Lo inquietante: Clift

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Lo inquietante tuvo lugar cuando dos hombres presuntamente adultos enfundados en sendos trajes de conejo llamaron a nuestra puerta con un par de criaturas de celulosa en brazos.

Lo perturbador aconteció cuando aquellas pesadillas lynchianas de felpa nos ofrecieron a sus retoños y nos alentaron: «Coméoslos».

Dichos retoños respondían (ambos) al nombre de Clift, eran cuadrados, tenían un gramaje generoso, un traje de dos tintas y el clasicismo estoico de la grapa. Eran hermanos y los separaban tres meses de diferencia. Un trimestre que parece ser el tiempo normal que requiere el proceso de gestación y alumbramiento entre los miembros del colectivo DeHavilland quienes, sospechamos, probablemente eran también el relleno de los antropomórficos Oryctolagus cuniculus.

Clift es un fanzine y DeHavilland una agrupación comandada por Eduard de Vicente y Rafael Luna. Cada una de sus entregas orbita en torno a un tema concreto. Clift luce modales profesionales en el acabado y propone un paseo de cuarenta páginas en el que el camino está pavimentado por una alianza entre lo literario y lo gráfico, combinando textos, ilustraciones, collage y fotografía. Pero lo realmente conmovedor y tierno de la empresa es el criterio de selección de las materias a tratar en cada número: los perpetradores de Clift se centran en el estudio de aquello que les resulta de algún modo angustioso, perverso o deformado. Exponen su máxima a las claras: “nos gusta lo inquietante». Y demuestran que lo inquietante vive alrededor de nosotros. Analizan subculturas tan locas como los militantes del furry fandom, esos hombres y mujeres ya bastante maduros que asisten a quedadas disfrazados de gigantescos animales de peluche para cargarse el corazón de electricidad estática a base de roces acolchados. O investigan esa curiosa y exótica ramificación de la cocina-fusión que combina lo intelectual con el paladar: la bibliofagia, o el placer estomacal de llevar hasta límites muy optimistas la expresión “devorar libros”.

Clift #01: Pelaje

El arriba firmante se ha enfrentado a bastantes cosas retorcidas a lo largo de su tosco recorrido vital, pero nunca se había parado a pensar que existe algo realmente turbador en el hecho de que haya gente que vive parte de su existencia dentro de un disfraz de mascota, bien sea por trabajo, por fetichismo de la pelusa o simplemente por la enmascarada diversión que proporciona el meterse dentro de un animal sin pisar el colorido mundo de la zoofilia o ser denunciado y amenazado de muerte por algún psicópata con carnet de afiliado a PETA.

El primer número de Clift se arrodilla ante el furry fandom como eje central. Y sus páginas y colaboradores exprimen al teddy bear gigante de manera sorprendente. Eduard de Vicente repasa la historia del asunto desde el chamán milenario hasta los fursuiters en un texto cargado de revelaciones. Rafael Luna analiza el concepto de mascota deportiva y su poder de santificación cuasicelestial en el deporte. Pedro Pérez Forcén reflexiona paseando por el Ikea tras encontrar ternura laboral en una empleada disfrazada de lápiz gigante. Jota investiga con maña la (silenciosa pero visible) presencia del disfraz de conejo en el celuloide. Dashiell Fernández asiste a una curiosa reunión de gente con colas postizas, Jonathan Millán ilustra una noticia aterradora protagonizada por el pato Donald, Judit Taborda ofrece el escrito más paranoico y desquiciado del número, Miqui Otero resucita en la ficción a un Curro que no veíamos desde el 92 y Virginia Capellas salpica algún pelaje sintético con un chorro de líquido vaginal. Alex Redondo, Brian Berman, Daniel Vega, María Herreros, Nadia Pastor, Silvia Poch y Nicolas Provost empaquetan el asunto con dibujos y fotografías. Y Sara Xiol se dedica a salpimentar todo el número con unos ilustrativos ¿Sabías que…?.

DeHavilland demuestran que no son mancos y se sacan de la chistera con este primer número un fanzine curiosísimo, de alineación competente y maquetación impecable con notables decisiones de diseño como ese sutil detalle de utilizar la restricción a dos colores para dividir la naturaleza de los textos, los que optan por la fábula por un lado y los cercanos a la realidad por otro, dependiendo del color de base de la hoja. Los participantes en esta orgía de peluches antropomórficos se esmeran y el resultado alcanza bastante más lejos de lo que uno se podría imaginar cuando se parte de un tema central tan poco común.

Y además de todo eso en las páginas finales aparece una calavera con el nombre de Murray. Toda calavera debería llamarse Murray.

Clift #02: Celulosa

Un servidor, como todo sociópata en potencia, era en su infancia bastante reservado, gordo y (a consecuencia de esto último) estático durante la mayor parte del tiempo. Por eso mismo los recreos resultaban más fáciles de afrontar si uno andaba lejos de una pelota rodante y más cerca del plan que proporcionaba atrincherarse en un rincón del patio con la merienda en una mano dispuesta a ser devorada y el libro en la otra mano dispuesto a ser leído. Curiosamente nunca tomó fuerza algo remotamente parecido a la idea de invertir el proceso (es decir comerse el libro, que no leerse la merienda). Pero por lo visto sí que fue plato común en la dieta de muchas otras personas. Personas que mastican libros, así con todas las letras. Que llevan toda la vida haciéndolo y sacándose párrafos de entre los dientes después de las ingestas literarias.

La bibliofagia es la tradición milenaria de zamparse un libro con cuchillo y tenedor que hace posible el segundo número de Clift. En el relleno comestible Rafael Luna hace un repaso curioso a bibliófagos ilustres de la historia, Lucía Lutmaer se confiesa en modo autobiográfico (con mención, que suscribo, a La guía del autoestopista galáctico como saga azuzadora del insomnio), Owen Gent redibuja a una Alicia de Lewis Carroll bibliófaga, el Colectivo Leland Palmer se pone académico y empieza con Sócrates para continuar repasando la estética del grignoter, Sergi Puyol revisita el apocalipsis, Ibán Manzano analiza libros que han hecho acto de presencia a lo largo de la serie Perdidos, Alex Redondo se marca un cómic delirante, Eduard de Vicente borda una maravillosa fantasía de cincuentona lectora, Alain Forton rescata una rareza de ese tempestuoso mar de locuras que es Yahoo Answers, Agustín Fernandez Mallo se pone escatológico y crea excrementos leídos, Judit Taborda compone un cuento de libreras con pésimo gusto y clientes con exquisito estómago, Land L se autoescriben notas con el metabolismo del Yoyó. Y Andrea Kaiser, Laura Redburn, Ellen James, Judit Canela, Sara Xiol y Pablo Boffelli también hacen de las suyas. Cierran el fanzine los propios editores aconsejando (de manera bastante extraña) comerse el propio ejemplar.

La segunda entrega de Clift pierde inevitablemente el factor sorpresa de la primera (y también toca un tema quizás algo menos sorprendente que aquel) pero no desmerece. Sigue tomando un rumbo poco explorado y desmarcándose para bien de la fanzineria común. Además los responsables han tenido el buen gusto de presentarla en sociedad en un evento que tenía más de gastronómico que de literario, con un bonito surtido de tartas de temática bibliotecaria en una Edible book party que predicaba con el ejemplo del relleno del propio número.

El futuro

DeHavilland amenazan con seguir construyendo Clifts y ya han desvelado que la tercera encarnación escarbará en el fanart como concepto: «Nos inquieta el fan art como arte que nace de la admiración. Desde el shitty art de mirada amateur sobre una obra o ídolo adorado hasta las reapropiaciones plásticas y narrativas que cambian estilos, introducen tramas y personajes, mezclan ficciones, precuelan y secuelan, entre muchas otras opciones”.

Además nos comentan que el 20 de diciembre se presentará en sociedad dicho tercer volumen con un evento cargado de fanart original y que también tienen alguna nueva colección en el horno casi a punto de ser presentada.

Todos aquellos inquietos que tengan curiosidad por saber que traman los chicos de DeHavilland pueden darse un paseo por su minimalista página web donde es posible comprar online alguno de los ejemplares o indagar por ese (muy recomendable) rincón de facebook en el cual el colectivo anuncia tanto presentaciones y novedades como desata y destapa sus peculiares filias e inspiraciones.

Clift #1

40 páginas
Papel de 150 gr. Dos tintas.
Encuadernación grapada. 5 €

Clift #2

48 páginas
Papel de 130 gr. Dos tintas.
Encuadernación grapada. 5€

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