Alberto D. Prieto: El libro y la película

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Superman tiene supervelocidad. Eso explica que siempre llegue a tiempo a salvarnos el culo. Al menos en los comics. Porque, desde la primera de la saga, las películas han tratado no de sus superpoderes, sino de sus debilidades, desafiando esa presunta superioridad, como si llevarla en el nombre no fuera suficiente. Así, Richard Donner lo puso en un brete ya en 1978 cuando hizo morir a su amada Lois Lane mientras el alter ego con calzones de Clark Kent salvaba el planeta de diversas calamidades. Coño, al tío más puntual del universo se le muere la novia por no llegar a tiempo.

Phileas Fogg es un caballero inglés, miembro de una sociedad, el Reform Club. Disciplinado, metódico, raruno. Encorbatado y señorial en la la élite más admirada de Occidente, la casta privilegiada del victoriano imperio inglés. Quizá sea su soledad, su apego a las tradiciones y a las costumbres, o tal vez su falta de obligaciones, lo que lo haga tan previsible. Tan parsimonioso, ni una sola premura, ni un solo gesto de contrariedad. No hay por qué. Si dice a las ocho cuarenta y cinco, a las ocho cuarenta y cinco será. En tiempo y forma.

Desde antes de la conquista del espacio, Superman y demás tipos con capa voladora viajaron de viñeta en viñeta alrededor del tiempo. Contrariamente a lo que los guionistas de cine han explorado siempre, el futuro, los de los tebeos preferían el pasado. Será que es más fácil dibujar lo que otros pintaron en cuadros que diseñar lo aún no imaginado.. O tal vez sea que el ser humano, ése que tropieza dos veces, siempre ha fantaseado con retirar del camino, si no la primera, al menos la segunda piedra. Así, además del traspié, uno se evita el escarnio público.

Para eso viajaría uno en el tiempo, para remendar estropicios. Como Superman.

Y luego está la experiencia. Muchas veces nos arrepentimos de la verdad revelada con retraso. Si yo hubiera sabido lo que hoy sé, iba a hacer las cosas del mismo modo, venga ya. Tanto en los negocios como en el amor, revertir el tiempo, darse una nueva oportunidad, supondría una ventaja fuera de lo común.

Pero, ¿ventaja para quién?

Fogg y Kal-El, hijo de Jor-El, cada uno a su manera, llegan tarde a sus citas, pero, queriendo o sin quererlo, rectifican a tiempo —o el tiempo— para recuperar la pasta y el amor. El personaje de Verne surca mares, traga humo de tren, monta elefantes y navega nieve en trineo de oeste a este, a favor de la rotación terrestre, y le gana un día al océano Pacífico. El tío de la capa y los calzones rojos logra darle la vuelta al reloj surcando la troposfera a la velocidad del rayo desde oriente hacia occidente. Y ambos logran plantarse en sus mismas coordenadas de partida cuando éstas aún no han cruzado la posición relativa respecto al sol que les haría fracasar.

Los dos, abnegados, generosos, remiendan las horas a beneficio propio. La trampa les conviene. Y los que siempre afrontaron los avatares con decisión, callan la triquiñuela. Nadie se resiste a la máquina del tiempo.

Cierto que el personaje de Verne lo tiene más fácil: tiene 80 días de para cumplir su objetivo, mientras que el héroe debe rebobinar el planeta completo como una cinta de casette. Pero ¿qué es eso si, tras haber leído sin duda en la escuela de Smallville, y a supervelocidad, la novela escrita un siglo antes, Kent puede suplir la ventaja de tiempo de Fogg con la de sus superpoderes?

Un siglo, 100 años pasaron entre La vuelta al mundo en 80 días de Verne y la peli que encumbró a Christopher Reeve.

En todo este tiempo, al autor francés siempre lo admiraron por una cosa: por ser un adelantado a su tiempo. ¿Y si lo fuera de verdad? ¿Y si fuese un tramposo, miembro de alguna sociedad secreta con capacidad tecnológica para regresar del futuro a un pasado aún por escribir? A lo mejor hasta escribió su novelita después de ir al estreno de la peli y sucumbió a la tentación de versionar el guión de Mario Puzo. ¿Usted no lo haría? ¿Quién no ha fantaseado con la máquina del tiempo, con ganar una lotería o adelantarse a un invento que hizo rico a su autor?

Claro. Verne venía del futuro, y por eso anticipó el siglo XX en sus novelas. Era un jeta que se hizo pasar por imaginativo novelista, aprovechando con fama y privilegios, la publicación de sus exclusivas por entregas. Inventó los submarinos y los helicópteros, y tuvo el desparpajo de predecir con total exactitud cómo, cuántos y desde dónde viajarían los seres humanos a la Luna por primera vez. Evidente, para entonces, 1969, él ya estaría muerto, y su fama gloria, más viva que nunca.

Es posible que alguien sospechara —como Passepartout hizo con Fix, como la porcelanosa Lane con Superman— y le fuera con el cuento a Gaston o a Michel Verne. Tal vez por eso el sobrino favorito y el hijo del autor acabaron recluidos en sendos manicomios.

Entonces, ¿es posible viajar en el tiempo? Esa es una pregunta trampa, porque quien tenga la respuesta jamás nos lo contará. Pero hay claves que podemos descifrar, huellas, y pequeños errores que no terminan de encajar. Porque si la tecnología es humana está sujeta a los avatares del hombre. A saber, sus dos pecados más graves: la vanidad y la torpeza. Julio Verne, el presumido, el tramposo, personifica la primera: hizo bien en hacerse pasar por literato y no por profeta. La ciencia ficción era también el único modo de no acabar él mismo encerrado en un loquero.

¿Sólo la vanidad puede motivar a un ser humano a viajar en el tiempo? Verne abusó de la tecnología en beneficio de su ego, viajando al París del XIX —junto a Londres, el centro del mundo de la época—, pero tal vez otros optaran por el beneficio económico y político. Con razón no sabemos nada, porque siempre nos rebobinan después de que algo entorpezca su camino de dominio.

La literatura rebosa de avisos. Muchos autores llaman nuestra atención: no somos nada, no gobernamos nuestras vidas, alguien nos maneja. ¿Dios? Qué va. Piénsenlo, si alguna vez se pudo viajar en el tiempo, es que siempre se pudo. Cuando esa dimensión se vuelve relativa, ya lo es para siempre. Y todo es reconducible, reordenable, barajable al gusto de quien sea el jodido Demiurgo.

Si las marionetas somos nosotros y espacio-tiempo el escenario, ¿quién maneja esos hilos? ¿Alguien tan malvado que no nos ahorra antentados como el el 11-S o el 11-M? Nada más fácil que echar atrás y detener a Mohamed Atta y sus secuaces antes de que suban a los aviones asesinos.

Pero decíamos que hay señales, no pueden estar en todo, incluso tampoco importa. Elegir un mal actor para el papel principal —uno que no tuerce el gesto ni cuando le comunican durante la visita a una guardería la caída de las Torres Gemelas— no es grave si, en el fondo, tienes un ejército de medios fanáticos dispuestos a defender su legitimidad.

Poco síntoma, me dirán ustedes. Si de verdad alguien hubiese dejado en nuestro mundo, en nuestra época, huellas de sus idas y venidas en el tiempo, las sospechas alimentarían la teoría conspiranoica. Y éstas nos harían desconfiar del sistema. Acaso habría en la sociedad la sensación latente de estar siendo engañada, la tensión larvada de sentir en las entrañas que alguien, determinados grupos de poder, tienen secuestrada nuestro libre albedrío, nuestra soberanía, nuestros derechos, nuestra capacidad de decisión.

¿Y es que eso no está pasando ya?  El viaje en el tiempo es el arma más poderosa: ríete de los cuentecitos de Superman y de Verne. Te permite controlar las voluntades de los hombres a través de los acontecimientos que conforman —y confirman— las conciencias colectivas de sus sociedades. Y en una tan interconectada como esta, incluso, no hace ni falta darle al rewind constantemente. Basta con inventar un hecho creíble y darle curso a través de las grandes agencias de noticias. No tardará en ser real: porque la reacción de los afectados hará que así sea. Ya lo anticipaba el propio Verne una sociedad obsesionada con el dinero y la comunicación en su primera novela, París en el siglo XX.

En realidad, todo está escrito: hasta quedan negro sobre blanco las pequeñas disfunciones del sistema: como aquella portada de El País, ¿recuerdan? Entonces, el 3 de noviembre de 2004, por un par de minutos, alguien eligió mal el punto desde el que rebobinar para que Bush repitiera mandato, y aunque es un periódico importante, España es un país pequeñito, y no mereció la pena repetir la operación. Yo vi aquella portada, titulaba: ‘Gana Kerry’. Hasta la cantó Gabilondo en la SER esa mañana. Hoy lo han borrado de nuestra conciencia colectiva. Búscalo en la web… No está.

Dejen de luchar, señores de la izquierda utópica. Las trampas que les hacen no están en los parlamentos. Sí están en las leyes, pero en las de la Física.

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3 comentarios

  1. enrique ruiz

    Bravo!, el articulo en si, viaja por el tiempo.
    Recomiendo si gustan los viajes en el tiempo “El fin de la eternidad” de Asimov

  2. Pingback: La vuelta al mundo en 80 segundos | ADPrietoBlog

  3. Juanjo

    Lo de la victoria de Kerry y su inexistencia en la hemeroteca virtual ha tenido otro precedente, el capítulo de CQC en el que la inefable Esperanza Aguirre (a la sazón Ministra de Cultura o Presidenta del Senado, no recuerdo el cargo que ocupaba en ese momento exacto) confundió al escritor Saramago con la inexistente autora Sara Mago.

    Búsquenlo en la web, no está, es más, hay montón de información indicando que es un bulo (y de hecho si se convirtió en bulo cuando empezaron a decir que si Aguirre había dicho que era una pintora y que le gustaban sus cuadros, etcétera, pero yo lo vi y de hecho nos reímos un montón esa tarde de domingo los amigos con ese despiste inocente (que es lo que fue y no toda las patrañas que se han contado después)

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