La agonía del catolicismo

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En base a un reciente sondeo realizado por
Le Croix, Sami Naïr aborda en un reciente artículo la “situación dramática” a que se enfrenta la Iglesia francesa. Según Nair, el “proceso universal de secularización” vendría a constituir una suerte de epifenómeno de una creciente visión del mundo basada en la inmanencia, ya atisbada con la Reforma y la Ilustración.

Uno diría, prima facie, que existe un consenso acerca de una profunda crisis que azota a la Iglesia Católica de manera impenitente, una irrefutable decadencia apoyada en datos empíricos. Sin embargo, a poco que uno fija la mirada, descubre que la cantinela de que el “barco se hunde” suele venir del ala reformista de la propia Iglesia (figuras como Hans Küng). En otras ocasiones, la autorreferencialidad europea nos hace pasmarnos ante el ritmo veloz a que descienden las bodas católicas en Europa al tiempo que obviamos el crecimiento desenfrenado de parroquias y diócesis en Latinoamérica. De tal suerte, y gracias a la labor de biempensantes, críticos moderados y opinadores de rebaba, la Iglesia aparenta ir tornando minoría. No sorprende que Ratzinger rescatase oportunamente el concepto de “minoría creativa” esbozado por Toynbee y que dicha perspectiva sirviese de acicate a las movilizaciones más masivas vividas en Europa durante las últimas décadas (esto es, las JMJ de París, Roma, Colonia o Madrid).

El artículo de Naïr afirma asimismo que la llegada de Juan Pablo II ralentizó la dinámica del Concilio Vaticano II en cuanto “entrada en la sociedad real”, al punto que durante las últimas tres décadas la Iglesia habría sido incapaz de afrontar los retos de la época. Llama la atención la pujanza de que se vale la teoría de la decadencia posconciliar, en base a la cual el Vaticano II representaría una suerte de “salto de modernidad”. Según una extendida lectura blanda, la aclimatación de la Iglesia a una nueva realidad socioeconómica (aclimatación motivada por transformación de las últimas tierras eclesiales en manos muertas en capital financiero) conlleva una especie de “adaptación del Evangelio a la sociedad”.

La dialéctica entre secularismo y regresión no es nueva. El siglo XX comienza con una Iglesia aislada diplomáticamente hasta que su implicación caritativa le garantiza una destacada preminencia en la órbita anticlerical francesa e italiana, así como en la Europa protestante. A rebufo de la reconciliación francoalemana parece centellear el mito de la “Europa cristiana”. Tras la Guerra Fría, una Iglesia ambivalente con Kruschev reaviva sus ilusiones para con el “campo fértil” ruso y de una Christianitas del Atlántico a los Urales. Incluso el reciente debate sobre las raíces cristianas del continente remeda la proposición de una ley cristiana como fundamento de la Sociedad de Naciones. Parece que la Iglesia será católica (esto es, universal) o no será. Más aun tras las recientes intentonas subnacionales y sus consiguientes batacazos (la rapidez en reconocer las independencias de Croacia y Eslovenia, las polémicas canonizaciones de mártires chinos coincidiendo con el 50 aniversario de la República Popular, las soflamas negacionistas de un cura lefebvrista en Argentina), la Iglesia parece orientarse hacia una progresiva homogeneidad doctrinal.

En La desecularización del mundo (1999), Peter Berger constata el ascenso del tradicionalismo y las certezas de la ortodoxia frente al ecumenismo tolerante y adaptativo. ¿Cómo explicar las reivindicaciones, entre la ingenuidad y la bobería, de ciertos renovadores? Percatándose de que, aparte de Küng y los reformistas intrainstitucionales, quienes más se entretienen con valoraciones acerca del funcionamiento interno de la Iglesia son quienes se sitúan fuera de ella.

Un ejemplo de ello es el debate sobre el celibato, calificado por algunos de auténtica “herida mortal” institucional. Fuera de motivos crematísticos (¿resultaría sostenible económicamente mantener un cura con familia?), la prohibición del matrimonio hace del sacerdocio una prueba solo apta para los dispuestos a hacer sacrificios, presentándose como opción fuerte en un mundo en que las responsabilidad individual parecen diluirse y las opciones de vida parecen fluctuar nebulosamente entre propuestas vagas.

Otro ejemplo: la pretendida organización democrática de la Iglesia. En más de una ocasión, Juan José Tamayo ha repetido que nada en el cristianismo impide la democracia. ¿Por qué, entonces, el ahínco de Juan Pablo II por defender que sensus fidei no equivale a consenso? Fijémonos en la posición preponderante y la consolidada situación de la Iglesia Católica en un país como Estados Unidos, donde la separación entre Iglesia y Estado se garantiza constitucionalmente. Factores como una doctrina sólida y una estructura jerárquica y sistematizada podrían explicar tal éxito, frente a modas culturales y propuestas perecederas.

La dudosa decadencia católica y el manifiesto brío del soft power religioso debería, al menos, plantear dudas a los reformistas respecto a dos aspectos: el carácter minoritario y declinante de la Iglesia, por un lado, y la capacidad de adaptación del Evangelio a la sociedad, por otro.

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16 comentarios

  1. Alejandro

    San Pío X murió el año que empezó la Primera Guerra Mundial y el Concilio tuvo lugar en los años sesenta. No puedo haber participado en él.

    Muy chestertoniano y acertado eso de que la fuerza de la Iglesia consiste precisamente en no dedicarse a seguir las modas intelectuales imperantes. Ése fue el fallo de los movimientos reformistas (teólogos de la liberación y demás), hoy felizmente desapareciendo.

    • Jorge Freire

      Alejandro,

      Esa referencia está, efectivamente, equivocada. Buscaba aludir a León XIII, pero se ve que con las prisas me hice una buena empanada. En fin, peccata minuta.

      Un abrazo.

      • Pues me temo que León XIII tampoco estuvo en el Vaticano II. Murió en 1903.

        • Jorge Freire

          Rayos y centellas.

          Corrijo tras un gugleo: me refería a Pío XII, influyente en el Concilio II aunque, lógicamente, no participante. La encíclica es, por cierto, la Humani Generis.

          Lo dicho, una empanada perdonable, como imperdonable es hacer uso (y comenzar el propio texto) con «en base a».

          • Jorge, el «en base a» es, según uno de los sabios de la fundeu bbva, perfectamente tolerable. Así que no te flageles por ello. El argumento que me dió es que es un error tan común y tan extendido (no es un error de cani de barrio, es un error en el que caen periodistas, abogados, médicos, etc) que debe considerar que ahora es parte de nuestro lenguaje. Como tantas otras expresiones que en origen eran errores.

  2. Nemigo

    la iglesia católica se adapta a las condiciones políticas eso explica que se apoyen dictaduras como la de franco. Y a día de hoy se amenace con otra guerra civil en españa si alguien toca su status quo. Son unos trepas y como tales parásitos sociales. Es imposible librarse de ellos en francia lo lograron pero para eso tuvieron que hacer una revolución y mantener un compromiso republicano muy fuerte

    • viejotrueno

      En francia no lograron nada. La iglesia siguió siendo influyente hasta el siglo XX. La iglesia sigue siendo influyente en el siglo XXI.
      Por otro lado, la secularización que pueda estar dándose, sería más, en todo caso, en los países «occidentales. En los países «emergentes» la ICAR sigue siendo una potencia cultural e ideológica. Este tipo de procesos se pueden explicar desde muchas perspectivas, pero en todo caso no diciendo que «claro, es que son unos trepas».
      Aparte de esto, sería interesante que alguien, de una vez, se ocupase de explicar aquellas instituciones que parecen estar ocupando el sitio de la ICAR en nuestras sociedades, o en qué sentido pueden o no ocupar ese lugar, y a qué bondades pueden dar lugar, pero ojo, a qué peligros también. Porque aquí, a base de anticlericalismo barato, resulta que todo el mundo es más papista que el Papa. Y a lo mejor es más deseable un cura que, queseyó, Sandro Rey.

  3. cosgui

    «dialéctica entre secularismo y regresión»? en palabras de Gonzalo Redondo, diría más bien «crisis de la cultura de la modernidad».

  4. Gabriel

    En cuatro palabras: Benedicto Equis Uve Palito

  5. Pingback: La agonía del catolicismo

  6. Agustín

    Francia, es una singularidad en Europa, su laicismo activo en la escuela ha convertido a los franceses en poco menos que analfabetos culturales en relación a una de las bases de la cultura europea, el cristianismo. ¿Puede disfrutar de una catedral gótica quién no sabe quién es San Pedro?.
    Y no es del todo cierto. Este verano he visto en el Sur de Francia las iglesias llenas de gente

    • Alejandro

      Viajé mucho a Francia el año pasado, y vi llenas las iglesias a las que fui. Me impresionó especialmente ir a una misa lefevriana en París con cientos de personas, la mayoría menores de 30 años. Hablando con amigos en Francia, vi mucha implicación y actividad en las parroquias, mucho más que en España, la verdad. Supongo que es la diferencia entre nuestro catolicismo históricamente cultural y cómodo frente al suyo, contracultural y necesariamente contestatario.

  7. Soy Anglicano, antes que nada.

    Algunas puntualizaciones, nada más.

    1. Es común la existencia de sacerdotes (y obispos) casados en la Iglesia de Inglaterra. En no pocos de esos casos el esposo o la esposa también trabaja.

    2. Optar por estructuras eclesiales más democráticas no supone aceptar que todo lo que diga la gente es verdad, sino aceptar su mayoría de edad.

    3. La mayor popularidad o no de una doctrina no es causa para acogerla o rechazarla.

  8. Jorge Freire

    Miguel, déjame agradecerte tus pertinentes puntualizaciones. No siempre es leído uno con tanta atención ni contestado con tanta inteligencia. Tu primer punto, de hecho, rebate el argumento económico contra el matrimonio de sacerdotes.

  9. Pingback: La agonía del catolicismo | ¡Evohé!

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