Música

Bruce Springsteen y el fantasma de Tom Joad (I)

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Fotograma de Las uvas de la ira (1940)

Si hay algo que no se puede reprochar a los Estados Unidos es su capacidad para acercarse a la propia historia y elaborar a partir de ella una crónica fascinante, ya sea por medio de la literatura, el cine o la música. Hablamos del país que creó el que bien puede ser el único género que pertenece al cine en exclusividad (el western) por medio de la crónica de apenas unas décadas vividas entre varias escaramuzas con los indios, una guerra civil y la construcción del ferrocarril. También del país que definió, mezcló y enriqueció una amalgama de géneros musicales a través de varios episodios clave de su historia, ya fueran la esclavitud y posterior abolición, la inmigración masiva, la propia guerra civil y construcción del ferrocarril, el movimiento por los derechos civiles o las protestas pacifistas en tiempos de guerra. Suele decirse que los europeos siempre han sabido crear personajes, pero son los americanos los que saben cómo contar una historia. En ocasiones resulta rigurosamente cierto.

La Gran Depresión de los años treinta del pasado siglo es uno de esos episodios históricos que han servido de abrevadero a innumerables músicos, cineastas y escritores locales. La masiva migración hacia California a través de la ruta 66 de los llamados “okies” (campesinos provenientes en su mayoría de Oklahoma, pero también de Texas, Arkansas, Missouri o Kansas), auténticos parias desposeídos de su tierra por las sequías, las tormentas de arena y la propia acción de los terratenientes, inspiró a Woody Guthrie sus Dust Bowl Ballads, incorporando así nuevos eslabones a esa cadena musical de permanente revisión y divulgación a lo largo de todo el país que llega hasta nuestros días y que constituye el cancionero folk americano.

La Gran Depresión también inspiró Las uvas de la ira, la famosa novela de John Steinbeck que narra las penurias y progresiva desintegración de una de aquellas familias de “okies” arrastradas hacia el oeste por el hambre. Ese viaje de la familia Joad a través de la ruta 66 tendría una adaptación no menos memorable a cargo de un cineasta ciertamente infalible: John Ford, atraído por la historia en tanto que le recordaba parecidas dificultades sufridas por su propia familia irlandesa.

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John Steinbeck

Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath) es el arquetipo de película cuya extraordinaria combinación de talento solo podía ver la luz en el irrepetible sistema de estudios del Hollywood clásico: un productor astuto e inteligente (Darryl Zanuck, de la 20th Century Fox) compra los derechos de un bestseller del cual solo se interesa al descubrir que uno de sus grandes rivales (Louis B. Mayer) lo ha tachado de “burdo panfleto comunista”. Lee el libro, y enamorado de la historia paga una enorme cifra (100.000 dólares de entonces) al autor de la novela por los derechos de adaptación. Busca entre el ejército de guionistas profesionales con los que cuenta el estudio y asigna a Nunnally Johnson la adaptación cinematográfica de la obra. Y contrata al mejor director posible, dejándose asesorar por este en la elección del actor protagonista: Henry Fonda en el papel de Tom Joad, hijo mayor de la familia. Rodada en 1940 (y por tanto prácticamente contemporánea a los hechos que narra) la película absorbe por su impecable factura, su maravillosa fotografía en blanco y negro, su ambientación absolutamente creíble (varias de sus escenas bien pueden confundirse con los documentos fotográficos de la época), el aire de fábula intemporal de sus minutos iniciales (inolvidable la llegada de Tom a la casa familiar en medio de una tormenta de arena), y sobre todo por la camaradería, la empatía y el calor humano que transmiten sus personajes principales, y que es característica definitoria del cine de Ford. Surge así, paradójicamente, un film realizado por un gran estudio, basado en la novela de un autor rico, producido por un hombre más rico aún, y sin embargo tremendamente honesto en su descripción de la desesperación, ruina y leve resurgir de una familia de pobres diablos.

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14 comentarios

  1. Pingback: Bruce Springsteen y el fantasma de Tom Joad (I)

  2. The ghost of Tom Joad es tedioso, uno esperaba algo más o menos en la línea del magistral Nebraska (aunque mitigaba el optimismo la baja forma del Springsteen de los 90) y se encontraba con un disco aburrido hasta decir basta, uno de ésos en los que, por mucha buena fe que uno le ponga y muchas veces que se empeñe en «darle otra oportunidad» y escucharlo de nuevo, llega a la misma conclusión: un auténtico peñazo.

    David Fdez.

    • hombre, no es el «nebraska» pero de las 12 canciones tiene 5 o 6 que son buenisimas. youngstown, my best was never good enough o la misma que da titulo al disco son canciones maravillosas. respecto a que las letrasno importan no estoy d acuerdo. es cierto q siempre q oyes una cancion en ingles t fijas solo en la musica xq no prestas atencion a la letra. pero luego, cuando ves la traduccion de la letra y ves lo q dice te gusta el doble. estoy pensando por ejemplo en el like a rolling stone de dylan, el cats in the craddle de harry chapin o el feel like i,m fixin to die de country joe macdonald… ningun helado pierde puntos por añadirle virutas de chocolate por encima…

    • Desde luego, la ignorancia es atrevida, y David muestra ambas «virtudes»

  3. A mí personalmente este disco me parece un auténtico regalo. Evidentemente, no se puede afrontar buscando himnos ni recreación sonora. No es un álbum festivo ni sirve para poner a saltar a nadie. Exige conocer el contexto histórico americano y haber interiorizado con anterioridad la novela de Steinbeck. Y, por supuesto, focalizar la atención en las letras. Es de sobra sabido que escuchar a Springsteen sin dominar el inglés, es como entrar al Prado con una venda en los ojos. Has estado allí, pero no te has enterado de nada.

    The Ghost of Tom Joad es una obra en la línea de los mejores compositores americanos. Es una porción histórica, ahí radica su importancia. Sobria, seca, cruda, amarga. Por eso no suele gustar y es su disco menos vendido. (La portada tampoco ayudó, al contrario que en la mayoría de sus trabajos más reconocidos).

    Gracias por el artículo, Iker Zabala, estoy convencido de que servirá para que muchos recuperen este magnífico álbum y lo afronten desde una nueva perspectiva.

    • Iker Zabala

      Reik, muchas gracias por el comentario. En el mío anterior respondía a David Fdez, evidentemente.

      Totalmente de acuerdo en que The Ghost of Tom Joad es un álbum absolutamente reivindicable, y por más que no me parezca superior a Nebraska, sigue siendo un disco magnífico. Ahora bien, yo sí creo que, como con cualquier obra musical, hay que afrontar su escucha buscando una recreación sonora. Y precisamente es ese el único «pero» que le pongo al álbum: la música en Nebraska, pese a lo simple de sus arreglos, transmitía por sí misma la aridez, tristeza y desolación de las letras. The Ghost, en cambio, no existe sin las letras, salvo en contadas canciones.

      En la música de Nebraska se crea un ambiente que se intuye desde la propia portada del disco. A lo mejor, como dices, es un problema de portadas:)

      Pero en todo lo demás, a mí The Ghost es un disco que me encanta. Y las letras son excelentes. Nos recrearemos en ellas en la segunda parte.

  4. Iker Zabala

    Hola

    Le emplazo a seguir esta discusión en la segunda parte del artículo, en la que analizaremos el disco con más detalle.

    Ya le adelanto que no estamos tan en desacuerdo: creo, como casi todo el mundo, que The Ghost no le hace sombra a Nebraska. Es indudablemente un álbum más flojo, pero yo no lo desdeñaría tan rápido. Tiene cortes realmente buenos.

    De todas formas lo que más me interesa aquí es el contexto, las referencias del álbum y, sobre todo, su gira: ese tour que, como digo en el artículo, Nebraska mereció y no tuvo.

  5. El artículo es sugestivo, pero por muchas referencias que se le echen al asunto me temo que al final, si se anima uno a escuchar otra vez el disco, se llevará la misma decepción de siempre.

    Por la razón que fuera, Springsteen se tiró unos años, desde Tunnel of love hasta The Rising, en los que sólo produjo discos gastados, pesados, sin fuerza (aunque de vez en cuando siguiera colando en ellos alguna joya, pero eran excepciones).

    Lo de que las letras de Ghost fueran buenas, es irrelevante por completo, pues juzgamos una obra musical, y nadie necesita entender las letras de Darkness o Born to run para disfrutar de esos discos tan maravillosos. Y el contraste con Nebraska sirve como ejemplo perfecto de lo que digo. Ahora bien, si alguno disfruta los dos discos como equiparables, solo queda decir: ¡mejor para él!

    Por otro lado, tampoco es que «piss yellow sun» sea una metáfora como para tirar cohetes, y todo el Ghost va un poco en esa línea.

    Además, en punto a letras, siempre será mejor San Juan de la Cruz.

    David Fdez.

    • «Lo de que las letras de Ghost fueran buenas, es irrelevante por completo, pues juzgamos una obra musical, y nadie necesita entender las letras de Darkness o Born to run para disfrutar de esos discos tan maravillosos»
      Cuando menos sorprendente, aqui se juzgan canciones, musica y letra, en uno u otro orden, a elegir, pero inseparables como obra musical, al menos en este caso.

  6. Pingback: Bruce Springsteen y el fantasma de Tom Joad (I) | Cuéntamelo España

  7. Felicidades por el artículo, Iker Zabala. Estoy totalmente de acuerdo con Reik, aunque es un disco que rompe bastante con los anteriores, y su melodía pudiera no resultar tan atractiva, para mi es un disco imprescindible, así como uno de mis favoritos. Hasta ahora no lo situaba dentro de un contexto, gracias a este artículo ahora lo veo desde otra perspectiva, y me gusta aún más. Para mi una obra musical también se ha de juzgar por su letra, en absoluto es irrelevante, y menos cuando son letras tan sublimes.

    Un saludo.

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