Keith Richards: Vida

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Cigarro y anillo de pirata: el atrezzo lo es todo.

Había leído y escuchado tantos comentarios elogiosos sobre Life (“Vida”), la autobiografía de Keith Richards, que realmente esperaba encontrarme con algo de primera magnitud. Al final no ha sido para tanto, francamente, pero no deja de ser una buena lectura. Buena, no genial.

Por empezar siendo puñeteros —más o menos al estilo de cómo ha empezado el nuevo gobierno, sólo que yo no pretendo penalizar el aborto— me pregunto si los comentarios más exageradamente entusiastas provienen de fans casuales de los Rolling Stones, de esos que los hay a millones, pero que no suelen leer autobiografías de rockeros muy a menudo. Porque Vida está bien, pero no es ni la más apasionante, ni la más redonda, ni la más informativa, ni la más divertida. O quizá es que yo esperaba más. Comparando este libro no ya con clásicos establecidos, sino simplemente con algunos similares que leí o releí el año pasado, podría decir que Vida es un buen libro, pero se han soltado cohetes demasiado alegremente. Está bien, no “tan” bien. El libro del viejo Keef no tiene el sentido del humor del White line fever de Lemmy Kilmister, ni el olfato para el ritmo del It’s so easy (and other lies) de Duff McKagan, ni la inteligencia y capacidad de introspección del Cosas que los nietos deberían saber de Mark Oliver Everett, ni desde luego el descacharrante sentido del espectáculo de Los trapos sucios, el ya legendario Big Bang de sordidez de los Mötley Crüe. Eso por citar algunos que leí en los pasados meses. El libro de Richards es sencillamente una buena autobiografía, pero no es LA autobiografía que podría haber escrito. Bien, ya he sido puñetero un rato —espero que los lectores lo perdonen; estoy entrenando para cuando escriba sobre Tarantino—, así que ahora vamos con los elogios.

En la parte positiva puedo decir que Vida es un libro muy entretenido. Quizá no es el libro que yo esperaba, pero no es aburrido ni mucho menos. Cuenta cosas, que es lo que queremos que haga, aunque sean cosas que ya se han contado antes en otros lugares. Nunca pasa demasiado tiempo divagando o filosofando sobre la existencia. Lo de divagar y filosofar es algo que —no nos engañemos— pocos músicos están capacitados para hacer, al menos de forma interesante. Pese a lo que las fans calenturientas quieren creer cuando escuchan una letra repleta de enternecedora sensibilidad, de la cual deducen que sus ídolos son Príncipes Azules Que Flotan En Poesía y Necesitan Abrazos y Cariño, la verdad es que la mayor parte de las estrellas de la música no tienen demasiado cerebro. Y, cuando milagrosamente lo tienen, no son personas especialmente ejemplares, porque están precisamente acostumbrados a un tipo vida que no premia la madurez. Así que cuando hablamos de autobiografías, el fuerte de los iconos rockeros no suele ser el filosofar ni ponerse en plan Confucio, sino más bien el contar viejas historias de escenarios y camerinos, que es lo que reclamamos los lectores. Historias con muchas anécdotas extrañas, groupies, jeringuillas, peleas y gente corriendo en pelotas por los pasillos de los hoteles y prendiendo fuego a pianos.  Eso es lo que queremos que nos cuenten, no que se pongan a «reflexionar» (aún no sé si reír o llorar con los intentos de Tommy Lee de ponerse en plan Jane Austen). En Life, por fortuna, la narración vence sobre el palique filosófico.  Richards ha sido listo y no ha pretendido darnos grandes lecciones sobre la vida. Supongo que parte del mérito es también de James Fox, quien ayudó a Richards con la redacción del libro. Algo que se nota en pasajes como el de la descripción de la infancia de Richards, en los que se percibe claramente la mano experta de un escritor. Algo habitual en este tipo de libros, por otra parte. Pero antes de entrar de lleno en la carnaza (que es lo que estáis esperando, ¡pillines!) hablemos sobre la estructura de la narración en sí.

El guión

Es un libro bastante heterogéneo; el enfoque de la historia va variando a lo largo de sus páginas, así que resulta difícil centrarlo en un único estilo o englobar todo el texto con una sola etiqueta. Pero grosso modo y para entendernos, podríamos separarlo en tres grandes partes.

En la primera parte, Richards nos habla de los años tempranos: su infancia, su adolescencia y el periodo de formación de los Stones. La etapa de la infancia suele ser muy delicada en este tipo de autobiografías, básicamente porque —por lo general— es más aburrida que un chiste contado por Bunbury. O que cualquier otra cosa que salga de la boca de Bunbury. Salvo honrosas excepciones, la infancia de los rockeros suele tener un interés limitado por no decir nulo, y no abundan los que saben rememorar ese periodo sin hacernos bostezar. Confesémoslo, porque todos lo hemos hecho alguna vez: me refiero a saltarnos de golpe varias páginas en las que el músico de turno nos habla de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos, de sus primos, de sus profesores, de sus perros y gatos y de aquel escaparate de la tienda de caramelos que lo hacía tan feliz. Paseamos la mirada por una página y otra pensando: «¿cuándo llega lo bueno?». Pero no, ahí está hablándonos de aquella vez que se cayó de la bici y aprendió una importante lección sobre la importancia de la ley de la gravedad que veinte años después inspiró tres versos en una canción que estaba en la cara B de un single ya descatalogado. Lo que se dice en español de toda la vida: un coñazo.

Afortunadamente, no es este el caso de Vida. Todo lo contrario. Sí, Keef habla sobre su infancia, pero ni nos saltamos páginas ni tampoco nos asalta la tentación de hacerlo. No es que la infancia o adolescencia de Keith Richards sean mucho más interesantes que la de cualquier otro —más que la de Bunbury, imagino— pero eso es lo de menos, es que está muy bien contada. La narración sobre sus primeros años está perlada de píldoras costumbristas sobre la Inglaterra de la posguerra, que nos mantienen bastante entretenidos. No es tanto la historia en sí como la ambientación; que es francamente buena. El paisaje y el paisanaje, como se decía en tiempos, visten muchísimo esta parte del libro. El atrezzo es brillante, la somera descripción de la vida cotidiana en aquellos años es muy colorista y convierte este primer tercio de Vida en una especie de pequeña novela folklórica de muy agradable lectura. Y la cosa sigue así de bien cuando llegamos a los años en que los incipientes Stones entran en acción, cuando Richards conoce a sus compañeros de banda y empiezan a tocar por ahí. Richards no escatima detalles sobre esa época, y aunque muchas cosas ya nos las habían contado otras plumas en otros tantos libros, evidentemente tiene un interés extra que sea el propio protagonista quien lo rememore. El primer tercio de Vida es, probablemente, el mejor de todo el libro.

El segundo tercio se sitúa en la mejor época de los Stones, esto es, el final de los sesenta y la década de los setenta (hay gente por ahí que afirma que los mejores Stones eran los del principio, pero también la gente decía durante siglos que la Tierra era plana: es decir, gilipolleces). Pero aquí cambia el registro: quien espere una detallada crónica de la carrera del grupo durante aquellos años puede desengañarse ya. Richards pasa cada vez más de puntillas por la historia de los Stones, y se va centrando progresivamente en su vida personal, especialmente en sus escarceos con las drogas y sus relaciones con las mujeres. Ciertamente es una biografía de Keith Richards como individuo, no de los Stones como banda, me hago cargo de ello. Nos cuenta algunas cosas de la banda, pero son cosas que en su mayoría ya sabíamos por otras fuentes. Quizá se hubiese agradecido algo más de atención a los propios Rolling en su etapa más fructífera. Habla de sus relaciones, aunque lo hace de manera llevadera, no es como las pasteladas de Tommy Lee. En cuanto al asunto de las drogas, es tratado sin demasiada sordidez; es obvio que a Richards todo aquello le pilla ya muy lejos y no va mucho más allá de la mera enumeración de sustancias y la recopilación de anécdotas. Lo cual está bien y es muy entretenido. Pero por ejemplo a Slash, el guitarrista de Guns N’ Roses, le bastaron unas pocas frases en su autobiografía para pintarnos una muy vívido cuadro de lo que suponía para él ser un adicto a la heroína. La crónica de Richards no es tan vívida, porque, no lo tiene tan reciente. Básicamente rememora episodios de aquellos tiempos con el mismo tono desapasionado que podría haber empleado otro biógrafo. Con todo, para que nadie me entienda mal, esta segunda parte del libro también se lee con mucho agrado, aunque trate con demasiada ligereza los mejores años de la carrera musical de su banda. Pero sigue manteniendo un buen nivel.

Durante la última parte del libro la cosa ya empeora un tanto. Conforme los acontecimientos que reseña son cada vez más recientes en el tiempo, la narración se va diluyendo y perdiendo interés. Excepto momentos esporádicos aquí y allá, el argumento va entrando lentamente en barrena. Probablemente se deba a que en esa parte final Keef recuerde mejor las cosas, las sienta más cercanas y por lo tanto haya tomado más las riendas de la narración por encima de su colaborador, lo cual redunda en una literatura más desestructurada y endeble. Podría ser. En todo caso, hacia el final nos habla de algunas cosas que, para qué negarlo, no nos interesan demasiado. Ya sabemos que ha colaborado con este y con aquel y con el de más allá y con Jack White, pero hubiese sido preferible que hubiese concentrado esas energías extendiéndose más sobre el periodo más mítico de los Rolling Stones. Pero bueno, es solamente esta parte final del libro la que flojea un tanto. El resto, aunque no es exactamente lo que esperaba leer, no decepciona.

El reparto

"Cuñaaaaoooo"

Llama mucho la atención el modo en que los personajes salen y entran de manera abrupta. A veces da casi la impresión de que Keith Richards no ha tenido relaciones significativas con casi nadie —aunque se pasa medio libro insistiendo en lo contrario—porque incluso cuando se explaya sobre alguien, no terminamos de adquirir una imagen muy definida de ese personaje. Se le da bastante mejor describir situaciones que describir a personas concretas, pero es que además hay muy pocas personas de las que hable extensamente en el libro. El protagonista absoluto es él; hay poco lugar para otros. Qué raro amigos, una estrella del rock egocéntrica.

Los dos nombres que sí tienen lugar y a los que más párrafos dedica son, en este orden, Anita Pallenberg y, cómo no, Mick Jagger. De Anita, la novia que tuvo durante unos cuantos años,  habla con cierto cariño. Aunque eso sí, la pinta como una excéntrica medio chiflada y violenta, de la que no tuvo más remedio que alejarse cuando las drogas le estropearon aún más el carácter y cuando su salvaje ritmo de vida fue demasiado incluso para él. Anita es un personaje intrigante, lástima que Richards no haya tenido la habilidad de dibujarla mejor. Aun así, lo que cuenta sobre ella y sobre su relación es, afortunadamente, interesante.

Y ahora, amigos, ¡la carnaza!

Muy distinto es lo de Jagger, a quien sí retrata no sólo con habilidad, sino con trazos cortados a navaja. Lo presenta en términos contradictorios: dice que lo considera “como un hermano” para justo a continuación soltarle una puñalada repleta de ácido. O asegura que “seguimos siendo amigos” para desmentirlo cien páginas más adelante. Pero no importa, porque pese a las veces que ensalza la historia de amistad entre ambos, la imagen que nos proyecta de Jagger es bastante negativa. Y se nota que lo ha hecho a propósito. Mick Jagger no le cae bien y tampoco pretende que nos caiga bien a nosotros. Aquí Richards sí responde a las expectativas: si alguien quería encontrar carroña sobre Jagger, la hay. No en cantidades industriales, pero más que suficiente como para dar bastante que hablar. Retrata al cantante como un individuo mezquino (nada que no supiéramos ya, desde luego) y no me extraña que Jagger se sintiera ofendido al leer estas memorias, porque las perlas que Richards le dedica en algunos momentos son realmente deliciosas. Keith le va soltando pequeñas collejas a Mick aquí y allá, y al final, cuando recapitulamos, nos damos cuenta de que en conjunto se lo ha pasado en grande perfilando a Jagger como un sujeto realmente ridículo. El Jagger retratado por Richards es snob, superficial y egocéntrico hasta lo insoportable. Keith se burla de sus bailecitos, de su forma de tocar la guitarra, de sus gustos musicales, de sus relaciones con las mujeres, de sus genitales, de su obsesión con la jet-set y la aristocracia, de su carrera en solitario. Convierte a Jagger en objeto de mofa sin ninguna piedad y además le reprocha cosas del pasado con bastante mala leche. En definitiva: lo pone a parir; eso sí, repitiendo un millón de veces lo muy amigos que han sido/son/fueran/fuesen. Cierto que esto no es nada nuevo: Richards ya le había llamado de todo a Jagger en la prensa en los frecuentes momentos de tensión del pasado, pero supongo cuando Jagger lo ha podido leer todo reunido en un mismo libro… como que jode más.

Por el contrario apenas dice nada, o dice muy poca cosa, sobre el resto de los miembros actuales del grupo. De Charlie Watts habla con cariño y respeto, pero habla bastante poco. Lo mismo con Ron Wood. Y a Bill Wyman lo menciona quizá cuatro o cinco veces en todo el libro… y gracias; no se mete con él, pero tampoco parece muy entusiasmado por su existencia. De Mick Taylor dice lo justo. Era de prever. Así que, excepto Mick Jagger, no encontramos aquí ningún retrato tridimensional de ningún otro miembro vivo de los Stones. Se explaya incluso más sobre algunos músicos que colaboran en sus discos en solitario que de sus legendarios compañeros en la superbanda, lo cual no deja de resultar chocante.

Sobre el difunto Brian Jones sí se prodiga más, pero básicamente para denostarlo cada vez que lo nombra. Lo describe como un tipo desagradable, superficial (más incluso que Jagger), obsesionado por la imagen y cuya aportación musical al grupo —en contra de lo que sostiene mucha gente— era poco menos que nula. Yo me creo la versión de Richards; es más, es lo que ya me pensaba. Siempre me ha dado la impresión de que Jones era más un figurín que el “cerebro musical de los primeros Stones”, como se lo retrata a menudo. Pero vamos, esa es mi opinión y vale lo que vale. La opinión de Richards es una de las que cuentan y esto es precisamente lo que él sostiene: que Brian Jones no tuvo demasiado peso en la música del grupo. En cambio, ensalza el papel del teclista Ian Stewart, diciendo que “Stu” fue el auténtico cerebro y motor de los primeros Stones.

Por lo demás, no hay demasiadas anécdotas de encuentros con otros músicos legendarios, de las que suelen enriquecer tanto este tipo de relatos. Es algo que se echa bastante de menos. Un tipo que lleva décadas en lo más alto del negocio podría haber aportado muchas más informaciones, o sencillamente impresiones personales, sobre un buen número de personajes y eventos. Richards es bastante parco en este aspecto. Se extiende bastante menos de lo previsto sobre Gram Parsons. Tampoco habla mucho de los Beatles, por ejemplo, pero los pone muy bien. Sobre todo a John Lennon, con quien cuenta que se llevaba de maravilla y al que recuerda con bastante afecto. Y aunque aparecen figuras como Chuck Berry, Jerry Lee Lewis y algunos grandes iconos más, que nadie espere jugosas anécdotas o encuentros significativos narrados con lujo de detalles. Los nombra, dice un par de cosas sobre ellos, cuenta quizá alguna anécdota por cumplir, y por lo general los despacha rápido. También aparece, cómo no, toda la galería habitual de secundarios en el entorno de los Stones, y aquí también se detiene más en unos que en otros, aunque nuevamente no cuenta muchas cosas novedosas que no supiéramos ya (algunas) aunque ocasionalmente hace apreciaciones interesantes sobre algunos de ellos.

La banda sonora

La música es el aspecto más sorprendente del libro, o al menos el más llamativo, tanto para bien como, a veces, para mal.

Para mal por omisión, porque excepto en la etapa de formación de los Rolling Stones, Richards no parece muy interesado en compartir con nosotros cosas que no supiéramos ya sobre la carrera de la banda. Pasa de largo sobre varios discos clásicos; incluso limitándose a mencionar poco más que el título de algunos de ellos. Sí, incluso de algunos discos de los setenta. Tampoco entra mucho en materia sobre las giras, al menos para lo que podría haber entrado. De acuerdo, esto es su vida y no un manual sobre los Stones, y admito que nos da unas dosis mínimas de Stones. Pero es más metadona que heroína. No deja de resultar algo frustrante que el grupo por el que todos lo conocemos tenga un papel tan secundario en buena parte del libro. No es que se lo censure —es su libro y aceptamos pulpo como animal de compañía— pero sí que me sorprende. La verdad.

Ahora bien, cuando decide hablarnos de la propia música en sí… bueno, es otro Richards el que habla. Tenemos las casi siempre breves pero absolutamente deliciosas disertaciones sobre la guitarra, sobre el origen del rock & roll, sobre la artesanía de escribir canciones. En esto, amigos, sí que es un maestro. Y se nota. Se nota mucho. Cualquiera puede disfrutar con sus pequeñas lecciones magistrales, pero especialmente quienes aporreen ese delicioso cacharro con alambres llamado “guitarra eléctrica” y hayan tocado una y otra vez riffs y canciones de los Rolling Stones. Déjenme ustedes decirlo otra vez: Keith Richards es un maestro. No es el tipo que mejor toca, ni el que mejor técnica tiene, ni el que mejor canta, pero su sabiduría musical, su criterio para distinguir lo importante de lo accesorio y para captar la esencia musical de las cosas resultan verdaderamente ejemplares. Y es el únicoaspecto de todo el libro en lo que, con la colaboración de un escritor o sin ella, se nota que realmente pone el corazón en lo que cuenta. Su pasión por la música se transmite, se percibe, y por ello son los únicos fragmentos del libro que no están solamente bien, sino que de verdad adquieren vida ante nuestros ojos y brillan. Ya nos esté hablando de distintas afinaciones de guitarras o de cómo buscarle un estribillo a una canción a medio hacer, su discurso no sólo es un fascinante caudal de clarividencia musical sino que por una vez nos parece estar llegando de verdad al núcleo de Keith Richards.

Resulta especialmente esclarecedor el modo en que señala sus influencias —“esto lo robé de aquí”, “esto lo imité de Fulano”, “aquí copié a Mengano”—, citando incluso canciones concretas de las que sacó ideas y mostrando el modo en que amalgamó todo aquello para crear el clásico sonido Stones. El resumen de sus influencias es tan conciso y preciso como maravillosamente ilustrativo: Keith Richards es el mejor analista posible de la música de los Stones. Nos dice cómo nació esa música, de dónde procedía cada una de esas vibraciones que identificamos con la banda. Porque es él quien creó aquel sonido, así que nadie mejor que él para describirlo. Y lo hace con una maestría pasmosa. Lo dicho; fascinante. Debería escribir otro libro entero pero esta vez centrándose en este tipo de cosas, en lo estrictamente musical. Sería un auténtico manual de referencia sobre rock & roll. El tipo sabe de lo que habla. Quizá por eso no lo vemos haciendo tecno.

La silla del director

"¿Que Keith ha escrito qué? Pero, ¿ha hablado bien de cómo combino el abrigo de chinchilla con el reloj Cartier?"

Casi todo el mundo de quien he recabado la opinión sobre Vida (aunque no todos) se han llevado una imagen positiva de Keith Richards como persona al acabar la lectura. Yo no. Y soy fan del tipo desde que llevaba pañales (desde que los llevaba yo, no él… ¡no soy tan viejo!). Pero me ha dado la impresión de que Keith Richards se dedica a vender una imagen —eso sí, de manera convincente, se lo reconozco— y esa imagen es un poco la del “tío Keef”, el hombre del pueblo que se juntaba con los rastafaris y que sigue teniendo los pies en el suelo. El tipo que, en contraste con Jagger, sigue siendo sencillo y humilde. Me extrañaría mucho que eso fuera cierto. Y tampoco es muy difícil parecer más sencillo y humilde que Jagger, desde luego. Pero bueno, está en su derecho de pintarse a sí mismo como le parezca. Pero vamos, yo creo que todo eso de “soy el tío Keef” es bastante artificial, francamente. No lo hace con descaro —precisamente por eso cuela— pero al final, recapitulando sobre todo el libro, te das cuenta de que los gilipollas casi siempre han sido los otros y no él. De que cuando tiene que echarle algo en cara a alguien se lo echa, pero que casi siempre que ha sido él quien ha hecho algo malo, parece que no haya pasado nada. Es algo para lo que hay que leer bastante entre líneas, pero está ahí. Y si alguien prefiere leerlo pero no entre líneas, puede acudir a la mencionada autobiografía de Slah y comprobar cómo no le pareció tan “tío Keef” cuando lo conoció. Pero bueno, supongo que nadie escribe un autobiografia para proyectar una mala imagen de sí mismo, así que todo OK. Sólo quería dar mis impresiones, a sabiendas de que no lo leerá su equipo de abogados.

Lo que sí me ha gustado de él es la ironía con que se toma su característica imagen pública, la del forajido rockero de leyenda, el junkie irredento que va por ahí cayéndose de palmeras y haciendo cosas raras. Él mismo afirma que el Keith Richards que tradicionalmente han retratado los medios no existe, pero como sabe que es lo que la gente espera de él, cultiva cuidadosamente el papel. Lo describe con mucha sencillez: su trabajo es ser “Keith Richards”, el corsario de los anillos y los ojos pintados, así que se pone el uniforme y ejerce, aunque en realidad haga ya décadas que es un tipo de familia, un ricachón bien establecido. Lo admite abiertamente y hasta parece hacerle gracia la idea. Dice cosas como “que me cambiase toda la sangre en Suiza es lo único que todo el mundo parece saber sobre mí”. Desmiente (por enésima vez) el asunto, pero no niega que le divierte comprobar cómo se exagera hasta límites absurdos cada historia relacionada con él. Eso sí, dice que lo que sí es verdad que estuvo nueve días sin dormir, componiendo y grabando sin parar.

Quizá por esa distancia con la que ve a su personaje, parece haber también tanta distancia entre Keith Richards y lo que cuenta en el libro. Habla de cosas ya perdidas en el túnel del tiempo y no da la impresión de ser un tipo demasiado apegado al pasado. Además, como comentaba antes, cuando le conviene hace como que la cosa no iba con él. Por ejemplo, es capaz de pintar a Jagger como un traidor infecto por firmar sus contratitos por ahí a espaldas de los Stones, pero después intenta convencerte de que no pasaba nada por haber echado a Ian Stewart de la banda cuando la discográfica lo exigió en los inicios, porque “el negocio es así”. Es decir: Jagger es un traidor pero él ni fue un perrito faldero de la compañía ni le pegó una puñada al buenazo de Stu (quien se lo tomó deportivamente). Este tipo de razonamiento dual y más bien hipócrita —mal cuando lo hacen los otros, comprensible cuando lo hago yo— planea por todo el libro. Muchos lectores, al parecer, no lo han visto así. Pero bueno, para eso están los libros, para que cada cual los entienda a su manera (no amigas, el manual de circulación no está incluido en este razonamiento). Richards no es peor que Jagger, eso seguro. Pero habría que ser muy ingenuo para creer que es auténtica la versión que Keef nos da sí mismo.

Los créditos finales

Al final, Vida es una lectura agradable y un libro bastante entretenido. Pero déjenme insistir con la inmunda pataleta: no es el libro que podría haber sido. Excepto en los breves fragmentos sobre los intríngulis de la música —que como digo son una verdadera delicia— es un libro que podría haber escrito casi cualquier biógrafo dedicado de los Rolling Stones. En cierto modo, es un libro que ya se había escrito antes, y que se ha escrito varias veces con diferentes títulos, de hecho. No es que Richards aporte una visión esencialmente novedosa o descollante, especialmente teniendo en cuenta que es uno de los protagonistas absolutos de la historia de los Rolling Stones, si no el protagonista más absoluto.

El libro casi nunca tiene ese “algo especial” que debería haber añadido él, de haber querido hacerlo. Sí, siempre es interesante saber su versión, precisamente porque es Keith Richards. Sí, está el sonoro “hasta aquí hemos llegado” sobre los mitos acerca de la importancia de Brian Jones en la historia de la banda. Que no es poco. Y desde luego está el retrato de primera mano que hace de Mick Jagger, tan sórdido como divertido. Pero podría haber habido mucho, muchísimo más. Sé por experiencia que escribir sobre cualquier asunto no resulta fácil, de hecho ahora mismo estoy escribiendo y siempre te dejas cosas, siempre te equivocas en algo, siempre se te puede decir con razón que “por qué has hablado tanto de esto y en cambio de aquello otro ni una palabra”. Lo sé. Pero… ¡él es Keith Richards! Estoy completamente seguro de que ha dejado fuera cantidades ingentes de material de primera mano. Ya sea porque no se acuerda, porque le interesaba más tratar sus propios asuntos o porque no le ha dado la gana.

Pero bueno, el libro es entretenido, no sorprende pero gusta, y no rompe moldes pero no decepciona. Recomendable, claro que sí, aunque con matices:

Para quién SÍ es recomendable este libro:

—Fans incondicionales de Keith Richards.
—Gente que sepa apreciar unas memorias interesantes.
—Detractores de Mick Jagger que quieran recortar los párrafos insultantes para forrarse una carpeta.
—Lectores curiosos atraídos por escenas costumbristas de la Inglaterra de los años cuarenta y cincuenta, o por escenas costumbristas de drogatas poniéndose hasta las cejas en hoteles.
—Guitarristas interesados en las afinaciones abiertas.
—El psicólogo de Anita Pallenberg.

Para quién NO es recomendable este libro:

—Fans incondicionales de Brian Jones.
—Quienes esperen encontrar una sesuda obra de referencia sobre la historia completa de los Stones.
—Hipocondríacos y gente con fobia a las hipodérmicas.
—Mick Jagger.

Lo dicho: yo esperaba más, pero a veces la excesiva anticipación o las expectativas nos provocan un pequeño choque. Supongo que quien no albergue tantas expectativas pensará que el libro es aún mejor de lo que yo describo aquí. Así pues, que ustedes lo disfruten. Porque, con sus defectos, sin duda es un libro que disfrutarán. Bueno no, Mick, tú no.

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17 comentarios

  1. Te pasa con el libro, como a Richards con Jagger. Dices que mola, pero no mola.
    Aun con todo, gracias por el resumen. Se echa en falta más inquina con Bumbury, te has quedado corto en este aspecto.

  2. Encabronado Garcia

    Siempre me ha hecho gracia la anecdota del cambio de sangre en Suiza. Lemmy en la suya tambien comenta algo bastante comico al respecto. ¿No habla de Rory Gallagher ni de como le robo el riff de Brown Sugar?

    Tambien pienso que te has quedado corto con Bumbury.

    • No, no nombra a Rory Gallagher, ni a muchos otros músicos. Excepto a los que influyeron sobre él en su infancia y adolescencia, nombra a muy pocas figuras de la industria musical.

  3. El Vince Neil de Burjassot

    Muy bueno,pero creo que eres injusto cuando tratas la relacion Keith-Mick.Yo creo que es posible tener una relacion casi de hermandad con alguien y a la vez tener tus tiranteces,sobre todo si pasan años.Como dice el gran filosofo Paulie Gualtieri «toda amistad tiene sus picos y valles».

    Lo demas OK,yo he leido el libro dos veces.

    Y si,los Stones de Taylor son mejor que los de Jones!

    • Sr. Vince Neil de Burjassot:

      Espere, espere ¿es usted quien creo que es?? Es decir, ¿el tipo que se tomó unos zarajos con Keith Richards y a quien le he gorroneado más Marlboros a lo largo de los años? ¡Me siento verdaderamente honrado! Los lectores deberían saber que usted, directa o indirectamente, me ha dado alguna idea para artículos de Jot Down y seguramente me dará alguna más en el futuro.

      Eso sí, lo último que esperaba es que firmase como «Vince Neil». De ahí a verlo a usted con un chubasquero amarillo van dos pasos.

  4. McBein

    Es que el que opine que los Stones de Brian Jones son mejores que con Mick Taylor, probablemente opine que en Benicassim reside el futuro del Rn´R

  5. ignacio olabarria

    hola 1ª vez aquí. No soy fan de Stones, he leido el libro en español y tanto me ha gustado que lo he leido en ingés. Me ha gustado MUCHO MUCHO. No conozco ninguna de esas biografías que nombras . Enhorabuena por la revista

  6. miguel

    el de la foto es Brian Jones

  7. jarry o sucio

    que machista el comentario sobre el manual de circulacion no? jeje habra que pasar un rato leyendolo entonces. gracias.

  8. Pingback: Mick y Keith, un matrimonio de nuevo bien avenido

  9. Coincido en:
    – las tres partes del libro y su valoración. La última parte es bastante aburrida.
    – cuando habla de la música: lo mejor del libro. Cambié la afinación de mi guitarra y puedo decir que es cierto todo lo que dice aunque no le lleve a la suela de los zapatos, sniff
    – Lo que más me chocó del libro son las omisiones. Si estás con dos tipos en una banda durante más de 20 años, algo deberías decir sobre ellos.

    En conjunto un libro interesante y una crítica muy buena.

    Ah, por cierto otra autobiografía que podrías haber citado: la de Ozzy Osbourne…

  10. Pollomike

    Eso del riff de Rory puede ser,pero creo que Brown Sugar la compuso Jagger en Australia durante un parón del rodaje de «Ned Kelly»a causa de una lesión en la mano.Lo mismo fue por eso.Por cierto,por aquí se echa en falta una reivindicación en toda regla del ilustre irlandés.
    Lo mejor del libro es el primer capítulo,hombre,cuando cuenta el episodio en que les trinca a Bobby Keys,Ronnie Wood otro que no recuerdo y a el un sheriff garrulo enTejas con el coche lleno de jamaro y armas.sube tanto el nivel que inevitablemente lo siguiente deja más frío….

  11. Pingback: Gram Parsons, la serie cósmica (I) | Mediavelada

  12. Enrique arellano

    Como puedo conseguir este libro en español

  13. Pingback: Mick Jagger, su lujuriosa majestad – El Sol Revista de Prensa

  14. ROXANNE

    Me ha gustado la crítica y es aceptable que sea un «SÍ, PERO NO».
    Yo incidiria en el humor. Richard tiene mucha gracia (a ratos).
    No ha podido evitar que leamos entre línea sus complejos y la necesidad de reivindicarse frente a Jagger (quien no me cae especialmente bien).
    Como ya se ha comentado por aquí, me resulta extraño que apenas mencione a Bill Wyman.
    No soy fan de la banda, pero me he divertido leyendo el libro y esta reseña.
    Gracias.

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