Roman Polanski (I): Infancia. Juventud. Los cortos

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Fotograma de Generación (1955)

La azarosa existencia de Roman Polanski arranca en 1933, el año del ascenso de Hitler al poder. El 18 de agosto nace en París, en el seno de una familia polaca de judíos no practicantes. En 1936 sus padres, movidos por la añoranza hacia su Polonia natal y el sentimiento de que la ciudad de Cracovia y su larga tradición judía constituyen el mejor refugio ante el creciente antisemitismo de otros lugares, deciden mudarse allí. La decisión de buscar cobijo en lo que pronto se convertirá en epicentro del Holocausto constituye el primero de los muchos giros trágicos de la vida del pequeño Romek, por entonces un niño de tres años.

La familia se instala en un piso de la calle Komorowski de Cracovia, donde Roman vivirá los únicos años felices de su infancia. Un período mágico vivido entre las criaturas mitológicas que decoran los portales de la calle, los fuegos artificiales de las fiestas locales a la ribera del Vístula y los juegos infantiles en torno al castillo de Wawel. El ambiente gótico y misterioso de la ciudad produce una profunda impresión en la mirada infantil y asimiladora de cuanto le rodea del niño Romek, que confunde realidad con fantasía, así como los villanos de cuento con los reales. Pone cara a estos últimos gracias a un ingenioso grabado que un vendedor le ofrece en el mercado: la figura de un cerdo que, al desplegarse, muestra las imágenes de cuatro hombres. Preguntado por su hijo, el padre de Roman los identifica por sus nombres: Hitler, Himmler, Goebbels y Göring. Representan la amenaza creciente. Amenaza que pronto se hará tristemente real.

El ejército alemán entra en Polonia en septiembre de 1939, y la familia nuevamente calcula mal su vía de escape. Alertados por la proximidad de Cracovia a los Sudetes y el área de influencia alemana, deciden huir al norte, a Varsovia, sin saber que esta se convertirá en breve en objetivo de los ataques aéreos nazis. La familia pasa toda su estancia en la capital escondida en un refugio antiaéreo.

Después vuelven a Cracovia, donde aún no se ha producido ningún combate, pero la ciudad es ocupada y a partir del 1 de diciembre de 1939 un edicto obliga a los judíos a portar una estrella de David en el brazo. La madre de Polanski es de origen ruso y solo medio judía. Tanto ella como su marido son agnósticos y nunca han dado una formación religiosa a sus hijos. Pese a ello, son obligados a cumplir el edicto, y poco después toda la familia es reasentada en la zona que pronto constituirá en gueto judío de la ciudad.

Infancia en el gueto

«Una noche oímos unos gritos procedentes de la escalera. Apagamos inmediatamente las luces y mi padre salió subrepticiamente para ver qué ocurría. Regresó de puntillas y dijo que los alemanes estaban en el edificio. Vio que arrastraban a una mujer escalera abajo por los pelos. Permanecimos sentados aguardando, iluminados tan solo por el apagado resplandor de la estufa. Yo me humedecí un dedo con saliva y dibujé una cruz gamada en la pared. Mi padre la borró enfurecido». (Roman Polanski, 1984)

A sus seis años, Polanski contempla una imagen terrible: una anciana incapaz de seguir el paso de una columna de mujeres cae al suelo ante los apremiantes empujones de un oficial alemán. Este la ejecutará ahí mismo, de un disparo en la espalda.

El pequeño Roman, sin embargo, comete varias travesuras sin conocimiento de sus padres. Entre ellas, se las arregla para escapar frecuentemente del gueto a través de un hueco en la alambrada de púas que lo rodea, y visita el mundo diferente que se desarrolla al otro lado. Los primeros años de su infancia y la difícil vida en el gueto tampoco le impiden cultivar una temprana afición al cine, a través de varias películas vistas antes de la guerra y de films de propaganda nazi proyectados en una plaza de la zona libre que consigue ver de refilón, a distancia, desde detrás de la alambrada del gueto. Fascinado con todo cuanto rodea a las películas, el rectángulo de la pantalla, el haz de luz procedente de la cabina de proyección, la sincronización de sonido e imagen y las propias historias, intentará incluso construir un proyector casero a partir de restos encontrados en la basura.

Mientras tanto, en el gueto crece el número de redadas de deportación a los campos de concentración, por lo que su padre empeña los ahorros familiares en convencer a una familia no judía de que acoja a Roman en secreto llegado el caso de que él y su mujer sean deportados. Ante los rumores crecientes de una próxima redada, la madre hace uso de su pase de trabajo para salir del gueto y esconder temporalmente a Roman en casa de la familia encargada de su futura manutención. Por la tarde, finalizada la redada, es su padre, con lágrimas en los ojos, quien acude a recogerle. “Se han llevado a tu madre”, le dice. Al cabo de los años, Polanski sabrá que ella ha fallecido pocos días después en una cámara de gas.

En la siguiente redada, que deja el gueto prácticamente vacío, son su abuela y su hermanastra Annette quienes son deportadas. Annette sobrevivirá a Auschwitz y se trasladará a París después de la guerra. Traslado que, como veremos, tendrá importancia en el futuro, permitiendo a Polanski viajar al exterior de la Polonia comunista.

Finalmente, el día del desmantelamiento del gueto de Cracovia (13 de marzo de 1943) su padre, minutos antes de ser deportado, corta la alambrada con unos alicates, le da un abrazo y le urge a escapar a casa de la familia con la que ha acordado su manutención. El pequeño Roman queda así, a los nueve años, separado de su propia familia.

Su carácter travieso y su fuerte personalidad le acarrean problemas en el nuevo hogar. Para evitar problemas, la familia de acogida decide esconderlo en una casa a las afueras de Cracovia, donde es acogido por un grupo de humildes, analfabetos y tremendamente pobres campesinos católicos. Polanski vive en esa casa sin electricidad y azotada por el hambre hasta el fin de la guerra. En los casi dos años vividos en el campo, Roman tendrá que ocultar su identidad ante los vecinos del pueblo más cercano, cuidando de lavarse en el establo sin ser visto por nadie al estar circuncidado. En este período se topará con los soldados alemanes una sola vez, cuando divise a doscientos metros de distancia a dos de ellos, uno de los cuales abrirá fuego contra él con su rifle. Tras ocultarse en la espesura, solo saldrá de su escondite horas después, al constatar que ha pasado el peligro. Nunca sabrá por qué el oficial alemán le disparó.

El número creciente de bombarderos aliados que sobrevuelan la casa en el campo le hace comprender que el fin de la guerra está próximo. Pronto llegan las noticias de la entrada del ejército soviético en Cracovia. Vuelve entonces a su ciudad. Al respecto recuerda:

“Los rusos trajeron consigo toda su parafernalia ideológica…no solo carteles con las efigies de Marx y Engels, Lenin y Stalin, sino también los enormes bustos de yeso de todos ellos. Erigieron también obeliscos adornados con estrellas rojas e inscripciones en las que se ensalzaba el heroísmo de sus soldados. Todo parecía destinado a atraer a los niños, como así ocurrió. Sin saber lo que era el comunismo, me convertí en un neófito”.

Pasa entonces meses de hambre en medio de un ambiente de pesadilla, con ciudadanos polacos resentidos que profanan los cadáveres de los soldados alemanes tirados en la calle, y niños que se divierten con los restos de artillería y bengalas del ejército nazi, muriendo en algunos casos por la potencia inesperada de las explosiones resultado de sus juegos. Sus tíos lo encuentran deambulando por las calles, y poco después celebra con júbilo el regreso de su padre, que llega a la ciudad con otros supervivientes de los campos de concentración. Roman halla por fin un cierto alivio y seguridad, y el padre consigue inscribirlo en un colegio para retomar su educación, prácticamente interrumpida desde el comienzo de la guerra. Su afición al cine no se ha perdido sin embargo: se hace con su primer proyector al cambiarlo por objetos encontrados en la calle, y colecciona restos de celuloide y fotogramas hallados en la basura de películas como Blancanieves y los siete enanitos.

Después de la guerra

Su vida, como la del resto de sus compatriotas, vuelve poco a poco a la normalidad y se recupera de los estragos de la guerra. En una excursión con los boy scouts descubre su vocación de actor al contar historias de noche, junto al fuego, con esforzada declamación y mucha teatralidad. A los trece años, consigue un pequeño trabajo poniendo voz a uno de los niños protagonistas de un serial radiofónico. Posteriormente consigue el papel principal de la obra teatral propagandística El hijo del regimiento, de inspiración comunista.

Su incipiente vocación artística topa con una nueva afición: el ciclismo. A los quince años, ansía sobre todas las cosas hacerse con una bicicleta de carreras. La oportunidad se presenta cuando un simpático muchacho, Janusz Dziuba, le ofrece una a excelente precio. Tras superar sus reticencias iniciales, por cuanto todo apunta a que la bicicleta es robada, accede a bajar con Dziuba a un antiguo refugio antiaéreo construido por los alemanes, donde este aparentemente esconde su mercancía. Una vez dentro, su simpático vendedor revela sus verdaderas intenciones: trata de matarlo golpeando cinco veces a Polanski en la cabeza con una piedra envuelta en un periódico, y le roba todas sus pertenencias. A pesar de la gravedad de sus heridas, Polanski consigue no perder el conocimiento y sale a tientas del refugio, justo para observar cómo Dziuba es detenido por unos ciudadanos que le han visto huir. Una vez arrestado, se revelará que el agresor es un delincuente buscado por la policía por triple asesinato. Dziuba será juzgado y condenado a morir en la horca.

Durante los años de adolescencia de Polanski, Polonia vive los años de mayor crudeza y creciente represión política del régimen comunista. Asiste a la caída en desgracia de varios amigos y conocidos, afectados por las expropiaciones de sus negocios y la pérdida de sus ahorros por la anulación del valor de la moneda polaca. A diferencia de muchos jóvenes de su generación, no se inscribe en las Juventudes Comunistas ni muestra públicamente su adhesión al régimen. Su falta de interés y su desidia no se enfocan únicamente a la causa política oficial, sino que también muestra indiferencia hacia su expediente académico: sus estudios de secundaria no van bien, y solo ansía estudiar arte dramático. Este desinterés le lleva a repetir curso en el instituto, y entonces vislumbra una amenaza: si no consigue acceder a la universidad o una plaza para estudiar alguna disciplina artística, se verá obligado a cumplir tres años de servicio militar, lo que daría al traste con sus ambiciones teatrales.

Consigue acceder a la Escuela de Bellas Artes, donde halla un ambiente bohemio que abraza como si de un oasis en medio del régimen se tratara. Pero es expulsado por desavenencias con el despótico director de la escuela. Posteriormente, consigue un brevísimo papel en Tres historias, la película de graduación de un estudiante de la Escuela de Cinematografía de Lodz. Es su primer contacto con esta institución, que ejercerá un papel clave en su vida y su carrera. En el rodaje se encuentra como en casa, y estudia la posibilidad de presentar candidatura en la escuela. Sin embargo, abandona la idea al verse intimidado por el enorme prestigio de la institución y las dificultades de acceso a la misma. Decide obtener primero un diploma alternativo que le permita engalanar su currículum.

Presenta entonces candidatura a la Escuela de Arte Dramático, donde sus notables capacidades son pasadas por alto al centrarse el tribunal exclusivamente en su escasa estatura, por lo que no obtiene plaza. Deambula por otros centros y universidades en busca del documento que le permita eludir el servicio militar, pero es igualmente rechazado por todos ellos, en parte por no poder probar administrativamente su fidelidad a la causa marxista leninista. Finalmente, comprendiendo que resulta inevitable incorporarse a filas, decide huir a Occidente.

Tras elaborar varios estrambóticos planes de fuga, se hace ayudar por dos amigos para esconderse en el techo del retrete de un tren que hace la ruta Katowice – París. El plan, muy estudiado y preparado, fracasa sin embargo en el último momento, pero los tres consiguen al menos no ser pillados in fraganti por los inspectores de la frontera. Bajan del tren justo antes de llegar a esta, y Polanski vuelve a Katowice apesadumbrado. Pero entonces llega un golpe de suerte: Andrzej Wajda, por entonces un estudiante de la Escuela de Lodz a quien había conocido durante el rodaje de Tres historias, prepara su primer largometraje, y tiene un pequeño papel para él:

Años después, cuando Polanski ruede su propia ópera prima (El cuchillo en el agua) hallará dificultades similares a las que Wajda afrontaba entonces para sacar adelante Generación (Pokolenie, 1955). El papel de Polanski en la película de Wajda fue reducido en sala de montaje. El film tiene un cariz ciertamente propagandístico, y Wajda se vio obligado a modificar el guión para adaptarlo al mensaje que las autoridades querían transmitir. La película es un canto épico al heroísmo de los jóvenes comunistas ante el avance nazi en la guerra, siendo en esto fiel al revisionismo histórico en boga por entonces: el régimen llevaba de hecho años intentando borrar de la historia cualquier participación del Ejército Civil Polaco u otras asociaciones no comunistas en la resistencia antinazi. Pese a todo, la realización de Wajda fue sobresaliente, el tratamiento de personajes totalmente novedoso y alejado de los arquetipos de la época, y Polanski tuvo por primera vez la oportunidad de actuar en un futuro clásico del cine europeo.

El ingreso en la Escuela de Lodz

Tras constatar que, por un afortunado error burocrático, el férreo control estatal parece haber olvidado su estado de paria sin oficio ni beneficio, pero temiendo aún ser llamado a filas en cualquier momento, Polanski vuelve a valorar entonces la posibilidad de presentar candidatura en la Escuela de Cinematografía de Lodz. Esta vez se aplica con ahínco y consigue su objetivo: es aceptado en la única institución del país dedicada a la formación y patrocinio de las artes cinematográficas. Lodz constituye el centro nacional de la realización de obras de ficción, en tanto que Varsovia estaba centrada en el cine documental. El prestigio y espíritu de la escuela quedan reflejados en la inscripción a su entrada, donde al pie de una efigie de Lenin se puede leer: “Para nosotros, el cine es la más importante de las bellas artes”.

A pesar de las inevitables clases de adoctrinamiento político y de la instrucción militar obligatoria un día por semana, el régimen de la escuela es bastante relajado, permitiendo incluso a los alumnos acudir a la sala de proyección para ver películas extranjeras que no han pasado el filtro de las autoridades para ser estrenadas en salas del país. El plan de estudios, de cinco años de duración, es bastante exigente y revela un excelente nivel de preparación y calidad de la enseñanza (en la institución hay más profesores y técnicos que alumnos): para la obtención del título, los alumnos dedican el primer año casi por completo al estudio del fundamento del cine: la fotografía. Todo estudiante que no apruebe el curso de fotografía es automáticamente expulsado. Posteriormente, los estudiantes de dirección deben realizar al menos dos cortometrajes mudos de un minuto de duración durante el segundo año, luego un documental de diez a quince minutos, posteriormente una obra de ficción de la misma duración y, finalmente, una producción de graduación para la obtención del diploma que aún puede ser más larga.

Los cortometrajes realizados en la escuela

La carrera de Roman Polanski como director arranca, pues, con estos trabajos escolares. Las posibilidades que los estudiantes tenían de rodar eran enormes y no se limitaban a las obras necesarias para licenciarse: los alumnos de la especialidad de cámara siempre disponían de película para sus prácticas, por lo que era normal que los de dirección ofrecieran sus servicios para orientar esas prácticas al relato de historias. Polanski, precoz ya desde su primer año en la escuela, convenció a uno de aquellos para rodar un pequeño guión que había escrito, basado en su tortuosa experiencia con Janusz Dziuba, el ladrón y triple homicida: La bicicleta (Rower, 1955), rodada en color, tuvo sin embargo un triste destino en la sala de revelado a la que Polanski envió los negativos. Estos se traspapelaron y se enviaron a la Unión Soviética por error, de donde nunca volvieron. La práctica totalidad de la película se perdió, para desesperación de su director.

En su segundo año en la escuela rodaría los dos cortometrajes mudos en blanco y negro previstos en el plan de estudios: Asesinato (Morderstwo, 1957), que ya revela su gusto por las imágenes incómodas, turbias y macabras, y Una sonrisa (Usmiech zebiczny, 1957). Violencia y sexo son sus cartas de presentación en estos ejercicios preliminares.

Tras la muerte de Stalin, el progresivo deshielo político y relajación del régimen comunista se manifiestan en varias medidas. Entre ellas, se permite a los polacos con parientes en el extranjero la obtención de un visado para salir temporalmente del país. Así, Polanski aprovecha la circunstancia para visitar a su hermanastra Annette, que sigue viviendo en París desde que sobrevivió a Auschwitz. En la capital francesa asiste fascinado a la vida tras el telón de acero. Visita compulsivamente los cines de la ciudad, donde descubre a James Dean y Marlon Brando, y aprovecha el viaje para hacer una escapada al Festival de Cannes.

De vuelta en Lodz para el tercer curso, propone grabar un baile estudiantil en la escuela como objeto de su corto documental. Pero oculta a profesores y alumnos que su verdadera intención es registrar el boicot al baile que previamente ha acordado con una de las bandas callejeras que vagabundean por la ciudad. Estos saltan la tapia del recinto y destruyen mobiliario, luces y todo lo que encuentran a su paso, para satisfacción de quien mira por el objetivo de la cámara. El resultado se llama Interrumpiendo la fiesta (Rozbijemy zabawe, 1957) .

El enorme salto cualitativo llega un año después con Dos hombres y un armario (Dwaj ludzie z szafa, 1958). En esta obra de aparente tono surrealista Polanski, que apenas contaba 24 años por entonces, demuestra una notable capacidad de crear imágenes sugerentes a partir de composiciones visuales muy elaboradas, rodadas en exteriores por quien con el tiempo se convertiría en un prodigioso explorador de lugares cerrados. El director que en el futuro indagará en la locura, la paranoia y los trastornos de la psique de varios personajes socialmente inadaptados presenta aquí a dos antihéroes intrusos en un ambiente hostil, pero mucho más inocentes que el violento y despiadado mundo al que intentan aferrarse, por más que una ridícula carga se lo impida y provoque su rechazo social. La película constituye, además, la primera colaboración de Polanski con el músico Krzysztof Komeda (y el debut en el cine de este), que compondría la banda sonora de prácticamente todas sus películas hasta su trágica muerte en 1969:

Más sencillo pero igualmente sugestivo es La lámpara (Lampa, 1959). Los juguetes de una tienda parecen cobrar vida cuando su creador los deja abandonados, pero son entonces ejecutados por un intruso. La vida sigue fuera de la tienda, indiferente. ¿Alegoría de la trágica historia reciente de su país? ¿Exposición macabra de la propia pérdida de la infancia? ¿O simple divertimento visual en forma de breve cuento onírico?

En su último año en la escuela, realiza su trabajo de graduación: Ángeles caídos (Gdy spadaja anioly, 1959) presenta el intenso recuerdo vital y el mundo interior de una anónima anciana, encargada de la limpieza de un urinario público. Rodada en blanco y negro y color, y a pesar de tener momentos de gran belleza y de un muy conseguido aire épico y barroco, el resultado es algo pomposo y el ritmo bastante irregular. De la misma manera que hay largometrajes que dan la impresión de ser cortos alargados, en este caso prácticamente asistimos a una película acortada:

Primera esposa. Traslado a París

La actriz que interpretaba a la protagonista de Angeles caídos en su juventud era Barbara Lass, primera mujer de Polanski, con la que se casó poco después de abandonar la escuela. En el momento en que ambos se conocieron la vida amorosa de él había sido ya bastante intensa, y en sus relaciones con las mujeres era fiel a un principio: estaba convencido de que la monogamia obligada, tanto en el hombre como en la mujer, provocaba un resentimiento inconsciente que terminaba por arruinar la vida en pareja. Sus infidelidades en este primer matrimonio fueron por tanto frecuentes, pero su sorpresa llegó al descubrir que Barbara, de temperamento débil, poca personalidad y propensa a oír cantos de sirena, se enamoraría y se dejaría llevar apasionadamente por varios pretendientes, entre ellos el director italiano Gillo Pontecorvo. No ayudó tampoco al matrimonio que Polanski, según su propia opinión manifestada al cabo de los años, hubiera decidido casarse con ella por la pura fascinación de poseer a una mujer tan hermosa, aunque también infantil y superficial. Y que por tanto se comportara de manera egoísta, celosa, autoritaria y posesiva a lo largo de los escasos tres años que duró el matrimonio.

Durante esos tres años de matrimonio Polanski es un director en busca de su primer largometraje: al poco de abandonar la escuela, escribe junto a Jerzy Skolimowski un drama psicológico con tres personajes que interactúan durante veinticuatro horas en un único escenario: una embarcación de vela. Es el guión de El cuchillo en el agua, la que será su ópera prima. Al estar todos los proyectos cinematográficos del país bajo control estatal, el guión debe tener el visto bueno del Ministerio de Cultura, que autorizará o no la financiación necesaria. Sin embargo, la comisión reguladora rechaza el proyecto por su “falta de compromiso social”. Barbara recibe entonces varias ofertas de papeles en películas francesas, por lo que ambos de trasladan a París. Vivirán allí dos años, en los que Polanski intentará vender El cuchillo en el agua a varios productores locales, sin éxito. Sí consigue, sin embargo, producir un corto: El gordo y el flaco (Le gros et le maigre, 1961), en el que trata una idea que será desmenuzada con éxito en muchos de sus films posteriores: las relaciones de poder, sumisión y dependencia entre personajes antagónicos en un entorno aislado:

Finalizado el periplo parisino, vuelve a Polonia en 1961. Ansioso por rodar a toda costa, y al no contar con la autorización necesaria, consigue varios metros de película de 35mm de contrabando (su propiedad privada estaba prohibida por ley). Junto a varios colegas, y gracias a la reciente herencia recibida por uno de ellos, financia su último cortometraje, rodado prácticamente a escondidas. Un simple divertimento de amigos que se juntan por el puro placer de rodar. Se llama Mamíferos (Ssaki, 1961):

Después de Mamíferos, y alentado por los cambios políticos experimentados en el país, retoca levemente el guión de El cuchillo en el agua y lo somete de nuevo a la aprobación del Ministerio de Cultura. Esta vez obtiene la autorización para rodar su primer largometraje. Su carrera ha comenzado. En los próximos años, volcará toda esta experiencia vital en varios films turbios, complejos y fascinantes. Pero su propia vida seguirá siendo un torbellino: entre 1962 y 1969 conocerá el fracaso y la miseria, pero también el enorme éxito en Hollywood. Vivirá el amargo divorcio de Barbara, pero hallará la plena felicidad conyugal junto a otra mujer. Y en pleno apogeo, la tragedia se cebará de nuevo con su familia, esta vez a manos de otro de los más tristemente célebres asesinos del siglo XX. Por el camino dejará varias películas memorables.

Continuará

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9 comentarios

  1. raponcio

    Interesantísima la vida de este talentoso autor. Para mi, Polanski es uno de los mejores directores visualmente hablando. Tiene muy buenos planos de cámara, unos ángulos trabajadosy deja todo de detalles en cada escena que rueda. También me parece notable que se pueda encontrar facilmente los primeros cortos de dirección de los grandes maestros. Sin Internet seria casi imposible

  2. punhal

    Bueno, me ha encantado el post y supongo que los siguientes también lo harán. Justo, de casualidad, andaba investigando antes de esta época de exámenes en las primeras obras de Polanski, estos cortos tan interesantes donde destacaría «Dos hombres y un armario». Espero, además, que comente próximamente algo sobre la abominable traducción al español de «Rosemary´s Baby», pues es un asunto que nunca acabé de comprender exactamente.

    Un saludo.

  3. Pingback: Anónimo

  4. Emilio

    Zabala acaba esto cogno!

  5. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Roman Polanski (II): el largo camino hacia Hollywood

  6. Maestro Ciruela

    Ha sido y es, uno de mis autores favoritos; con el plus de que sigue vivo y trabajando. ¿Y se han fijado en la primera foto? ¡Por los clavos de Cristo, es Lionel Messi!

  7. Nelson Echeverria

    Magnífica nota. Gracias!!

  8. Pingback: Nuevo artículo en Jot Down: Roman Polanski (II), el largo camino hacia Hollywood | La Marmota Phil

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