Cuentan que, participando en una sesión de espiritismo, el cineasta ruso Andrei Tarkovski (1932 – 1986) entró en contacto con el fantasma de Boris Pasternak, que le dijo: «Rodarás solo siete películas». «¿Solo siete?», respondió Tarkovski. «Sí, pero serán todas buenas». Y es que la vida y la obra de este director tienen mucho de leyenda, de recorrido escrito de antemano, de predestinación. También de maldición. Posiblemente ningún otro creador cinematográfico se ajuste con mayor razón al tan manido término de «director maldito» como él, hasta el punto de que bien podemos estar hablando del único, del genuino, del realmente maldito. Más aún, lejos de aferrarse al término en tanto que ejercicio de exhibicionismo, presumiendo de una falsa (por no interiorizada) pose artística, Tarkovski mostró siempre un inquebrantable compromiso ético con su propia y personalísima visión del cine. Compromiso nunca roto y llevado hasta sus últimas consecuencias, por más que le acarreara innumerables tensiones, disgustos y decepciones a lo largo de los años.
La vida de Tarkovski empieza en una pequeña aldea a orillas del Volga y se apaga en una cama de un hospital de París, pero su filmografía se abre y se cierra con un niño al pie de un árbol. Este periplo circular contiene las consabidas siete películas: La infancia de Iván, Andrei Rublev, Solaris, El Espejo, Stalker, Nostalgia y Sacrificio. Su deliberada apuesta por un cine poético de percepciones puramente sensitivas, la aparente frialdad de muchos de sus personajes, los diálogos intrincados, las tomas larguísimas y, sobre todo, el rechazo absoluto (especialmente a partir de El Espejo ) de estos films a cualquier tipo de narrativa convencional los han situado dentro de ese mal llamado grupo de «películas para valientes», aparentemente excluyentes en su arrogante pretensión intelectual. Pero un análisis más detallado descubre inmediatamente a un cineasta profundamente humanista y ansioso por establecer un vínculo artístico, sensible y poético con todo el público, y por extensión, con todo el mundo.
El hijo del poeta
Nacido en Zavrajie (Unión Soviética) en 1932, su infancia y primeros años de juventud están marcados por una cuidada formación cultural (es hijo del poeta Arseni Tarkovski y de una estudiante de literatura, a quienes deberá para siempre su vastísima cultura y su conocimiento enciclopédico de la música, de la pintura y de los grandes poetas y novelistas rusos) y por la segunda guerra mundial, que verá partir a su padre para volver años después con una pierna amputada por la gangrena y obligará a la familia a cambiar de casa en varias ocasiones. Años después, Andrei evocaría con escrupuloso sentido del detalle el universo perceptivo de sus primeros años de vida en El Espejo, así como el sentimiento, más ruso que soviético, de amor por la cultura y el espíritu de su país.
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Sin duda, uno de los directores más singulares en la historia del cine. Y, personalmente, uno de los mejores también. Su libro «Esculpir en el tiempo» es una honesta declaración de principios, además de un cúmulo de interesantes reflexiones sobre su forma de concebir el arte (así lo pretendía él) cinematográfico.
Recomiendo a todos los lectores de Jot Down el libro «Andrei Tarkovsky. La imagen total» magistralmente escrito por Pilar Carrera. http://www.pilarcarrera.es/tarkovski.html
Buen artículo (con título de resonancias «yourcenarias»).
Excelente artículo. Deseando ya ver como se trata la que, probablemente, sea mi película favorita de todos los tiempos: Zerkalo. (El Espejo).
Tarkovski fue muy, muy grande. Y Esculpir en el Tiempo, un librazo/tratado donde los haya. Estaría bien que se comentara, aunque sea en un pie de nota, aquello que dice sobre el estado extático al que hacía entrar a sus actores para que la escena fuera lo más sentida posible. (La pobre Margarita Terehkova las tuvo que pasar putas. Recuerdo ese ejemplo y el del niño de Andréi Rublev, que creo recordar que le ponía a parir acusándole de que lo estaba haciendo mal para sacarlo realmente enfadado en las escenas.) A mi, al menos, me impactó mucho.
Pero vamos, Tarkovski fue único. Nada me indigna más que la aproximación gafapasta superficial a él como el «director de moda» que parece ser ahora sin haberse leído ese libro. Pienso que es muy difícil acceder a su obra sin haber tratado de comprender sus reflexiones acerca del medio y sus motivaciones íntimas.
Ojalá la gente interesada se acerque algún día a este tipo de obras sin ninguna de las dos ópticas comunes (o que es un pedante que recarga sus películas de reflexiones sesudas, o bien, que es una especie de Rey Midas sacrosanto del cine. Ambos extremos lo joden), y confío, por lo leído, que este artículo está consiguiendo, para los que ahora empiecen con él, una primera aproximación excelente. Enhorabuena.
Muy interesante el artículo. Toda aproximación bien documentada a Tarkovski sea bienvenida. Su idea del cine admitía pocas chorradas. Sus películas favoritas eran el Diario de un cura de aldea de Robert Bresson y Nazarín de Buñuel.
Me ha gustado mucho el artículo, solo he visto 2, Solaris y Andrei Rublev, tengo en mis manos ahora la Infancia de Iván que caerá dentro de poco
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Buenísimo
Resulta curioso cómo algunos comentarios cinéfilos simplifican la obra de Stanislaw Lem cuando hablan del «Solaris» de Tarkovski, aunque no creo que podamos acusar de eso al autor del presente.
Parece que Lem fuese un simple escritor de novelas de ciencia ficción que habla con más o menos gracia del primer contacto… y ya. Pues bien, a Lem no le agradó esta adaptación. Le parecía, de hecho, que Tarkovski se centraba demasiado en el aspecto sentimental de la relación entre Kelvin y su familia (por ejemplo, ese extenso prólogo terrestre). La profundidad filosófica de la novela de Lem (y de muchas de sus otras obras) es verdaderamente apabullante. También lo es la de esta película, pero el acento cambia notablemente. Lem pretende reducir a su verdadera esencia lo que nos hace humanos, mientras Tarkovski intenta responder a algo parecido a eso retratando el «amor». A mí, particularmente, el final que Tarkovski se inventa en esta película, me parece absolutamente innecesario. Visualmente, eso sí, es una verdadera joya.
En cualquier caso, muchas gracias por el artículo, que me ha parecido muy interesante.
Qué duda cabe que Tarkovsky fue un cineasta original, diferente al resto.
En lo positivo: su escenografía de minuciosa estética, su fotografía de postal, sus cuidados movimientos de cámara.
En lo negativo: su deficiente justificación dramática, con personajes que resultan incomprensibles.
Ni positivo ni negativo: su ritmo, el más lento que he visto en la gran pantalla. Silencios que duran minutos, personajes que se pasan el tiempo sin hacer nada.
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Interesante.
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