Manuel de Lorenzo: El fin del verano

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Como en tantas otras cosas, coincido con Jorge Luis Borges en que “lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”. No existe lo casual. Lo provocado por la nada. Todo acontecimiento es fruto de una causa —o mejor dicho, de una serie extraordinaria de causas— más o menos poderosa y a menudo desligada en apariencia del acontecimiento en cuestión. Hasta el más fortuito de los encuentros obedece en último término a las leyes de la estadística. Pero esto no significa que las cosas sucedan en función una concreta finalidad, para cumplir los objetivos de alguna suerte de plan maestro diseñado de antemano por el Demiurgo. Significa, simplemente, que todo forma parte de esa compleja maquinaria que de algún modo encadena y enlaza todos y cada uno de los aspectos de la realidad. Como dice mi buen amigo Rodrigo de Luis, basta con alejarse lo suficiente de lo irracional para ser capaces de apreciar el patrón que explica la serie. En cualquier caso, la existencia del azar, no como concatenación de acontecimientos casuales sino como concreta combinación de probabilidades, es innegable. En definitiva, no es otra cosa que ese viento aparentemente —y sólo aparentemente— caprichoso que nada tiene que ver con la suerte y que en ocasiones, eso sí, parece desplazarnos a su antojo con resultados ciertamente insospechados. La historia que inspira este artículo es un buen ejemplo de ello.

Scott McKenzie conoció a John Phillips a mediados de los años cincuenta, en una de las fiestas que éste solía dar en su apartamento de la calle Ramsey Alley, en la ciudad independiente de Alexandría, Virginia. Hijo de uno de los amigos de la madre de Scott, John se encontraba sentado en el suelo tocando una de sus canciones cuando aquel muchacho cuatro años menor que él se le acercó y le comentó lo mucho que a él le gustaba también la música. El género favorito de McKenzie en su adolescencia temprana había sido el jazz, pero en aquella época estaba sobre todo interesado en las elaboradas armonías de los entonces admiradísimos grupos vocales que copaban la programación musical radiofónica—hasta el punto de que había formado el suyo propio en el instituto junto a Tim Rose, llamado The Singing Strings—. Phillips le pidió que se sentase a cantar con él, y fue tal su asombro al comprobar el talento vocal de McKenzie que decidió formar con él su propia banda. Poco tiempo después y acompañados de Mike Boran y Bill Cleary, nacía el cuarteto de doo wop The Abstracts. En 1959 se mudaron a Nueva York, cambiaron su nombre por el de The Smoothies aconsejados por su representante, ficharon por Decca Records y grabaron dos singles producidos por el popular Milt Gabler, responsable de la producción de artistas como Billie Holiday, Louis Armstrong o Bill Haley y de éxitos como la ópera rock Jesucristo Superstar.

A principios de los años 60, el folk comenzaba a imponerse como el estilo musical más rentable en Estados Unidos junto con el rock and roll y el country, por lo que McKenzie y Phillips abandonaron The Smoothies y formaron el trío de folk The Journeymen con Dick Weissman, considerado un genio del banjo. De 1961 a 1964 la vida les sonrió. Grabaron tres discos con Capitol Records, se les reclamaba para actuar por todo el país, fueron la banda principal del mítico club de San Francisco hungry i y su carrera como trío parecía ir sobre ruedas. Sin embargo, el apacible paisaje musical norteamericano se vino abajo cuando la propia Capitol publicó un single que estaba destrozando récords al otro lado del Atlántico: I Want to Hold your Hand. Pocos grupos fueron capaces de aguantar en pie la embestida que supuso la British Invasion. El grupo que se encontraba al frente de la misma, The Beatles, entró hasta la cocina de la industria musical estadounidense como un verdadero huracán desde el momento en que apareció en el show de Ed Sullivan el 9 de febrero de 1964. Y eso lo cambió todo.

Unos años antes, John Phillips había conocido a una adolescente llamada Michelle Gilliam con la que terminaría casándose en 1962, cuando ésta cumplió los dieciocho años de edad. Al deshacerse el trío The Journeymen, Phillips se puso en contacto con Denny Doherty para poner en marcha un nuevo proyecto musical, The New Journeymen, del que también formaría parte su mujer. Doherty propuso incorporar a la banda a la cantante Cass Elliot, que había sido integrante de su anterior grupo, The Mugwumps, y del trío liderado por Tim Rose, The Big 3, con la intención de que en la formación hubiese varios nombres conocidos que pudiesen servir de reclamo para el gran público y así poder competir con The Animals, The Rolling Stones, The Kinks, The Who y los demás grupos que se estaban colando por la puerta que habían abierto Lennon, McCartney y compañía. Conocidos como The Magic Cyrcle durante un breve período de tiempo, Phillips, Gilliam, Doherty y Elliot fundaron el que se convertiría en uno de los principales estandartes musicales del movimiento hippie: The Mamas & the Papas. Poco tiempo después, Scott McKenzie recibió una oferta del grupo para unirse a ellos como quinto miembro. Creyendo que podría tener éxito en solitario, la declinó.

El azar, como decía al principio, no existe como tal. Siendo estrictos, es simple combinatoria. Sin embargo, en ocasiones, es difícil no asociarlo con lo aleatorio, con lo asimétrico, con lo caótico. Scott McKenzie, que jamás había destacado por sus dotes como compositor y que difícilmente podría triunfar en el mundo de la música sin la compañía de John Phillips, había rechazado la posibilidad de integrar una banda que, como mínimo, tenía más opciones que él. Que The Mamas & the Papas alcanzasen el Top 5 de las listas de ventas estadounidenses en 1965 con California Dreamin’ y lograsen el número 1 con su single Monday, Monday en 1966 mientras McKenzie se estrellaba contra el fracaso, es algo que entra dentro de lo lógico y lo razonable. Si su intención era convertirse en una estrella recordada durante generaciones, rechazar a The Mamas & the Papas y seguir su propio camino no parecía la jugada más inteligente. Sin embargo, por un capricho de la diosa Fortuna —ustedes llámenlo como les plazca—, McKenzie se convertiría al año siguiente en el símbolo más reconocible del movimiento hippie. Y es que el azar, me temo, tiene estas cosas.

Cuando uno piensa en el acontecimiento musical más representativo de aquel movimiento, lo habitual es que las imágenes que acudan a su memoria sean las del festival de Woodstock, en Nueva York. Sin embargo, el festival hippie original, el auténtico, el precursor de los demás festivales de la contracultura norteamericana de finales de los años 60, fue el celebrado dos años antes en Monterey, al sur de San Francisco. Con el objeto de promocionar el evento, en el que participaron Janis Joplin, The Who, Jimi Hendrix y Ravi Shankar entre otros, se eligió a Scott McKenzie para que interpretase la canción San Francisco (Be Sure to Wear Flowers in your Hair). Automáticamente, la canción se convirtió en el himno de una generación que había depurado de carga intelectual los principios del movimiento beatnik y se había instalado en unos valores estéticos, espirituales y morales que pivotaban en torno al pacifismo, la igualdad y el amor libre. En junio de 1967, San Francisco se había convertido en la capital mundial del Summer of Love, y Scott McKenzie en su principal representante.

Curiosamente, San Francisco había sido compuesta en realidad por el propio John Phillips, promotor del festival de Monterey junto a Derek Taylor y Alan Pariser, con la intención de transmitir a los asistentes a través de su letra la idea de convivencia pacífica y en sintonía con los principios de la generación hippie —lo cual, habida cuenta de las ingentes cantidades de ácido que los muchachos iban probablemente a consumir durante sus tres días de duración, no era del todo mala idea—. El azar quiso que McKenzie fuese la cara más reconocible de un movimiento al que, en el terreno estrictamente musical, no aportó absolutamente nada. En las décadas posteriores, jamás llegó a firmar una sola canción que se acercase siquiera al descomunal éxito logrado con San Francisco. En 1986 se unió a los nuevos The Mamas & the Papas y coescribió con Phillips, Mike Love y Terry Melcher el número 1 de The Beach Boys, Kokomo. Más allá de eso, nada. No fue más que un one-hit wonder, y sin embargo será recordado para siempre como el hombre que puso voz al himno hippie por excelencia.

San Francisco fue un auténtico fenómeno mundial. Fue adoptada por los primeros Led Zeppelin, transformada en el himno de la revolución checoslovaca llamada Primavera de Praga y versionada por decenas de artistas, entre los que se encuentran los catalanes Mustang. Pero fundamentalmente, fue la banda sonora de aquel verano de 1967 conocido como el Verano del Amor. Su intérprete original, Scott McKenzie, fallecía hace unos días en Los Ángeles después de sufrir durante dos años el terrible síndrome de Guillain-Barré. A pesar de que hoy en día apenas queda nada de todo lo que en su momento significó, ahora ya es oficial: se ha terminado el verano.

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3 Comentarios

  1. If you´re going to San Francisco, wearing flowers in your hair…..Estaba el single en mi casa. Como para no recordarlo.

  2. Buena reseña, buena foto y buen video. Una pregunta, el Derek Taylor que menciona es el mismo que fuera agente de prensa de los Beatles?

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