Pulp

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Philippe de Broca sabía de cine. Estudió en la École Technique de Photographie et Cinématographie, trabajó como cámara del Ejército francés en Argelia, rodó documentales y ejerció como ayudante de los principales directores de la nouvelle vague. Fue, por ejemplo, asistente de François Truffaut en Los cuatrocientos golpes. Luego De Broca filmó muchas películas de bajo presupuesto y de un calado intelectual aparentemente bajo: comedias estupendas como Cartouche (1962), El hombre de Río (1964) y Las tribulaciones de un chino en China (1965), con Jean-Paul Belmondo como actor principal, o El rey de corazones (1966), con Alan Bates.

En 1973 hizo Cómo acabar con el agente secreto más famoso del mundo, otra vez con Belmondo. Mientras veía esa película me ocurrieron dos cosas, insignificante (para mí) la una, relevante la otra. La primera: alguien me metió mano en el cine y cuando miré hacia la butaca de al lado resultó ser mi profesor de gimnasia, que nunca volvió al colegio. La segunda, la de importancia: descubrí que el «pulp», esa literatura barata que practicaba mi padre en la azotea de casa cuando se convertía en Silver Kane, y que ejercía sobre mí un atractivo oscuro, constituía una disciplina intelectual a la vez severa y reconfortante.

En Cómo acabar con el agente secreto más famoso del mundo, el escribidor François Merlin (Belmondo) produce a marchas forzadas novelitas del agente secreto Bob Sinclair. Merlin se idealiza a sí mismo en el personaje de Bob Sinclair, enfrentado al malvado espía albanés Karpov (trasunto de su editor) y enamorado de la sofisticada Tatiana (trasunto de una estudiante inglesa que acaba de instalarse en su edificio y que interpreta, atención, Jacqueline Bisset). El escribidor Merlin recicla su vida miserable y la transforma en grandes aventuras.

Gracias a esa película eché un vistazo al «pulp» francés y me aficioné a Gérard de Villiers, el escritor europeo que más libros ha vendido. ¿No le conocen? Será que frecuentan muchas librerías y pocos quioscos. De Villiers ha publicado unas 180 novelas de la serie SAS, cuyo protagonista, Son Altesse Sérénissime (de ahí lo de SAS) Malko Linge, un príncipe austríaco, hace trabajillos para la CIA y dedica lo que le pagan a restaurar un palacio siempre en obras. De Villiers, que se edita a sí mismo, dice haber vendido más de 150 millones de ejemplares. Vive en un piso fastuoso en la Place de l´Étoile de París, decorado con armas y arte erótico. Simpatiza con la extrema derecha y durante décadas ha viajado por todo el mundo para documentarse antes de cada obra.

Si yo tuviera que recomendar un libro, solo uno, sobre el asesinato del exprimer ministro libanés Rafik Hariri (y conviene leer sobre el asesinato de Hariri para entender cosas como el actual conflicto sirio), optaría por La liste Hariri. Es sólo una aventurilla más de SAS Malko Linge en la que el aventurero austríaco fornica con una princesa saudí y mata a unos cuantos malvados, pero es también la mejor reconstrucción del magnicidio y la más verosímil exposición de su trama oculta. Dicen que el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, gran amigo de Gérard de Villiers, prestó al escribidor una copia de los informes que sobre el asunto elaboraron los servicios secretos franceses. En Beirut, La liste Hariri sigue vendiéndose como pan caliente.

Siento devoción por el «pulp», por las obras de bajo presupuesto y por la inspiración forzada. Por las obras comerciales. Por la gente que no se habla a sí misma porque no tiene tiempo: hay que entretener al público.

Twain, Burroughs (los dos, el de Tarzán y el de El almuerzo desnudo), Conan Doyle, London, Hammett, Chandler, Lovecraft, publicaron en «pulp» lo mejor que hicieron.

Lo que se hace pasar por debate sobre un supuesto fin de la cultura, a raíz del libro La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, se ha visto ya muchas veces. Es una idiotez. Si el temido Ulises de James Joyce (sobre el que E. J. Rodríguez publicó en esta revista una interesante guía práctica) se troceara en píldoras y se enviara a millones de correos electrónicos, con su porno, su banalidad angustiosa y su ritmo bíblico, causaría un impacto formidable. Ulises de Joyce es también, a diferencia del tiempo que perdió Proust, literatura popular.

No conviene dejarse engañar por los formatos.

El autor debe sufrir y el público debe gozar. Cuando es al revés, desconfíen.

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13 comentarios

  1. Yo quiero escribir como tú, me enseñas? Y te prometo que no te meteré mano.

    Un saludo,
    Pablo.

  2. No estoy en nada de acuerdo con lo que dice Enric sobre Proust. Si el disfrute lo determina el formato entonces degollamos la literatura, o cualquier otro arte mirándolo bien. Se puede disfrutar de Proust como de Hammet, pero antes de eso debemos quitarnos mochilas absurdas; si la predeterminación en afrontar A la búsqueda del Tiempo perdido es de que es un rollo por ser una obra muy extensa, y a su vez leer Sherlock Holmes por entregas, como se publico en su momento, es una lectura de asueto, lo determina el estilo del autor no el formato. Otra cosa es que algunos estilos narrativos van de la mano con unos formatos específicos. Otra cosa, y no he leído el libro de Vargas LLosa, es querer banalizar ciertos autores por la forma en que publicaron. Al final el tiempo es quien pone a todos en su sitio, no las ventas ni las modas del momento.

    • Impacto total

      El tiempo es una cosa muy larga. Hoy que se revalorizan tantos autores considerados de segunda o ´malditos´es más por que se adecuan bien a la visión nuestra que porque se lo merezcan o, lo que es lo mismo, podrían volver a enterrarse y desenterrarse cíclicamente.

  3. RosendoMercado

    Hombre, aparte de que siga existiendo buena cultura, no podemos negar que lo que más se consume día a día por la “civilización” es basura. Aún así todavía queda esperanza, porque lo que está bien hecho al final también llega al público, pero muchas obras de arte se pierden por el camino por falta de reconocimiento. Sólo piensa qué es más leido, ¿ marca o jotdown?

  4. Un placer leer a Enric en sus libros y en sus posts! Los comentarios de RosendoMercado totalmente compartidos

  5. Pingback: EL AUTOR DEBE SUFRIR Y EL PUBLICO DEBE GOZAR | Patrulla de salvación

  6. Impacto total

    Lo que es una estupidez es que diga que es estúpido, cuando es evidente que hay una vulgarización (¿formidable?) en la mayoría, por no decir todos, los campos artísticos. Sobre todo en la cocina, sépalo usted.

  7. Larry Bird

    Estoy leyendo el Ulises. Se lo recomiendo a todo el mundo. Habrá cosas a las que no le encontraréis explicación, pero todo lo demás merece la pena.

  8. viejotrueno

    El Ulises es básicamente un tostón de mucho calibre. Eso es tan popular y tiene tanto que ver con Lovecraft o R.E. Howard como Pollock con Jack Kirby, John Buscema o demás dibujantes de Marvel. Porque la cuestión es que los “formatos” no son gratuitos, importan, y mucho. Y la fragmentación del lenguaje con que Joyce nos abofetea en la cara difícilmente puede considerarse popular, o pulp.

  9. Pingback: ¿Es el género “pulp” el fin de la cultura? « no Berlin, no Beirut

  10. Mis condolencias a EG por su pérdida de padre y escribidor.

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