Félix de Azúa: Ni siquiera él

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Es una escena venerada por los aficionados a la música clásica y siempre es agradable oírla de nuevo. En abril de 1770 un joven Mozart de catorce años entraba en la Capilla Sixtina acompañado por su padre. Iban allí para escuchar el celebérrimo Miserere de Allegri.

Puntualicemos: el Miserere de Allegri era famoso, pero lo había oído poca gente. Sólo se ejecutaba durante el Oficio de Tinieblas, cada viernes santo, por lo tanto una vez al año. De modo que en 1770 se habría podido oír unas cien veces, ya que Allegri concluyó la partitura hacia 1640. No sé cuántas personas caben en la Sixtina, pero supongamos que sean quinientas, puesto que en aquella época una buena parte de la asistencia tenía derecho a asiento. Pues para cuando Mozart, viejo y joven, lo oyen, seguramente lo habrían podido escuchar unas cincuenta mil personas tirando largo.

Su celebridad no sólo obedecía a la dificultad de acceso. En buena medida esa curiosidad se veía acrecentada por la interdicción que pesaba sobre la partitura: estaba prohibida su divulgación bajo pena de excomunión. Las razones son difusas, pero no debía ser endeble la que dice que se trataba de tener la capilla llena cada año. Era un dinero.

No obstante, los Mozart acudieron a la cita con una aviesa intención y de principio a fin pudo verse al pequeño Mozart escuchando la obra con una intensidad extraordinaria. Al término del concierto salió disparado y en la puerta misma sacó un grafito que llevaba en la manga y comenzó a escribir aceleradamente sobre el papel que su padre escondía en la casaca. Wolfgang copió el Miserere íntegro y de memoria. Una hazaña.

Cuenta la historia que aún pudo regresar al día siguiente, él u otra persona, para constatar, gracias a la copia que había cifrado en su sombrero, que no había errado ni una nota. El padre y apoderado del joven prodigio perseguía, naturalmente, la fama internacional del chico. En cuanto se conociera la pericia del joven Mozart, no se hablaría de otra cosa en todas las cortes europeas.

También es cierto que la excomunión podía significarle al negocio de los Mozart la pérdida de todos los contratos eclesiásticos, lo que nos habría dejado a nosotros sin las misas, sin el Réquiem, sin el Ave Verum y sin tantas y tantas obras maestras. Y a ellos en la ruina. Sin embargo (y eso es parte del misterio) no sucedió nada tras una visita de Leopold al Santo Padre de la que nadie sabe nada.

La historia es tan bella que muchos expertos la consideran falsa e increíble y se la atribuyen al primer biógrafo de Mozart, Friedrich Schlichtegroll. Sin embargo, estos mismos escépticos se quedan sin explicación sobre la carta que Leopold escribe a su mujer, la madre del genio, ufanándose de la aventura y contándola tal cual yo se la he contado a ustedes. Realmente, si la historia es falsa, ¿por qué la inventó Leopold? ¿Y por qué quiso engañar precisamente a la madre de la criatura? Esta hipótesis me parece menos verosímil que la del robo.

En un bello artículo, Kelly Grovier insinúa que bien pudo ser que semejante proeza musical le hiciera gracia al Papa. Si Leopold, por ejemplo, ofreció humildemente la destrucción de la copia a cambio del perdón, bien pudiera ser que el Papa se dejara conquistar por el pequeño artista y talentoso ladronzuelo. El caso es que a partir de ese momento se pudo oír la célebre página polifónica en todas las iglesias y palacios europeos y así hasta el día de hoy. Por si acaso, mi versión favorita es la del Tallis Scholars.

Si han visitado ustedes en alguna ocasión la Capilla Sixtina, bien pueden intentar imaginar la escena. En medio de la apretada masa de fieles, los colosales frescos de Miguel Ángel parecen precipitar sobre nuestras cabezas cientos de gigantescos cuerpos desnudos. Suena el oficio de Tinieblas con sus lúgubres coros. A medida que avanza la misa van apagándose los hachones, de manera que poco a poco el enorme recinto va quedando a oscuras. Al extinguirse el último velón se alza la estremecedora queja del Miserere: “Apiádate de mi, Señor”. El recuerdo del Juicio Final aún baila en la memoria de los oyentes cuando el inesperado agudo de la voz blanca parece traspasar su corazón.

Todos los oyentes están postrados bajo el peso de la grandeza artística, de la gloria salvífica y de la inmensidad del castigo. No todos. Hay un muchacho absorto que parece hundido en la reflexión, pero en realidad está memorizando como una máquina. No puede permitirse la menor emoción. No tiene alma. Es un pirata. Es el mejor de todos los piratas y acaba de copiar la pieza más codiciada por los descargadores de copias del mundo entero.

Entre el gordo de Nueva Zelanda y Mozart hay una diferencia, pero también, oh desdicha, algo en común.

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12 comentarios

  1. Mehldau

    Compárense los inicios (o primeros compases) del Réquiem mozartiano y de la Missa pro Defunctis de Michael Haydn.

    El artículo de don Félix, como casi siempre, para quitarse el sombrero.

  2. Pingback: Félix de Azúa: Ni siquiera él « ¿Un café?

  3. Pingback: Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown « Ernesto Filardi

  4. iñaki

    Gracias!

  5. el gordo de NZ… ¿y qué tiene que ver la gordura con todo esto? ¿O es para ofender?

  6. En toda copia algo se pierde y algo se gana. Sin duda, a partir de entonces la experiencia y la emoción de los pocos elegidos que acudían a la Sixtina no sería la misma si, de hecho, siguió celebrándose el evento tras la hazaña de Mozart. Pero, por otra parte, Mozart posibilitó que el Miserere de Allegri fuera oído por gentes que nunca habrían tenido acceso al mismo. Se perdió una experiencia única para unos pocos a cambio de una experiencia, digamos “descafeinada”, para todos.
    Y este es en definitiva, creo, el debate sobre la difusión masiva de la Alta Cultura, sus pros y sus contras. En cierto modo dejaría de ser Alta Cultura desde el momento de su difusión masiva, de su pérdida de intensidad, de su “prostitución” popular. La diosa se hizo puta y alterna con la chusma bajo los puentes de Roma. Sin embargo, en este su comercio con el pueblo, ¿sigue siendo igual de hermosa, sigue ofreciendo tan altas cotas de placer?

  7. En vez del ‘gordo de Nueva Zelanda’ podía haber mencionado a Guttenberg. Pero claro, entonces no habría matiz reprobatorio, (imprescindible, por lo visto).

    Cualquier conocimiento divulgado masivamente tiene algo de ‘piratería’. Incluso cuando, oh desdicha, F. de Azúa escribe en JotDown

  8. Es bueno el artículo. Pero creo que se confunde, oh desdicha (?), difusión con comercialización. Saludos!

    • ultimolunes

      Cierto, el niñato canijo de Salzsburgo no tenía intención, tal vez su padre si, de lucrarse como el patán de las antípodas. Más bien su intención sería alcanzar la fama. Así, como entonces se entendía. La fama como algo que puede, o no puede, proporcionar riqueza. Pero que te asciende, no solo en la escala social.

  9. Aurora

    ¿Por que no ponen enlaces tanto para la música como para los autores que se citan?

  10. Pingback: Miserere mei, Deus – Las cuatro esquinas del mundo

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