».

La guerra terminó y por fin pudo volver a casa. Nick consiguió trabajo en una fábrica de productos químicos en la que pensaba que podría pasar tranquilo el resto de su vida, pero su increíble fortuna, o Dios sabe qué, aún le salvaría el pellejo tres veces más. Durante unos trabajos de mantenimiento una enorme viga de acero se desplomó sobre él y cuando los ocho hombres que hicieron falta para retirarla esperaban encontrase el cadáver de su compañero lo hallaron inconsciente, con un simple chichón en la cabeza que ni siquiera necesitó puntos. La cosa ya empezaba a adquirir tinte de leyenda cuando un recipiente de ácido sulfúrico cayó sobre él quemándolo solo superficialmente, ni siquiera necesitó hospitalización. ¿Qué más me puede pasar? Podía haberse preguntado momentos antes de recibir una descarga eléctrica que le mandó disparado a una piscina de cloro puro de la que le sacaron ¡una hora después!, una vez más inconsciente, pero ileso.

Definitivamente Nick Alkemade era un protegido de los dioses.

En 1987 por fin le alcanzó la muerte, pero en la tranquila cama de su casa… o eso dicen.

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5 Comentarios

  1. Fantástica historia digna, sin duda, de una película. Una vez más la realidad supera la ficción. Mi enhorabuena al autor de tan singular y ameno relato.

  2. Alan Magee cayó desde 6700 metros sobre St. Nazaire y sobrevivió, supuestamente porque atravesó la cúpula de cristal de la estación de ferrocarril, y porque supuestamente la onda expansiva de una bomba también ayudó a decelerarlo, pero este si que acabó con heridas de consideración. Todo sea que con el timepo no resulten estas historias una farsa, como la de la azafata yugoeslava que cayó desde 10000 metros

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