El villano hiperbólico

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Decía Rüdiger Safranski en su esplendido ensayo (El mal o el drama de la libertad) que no hacía falta recurrir al diablo para entender al mal, que el mal pertenecía al drama de la libertad humana, que el hombre —en tal que “animal fijado”— es en realidad rehén de su conciencia (“la conciencia hace que el hombre se precipite en el tiempo”) y que el mal no es en realidad ningún concepto sino un nombre para lo amenazador. Sin embargo, después, y al desglosar el caso de Adolf Hitler (al que el estudioso califica de “poder demoníaco”) se planteaba algo incluso más interesante, citando a Goethe, “pero cuando más terriblemente se presenta lo demoníaco es al emerger en algún hombre, predominando en él (…) No siempre son los hombres más distinguidos, ni por espíritu ni por talento, y raras veces se acreditan por una bondad de corazón. Pero de su interior emana una fuerza enorme, y ejercen una fuerza increíble sobre todas las criaturas e incluso sobre los elementos”.

Al protagonista de Boss, la serie de Starz, cabría aplicarle la definición y comprobaríamos que no solo encaja en ella sino que se siente cómodo en ese territorio donde (en palabras de Safranski) “el uso de la moral se reduce a la esfera privada”. Ese sea probablemente el mayor atractivo de la serie, su profunda conexión con un concepto de maldad que ha sustituido el poder como medio para convertirlo —sin tapujos— en el fin último y definitivo. Pero esa virtud de índole inequívocamente shakesperiana es también su mayor defecto: efectivamente, tanta trascendencia puede resultar cansina incluso si el villano es alguien con el magnetismo de Kelsey Grammer. La reflexión de la política como alcantarilla no es nueva (ni mucho menos, The thick of it, K Street o la propia The wire ya pusieron antes su pica en Flandes) pero en Boss el hedor es —en ocasiones— insoportable.

Demos un paso atrás: Boss es una serie estadounidense que cuenta la historia del alcalde de Chicago, Tom Kane (apabullante Grammer) desde el momento —no es un spoiler, sucede en el primer minuto del piloto— en que se le diagnostica una enfermedad mortal. La empatía le dura al espectador unos diez minutos, los que tardamos en comprobar que el tal Kane es la reencarnación de Maquiavelo con un par de secuencias del ADN de Charles Manson y otro par del Marqués de Sade. Corrupto, empozoñado, incapaz de mostrar ningún tipo de sentimiento por nadie (incluida su hija) y rodeado de un equipo que le teme y le adora a partes iguales (el equilibrio entre ambas sensaciones virará inexorablemente hacía lo primero a medida que avance la serie) el señor alcalde es un hijo de puta que vendería a su madre por un voto y que considera que hay en él una vertiente divina que le permite decidir la suerte de los que le rodean (hablamos de vida o muerte, literalmente). Esta suerte de Napoleón con rasgos esquizo-paranoides personifica (maravillosamente bien, si me preguntan a mí) la textura que ha adquirido la casta política en los tiempos modernos a ojos del votante: la de un monstruo sin conexión con la realidad para la que el ejercicio del poder ni siquiera debe tener un beneficio económico (aunque lo tenga, faltaría más) sino que ha de conducir a un estado de pánico inducido al conjunto de la población hasta convencerla de que no sobrevivirían sino fuera por la presencia del altísimo (el propio político).

Someter a una serie a tamaño tratamiento, aumentado por un look que huele a hipérbole en cada plano (esos momentos de honda contemplación donde el mismísimo Tom Kane parece tomar conciencia de lo podrido de su alma) tiene peligros evidentes: cuando uno se toma demasiado en serio a sí mismo corre el peligro de dejar de resultarlo para los demás. Eso le pasa a Boss a veces, cuando el guionista (los/las guionistas) trata de convencernos de que aquello es bigger than life (por utilizar una expresión que gusta mucho en la meca del cine) y de que todo es más (hiper)realista que un cuadro de Antonio López. Y no, Boss no tiene nada de realista, aunque funcione como una aplicación de realidad aumentada, una retorcida metáfora donde se perciben claramente los rasgos de funcionamiento de la política moderna. Ahora bien, que tengamos que creernos que el alcalde de Chicago tiene su propio asesino a sueldo y que si llegaran los cuatro jinetes del Apocalipsis les sodomizaría y luego se comería sus caballos parece muy atrevido, si no directamente ridículo.

Son los peligros de apuntar tan alto, porque Boss tiene momentos absolutamente sublimes (la relación del alcalde con su hija o todas y cada una de las intervenciones del memorable personaje de Martin Donovan, un actor grandioso) y es una gran serie si uno decide tragar con todo, incluso con esos momentos donde coquetea con la estupidez (esa rueda de prensa del joven candidato, el novio de la hija, los líos de su asistente o la presencia de algunos secundarios sin orejas o que claman al cielo) y dedicarse solamente a disfrutar del malo más malo que ha regalado la televisión americana desde tiempos inmemoriales.

Veremos a dónde lleva la segunda temporada (un servidor va a esperar a que aparezca en dvd) y si dejan de lado los momentos en que la serie toma conciencia de sí misma (como una Skynet cualquiera) para centrarse en un personaje que debe esforzarse en ser más humano para que aquello no acabe pareciendo una simple competición de profesionales en el arte de la putada. Si alguien puede hacerlo es Gramer, un actor como la copa de un pino, que aquí se quita de golpe y porrazo su aura de actor cómico para dedicarse a ser un cabronazo.

En todo caso, no está mal que —para variar— una cadena como Starz (la madre de esa insensatez llamada Spartacus) se atreva a ser más ambiciosa: Boss denota esa ansiedad por romper moldes en la que se esconde la voluntad de los de arriba por competir con HBO y AMC. Quién sabe, con un poco de calma, Boss podría ser un pequeño clásico. Veremos.

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11 Comentarios

  1. Vistos los dos primeros capítulos de la serie en canal plus y coincido en general, incluso en lo del coqueteo con la estupidez: esas orejas y esos polvos gratuitos. De todas formas parece que sólo habrá dos temporadas.

  2. ¿Que han cancelado la serie? ¿Justo ahora que iba a empezar a verla? ¿Y cómo la han dejado? Quiero decir, ¿tiene un final abierto, de esos que te dejan con la intriga, o más o menos cerrado (podían olerse que la cosa se iba a terminar antes de concluir la segunda temporada y dejarlo todo atado y bien atado)? No quiero otro «Carnivale» en mi vida.

  3. Acabo de ver los dos últimos capítulos de la primera temporada, el séptimo en concreto es brutal. Cualquier mínima empatía que pudiera sentir por mi «Frasier» desaparece y sólo veo ante mis ojos a un grandísimo hijo de puta. La interpretación de Kelsey Grammer es antológica. No termino de entender como no le ha caido un emmy por este trabajo.

  4. La interpretación de Kelsey Grammer es tan brutal que resulta imposible encontrar en su rostro un mínimo vestigio de Frasier. La cara, espejo del alma…

  5. La interpretación de Kelsey Grammer es sencillamente increíble y la segunda temporada, más increíble.

    El problema, es que han la tercera temporada.

  6. Sea cual sea la realidad, o aunque la hayan cancelado, la serie debe verse. Aunque tenga algunos fallos. Aunque algunos actores solo salgan en la 1a temporada. Mi experiencia me dice que lo mejor de muchas series largas está en las 2 primeras temporadas. Merece la pena verse, como merece la pena leer libros que tienen un final. Pero no hay que pensar en que llegará el cierre, sino disfrutar. Si tuviera que promocionarla con un lema por analogía diría «El lado tenebroso del Ala Oeste». DIsfrutad de muchos capítulos tremendos. No esperéis nada de ella, y no os decepcionaréis. Vedla.

  7. Acabo de terminar de ver la serie, siguiendo las recomendaciones de aquí y de allá. Brutal. Si sobran algunas cosas? pues si, tal vez. Pero había que llegar al «gran público», ese que finalmente le dio la espalda (gracias a los medios, tal vez?). Uno se conforma con saber que en lugar de «realidad aumentada», se inspire en algunos recovecos oscuros de la realidad. Y así parece que es, teniendo en cuenta la extraordinaria semejanza con el anterior alcalde de Chicago, Richard M. Daley. Mera coincidencia…? Una gran serie, demoledora. Sin duda será un clásico.

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