Arte y Letras

Adrián Ruiz-Mediavilla: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

james bond

Cuando me propusieron el título de este artículo, quizá por deformación profesional pensé en el 40% de personas que, mientras ven la televisión, tienen un portátil, un iPad o un móvil en la mano. Reconozco que cada vez se me hace más difícil soportar la travesía por el desierto de cuatro horas de Lawrence de Arabia, e incluso se me hacen cuesta arriba los cien minutos de una película estándar sin echar un ojo a Twitter o comprobar en IMDB qué otras películas ha hecho el actor secundario chino que aparece en mi televisión.

Por eso que lo de conjugar libro y película ya me parece más improbable, puesto que las dos actividades exigen la mayor parte de mi cada vez más exigua capacidad de atención.

Así que, aunque nunca consumiría estas dos obras a la vez, hablemos de espías. Uno ficticio, otro real. Uno creación, otro creador.

THERE IS ONLY ONE RONALDO, clamaban los brasileños, cansados de que el Cristiano portugués reclamase el nombre del Fenómeno en los resultados de Google. De la misma forma, los que somos fans de Bond, sólo reconocemos a uno de los agentes 007: Sean Connery.

Connery, Míster Universo 1959, interpretó a Bond en seis películas oficiales (desde 007 contra el Doctor No en 1962 hasta Diamantes para la eternidad en 1967) mas una pirata (Nunca digas nunca jamás) y definió para siempre el papel del agente creado por Ian Fleming.

Si Doctor No fue la puesta en escena de Bond en pantalla —quizá ensombrecido por la salida del mar en bikini de Ursula Andress— y Desde Rusia con amor su confirmación, Goldfinger representa el punto álgido del agente 007. Seguro en los zapatos del agente del MI6, Connery protagoniza un cara a cara clásico con otro actor acojonante: el alemán Gert Fröbe.

Fröbe, veterano del cine alemán y de títulos made in Hollywood como El día más largo, clava el personaje que da título a la película, un contrabandista internacional obsesionado con el oro. El actor de pelo dorado —que no hablaba una palabra de inglés durante el rodaje y tuvo que ser doblado— deja una interpretación brillante, en la bisectriz entre el matón de bar y el genio del mal.

Goldfinger inventa casi todo lo que nos gusta de Bond y lo lleva al límite: mujeres imposibles —esa Pussy Galore interpretada por una Honor Blackman vestida de piloto de caza—, un tema arrollador interpretado por Shirley Bassey, la presentación del gadget bondiano por excelencia, su Aston Martin DB5 y unos diálogos propios de Paul Haggis antes de Paul Haggis: “¿Espera que hable? “—lanza Connery a punto de ser circuncidado por un rayo láser— “No, señor Bond, espero que muera” le responde, frío como el oro, Fröbe.

La tercera película de Bond se convirtió así en el referente cinematográfico del agente creado por Ian Fleming. Citando a Auric Golfinger: una vez es casualidad, dos es coincidencia, la tercera es acción hostil. A la tercera fue a la vencida para Connery.

A Ian Fleming, en cambio, no le gustaba nada Sean Connery: “I’m looking for Commander Bond and not an overgrown stunt-man” —espetó a la prensa al conocer el resultado del cásting para el papel—. Odiaba la idea de que un tosco culturista escocés diera vida a su creación literaria más conocida: el refinado agente 007 James Bond, un asesino de exquisitas maneras británicas al servicio de Su Majestad.

El inglés Fleming, salido de una rígida educación internacional en la Europa de entreguerras, seguía siempre la misma disciplina a la hora de escribir. Cada día se levantaba a las siete y media y, después de nadar en el mar y desayunar con su mujer, se sentaba frente a su máquina de escribir de nueve y media a doce y media, sin jamás releer lo que había escrito el día anterior. Después se iba a bucear, comer y hacer la siesta para, de seis a siete, escribir otro rato más. Mecanografiaba unas dos mil palabras al día a lo largo de las seis semanas que dedicaba a cada una de sus novelas.

Lo paradójico del tema es que, por una vez, en el caso de Fleming y Bond la vida del escritor es tan o más apasionante que las aventuras de su personaje. Periodista, mujeriego, espía, crápula y escritor, Fleming vivió la Segunda Guerra Mundial enrolado en la inteligencia británica. De su imaginación parece que salió la idea de echar al mar un cadáver vestido de paracaidista con (falsos) planes de ataque, que más tarde se convertiría en la Operación Mincemeat para confundir a los alemanes sobre la ofensiva aliada de 1943. Fleming también participó en el comando inglés que copió el modus operandi del genial coronel de las Waffen-SS Otto Skorzeny, así como en el desarrollo de una operación que preveía la ocupación alemana de España llamada GoldenEye.

El tercer Bond protagonizado por Sean Connery se convirtió en la mejor película de la serie. Fleming murió de un infarto en agosto de 1964, un mes antes del estreno en cines de Goldfinger.

Para leer más: The life of Ian Fleming, de John Person.

 

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Un comentario

  1. ¿Mister Universo 1959? Participó en ese concurso, pero así escrito cualquiera entendería que ganó ese título, lo que no es correcto.

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