Lyon: rincones para conocer, comer, pasear

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Me gustan las ciudades en las que la orografía y la historia te hacen ser consciente a cada paso de donde te encuentras. En Lyon, colinas y dos grandes ríos señalan el camino al paseante, explican la ubicación de restos y asentamientos, dan sabor y construyen una personalidad. Como además fue aquí donde nació el cine, es difícil no sentir simpatía casi de inmediato por el lugar.

Que con su interés e historia sea esta una ciudad tan desconocida para los españoles, considerando que solo hay otras dos urbes de tamaño comparable —Lisboa y Marsella— tan próximas a una frontera, es uno de esos misterios solo explicable por nuestros largos años de aislamiento. Cuando nos dio por salir, fuimos a lo grande, a París, Londres, Roma o Nueva York. Lyon, es cierto, tiene en comparación con ellas un regusto a capital de provincias tamaño XL, pero hay muchos otros destinos habituales del turismo español con menos encanto, menos lugares dignos de visita y al triple de distancia.

Creo que para sentirse a gusto en Lyon de inmediato basta con un paseo por el barrio alrededor de la catedral de Saint Jean. Son calles estrechas, peatonales, de la expansión tardomedieval desde la colina de Fourviere hacia la orilla del Saona, repletas de cafés con terraza y tiendas de resplandeciente aspecto francés. Detalles medievales y romanos salpican el paseo por este que es, dicen, el núcleo renacentista mejor conservado de Europa junto al de Praga. La catedral sirve, como cabe imaginar, como eje: de estilo gótico puro, con luminosas vidrieras, tiene como punto más interesante un reloj astronómico de 1383. Cuatro veces al día, en momentos de visita, los 19 autómatas que se albergan en su interior pasean para dar la hora, en otro recordatorio a escala modesta de la capital checa.

Colina arriba, en Fourviere, es donde nació Lyon. Todavía hoy tiene la mejor vista de la ciudad, desde donde se ven los dos ríos —el Ródano más lejos, más salvaje; su tributario, el Saona, más próximo— que se unen en la ciudad. Más allá de ellos, la urbe enorme y, al fondo, a cientos de kilómetros pero visible en los días claros, el perfil de los Alpes, en particular la amenaza del Montblanc.

Desde esta posición de privilegio se extendió Lugdunum, la que fuera tres siglos capital de la Galia y en algún momento segunda ciudad del Imperio. De aquí salieron emperadores, en particular nuestro viejo amigo Claudio, cojo, tartamudo y astuto, pionero en vestir la púrpura sin nacer en Italia. El principal resto de esa primera etapa de gloria es un hermoso teatro, también con vistas de privilegio, en el que hay el inevitable festival veraniego de clásicos. La vegetación del alrededor y una cierta desnudez de los restos le dan un aire distinto al de los teatros romanos que conocemos en España.

Sin embargo, en la colina de Fourviere manda un monumento más reciente: la basílica de Notre Dame de Fourviere. Acabada en 1892, cumple en el paisaje local un papel similar al del Sacre Coeur de Montmartre en París; se ve desde cualquier sitio, sin que yo me sienta capaz de decidir si ese hecho es afortunado. Se trata de una gigantesca figura alargada de piedra blanca, con cuatro torres y un exceso de recarga decorativa. Algo que se acentúa en el interior, donde unos mosaicos con abundancia de dorados narran momentos clave de la cristiandad. El lugar es impresionante, es innegable, y bien vale una visita; pero a mi juicio echa de menos el toque excéntrico con el que un Gaudí, pongamos por caso, era capaz de matizar con una pica de pimienta sus excesos de edulcoración. Es una de las estrellas de la ciudad, y atrae millón y medio de visitantes al año.

Saturada la ribera izquierda del Saona, la ciudad saltó a la derecha, a la península (Presqu’île) entre los dos ríos. En la zona más alejada de su confluencia se encuentra el barrio, por así decir, más castizo: la Croix Rousse. La separación del resto de la ciudad por rampas notables ha hecho que los locales incluso conservan su propio acento distinto. El barrio fue especialmente protagonista en la época de la expansión de la seda. Aquí se asentaron miles de telares en los que las familias confeccionaban por encargo de los comerciantes, que les suministraban la materia prima y vendían después el resultado.

La industria de la seda condicionó durante siglos tanto la historia como la arquitectura de la ciudad. Buena parte de los edificios del barrio, del siglo XVIII y XIX, tienen un primer piso altísimo, hoy convertido en dúplex en ocasiones, concebido para albergar los gigantescos telares. En un museo del antiguo gremio, la Maison des Canuts, pueden contemplarse algunos de ellos aún en funcionamiento. Reciben todavía encargos, en particular para restaurar las tapicerías de palacios de media Europa.

El lugar puede sonar a priori más bien aburrido, pero a mí me sedujo su aroma steampunk. Décadas antes de que las máquinas a vapor se generalizaran y se creara la imaginería que hoy domina en el arte retrofuturista, en Lyon se generalizaron los telares con la mecánica creada por el ingeniero Joseph Marie Jacquard en 1801. El telar interpreta el dibujo a ejecutar en el tejido de acuerdo a una interminable sucesión de tarjetas perforadas. Cada línea de tejido, decidiendo la presencia de cada hilo, es señalada por una tarjeta distinta. Algunos especialmente complicados pueden suponer hasta 6.000 tarjetas.

Ver funcionar a pedales un aparato con miles de tarjetas perforadas corriendo en sucesión es, simplemente, cautivador. Y pensar que los dibujantes del lugar creaban sus diseños y luego estudiaban cómo convertirlos línea a línea en tarjetas agujereadas a mano, dando órdenes a decenas de hilos de colores distintos enhebrados por niños con manos lo suficientemente pequeñas para acceder a las entrañas de la máquina, es algo real y a la vez más allá de los sueños de un Alan Moore, y parece que inspiró los primeros trabajos del santo patrono de la computación, Charles Babbage. Aunque a diferencia de sus trabajos, el de Jacquard sí tuvo una inmediata aplicación práctica.

La arquitectura impuesta por las necesidades de los tejedores tuvo otra consecuencia decisiva en el diseño de la ciudad: los traboules. Se trata de pasillos que, entre las casas o en su interior, a modo de patios o corralas, descienden por las colinas de la ciudad, en principio para mover con más facilidad los productos. Los traboules ya existían en el Vieux Lyon, pero fue en La Croix Rousse donde se convirtieron en lugar decisivo de vida común, también de subversión. Aquí se cocinó la insurgencia contrarrevolucionaria, y las dos virulentas rebeliones de tejedores del reinado de Luis Felipe, saldadas a tajo de guillotina.

Los traboules hoy presentan hoy en su mayoría ese característico aire entre descuidado y hipster. Lugar de bohemios, jóvenes alternativos e inmigrantes, hace años que los ancianos que difícilmente podrían valerse en sus empinadas escaleras y cuestas dejaron casi por completo el lugar, en un proceso que vemos en barrios similares de toda Europa. Aunque de nuevo es la orografía la que hace de La Croix Rousse un sitio distinto; lo empinado del terreno da lugar a mayor originalidad en la construcción, el hecho de no saber qué portales —salvo los indicados para turistas— dan a uno de esos pasadizos les dota de un sabor secreto. De sus ventanas emergen músicas, surgen olores y se oyen voces de todo el mundo. Por la noche, las zonas más frecuentadas están llenas de vida, y las menos resultan poco recomendables. Son una manifestación de vida urbana fresca y tradicional a la vez.

Por esta zona nació también uno de los más característico mitos lioneses: el guiñol. Laurent Mourguet era un tejedor que se quedó sin trabajo tras la revolución francesa. Para sacar adelante a su familia, decidió convertirse en sacamuelas en los mercados. Y la forma que encontró para distraer a su público durante las extracciones fue inventarse un muñeco crítico, rebelde, que parodiaba los vicios y la situación política de la época. El personaje, Guignol, terminó por dar nombre a todos las marionetas de sus características. Encarna, de alguna forma, el espíritu rebelde que tuvo la ciudad, que hoy tiene tres teatros permanentes de marionetas y un museo, sin contar las decenas de artistas callejeros. Es curioso analizar como, al igual que ocurriera con el cabaret en Berlín o las métricas breves en la antigua Roma, bastantes formas de arte popular hayan comenzado como herramienta humorística para la crítica social; veremos si saldrá algo similar para el futuro de la actual sociedad hipercontrolada, en la que cualquier desvío de la norma es descalificado como antisistema.

Junto a Mourguet, otro icono popular de la ciudad con el que uno topa a cada esquina es Paul Bocuse. No he tenido la oportunidad de conocer ninguno de sus restaurantes en la ciudad —Norte, Sur, Este, Oeste—, ni el situado en su cercano pueblecito natal, L’Auberge du Pont de Collonges , pero la verdad es que he terminado por tomarle algo de ojeriza al personaje, y no solo por esa manía de ir siempre vestido como si fuera un mariscal austrohúngaro. Cualquiera que haya visto el excelente documental El pollo, el pez y el cangrejo real (2008), de José Luis López Linares, puede entender mi antipatía, que se reforzó cuando un buen amigo, César Mallorquí, visitó el local principal del Papa de la cocina.

En resumidas cuentas, Bocuse parece haberse convertido durante las últimas décadas, en parte gracias al premio al que da nombre y del que da cuenta la película, en una suerte de árbitro de la moda gastronómica omnipresente, terminando por imponer como máxima de la gastronomía unas normas ficticias, barrocas, y antinaturales. Como la moda, la otra gran exportación francesa, la cocina de Bocuse a estas alturas se desarrolla en un plano alternativo al del interés de los clientes, con unos códigos propios abstrusos que sirven para justificar precios elitistas.

Lo curioso del asunto es que en Lyon puede rastrearse el sano origen de la sobrecarga bocusiana. En el siglo XIX, las mujeres que dejaron de servir a los tejedores por la crisis, conocidas como “las madres lionesas” abrieron restaurantes. Una de ellas, Eugene Brazier, la primera en obtener las tres estrellas Michelin, fue considerada “la otra alcaldesa de Lyon”. En sus fogones, hace sesenta años, aprendió el oficio Bocuse.

Las madres desarrollaron un tipo de cocina que, como en todas partes del mundo, atendía a la lógica del entorno y del producto local. El aprovechamiento de las partes menos nobles del cerdo, en particular toda clase de vísceras, llevó al desarrollo de las salsas y los acompañamientos para hacer más atractiva la materia prima principal. De la necesidad se hizo virtud, y a partir de ahí, en una evolución que seguramente no habrían aprobado las madres originales, Bocuse hizo estrambote en las últimas décadas.

La comida tradicional lionesa, la de las madres, todavía puede disfrutarse en los llamados bouchons. Uno de los más hermosos es el Café des Fédérations, situado a escasos metros de la Plaza del Ayuntamiento. Un local de manteles a cuadros, agitados camareros con mandiles, vino de la casa de trago fácil en hermosas frascas, y mobiliario de madera, metal y cristal, pero elegante e inmaculadamente limpio en su modestia. Aquí y en otros lugares similares la casquería es tratada con artes sutiles, con resultados sabrosos y contundentes en forma de salchichas o guisos. Hay también pescado de río, postres pecaminosos, y un ambiente campechano y agradable, lejos del estirado de los Michelinados.

La del ayuntamiento es una de las principales plazas de la ciudad, con una formidable estatua ecuestre. La más grande, la de Bellecour, está algo más al sur. Es de tamaño parisino o bonaerense, con un Louis XIV a caballo vigilando a los numerosos paseantes en Segway, que aquí tienen espacio para aprender y expandirse. Sin olvidar las bicis, que hay por la ciudad 4.000 disponibles hasta dos horas sin pago de alquiler, o los taxis a pedales copiados de oriente.

La ciudad saca todo el partido a estas plazas en particular en la Fiesta de las Luces, que se celebra el 8 de diciembre siguiendo una tradición religiosa previa. Desde hace ocho años, la llamada Escuela de Iluminación Lionesa, alguno de cuyos representantes se han hecho cargo por ejemplo de la iluminación nocturna de los principales edificios de Gaudí en Barcelona, se adueña unos días de la ciudad. Normalmente, 325 monumentos de Lyon ya cuentan con iluminación propia, pero durante la Fiesta de las Luces se da paso a fantasías coloristas que atraen a cientos de miles de visitantes.

La luz forma parte de la historia de la ciudad de la mano de otros de sus hijos predilectos, tan apropiadamente llamados Lumière. El lugar en el que Auguste y Louis rodaron la primera película que se exhibió en público, en 1895, era la salida de la fábrica de material fotográfico de su padre en el barrio de Monplaisir. Hoy se conserva la estructura del tejado original que se ve en los 46 segundos de película, y se han colocado delante algunas imágenes de los obreros. El lugar forma parte del Museo del Cine de la ciudad, repleto de objetos emocionantes para el mitómano.

Como es sabido, los Lumière apenas explotaron unos años su invento, ya que no le vieron posibilidades comerciales; de hecho, en su apenas un lustro de trabajos con él jamás rodaron ficción, sino solo pequeños documentales. Después, se dedicaron a la fotografía en color. Aunque vivieron hasta 1948 y 1954 para comprender su error, aprovechado por Edison para sumar patentes colaterales, y asistir a proyecciones de algunos de los creadores a los que hoy se homenajea en el museo. También es sede de un festival anual centrado en el cine de autor, que este año contaba con Ken Loach como invitado de honor.

Monplaisir, el barrio de los Lumière, es una zona de viviendas especialmente amplia y agradable, al menos en sus áreas de visita frecuente para el turista. Además del museo, vale la pena acercarse a las viviendas del Museo Urbano Tony Garnier. El arquitecto era uno de esos utopistas de comienzos de siglo que querían crear ciudades perfectas para las masas de trabajadores, y desde luego el barrio de viviendas baratas que dejó en su ciudad natal es, si no perfecto, sí un lugar en el que uno puede imaginarse feliz viviendo y paseando. Distintos artistas locales han pintado en 25 gigantescos murales la historia del barrio, que tampoco está lejano a las otras dos grandes aportaciones de Garnier a su ciudad natal: la sala Tony Garnier, antiguo matadero hoy usado para ferias y conciertos, y el hermoso estadio de Gerland, donde la pasada década el Olympique hizo valer una supremacía desconocida en la historia del fútbol francés. Ahora soplan nuevos tiempos, y parece que el equipo se mudará en un par de años, justo antes de que Gerland cumpla un siglo abierto, mientras los petrodólares parecen augurar una era de hegemonía del París Saint Germain.

Aunque Garnier es el santo patrono de la arquitectura moderna en Lyon, puesto que Le Corbusier anduvo por las inmediaciones pero apenas hizo trabajo aquí, otras estrellas contemporáneas han dejado su sello en la ciudad. Jean Nouvel, por ejemplo, coronó en 1993 con una discutible cúpula la ópera de la ciudad. Calatrava ha hecho una de las suyas en el aeropuerto. Y Renzo Piano diseñó el centro de congresos.

La ciudad se encuentra ahora en un proceso de renovación gracias al espacio que dejó disponible el viejo puerto fluvial. Primero se instalaron las llamadas Subsistances, barracones que se han reconvertido para ser “laboratorios de creatividad artística”. Los dos edificios dedicados a cárceles serán reempleados, uno de ellos como universidad. Está en construcción un gran museo de la ciencia, un centro comercial, edificios de oficinas… Todo comunicado con carriles bici y unos barquitos a los que se ha bautizado como vaporettos.

Sobre los planos, esta conversión del punto en que se encuentran los dos ríos es de nuevo una aportación bastante razonable, digna de ser conocida, a una ciudad que si no tiene la fuerza para seducir, sí resulta apetecible en muchos sentidos para pasear, aprender o incluso emocionarse. Los eventos culturales que prácticamente salpican cada mes del año —danza, arte, cine, iluminación…— me suenan como una excelente excusa para volver.

Fotografías cedidas por Rhône-Alpes Tourisme

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7 comentarios

  1. Rothko

    Fascinante. En mi corta vida, Lyon es un lugar por el que he pasado cerca bastantes veces. Por motivos variopintos nunca he decidido adentrarme y después de leerte, Julián, la verdad es que me arrepiento. Con suerte, en un futuro no muy lejano, podré enmendar mis errores. Gracias por compartir tu parecer sobre la capital del Ródano-Alpes.

  2. Jaime Alvarez

    He vivido cerca de dos años en esta ciudad y al leer este artículo me han venido a la cabeza varias imágenes de vivencias y recuerdos que me ha hecho sonreír durante un buen rato. Es cierto que los españoles no suelen conocer muy bien la ciudad de Lyon, pero lo cierto es que a mi me recuerda mucho a mi casa, a mi ciudad natal. Además sus habitantes son muy simpáticos y es una ciudad con encanto.

  3. Pingback: Estudiar Ingeniería de Materiales en otros países: el INSA de Lyon

  4. Buen articulo. Una ciudad preciosa, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y como se ha comentado no demasiado conocida para muchos españoles. Junto a las ruinas romanas hay un buen museo (el Museo Galo Romano). Las mencionadas traboules forman un curioso laberinto. Y Lyon es la ciudad natal del escritor y pionero de la aviacion Antoine de Saint-Exupery que le da nombre al aeropuerto. Hay un edificio que tiene en uno de sus muros los retratos de los mas famosos de entre los nacidos en la ciudad. Las vistas desde Fourvière son increibles, con la ciudad a tus pies y los Alpes al fondo. Una visita muy recomendable.

  5. Hace tres años y medio que vivo en Lyon, el bastión católico de Francia. Estoy de acuerdo en que la ciudad es bonita pero puedo asegurar que la gente dista mucho de ser simpática. La verdad es que cuesta muchísimo integrarse y hacer amigos franceses, aún hablando bien la lengua, es todo un reto. El invierno es francamente duro. Por el frío y la falta de sol y por el carácter nada caluroso des lyonnais.

    • Ana Mercedes Delgado Zuñiga

      Hola Laura. Yo y una amiga vamos este año a visitar Lyon, somos de Costa Rica. Ya que.conoces bien la ciudad me puedes dudar con alunas preguntas que posterormente de hara cuando contestes este mensaje. Soy pensionada de linea aerea y tengo 65 años. Mi amiga 50 años…y por tal razon quiero buenos consejos. Un abrazo. Estoy en facebook como aparece mi nombre completo. Gracias

  6. Ana Mercedes Delgado Zuñiga

    Hola amigo. Soy de Costa Rica . Estare viajando en compañía este año a Paris y Lyon. He decido hacer esta visita sobre todo, por la historia que guarda la bella ciudad de Lyon. Pero quisiera algunas recomendaciones si están bien o no. He que querido visitar Place Belllevue, Rue Bodin 69001 y hospedarnos en un hotel recomendado por TripAdvisor, Hotel La Croix Rousse. Que nos puede informar de la zona, si podemos visitar ese lugar en la tarde noche para hacer algunas fotos y sobre todo los recorridos nocturnos. Tambien hemos leído sobre Paris y existen algunas dudas sobre Saint Denis. Muchas gracias por su información. Un abrazo muy cordial y hasta la próxima. Saludos a la bella Francia.

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