Frunzik Mkrtchyan, el cómico de ojos tristes

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Después de vivir tres años en Ereván, capital de la histórica y paradójicamente poco conocida Armenia, algunas cosas he aprendido. Además de las obvias, como que fue (es) el primer país cristiano, que Alain Prost o Charles Aznavour son de origen armenio (Diana de Gales tenía abuela armenia, y Sylvie Vartan a su padre) o que la población de la diáspora triplica a la que reside en el país, he aprendido cosas mucho más valiosas. Como por ejemplo que el mayor placer que proporciona la carne asada, cuyo aroma inunda el país a cualquier hora, es compartirla con alguien con el que conversar, que la palabra brindis puede ser un eufemismo para referirse a un ejercicio de sincera y pura poesía o que Churchill tenía muy buen gusto cuando pedía a Stalin que el enviara el coñac local, ignorando el glamuroso licor francés. He visto el monte Ararat, a lo lejos, en la dolorosa, para los armenios, Turquía. Y he entendido que el pobre Noé, allí atrapado, según leyenda bíblica con todo tipo de animales, debió pasar un mal rato (ellos también, imagino). He comprendido cómo un genocidio puede marcar el carácter de un pueblo hasta convertirse en un rasgo de identidad. Y he descubierto que en el Cáucaso, aunque a veces por desinformación no nos lo parezca, solo un peculiar sentido del humor y no un estado de barbarie y guerrilla constante, permite soportar el paso de los días. Aunque el tiempo parezca, irremediablemente, atrapado en una mezcla de olvido y anarquía autoimpuesta.

Mher Frunzik Mkrtchyan (pronúnciese “Mikartchián”) (de ahora en adelante llamado Frunzik, pues así fue conocido en la antigua URSS y lo es a día de hoy) nace en 1930 en Leninakán, actualmente Gyumrí, segunda ciudad de Armenia y zona industrial, famosa por el trágico terremoto que en 1988 deja la región en ruinas. En esa ciudad hoy una estatua conmemora la figura de su hijo predilecto.

Lo fácil al hablar de cine armenio sería referirse a otros nombres, pese a que Frunzik fue el cómico más brillante del país, premiado en 1984 como Artista Nacional de la URSS, galardón que reconocía los logros en el ámbito de las artes escénicas de los mejores artistas de la Unión Soviética, incluyendo a compositores, cantantes, directores o actores. En cualquier caso lo fácil sería hablar de Sergei Parajanov. Así podríamos referirnos a Fellini, Tarkovski, Bertolucci, Buñuel, Goddard, etc., y el artículo quedaría muy intelectual. Pero cuando le nombras a Frunzik a un hombre de la calle, sonríe y brinda en su honor, mientras rememora escenas míticas y agradecimientos póstumos. Así que algo hay en él que está por encima de los demás y que justifica este intento de reconocer su figura. Porque, si el primer brindis tendrá como motivo el agradecimiento por la alegría que Frunzik regaló al pueblo en sus actuaciones, el siguiente será por la paz de su alma y por su oscuro destino.

En el año 2005, muerto el actor en 1993, le dedican una colección de sellos. En primer plano su rostro, en blanco y negro, serio, con su famosa, qué diría Quevedo de ella, nariz inmensa, graciosa para un pueblo de grandes narices, junto a sus mejillas caídas, como rendidas y, algo que todos reconocieron siempre como el secreto de su éxito: ojos profundamente tristes en un rostro cinematográficamente cómico. Para completar el sello añadieron dos máscaras teatrales, resaltando su faceta de actor. Una de ellas sonríe. La otra llora. La esencia de Frunzik, de toda su vida, definida a nivel nacional como tragedia e ironía y mostrada metafóricamente a través de dos máscaras que representan la realidad que encontraría el actor en el reflejo dubitativo de su rostro frente a un desconcertado espejo.

Hijo de familia humilde, fue desde su nacimiento el favorito de su madre. Hasta tal punto que Albert, uno de los tres hermanos de Frunzik y director de cine, reconoce que ella siempre se refería a él como “mi hijo”. Su padre fue encarcelado durante varios años por robar cinco metros de lienzo, material muy valorado en la posguerra, a pesar de que como motivo alegó la necesidad de alimentar a su familia. Durante esos años la madre, que trabajaba en una empresa textil, pasaba a sus hijos restos de la comida de la fábrica a través de las rejas de las ventanas de la empresa. La pobreza en la región era extrema, el barrio peligroso y Frunzik casi no salía de casa. Imaginaba historias (afirman que no leyó más de 10 libros en su vida) y soñaba con ser el protagonista, el actor de aquellas fantasías. La relación con el padre, cuando regresó, no fue fácil. Frunzik estudiaba, como muchos otros niños, en el Centro de Teatro, y disfrutaba actuando. Su padre se negaba, quería que fuera pintor y le amenazaba afirmando que al actuar solo conseguía avergonzarle y que no quería que su hijo subiera a los escenarios como si fuera un mono de circo. Pero en una ocasión, por casualidad, el padre le vio actuar y, sin poder ocultar su admiración, dejó de recriminarle sus deseos. El niño de estómago hambriento, improvisaciones divertidas y nariz exagerada hacía reír, pero también sorprendía por su talento a todos los que veían sus primeras actuaciones en una ciudad que presume, todavía hoy, de amor hacia el arte y el teatro.

Con 17 años entra a formar parte del Teatro de Arte Dramático de Leninakán. Allí conoce, al cabo de pocos años, a Levón Kalantar, director de cine, que tras verle actuar le propone ingresar en el Instituto de Arte de Ereván. Sin hacer ningún examen previo ingresa, con 23 años, directamente en el segundo curso y se dedica a realizar funciones teatrales, encarnando cada vez a personajes de mayor importancia, en las principales salas de Ereván. El rumor del joven talento se extiende dentro del mundo artístico del país. Paralelamente, sus amigos descubren con sorpresa que el chico de nariz gigante tiene un atractivo especial para las mujeres. Todas se fijaban en él y en cualquier conversación terminaba por ser el protagonista, incluso sin pretenderlo. Al cumplir 28 años se enamora de Donara, también actriz, 10 años menor que él. Se casan y al poco tiempo tienen una hija, Nuné. El joven actor tiene éxito y reconocimiento, una esposa a la que ama y una familia feliz.

En ese momento Frunzik participa en su primer papel en el cine, en el cortometraje 01-99, comedia de enredo en la que interpreta a un borrachín que debe llevar por encargo a Ereván un tonel de coñac que, por supuesto, se va bebiendo por el camino. El corto, hilarante, lleno de situaciones absurdas, como su huida por los pasillos de un hospital al que le llevaron por error, no sin antes recuperar el tonel y sus zapatos, concluye con un montón de personajes confundidos en una comisaría de policía. Frunzik se convierte en una estrella.

En ese momento, gracias a su participación en nuevas películas, especialmente en Aybolit- 66 su fama alcanza a toda la URSS. Los directores se sorprenden de que el público reconozca que acude al cine por ver a ese curioso, divertido y especial actor armenio. Pero, mientras el éxito le recompensa, comienza la tragedia personal. Donara es diagnosticada como esquizofrénica por varios psiquiatras. La enfermedad es incurable y, posiblemente, hereditaria. Pese a ello, en 1966, Frunzik y Donara participan juntos en la película Kavkazskaya plennitsa, ili Novie priklucheniya Shurika. Delirante comedia en la que Frunzik vende a su sobrina por 20 cabras y una nevera; después, fuerza un secuestro con tres sicarios de pandereta, homenaje a un relato de Pushkin, intentando evitar que el negocio se rompa debido al amor que por su sobrina siente un joven ruso que ha viajado hasta el Cáucaso para conocer las tradiciones populares. La película es un éxito y a día de hoy un restaurante le rinde homenaje en Ereván. Una de las canciones de la película, así como diversas escenas, se han convertido en lugares comunes de la cultura popular soviética. Más de 76 millones de personas vieron la película en el año de su estreno (1967).

La paradoja del éxito de Frunzik es que era reclamado para papeles cómicos mientras que en su vida, y en sus inicios teatrales, siempre sintió atracción por las tragedias. Como explica Vakhtang Kikabidze, actor georgiano e íntimo amigo de Frunzik, dice de él que tenía un humor especial porque “podía hacer felices a los demás mientras se sentía profundamente triste”. Como dijo el propio Frunzik en una ocasión “adoro los personajes que están en la frontera que separa la tragedia de la comedia”. Consigue varios papeles alejados de la comedia, entre ellos destaca la película La canción de los viejos días, dirigida por su hermano Albert, en la que ejerce de cartero que, ante la noticia de una muerte, decide comerse la carta que trae la detestable noticia. Algunas escenas se graban en Leninakán. Frunzik se encierra en el hotel durante tres días y no para de beber. Cuando regresa a la grabación parece haber envejecido años. El alcohol aparece, seriamente por primera vez, en su vida. A pesar de sus papeles trágicos, los directores siguen insistiendo en ese actor cómico que desprende magia. Y la bebida le ayuda a actuar y representar, constantemente, en vida, el papel que los demás ven en él.

Paralelamente, Donara empeora, su comportamiento cada vez es más impulsivo e imprevisible, y Frunzik no sabe cómo reaccionar. En 1972 nace su hijo Vahag. Lo que para el actor podía ser la esperanza de recuperar una vida feliz se convierte en una pesadilla. Los médicos declaran la enfermedad de Donara, que empeora hacia una depresión severa, como incurable. Frunzik asume que deberá criar solo a sus dos hijos. En 1976 recibe una petición de Moscú. Le ofrecen un papel en la película Mimino. Película clásica (vale más verla subtitulada en este link que leer explicaciones sobre cada deliciosa escena; especialmente inolvidable la del juzgado, considerada el clímax del arte cómico de Frunzik… un motivo para verla, ¿no?) que refleja el sentir de armenios y georgianos a través de dos pícaros perdidos en Moscú. Durante la grabación de la película Frunzik bebe más y más cada día. En cierta escena, en un hotel de Moscú, un georgiano y un armenio compiten por que la banda de música toque para ellos, reflejando de esta manera el orgullo caucásico, y terminan bailando en un duelo ponceliano para goce y disfrute de todo el personal. En esa escena, Frunzik intenta coger un pañuelo siguiendo un baile tradicional; el actor estaba completamente borracho. La escena no se grabó más que una vez porque, según el director, era perfecta (ver minutos cuatro a seis). Aun así, le pidió al actor que dejara la bebida durante el rodaje. Frunzik cumplió con la petición, pero, con resignación, la explicó años después afirmando “entonces entendí por qué en el mundo reina la ineptitud. Ellos no beben y desde que empieza el día solo piensan en su carrera”. La película recibe el Premio de Oro en el Festival Internacional de Cine de Moscú en 1977.

Esta película convierte a Frunzik, definitivamente, en un héroe en Armenia. Todo el mundo quiere verle, saludarle, hablar con él. Y Frunzik jamás supo decir que no a nadie. Como explica Vakhtang Kikabidze, la gente paraba al actor por la calle y le invitaban a beber. Él nunca se negaba. Kikabidze le preguntó por qué no podía decir que no. “Podrían ofenderse”, respondió Frunzik sorprendido. Era tal su fama que para su siguiente película, en India, viajó sin pasaporte ni dinero. No le hacían falta. En una ocasión, y habiendo cobrado una considerable suma de dinero, llama a un amigo y le invita a ir a Sochi a pasar una semana. Viajan, Frunzik sin pasaporte, vuelven al cabo de una semana. El dinero seguía intacto. La leyenda dice que tenía dos pasaportes, el real y uno en el que solo ponía “Frunzik”. Lo cierto es que sus conocidos siempre afirmaron que él jamás pidió nada para sí. Tal era el agradecimiento que en tantos lugares sentían hacia él que no necesitaba nada. Y solo pedía si el que lo necesitaba era otro.

Y entonces Frunzik recibe otra noticia. La enfermedad de Donara, que por entonces estaba interna en un sanatorio, es hereditaria. Vahag puede padecerla. Lo lleva a París e incluso medita dejar el cine y dedicarse al pequeño. Cuando se entera de que su hijo padece la enfermedad, y de que además es incurable, estaba fuera de Armenia. En el trayecto de vuelta no comió nada, simplemente bebía y bebía. La enfermedad de Vahag tuvo dos consecuencias. Por un lado, Frunzik renuncia a su vida social, empieza a rechazar invitaciones. Por otro lado, vuelve a beber, cada vez más asiduamente. Hay que señalar que el actor tuvo varias operaciones en su vida, incluso con riesgo de perderla, pero lo que nunca superó fue la tragedia de su mujer y su hijo. En una entrevista para una televisión georgiana contaba su experiencia en una operación de úlcera en la que estuvo al borde de la muerte, tanto que llegó a estar en coma. Y al explicar sus sensaciones, años después, dijo lo siguiente. “Vi un cielo plateado, no el cielo, sino un mundo que era precioso.

En 1978, enfermo en el hospital, recibe la visita de un director. Le deja un guión sobre la mesa, junto a la cama en la que reposaba. Al poco tiempo protagoniza la película El soldado y el elefante. En plena Segunda Guerra Mundial un soldado armenio debe cruzar Europa para llevar un elefante hasta Ereván. La historia tiene tanto de tragedia como de comedia. Quizá el animal fue el mejor compañero de reparto que tuvo Frunzik. Al final el soldado, después de mil enredos, se marcha en tren con el animal, el único que le ha sido fiel en el sufrimiento. Es memorable la escena en la que entra en casa de un alemán, pide amablemente cobijo, evita la muerte por los disparos ajenos, y pudiendo fusilar a los seis que le han intentado matar dice “os voy a juzgar” y, mientras están con los brazos en alto frente a una muro esperando la muerte, rompe los rifles a golpes contra una pared (¿hay una escena más poética sobre la estupidez de la guerra? ¿Y no tiene mérito que esa escena la protagonice un armenio, representante de un pueblo que ha sufrido un genocidio?) y se lleva comida para el animal, incapaz de acordarse de sí mismo.

A los 57 años, quizá como última esperanza, Frunzik se casa por segunda vez, con otra actriz popular, Tamara Hovhannissyán. Pero el matrimonio dura poco y el divorcio no tarda en llegar. Nuné, casada, se marcha a Argentina y Donara está interna en un sanatorio. Padre e hijo viven solos aunque, irónicamente, como dijo Frunzik a una íntima amiga “como un auténtico hombre armenio que soy siempre he soñado con tener una familia”. El sueño se convierte en pesadilla. Y, paradójicamente, el hijo del actor, cuyo padre quería que fuera pintor, dibujó el retrato más aterrador y sincero de Frunzik.

Los últimos años de su vida pasan junto a su hijo en un pequeño apartamento en la calle Israelyán. Sin lujos, con poca comida, con poca ropa, como si de alguna manera quisiera regresar a su infancia, al pasado, volver a empezar. Mientras tanto vuelve al teatro y representa a Cyrano de Bergerac, gritando, con un dolor que deja helado al público. Incluso dirigió una película basada en una obra de Gorki. Por aquel entonces, ironías del destino, el terremoto destruyó de la noche a la mañana su ciudad natal. Aquella en la que pasó su infancia. Esos días a los que parecía querer volver. Frunzik fue incapaz de acudir a la ciudad, se negaba a verla destruida, y dedicó los últimos años artísticos de su vida a intentar fundar su propio teatro. Uno en el que la tragedia fuera el motivo principal. El humor quedaba, definitivamente, en el pasado. Rechazó las propuestas cinematográficas y se centró en un teatro en el que el público estuviera junto al artista, al actor. Un teatro en el que se vieran los ojos, los dientes y las lágrimas de los protagonistas.

Su amigo Kikabidze explica a menudo una anécdota curiosa. En una ocasión, a raíz de un documental que iba a grabarse, se celebraba un encuentro en el restaurante Darean. Kikabidze prometió ir, pero aquel día tenía fiebre. A pesar de todo cumplió su promesa y apareció. Al llegar se sentó junto a Frunzik y lo primero que hizo este fue acariciarle el rostro y sonreírle. Bromeó, como era su costumbre, sirvió dos copas e hizo un brindis, el que era su favorito, el que hacía a menudo. Frunzik dijo: “Querido amigo, el día que nací yo lloraba y todos reían. Brindemos por que el día que muramos todos lloren y nosotros podamos sonreír”.

El 29 de diciembre de 1993, con todo el país preparando la noche de fin de año, Albert visita a su hermano. Lo encuentra borracho en la cama. Uno de sus mejores amigos había muerto recientemente, el funeral era ese mismo día. Pero, además, la compañía de su hijo enfermo hacía imposible para él olvidar el destino de Vahag. Así que, una vez más, bebió y bebió en su apartamento. Tan mal se encontraba que Albert vio que sería incapaz de llevarle al entierro. En la cocina, con la cabeza sobre una mano, Frunzik estaba inconsciente. Vahag, al despertar y verlo así, le levantó con esfuerzo y le llevó a la cama para tumbarle. En la puerta, supuestamente el último gesto de Frunzik en su vida, dejó sus zapatos en la entrada y una botella de vodka vacía, boca abajo, en uno de ellos. Ese mismo día Frunzik, borracho, había visitado a su hija que estaba en Ereván, y le había dicho que quería despedirse de ella. Al parecer, dijo: “Adiós. Mañana voy a morir. Me enterrarán el 31 de diciembre, un día en el que todos son felices”. Frunzik fue enterrado ese día y miles de personas acompañaron su cadáver en un recorrido por Ereván hasta el cementerio de Komitás, donde todavía descansa.

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10 Comentarios

  1. ¡¡Impresionante historia!! Efectivamente, memorable la película con el elefante, que todo «soviético de pro» ha visto y de la que recuerda secuencias como la del principio, cuando ambos se encuentran, por añadir otra escena distinta a las ya citadas aunque, de principio a fin, el largometraje no tiene desperdicio. ¡¡Brindemos por Frunzik con una dulce limonada helada ситрон!!

  2. Gran articulo. Me encanta la gente que tiene la habilidad de volver interseante cualquier tema, por ajeno que me sea. Felicidades.

  3. Muchas gracias por el articulo. Soy armenio y para mi Frunzik es el mas grande actor que ha dado Armenia. Una persona adorada por todo el mundo con un destino aterrador. Gracias otra vez.

  4. yo siendo armenio no sabia muchas de las cosas que has explicado, por mi Frunzik es como el CharliChapli sovietico parecen en muchos aspectos

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